Treinta años no son nada: la reproducción humana asistida

“La sabiduría debe ser definida como el conocimiento de cómo usar el conocimiento a favor del bienestar social”
—Van Rensselaer Potter

Fue en 1978 cuando sucedió lo que hasta esa época parecía impensable, la desvinculación entre coito, embarazo y nacimiento. Efectivamente, es en Manchester, Inglaterra, a finales de los setenta cuando por primera vez fue posible el nacimiento de una niña, producto de una revolucionaria técnica denominada Fecundación In Vitro (FIV).

Su nombre, Louise Brown, hija de Lesley y John Brown. Su nacimiento se logró gracias a los esfuerzos en materia de fertilidad de tres personajes, Jean Marian Purdy, pionera británica en embriología, así como el biólogo y fisiólogo Robert Edwards y el ginecobstetra Patrick Steptoe. De aquella época a la actual muchas cosas y muchos casos han pasado.

De hecho, cuatro años más tarde del nacimiento de Louise, nació su hermana Natlie Brown, quién también fue producto de un procedimiento de FIV.

Actualmente, ambas hermanas han concebido hijos de manera natural, sin recurrir a procedimientos de Reproducción Humana Asistida (RHA), de aquellas épocas a la actualidad, han nacido millones de personas gracias a los avances biotecnológicos que han seguido a la FIV.

Particularmente esta técnica ha avanzado muchísimo y a partir de ella han surgido otras, por ejemplo el diagnóstico genético preimplantacional, la criopreservación de embriones y la gestación para otros. Todos estos procedimientos están relacionados entre sí pero con historias e implicaciones diferentes.

Ilustración: David e Izak Peón
Ilustración: David e Izak Peón

Hace algunos años escribí sobre la historia de Tina, una mujer estadunidense de 29 años a quien le fue implantado un embrión que tenía 27 años congelado. En términos de existencia, técnicamente madre e hija eran contemporáneas, sólo que Molly Gibson había estado en un especie de limbo, criopreservada cerca de tres décadas a menos 196 grados centígrados en nitrógeno líquido.

Así, la criopreservación cada día nos da más sorpresas, hace menos de dos meses, en noviembre de 2022, la prensa dio cuenta del nacimiento de Lydia Ann y Timothy Ronald, un par de hermanos producto de sendos embriones cuya congelación data de 1992; es decir, que al momento de ser implantados tenían al menos treinta años en ese limbo del que hablamos, un limbo producto de los avances en materia de criopreservación.

Lydia Ann y Timothy Ronald, son legalmente hijos de Rachel y Philip Ridgeway. Según datos de la prensa, los progenitores de estos embriones eran —en 1992— un hombre de 50 años, quien consiguió un óvulo donado de una mujer de 34. Es decir, actualmente los progenitores biológicos de estos embriones tendrían respectivamente 81 y 65 años de vida. La prensa no da más datos al respecto.

¿Qué nos depara el futuro? La respuesta no es fácil ya que es evidente que la ciencia seguirá avanzando en estos temas. Lo que sí es cierto es que en casos como los anteriores, la pregunta ¿cuántos años tienes? quizá resulte obsoleta, ya que la pregunta debería ser, ¿desde hace cuántos años existes?

Por otra parte, si bien han pasado 40 o más años que este tipo de situaciones existen,y si bien dichas técnicas son ampliamente utilizadas en nuestro país, nos preguntamos: ¿por qué la reticencia social para abordar estos temas? Dónde está el análisis bioético de estos y muchos casos más, donde está la reflexión seria y mesurada de las implicaciones que tiene la utilización —en general— de las biotecnologías en nuestro país.

Tal parece que tememos a este tipo de debates, cuyas implicaciones son de un calado profundo, por ejemplo en materia bioética, jurídica e inclusive social. No hay que olvidar que estas biotecnologías tienen un gran impacto en la vida de las personas, de aquellos que recurren a las mismas, pero también de aquellos que nacen como producto de su utilización.

Creemos que en este y muchos temas más, la reflexión bioética es necesaria, ineludible, e impostergable, porque México como país es muy bueno para asimilar, aprender e incluso aprehender los avances biotecnológicos, pero somos muy malos para la discusión, en este caso bioética, biojurídica y biosocial.

Un comentario final: Resulta interesante pensar que siete años antes del nacimiento de Louise Brown, ya alguien se había cuestionado sobre el impacto del avance biotecnológico y la necesidad de establecer un puente, precisamente, entre biotecnología y humanismo, su nombre: Van Rensselaer Potter, precursor de lo que hoy conocemos como Bioética.

 

Héctor A. Mendoza C.
Doctor en Derecho y profesor investigador en temas bioéticos y biojurídicos. Integrante del Sistema Nacional de Investigadores y miembro del Colegio de Bioética, A. C.

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Publicado en: Inicio y fin de la vida