La palabra impresiona porque al pronunciarla evoca una sensación de rotundidad. Pero define muy bien lo que somos los seres humanos y todos los seres con cierto grado de complejidad biológica. Aunque el concepto data al menos a 1943, introducido por Adolf Meyer-Abich, el término holobionte lo acuñó la afamada bióloga estadunidense Lynn Margulis a principios de la década de los noventa. Margulis destacó por su visión sobre la evolución biológica basada en la simbiosis entre organismos, a contracorriente del darwinismo, donde predomina la lucha entre los seres vivos y la supervivencia del más apto.

Para Margulis, la simbiosis es el principal motor de la evolución, incluyendo la aparición de nuevas especies. Así, nuestras propias células resultarían de la fusión de diferentes tipos de bacterias millones de años atrás. Después, extendería esta idea de la simbiosis al planeta entero, lo que la puso en sintonía con la hipótesis Gaia, propuesta del químico británico James Lovelock en 1979. Esta hipótesis afirma que los seres vivos interactúan con los diferentes elementos del planeta Tierra (rocas, aguas y atmósfera) favoreciendo las condiciones que permiten la manutención y propagación de la vida, constituyendo en su conjunto un sistema autorregulado.
Hasta hace algunas décadas pensábamos que los microorganismos que viven en nuestro cuerpo eran meros comensales, es decir, que obtenían alimento y refugio sin causarnos ni daño ni beneficio, salvo aquellos que nos proporcionan ciertas sustancias químicas que necesitamos para vivir. Esta visión ha cambiado radicalmente. Hemos descubierto que esos microbios (bacterias, virus y otros) son parte integral e indispensable de nosotros mismos. Como dicen en un artículo los biólogos Scott F. Gilbert y Jan Sapp y el filósofo Alfred I. Tauber, Nunca hemos sido individuos. O como titula Ed Yong su famoso libro de divulgación sobre el tema: Yo contengo multitudes.
Pero a todo esto: ¿Qué es un holobionte? Si se lo preguntamos al buscador en internet más popular, que ahora usa Inteligencia Artificial, responde “El término holobionte se refiere a una unidad ecológica formada por un huésped macroscópico (animal o planta) y todos sus microorganismos asociados (microbiota) que conviven en simbiosis.”. Y el propio Scott F. Gilbert amplía el concepto: “Todos los organismos parecen ser holobiontes, y nosotros estamos compuestos no sólo de las células derivadas del cigoto, sino también de bacterias, hongos y virus simbióticos. Cada animal es un bioma, un conjunto de ecosistemas interactivos”.
Por eso ya nos decía que, lejos de lo que pensábamos, nunca hemos sido individuos. Cada uno de nosotros somos una multitud de seres que viven juntos y contribuyen al engañoso aspecto individual. Y esa multiplicidad de seres albergada en nuestro cuerpo interactúa entre sí y con las células que llamamos humanas (en realidad nuestra microbiota también es humana) de maneras que apenas entendemos. Si ya sabemos que las bacterias intestinales se comunican con las neuronas de nuestro cerebro (el eje intestino-cerebro), ¿será tan descabellado suponer que puedan influir en nuestros pensamientos?
En plena pandemia de Covid-19, el biólogo y divulgador de la ciencia Javier Sampedro publicó un artículo en el periódico El País en el que decía: “La biología es la ciencia de la complejidad. Desde los más ramplones mecanismos metabólicos que alimentan de energía tu cerebro hasta los sofisticados procesos de aprendizaje que nutren tu mente, la ciencia de la vida está compuesta obsesivamente por bucles de retroalimentación y estratos de sistemas emergentes apilados que, si uno lo mira bien, nos permiten entender el mundo si recibimos la formación adecuada”.
Desde las moléculas hasta las sociedades, pasando por los individuos y el sustrato geoquímico del planeta, la vida se manifiesta por una serie de capas que se sobreponen y se relacionan entre sí. La vida, cuya definición y comprensión siempre se nos ha escapado, late en las interacciones de todas esas capas.
Un buen ejemplo es el bosque. Hasta hora hemos visto a las plantas como el decorado de fondo en el paisaje de la vida. Sin embargo, en los últimos años hemos aprendido que son seres vivos mucho menos estáticos y pasivos de lo que suponíamos. Y no sólo por su número y variedad –las plantas constituyen más del 99.7 % de la biomasa de nuestro planeta– sino por su capacidad de comunicarse y reaccionar de manera individual y en grupo ante los desafíos del medio ambiente.
El bosque no es un mero conjunto de árboles. Una parte es la que podemos ver a nivel del suelo pero otra permanece oculta: la simbiosis de las raíces que conectan subterráneamente a los árboles de la misma o de diferentes especies. Peter Wohlleben, silvicultor y guardabosques retirado, además de gran divulgador de la vida de los árboles, describe cómo los árboles jóvenes son cuidados por sus congéneres:
“A través de las raíces sus madres entran en contacto con ellos y les proporcionan azúcar y otros nutrientes. Podría decirse que los árboles bebé son amamantados. Los adultos forman un espeso techo sobre el bosque y sólo dejan pasar un tres por ciento de luz para que los pequeños no crezcan demasiado rápido, es lo que los expertos forestales desde hace generaciones llaman educación. El crecimiento lento es condición para que luego se alcance una edad avanzada. La ciencia ya no discute la capacidad de los árboles para aprender, queda por resolver dónde almacenan lo aprendido y cómo lo rescatan”.
Algo muy importante es que las redes de simbiosis son mucho más complejas de lo que solemos creer y nuestro deber es acercarnos a ellas con humildad para desentrañarlas. Un ejemplo que asombra por inesperado es lo ocurrido con la reintroducción de los lobos en el Parque Nacional de Yellowstone, Estados Unidos en 1995. Poco a poco, varias áreas del parque donde pastaban los alces se volvieron a poblar de sauces y álamos que estabilizaron los ríos y atrajeron a los castores, peces, aves, nutrias y anfibios. Lobos, alces y árboles están conectados… ¿quién lo hubiera adivinado?
Es importante señalar que aunque la colaboración en la naturaleza es un fenómeno cada vez más reconocido –ya lo afirmaba en 1902 Piotr Kropotkin en El apoyo mutuo–, eso no significa que no exista también la competencia para sobrevivir, una lucha que con frecuencia es feroz, sobre todo cuando los recursos disponibles escasean. No debemos idealizar a la naturaleza y caer en el extremo de ignorar esa realidad que coexiste con la de la cooperación.
Aquí es donde vamos a introducir una palabra nueva acuñada por Jorge Riechmann, filósofo, ensayista, poeta y activista ecológico, catedrático de Filosofía Moral y Política en la Universidad Autónoma de Madrid. La palabra es “simbioética” que combina a la vez dos términos: simbiosis y ética. Es la propuesta de una bioética a partir de lo que nos enseña la naturaleza: somos holobiontes en un planeta simbiótico.
Jorge Riechmann, autor prolífico, publicó Simbioética. Homo sapiens en el entramado de la vida (Plaza y Valdés, 2022), en donde podemos leer lo siguiente: “Aunque la palabra simbioética pueda parecernos algo extravagante, en realidad remite a una antiquísima forma de estar en el mundo que ha sido natural para muchos pueblos y culturas: dar y recibir (con gratitud). Saberse parte de una Tierra viva donde nuestra existencia se entrelaza y ha de coordinarse con otras muchas formas de existencia”.
Santiago Beruete, escritor, educador y filósofo, abunda en las mismas ideas cuando nos dice: “Somos menos dueños de nosotros mismos y más dependientes de lo que imaginamos. Todos los organismos están interconectados por lazos invisibles, formando una trama de vínculos simbióticos y relaciones de cooperación mutua, hermanados por un mismo código genético y un común anhelo de plenitud”.
Jorge Riechmann ha publicado otro libro sobre el tema titulado Donde el amor, allí el mundo. Ensayos sobre simbioética (El Desvelo Ediciones, 2025), donde se pregunta si era necesario acuñar la palabra simbioética: “Así que al menos dos hechos justificarían el neologismo y nos servirían como punto de partida: los nuevos conocimientos sobre la Tierra como planeta simbiótico, de cuya biosfera formamos parte, y la gravedad extrema de la crisis ecosocial”.
En este volumen amplía la idea de que una verdadera superación de la muy grave crisis medioambiental a la que nos dirigimos introduce cambios radicales en nuestros marcos conceptuales e ideas sobre la vida y el mundo que heredamos de nuestra cultura occidental: “La crisis ecológico-social contemporánea es tan profunda que nos invita a reconsiderar los fundamentos mismos de las ideologías y el sentido común dominante. ¿No resultará a la postre contraproducente la búsqueda de dominación sobre la naturaleza? ¿Tiene sentido considerarnos como individuos separados de sus semejantes y de los ecosistemas? ¿El antropocentrismo no nos está descarriando mucho? ¿Cabe decir, a estas alturas de la historia humana, que sabemos de habitar la Tierra?”
En 2024, David King, director del Grupo Asesor sobre Crisis Climática publicó lo siguiente en el rotativo inglés The Guardian: “A menudo oímos que para responder a la crisis climática tenemos que hacer sacrificios. Pero este planteamiento es erróneo. Debemos encontrar la alegría en nutrir lo que nos rodea, desde la naturaleza hasta las cosas que poseemos. La satisfacción debe venir de la calidad, no de la cantidad, y de la naturaleza, no de las cosas nuevas”.
Ya en el siglo II d.C. Marco Aurelio nos decía que “hemos nacido para colaborar, como las manos, los pies, los párpados y las hileras de dientes, superiores e inferiores”. La palabra colaborar (la forma de simbiosis que llamamos mutualismo) es la llave que puede abrir la puerta al futuro. Podría no ser casualidad que todos seamos holobiontes.
Luis Muñoz Fernández
Médico cirujano especialista en anatomía patológica. Miembro del Colegio de Bioética A.C.