Aproximarse al Antropoceno

En el prólogo de su libro El principio de responsabilidad. Ensayo de una ética para la civilización tecnológica, el filósofo Hans Jonas parte de una premisa: en la época actual, el poder del ser humano sobre la naturaleza es de tal magnitud que la reflexión filosófica tradicional sobre la relación entre ambos se ha quedado corta. Por tanto, es necesario construir una nueva ética:

Ilustración: Belén García Monroy
Ilustración: Belén García Monroy

Definitivamente desencadenado, Prometeo, al que la ciencia proporciona fuerzas nunca antes conocidas y la economía un infatigable impulso, está pidiendo una ética que evite mediante frenos voluntarios que su poder lleve a los hombres al desastre… El sometimiento de la naturaleza, destinado a traer dicha a la humanidad, ha tenido un éxito tan desmesurado —un éxito que ahora afecta también a la propia naturaleza humana— que ha colocado al hombre ante el mayor reto que por su propia acción jamás se le haya presentado.

Los geólogos han clasificado la historia de nuestro planeta mediante el estudio de las capas o estratos del suelo, del subsuelo, del fondo marino, analizando las rocas, los sedimentos arenosos, los restos orgánicos, etc. Con toda esa información han elaborado la tabla cronoestratigráfica internacional (dividida en eras, períodos y épocas), cuya revisión está a cargo de la Comisión Internacional de Estratigrafía (CIE), instancia que depende de la Unión Internacional de Ciencias Geológicas. Cada etapa histórica tiene un nombre distintivo. Un buen ejemplo es el Jurásico, período que todos conocemos gracias a la famosa serie de películas sobre los dinosaurios que abundaron en aquel lapso de tiempo. Desde hace 11 500 años hemos vivido en el Holoceno, la época que siguió al Pleistoceno.

Si hay una palabra reciente que representa el estado actual de la relación del ser humano con la Tierra, esa palabra es “Antropoceno”. Aunque tiene sus antecedentes, el término fue propuesto en el año 2000 por el químico atmosférico holandés Paul Crutzen y el ecólogo estadounidense Eugene Stoermer para designar a la nueva época geológica en la que estamos inmersos, caracterizada por un cambio en la composición físico-química de la Tierra ocasionada por el ser humano. Por primera vez en la historia, la actividad humana ha sido capaz de modificar la composición de los estratos terrestres, de los mares y de la atmósfera. Aunque su inicio se sigue discutiendo, hay cierto acuerdo para considerar que el “Antropoceno” empezó hacia finales del Siglo XVIII con el arranque de la Revolución Industrial y se consolidó a partir de la década de los cincuenta del siglo pasado con el inicio de los ensayos nucleares.

No todos los geólogos aceptan este concepto, sin embargo, se ha enviado la propuesta a los grupos de trabajo de la CIE para su análisis y eventual aprobación. Se admita o no que ya estamos en el “Antropoceno” —y lo escribiremos entrecomillado mientras sea sólo una propuesta—, es un hecho indiscutible es que hemos modificado sustancialmente los ciclos físicos, químicos y biológicos de nuestro planeta. La agricultura y ganadería intensivas, la industrialización, el desarrollo tecnológico, el uso de combustibles fósiles y otras actividades más están cambiando nuestro entorno, produciendo un deterioro de las condiciones de vida de la Tierra, trastocando el clima y extinguiendo especies de manera masiva y acelerada, poniendo en grave riesgo la supervivencia de todos los seres vivos, incluyéndonos a nosotros. David Wallace-Wells, autor de El planeta inhóspito. La vida después del calentamiento, afirma que “en los últimos treinta años hemos dañado más al planeta que en todos los siglos anteriores”.

Esta es la importancia que tiene el “Antropoceno”: hacernos conscientes de que enfrentamos una crisis planetaria sin parangón en toda la historia de la humanidad. Emergencia ecológica, calentamiento global, suicidio colectivo, ecocidio, abismo ecosocial, son todos términos relacionados con el “Antropoceno”. Pese a que las señales venían observándose desde mediados del Siglo XX, ha sido en el arranque de este siglo cuando hemos despertado a la posibilidad de que no hay garantía absoluta para la pervivencia de nuestros descendientes. Ya lo decía Paul Valéry: “Ha comenzado la era del mundo finito”.

¿Podemos hacer algo ante esta deriva peligrosa que por sus dimensiones rebasa el plano de las acciones individuales y parece haber despertado solamente respuestas tibias o incluso engañosas en la comunidad internacional? Bienvenidos al Siglo de la Gran Prueba (Jorge Riechmann dixit).

La nueva ética que reclamaba Hans Jonas para esta época, que va más allá del ser humano para extenderse tanto a todo lo viviente como a lo aparentemente inerte, y que transciende el presente para abarcar a las generaciones futuras, es justamente la Bioética.

 

Luis Muñoz Fernández      
Médico cirujano especialista en anatomía patológica. Miembro del Colegio de Bioética, A. C.

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Publicado en: Medio ambiente

2 comentarios en “Aproximarse al Antropoceno

  1. Felicidades Luis. Gracias por la claridad y la contundencia. Otro punto de gravedad con el Antropoceno es la velocidad con la que están ocurriendo los cambios ahora, las eras geológicas se han medido en millones de años y la actual cambia en décadas. No queda mucho tiempo para intentar modificaciones. Es posible, dolorosamente, que en apenas unos siglos, muy pocos, lleguemos al post-Antropoceno.

  2. El antropoceno no es una mera curiosidad intelectual; es una llamada a reconocer el impacto que los seres humanos (i.e.: todos nosotros) estamos ejerciendo sobre la vida en el planeta Tierra. Luis Muñoz hace bien en escribir de ello. Y me deja pensando…
    Hace casi 25 años, Paul MacCready, (un ingeniero más recordado por haber diseñado y construido un aeroplano de propulsión humana con el que se cruzó el Canal de la Mancha: el “Gossamer Albatross”, 1979), hizo una presentación TED que tituló ‘Nature vs Humans’; en su introducción, establece que a inicios de la agricultura, hace 10,000 años, el peso de la biomasa vertebrada terrestre ocupada por los humanos, sus mascotas y su ganado correspondía al 0.1%. Presenta una gráfica, a la vez alarmante y trágica, cuyo cálculo fue repetido por otro autor (Daly, 2018), donde muestra que en los últimos 50 años, ese grupo de vertebrados (humanos + mascotas + ganado) ha incrementado en tal magnitud que ocupa ahora el 98% de la biomasa terrestre (en otras palabras, la vida animal ‘salvaje’ ocupa solo el 2% -!!). La gran mayoría de esa biomasa corresponde a los animales domesticados en una proporción de alrededor de 4:1 en comparación con los humanos.
    Darwin escribió sobre el Árbol de la Vida identificando sus ramas y hojas como las especies que aparecen y desaparecen en el transcurso del proceso evolutivo y “…cuyas ramas rotas y muertas llenan la costra de la tierra..”, mientras que el gran Árbol sombrea la superficie con “…sus hermosas y continuas ramificaciones.” La ramificación humana es una de las últimas y, evolutivamente, muy reciente (Eisenberg L. 2017), pero la hipertrofia que ha provocado (humanos+mascotas+ganado) corre grave riesgo de romperse.
    El escrito de Luis Muñoz en Bioética Cotidiana apunta a la responsabilidad que tenemos como humanos en esta época antropocénica que hemos creado y que podemos/debemos controlar. Como reflexiona MacCready acerca de esto: “En el transcurso de billones de años, en una esfera única, el azar ha pintado una delgada cubierta de vida -compleja, improbable, maravillosa y frágil. Repentinamente, nosotros humanos (especie recientemente arribada y ya no sujeta los controles y balanzas inherentes a la naturaleza), ha crecido en población, tecnología e inteligencia, generando en una posición de poder inmenso: ahora nosotros esgrimimos el pincel para pintar.” De nosotros depende el cómo se use… y para eso, como bien dice Luis, está la bioética.

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