Inteligencia Artificial vs. Inteligencia Humana

El cerebro es, en principio, lo que podríamos denominar como una jungla en la que diariamente se juegan batallas producto de la evolución humana. Efectivamente, dentro de nuestros cerebros cohabitan miles de neuronas que compiten entre sí para efecto de dar respuesta a las demandas del entorno.

No obstante que hablamos de competencia, en realidad nuestras neuronas también luchan incansablemente en términos de colaboración, con el mismo objetivo de dar respuesta a las demandas del entorno. Nuestro cerebro, en general, no se distingue mucho del de otros animales ya que en él, al mismo tiempo, coexisten elementos contradictorios que tienen que ver con crecimiento pero también con decadencia; hay al mismo tiempo diversidad y homogeneidad, selección y complemento, así como selección y repelencia.

Ilustración: Estelí Meza
Ilustración: Estelí Meza

Si quisiéramos hacer un paralelismo entre funcionamiento computacional versus funcionamiento humano, podríamos asemejar a todo el sistema nervioso central como el hardware humano; es decir, el soporte en el que se manifiesta nuestro software, que vendría siendo precisamente el proceso neuronal llamado sinapsis.

Hay que agregar, además, que nuestra “humanidad” no se limita a meras interacciones químicas y biológicas. Nuestra “humanidad” radica en todas esas cosas que no podemos objetivar, nuestro subconsciente, nuestro idioma, nuestra cultura, nuestras filias y fobias, eso que conocemos como intuición, y muchas cosas más. Nuestra “humanidad”, entonces, radica en ese conjunto de cosas que pueden ser efímeras e intangibles que no podemos definir con claridad, pero que sabemos que ahí están, y más aún: que rigen nuestras vidas.

Estas son las esencias humanas a las que Gerd Leonhard denomina androritmos, en una comparación con los algoritmos. Según este autor, debemos proteger a toda costa estas cosas que, si bien son elusivas, son las que nos hacen humanos aunque parezcan torpes, complicadas, lentas, o ineficientes en comparación de sistemas no biológicos, como las computadoras y los robots.

Una visión opuesta es la que sostienen los transhumanistas, quienes aseguran que ha llegado la hora de dar el siguiente paso, dejar atrás ese hardware biológico llamado cuerpo, para continuar con la siguiente etapa, la era del poshumanismo, una era en la que ya no seremos más personas integradas a un cuerpo biológico y quizá, solo quizá, solo seremos información. Para los entusiastas del poshumanismo este es el final ideal: la no dependencia del anclaje a un cuerpo biológico, como actualmente nos concebimos.

El problema es que, de asumir esta posición, el siguiente paso sería desaparecer como especie humana, seríamos sólo información, nos fusionaríamos con la inteligencia artificial (IA) y, siendo pura información y sin las ataduras de un cuerpo biológico —postulan los entusiastas del posthumanismo— el Universo sería nuestro destino.

Ahora bien, ¿qué implicaciones tienen los avances en IA para la bioética? Partiremos de un ejemplo conocido. Nos referimos a los avances que ha logrado IBM con Watson. En una búsqueda por internet podemos encontrar como sus principales logros los siguientes:

  1. Oncología: Watson ha sido utilizado para ayudar en la toma de decisiones en tratamientos oncológicos. Analizando grandes cantidades de datos médicos, Watson puede identificar patrones que facilitan a los médicos seleccionar el tratamiento más efectivo y personalizado para un paciente en particular.
  2. Imagenología: Mediante el análisis de miles o quizá cientos de miles de imágenes médicas, como tomografías computarizadas y resonancias magnéticas, Watson puede identificar patrones que facilitan el diagnóstico y, por ende, la toma de decisiones en el tratamiento de enfermedades.
  3. Investigación médica: Watson ha sido utilizado en el análisis de grandes cantidades de datos de investigación para identificar patrones y tendencias en los mismos, lo que eventualmente podría contribuir a acelerar la investigación médica así como el descubrimiento de nuevas terapias.
  4. Gestión de la salud: En este rubro Watson ha contribuido al análisis de grandes cantidades de datos de pacientes para identificar patrones y tendencias en la salud general de la población, ayudando así a los médicos para una toma de decisiones más informada en relación con sus pacientes.
  5. Genómica: Watson ha sido utilizado en la genómica para analizar grandes cantidades de datos y ayudar en la identificación de mutaciones genéticas y diagnóstico de enfermedades. Se afirma además que Watson logró clasificar casi la mayoría de los genes del genoma humano, estableciendo con ello predicciones sobre cuáles de estos genes estarían asociados con enfermedades como la esclerosis lateral amiotrófica.
  6. Interacciones de medicamentos: Watson ha sido utilizado para analizar grandes cantidades de datos sobre la utilización de medicamentos y, a partir de dicho proceso, mediante un análisis probabilístico, ha sido capaz de proporcionar recomendaciones respecto de dosificaciones ideales así como alertas sobre posibles interacciones.

Si bien es cierto que Watson ha sido utilizado con éxito en ciertas áreas médicas, a la fecha no se ha demostrado que sea capaz de elaborar diagnósticos precisos que superen el diagnóstico de médicos humanos. Aunque es un sistema inteligente, capaz de procesar ingentes cantidades de datos y utilizar algoritmos de aprendizaje automático para identificar patrones, tendencias y probabilidades, todo indica que aún no puede reemplazar la experiencia y el juicio clínico de un médico humano.

Así, los sistemas de IA como Watson son herramientas valiosas para la medicina y para muchos otros campos más, ya que pueden ayudar —enfatizando el verbo ayudar— a mejorar los diagnósticos, contribuyendo así a la toma de decisiones médicas, sin que ello implique el reemplazo de la experiencia y la habilidad de los médicos humanos.

Quienes estamos preocupados por los aspectos bioéticos de la implementación de la IA, entre el personal médico y los pacientes, nos preguntamos si es correcto que continuemos poniendo el foco únicamente en los avances tecnológicos. En este supuesto, ¿dónde dejamos elementos propiamente humanos como la empatía, la formación de vínculos entre dicho personal (que no se limita exclusivamente a médicos, incluye entre otros al personal de enfermería, al de trabajo social y yo diría incluso, a camilleros o paramédicos de una ambulancia), vínculos que tienen que ver con la comunicación, con la calidez humana, con la compasión, con el sufrimiento, con el aprecio y con muchos elementos —humanos— más?

Otra preocupación es que llegue el día en que, por ahorrar tiempo, permitamos que la IA sea el único o el principal medio de diagnóstico y por ende del tratamiento que debe recibir una persona. En una hipótesis como esta, al igual que sucede con el tema de los autos de conducción autónoma, tenemos que preguntarnos quién sería el responsable de un falso positivo o un falso negativo a nivel diagnóstico.

Podemos, mediante la utilización de la IA, darnos el lujo de, en aras de diagnosticar a un número mayor de personas con algún padecimiento, dejar atrás la relación médico paciente. Recordemos que la medicina se considera ciencia y arte, y su parte artística tiene que ver con la parte humana, el diálogo entre médico y paciente, el entrecruce de miradas, la intuición del propio médico. Una IA, por muy sofisticada que sea, jamás entenderá la intuición como una forma de conocimiento que se basa en una comprensión directa, a menudo inconsciente, de la situación o el problema en cuestión, comprensión que deviene de años de experiencia —de años de trato entre humanos.

Dudo que cualquier IA pueda reconocer el sufrimiento, y lo que ello puede provocar en la percepción particular que se da por ejemplo, entre un mismo médico y sus diversos pacientes. Pienso que la IA está muy lejos de reemplazar las relaciones humanas pero muy cerca de generar confusión en cuanto a lo que es, lo que debe ser y lo que puede lograr.

 

Héctor A. Mendoza C.
Doctor en Derecho y profesor investigador en temas bioéticos y biojurídicos. Integrante del Sistema Nacional de Investigadores y miembro del Colegio de Bioética, A. C.