Todos vamos a morir. Es algo que sabemos. Por ello resulta incomprensible que los seres humanos, que presumimos de racionalidad, hayamos olvidado que la vida tiene un término y que habremos de afrontarlo.

Ilustración: David Peón
Ilustración: David Peón

Cuando mi hija tenía 14 años, un día se puso a pensar en el futuro y me dijo que le agradaría que yo bailara con su hija en sus quince años; hice cuentas rápidas y calculé de forma hipotética la edad que tendría en ese momento, respondí: “No, no creo”. Al sorprenderse con mi respuesta, dije con toda claridad que algún día moriría y mis hijos, mayores que ella, pidieron que me escuchara.

Ocasionado por la gran cantidad de jóvenes muertos en la Primera Guerra Mundial, la especialización y comercialización de la medicina puso a la muerte como algo distante de la vida cotidiana. De nacer y morir en casa rodeado de la familia, asumiéndolo con la naturalidad del proceso de la vida, se pasó a creer que la medicina tenía como misión evitar la muerte. Derivado de ello, ahora se muere rodeado de máquinas y de extraños en una Unidad de Terapia Intensiva.

Sentimos ahora la necesidad de ocultar las noticias de enfermedad y muerte a los niños, creyendo que así los protegemos. Pero, en realidad, podríamos pensar que les privamos de aprender los procesos de duelo.

Omitir de la realidad nuestro carácter finito hace que la vida transcurra y se asuma con metas y logros distintos que aquellos que nos importarían si reconociéramos a la muerte como una constante. Jack Nicholson y Morgan Freeman nos lo muestran en Antes de Partir (The Bucket List, 2007) en donde enlistan cosas que deberían hacer antes de morir. La pregunta es si debemos esperar a tener un diagnóstico que lo indique para llevarlas a cabo. Para romper los mitos sociales respecto a la muerte, en 2011 iniciaron en Inglaterra los Cafés de la Muerte, que tienen por objeto “aumentar la conciencia sobre la muerte con el fin de ayudar a las personas a aprovechar al máximo sus (finitas) vidas”. Se han extendido por todo el mundo y cuentan con más de 160 000 participantes.

Asumo que habrá quienes piensen en este momento que invoco a la muerte o que pareciera no importarme. Pero es lo contrario, en la historia de la vida de cada uno se inscriben nuestras perspectivas individuales y la forma en que nos asumimos y vemos nuestras circunstancias.

Mi historia provocó que tratara de educar a mis hijos asumiendo que en algún momento no estaré, y que decirlo y reconocerlo no es herirlos o ser rudo con ellos. Para mí, simplemente, es hablar con la verdad, presentando la vida como temporal.

Al ser consciente de que sé que pasará, pero ignorando cuándo o cómo, poco a poco vislumbré, sin pensamientos catastróficos, qué podía hacer, a futuro, para preparar este evento. Me ha tocado vivir de cerca la pérdida de familiares de forma súbita y también de procesos largos de enfermedad; si me preguntan cuál prefiero, debo reconocer que ninguna. La muerte inesperada siempre provocará que encontremos pendientes que dejamos con esa persona, mismos que insisto no deberíamos tener; el padecimiento de mucho tiempo puede permitir prepararse mejor, pero acarrea un desgaste a los familiares o cuidadores.

Algunas veces, desde cátedras de bioética, al hablar de temas de cuidados paliativos, muerte médicamente asistida o eutanasia, noto que hay confusiones, ignorancia o, peor aún, mucho remordimiento de eventos familiares pasados. Es común que las personas se cuestionen si las decisiones que tomaron respecto a un familiar fueron las correctas. Pido siempre que no se cuestionen por hechos antiguos desde la posición actual, ya que las circunstancias —económicas, conocimientos, tratamientos médicos, etc.— cambian con el tiempo. Por ello, hay nuevas opciones de decisión que antes no existían; insisto en que lo que se hizo fue lo mejor y trato de que superen ese sentimiento de culpa.

A partir de eso, pensé en mis hijos, ¿por qué ellos tendrían que tomar decisiones que me corresponden sobre mi tratamiento y proceso de muerte? ¿Por qué dejar en ellos cuestiones que me atañen y que pensando en mi autonomía y capacidad actual puedo elegir? ¿Quién puede mejor que yo decidir si acepto o rechazo tratamientos? De esta manera, al haberlo decidido yo, ¿no les quito la responsabilidad de decidir y de que posteriormente se cuestionen de esa determinación?

Zanjado lo anterior, el proceso puede ser muy sencillo, opté por la que consideré la mejor alternativa: hablar con claridad en familia y establecer con precisión qué tratamientos aceptaría y cuáles no.

Según un artículo publicado en Trauma Surgery Acute Care Open, las series televisivas han distorsionado la realidad de la medicina. Por ejemplo, el proceso de RCP nos es presentado como algo cotidiano, siempre exitoso, rápido e indoloro: a los tres minutos el paciente recuperado ya está ligándose a la enfermera. La realidad es que más del 90 % del RCP fuera de los hospitales falla, los pacientes comúnmente sufren fracturas de costillas y esternón, daño neurológico y difícilmente recuperan el estado de salud previo.

En lo personal prefiero recomendar ver en familia el documental Extremis (2016), de Netflix. En él, se cuentan varias historias simultáneas; son 25 minutos bien invertidos para abrir la conversación de los deseos individuales a futuro.

No considero aún agotado el tema. Anteriormente tuve oportunidad de comentar cuestiones relacionadas con la voluntad anticipada y los cuidados paliativos, pero insistiré en que la difusión y el conocimiento son condiciones para que estos derechos se vuelvan efectivos.

 

Bernardo García Camino
Doctor en Derecho y miembro del Colegio de Bioética A. C.