¿Es la prohibición una política eficaz y ética de salud pública?

Recientemente, ciertas discusiones sobre el vapeo entre adolescentes, un fenómeno que ha crecido de manera drástica durante la última década, han vuelto a plantear el debate sobre la eficacia de la prohibición de ciertas sustancias como política de salud pública.

El producto en cuestión hace que este debate sea aún más peculiar, dado que nació de una supuesta intención de crear un método menos adictivo para consumir nicotina y que al menos eliminara el aspecto del humo. El método de administración de la nicotina mediante vapor parecía ser, al principio, una alternativa marginalmente “mejor” que fumar cigarrillos.

Dejemos de lado por ahora la discusión sobre si estos productos son en realidad una mejor alternativa a fumar. También dejemos de lado el debate igualmente polémico sobre las estrategias de marketing que se han dirigido hacia los adolescentes y, por lo tanto, han ido precisamente en contra de su función supuesta de ser una herramienta para dejar de fumar. Estos dos puntos son válidos y ameritan una discusión enfocada enteramente en ellos. Por ahora, quisiera simplemente señalar una vez más algunos argumentos clave en contra de la prohibición como estrategia política contra las sustancias adictivas (o nocivas).

Ilustración: Víctor Solís

Por ejemplo, hace unos años el gobierno del Reino Unido prometió que sería un país “libre de humo” para 2030. Estas discusiones surgieron a raíz de planes similares propuestos por el gobierno de Nueva Zelanda, como parte de su objetivo político de ser un país completamente libre de humo en 2025. Ambas propuestas se inspiraron en la “Iniciativa Libre del Tabaco” (Tobacco Free Initiative) de la OMS, en la que los objetivos declarados eran “alcanzar el nivel más bajo posible de prevalencia del consumo de tabaco y el nivel más alto de protección contra el humo de segunda mano”.

La iniciativa de Nueva Zelanda incluía una propuesta para prohibir la venta de productos de tabaco a personas nacidas después del 1 de enero de 2004: “Esta política cuyo objetivo es una generación sin fumar prohibiría la venta y el suministro en lugares públicos de productos de tabaco a nuevas cohortes a partir de una fecha específica. Por ejemplo, si la legislación entrara en vigor el 1 de enero de 2022, las personas menores de 18 años en ese momento o las nacidas después del 1 de enero de 2004 nunca podrían comprar legalmente productos de tabaco para fumar”.

Los argumentos en contra de estas propuestas van desde preocupaciones sobre la discriminación por edad, hasta señalar la ineficacia de las prohibiciones legales de sustancias psicoactivas y adictivas, que sólo conducen a la creación de mercados negros. Por ejemplo, durante la pandemia, Sudáfrica prohibió la venta de alcohol debido a la crisis, lo que provocó un fuerte aumento de personas que fabricaban su propio alcohol ilegalmente, con todos los riesgos sanitarios que eso implicaba.

Dado esto, es comprensible que algunos se muestren escépticos sobre la eficacia de las prohibiciones del tabaco. Las personas adictas a las drogas seguirán existiendo. Obligarlos a alejarse de los productos legales y regulados y acercarse a los mercados clandestinos y no regulados de drogas ilícitas sólo expondrá a esas personas a mayores riesgos para su salud y seguridad.

Quisiera aclarar que las propuestas de prohibición del tabaco y la iniciativa de la OMS de la que se derivan tienen buenas intenciones: evitar que las generaciones futuras estén expuestas a ciertas sustancias, ya que esto podría evitar el problema desde la raíz y así mejorar su salud a largo plazo. Pero esto plantea la cuestión de cómo hacer cumplir realmente dicha prohibición. Existen preocupaciones sobre el autoritarismo. Ciertos países del sudeste asiático tienen leyes antidrogas muy estrictas, y la extralimitación de las intervenciones policiales y las presunciones de intención de tráfico (que puede estar sujeto a la pena de muerte) son abusos de poder comúnmente citados en países como Singapur, donde organizaciones como Amnistía Internacional han presionado para que se introduzcan enmiendas a prácticas exageradas de imposición de penas de muerte.

Desde otro punto de vista, es cierto que el alcohol y el tabaco causan grandes daños y muertes cada año; pero también lo hacen el azúcar refinada y los alimentos altos en calorías. Las enfermedades cardiovasculares (ECV) son la principal causa de muerte a nivel mundial. Se estima que 18 millones de personas mueren a causa de enfermedades cardiovasculares al año, lo que representa el 32 % de todas las muertes mundiales. ¿La prohibición del tabaco por motivos de salud debería llevarnos a un objetivo similar para los alimentos con azúcar refinada y grasas saturadas?

Prohibir la comida chatarra podría parecer algo absurdo. Pero muestra las tensiones bioéticas subyacentes en el debate sobre la prohibición del tabaco. Si alguien tiene la edad y la madurez suficientes para tomar decisiones sobre su salud, ¿no tiene derecho a decidir? Incluso si no es una decisión sensata, ¿tenemos derecho a tomar decisiones no saludables? Es precisamente este tipo de preocupación ética la que parece faltar en las discusiones sobre las prohibiciones propuestas sobre el tabaco y su alternativa a la nicotina, el vapeo.

Este no es un argumento a favor de una ausencia total de regulación. Tampoco es una defensa de un Estado libertario donde la salud pública colectiva se delega únicamente a la esfera individual. Sin embargo, es una sugerencia de propuestas alternativas de salud pública. Un enfoque reforzado en los determinantes sociales de la salud no sólo daría resultados más eficaces en la lucha contra la adicción, sino que también lo haría sin restringir las libertades individuales. La “Iniciativa Libre del Tabaco” de la OMS toma en consideración dichos determinantes (entre ellos la educación, el bienestar social y económico y otras medidas de desigualdad) para formular sus propuestas de salud global. Como último ejemplo, un informe publicado en 2019 por el Instituto Noruego de Salud Pública mostró que el porcentaje de fumadores en todos los países nórdicos (Islandia, Noruega, Suecia, Finlandia y Dinamarca) era hasta cuatro veces mayor para las personas con solo educación preparatoria que para las personas con educación superior y posgrado.

Es preocupante, entonces, que los gobiernos elaboren objetivos políticos busquen que una sociedad esté “libre de tabaco” o “libre de nicotina” a través de enfoques prohibicionistas, en lugar de reforzar las medidas de salud pública que abordan las desigualdades sanitarias y sociales inherentes al problema de la adicción al tabaco y la nicotina.

 

Francisco Blancarte Jaber
Candidato a doctorado en la Universidad de Edimburgo. Su investigación se concentra en las concepciones de intención dentro de las políticas de salud pública en adicciones. Miembro del Colegio de Bioética.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Justicia social

4 comentarios en “¿Es la prohibición una política eficaz y ética de salud pública?

  1. Un factor que no suele considerarse es el impacto social en el consumo de drogas, alcohol, cigarro y consumo de productos perniciosos como azúcar , grasas, refrescos, comida chatarra y otros que producen enfermedades con efectos irreversibles.
    Cuando joven era signo de status social e intelectual el consumo de cigarrillos y alcohol, no había conciencia de sus nefastos efectos. Actualmente el efecto social sobre el consumo de estos elementos persiste y lo que antes no se consumía como comida chatarra y refrescos, hoy es una auténtica pandemia.
    Me parece que el factor educación familiar y escolar para evitar el consumo de estos productos es fundamental.
    Sin embargo otro elemento a considerar es el enorme atractivo que tiene para los grandes capitales la producción y venta de éstos productos. Aqui habría que entrar al tema de la ética empresarial, que siempre ha sido relegada en aras a las grandes utilidades de las empresas; los ejemplos son muchos: las refresqueras, las tabacaleras, la producción y venta de alcohol, de comida chatarra. Sin compromiso social, se borda en el vacío.

  2. Excelentes consideraciones estimado Francisco. Las sustancias adictivas varían en su potencial adictivo. La nicotina es de las que mayor poder adictivo posee. Estimula receptores nicotinicos que rápidamente se saturan y mandan señales a la célula para que produzca más receptores; este fenómeno explica la necesidad de requerir progresivamente una dosis mayor (taquifilaxia) para sentir sus efectos. Lo mismo ocurren con opioides (heroína, otros) y demás sustancias que generan adicción. La nicotina tiene potencial adictivo similar a los opioides. Pensar que alguien con adicción está ejerciendo su libertad de decisión no deja de ser más que un buen deseo. Más bien está respondiendo a la supresión que sufre debido al vaciamiento de sus receptores que requieren (repetidamente) de recibir la sustancia en cuestión para que el individuo no se sienta mal (síndrome de supresión que se da con heroina, fentanilo, nicotina, marihuana, alcohol, incluso con el azúcar y la comida chatarra).
    Yo entiendo la ‘prohibición’ de estas sustancias como una recomendación de salud pública para evitar ingerirlas. Y sí, sin duda, prohibir la estimulación publicitaria que induce a iniciar su consumo. Los adictos tienen un problema médico y requieren ayuda. Estigmatizar su uso como una conducta antisocial y dificultar su acceso si ayuda pero no completamente. Lo que no ayuda para nada es la criminalización del asunto.

    1. La descripción de la nicotina que describe está asociada a su consumo mediante cigarros de tabaco, no es genérica para su consumo por otros medios. La dependencia de la nicotina varía según el vehículo de administración. Hay mucho menor dependencia de la nicotina suministrada por parches farmacéuticos, via oral o por cigarros electrónicos, que fumada en cigarros. Si fuera solo la nicotina la que produce dependencia «poderosa» quienes usan parches tendrían dificultad en cesar, lo cual no sucede. Además, también hay una enorme variabilidad individual. Presentar a la nicotine (así en abtracto) como una sustancia sumamente adicitiva es un argumento ideológico que no está sustentado en la evidencia científica.

Comentarios cerrados