La pena de muerte que imponemos a los animales

En muchas sociedades humanas ha existido la pena de muerte, y a pesar de las diferentes voces que condenan esta práctica, del reconocimiento de los derechos humanos y la evolución del pensamiento ético que parece cada vez más incluyente, en muchos países todavía se implementa como un castigo ejemplar para aquellos individuos que después de un juicio (que no siempre se lleva a cabo), se considera que han traicionado al grupo de poder o a su nación, o cuando alguien ha cometido un daño o “desacato” grave o le ha quitado la vida a otros humanos con alevosía y de manera intencional. Para los animales no humanos la “pena de muerte” sigue vigente en todos los países. A pesar de las formas inmisericordes y terribles con que se les quita la vida, desafortunadamente esta práctica se ha naturalizado a tal grado que tal vez a los propios lectores les haya sorprendido o parecido exagerado el título de esta columna.

Ilustración: Gonzalo Tassier
Ilustración: Gonzalo Tassier

Alrededor de estas matanzas se pueden hacer diversas reflexiones bioéticas, empezando por la que me parece más grave: la normalización del mal, y en este caso concreto, frente a la muerte de los otros animales; esta actitud proviene, por un lado, del pensamiento religioso judeo-cristiano para el cual las vidas de los animales no humanos no son valiosas, no tienen almas inmortales, ni son hijos de un dios (lo que es imposible de probar científicamente). Lo extraño es que, aun en las sociedades laicas o ateas, estas “diferencias” con los otros animales han permeado la mente y la cultura. La filósofa Hannah Arendt llamó a este tipo de indiferencia “banalización del mal”,1 si bien lo dijo para referirse a una persona que no es consciente del daño que hace a otros humanos. Sin embargo, las matanzas masivas en los rastros o mataderos que se realizan a diario caerían en este tipo de normalización, y que además hemos institucionalizado bajo la venia de la sociedad que exige que se realicen para poder consumir a los animales, no importando que se trate de sujetos jóvenes, sanos o hembras gestantes.

No sólo se pasa por encima del principio de no dañar, sino que tampoco se aplica el de justicia, pues no se han hecho esfuerzos para garantizar que dichos animales estén inconscientes antes de ser desangrados, degollados o sumergidos en las tinas de escaldado. Para Bauman,2 las acciones que lesionan a otros no siempre son malintencionadas, sino que hay tipos de violencia que pasa desapercibida ante nuestros ojos por una ceguera moral que genera pérdida de sensibilidad, o bien, que no permite ver la gravedad del mal que se comete contra otros, o porque se puede caer en un fenómeno de habituación que nos hace decir: “Así se ha hecho siempre, no tiene mayor importancia”.

El caso de los animales que son utilizados en la investigación y en la enseñanza también es un tipo de muerte institucionalizada, considerada como imprescindible e irrenunciable y que se exige por el bienestar y la salud de nuestra especie; aunque esos animales y sus congéneres no reciban ningún beneficio ni reconocimiento a cambio, sino sólo la muerte. En no pocas ocasiones ni siquiera son susceptibles a las enfermedades que se les inducen, o bien, se les manipula genéticamente para que las presenten, en un tipo de disgenesia que justificamos sin dudar. Resulta paradójico que en este campo tampoco se haya avanzado mucho en el refinamiento de las formas de matarlos o de atenuar su dolor físico o emocional durante o al finalizar los experimentos. Otras situaciones en donde los condenamos a morir sin razón son zoocidios como la cacería, la pesca deportiva o la de ballenas y delfines, así como los espectáculos cuya finalidad es ver su sangre derramada y que mueran al final. También se ha normalizado el exterminio de animales silvestres o de los que algunas personas califican con el peyorativo de “plaga” para empezar a matarlos de la forma que sea. Por esta misma razón se captura a perros y gatos en situación de calle para ser matados con descargas eléctricas o ahorcados en los centros de control. O quienes ya no quieren a su animal de compañía por considerar que perturba su vida o molesta, y entonces lo entregan a la muerte.

Cuando surge una epidemia entre los animales domésticos, la estrategia para frenarla y evitar que se propague a otros animales o a los humanos y pueda convertirse en una pandemia, es el “rifle sanitario”. Éste consiste en matar no sólo a los animales enfermos (como sucedió con la influenza AH1N1), sino a todos los de la especie susceptible de infectarse, llegando a despoblar todas las granjas de cerdos o aves. O cuando se mataron 17 millones de visones por una mutación del SARS-Cov-2,3 que al parecer un humano infectado les contagió en una granja.

¿Por qué les hacemos esto a los animales de otras especies alterhumana? Son seres sintientes, tienen capacidad de experimentar dolor así como estados afectivos negativos, ya que se dan cuenta de lo que ocurre a su alrededor y en ellos.4 La respuesta parece ser: los matamos porque podemos. Ellos son vulnerables y están a nuestra merced en todos sentidos. Por ello, algunas filósofas ecofeministas contemporáneas5, 6 sostienen que esta postura antropocéntrica o patriarcal nos hace actuar como déspotas apropiándonos de los cuerpos y las vidas de los otros para someterlos según nuestra conveniencia, usándolos como medios para satisfacer no sólo nuestras necesidades, sino nuestros gustos.

Muchos pensarán ¿qué podemos hacer? Si así se ha organizado y construido el mundo, en donde los animales no humanos soportan los costos y cargan con lo más pesado en total anonimato.

Mi esperanza es que la bioética nos haga abrir los ojos frente a estas realidades, para acabar con la ceguera moral que tanto dolor causa a quienes son invisibilizados y que más que no tengan voz para protestar, nosotros nos hemos negado a escucharlos.

 

Beatriz Vanda Cantón
Médico veterinario zootecnista. Doctora en Bioética y profesora en la UNAM. Miembro del Colegio de Bioética


1 Arendt, H. Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal, Penguin Random House, 1999, pp. 417-118.

2 Bauman, Z., y Donskis, L. Ceguera moral: La pérdida de la sensibilidad en la modernidad líquida, Paidós, 2017, pp. 21-22.

3 Redacción. “Coronavirus: Dinamarca sacrificará 17 millones de visones por una "riesgosa" mutación de covid-19”, BBC News Mundo, 5 de noviembre de 2020. Consultado el 20 de mayo de 2023

4 Broom, D. M. “Sentience”, Encyclopedia of Animal Behavior, segunda edición, Elsiever, 2019.

5 Adams, C. J. La política sexual de la carne. Una teoría crítica feminista vegetariana, Ochodoscuatro Ed., Madrid.

6 Warren, K. J. Filosofías ecofeministas, Icara, Barcelona, 2003.

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Publicado en: Ética hacia los animales