El perfil del desalmado y las emociones morales

La búsqueda de evidencias que muestran la ladera espiritual y abstracta del ser humano más allá de la corporeidad, dio origen a la percepción de la dualidad descrita en la mayor parte de las culturas sobre el binomio del cuerpo y el alma. A lo largo de la historia hemos buscado en el pensamiento mágico, en las deidades, en la visión teológica-religiosa, en el entorno de las prácticas afiliativas e incluso desde la deliberación filosófica para discernir sobre ese espacio místico. La pregunta sigue viva: ¿dónde está el alma?

Kathia Recio

Se postuló que sus espacios anatómicos podían ser palpables desde la visión reduccionista de un órgano. Transitamos en la búsqueda del alma por los caminos de los humores de los médicos griegos (Hipócrates/Galeno), las coordenadas del Senso comune de Da Vinci, la glándula pineal de Descartes, la sutil figura de la anatomía cerebral de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, el corazón y la teoría cardiocéntrica (aún vigente). También con la tecnología actual de resonancia funcional y estudios de neuroimagen, mediante marcadores de actividad neuronal definieron las zonas relacionadas con la emoción y la cognición que se vinculan con las emociones morales en un contexto de rutas inteligentes directas y vías alternas del pensamiento como la metacognición. Esta búsqueda definió las emociones primarias o primitivas relacionadas con la sobrevivencia, y permitió profundizar desde el cerebro social en las emociones morales complejas vinculadas con la convivencia.

Desde entonces, el alma ha tenido una ruta de exploración permanente para entenderla como un espacio inerte y abstracto, que ha funcionado como el reservorio de los patrones conductuales y de comportamiento idóneos de la naturaleza humana. Tanto en el sentido de los perfiles del cerebro social, como de su desarrollo y como un ente que regula en contextos socio-culturales específicos. Desde este equilibrio básico entre la excitación e inhibición, el agonismo y antagonismo neuronal y con la impulsividad y la asertividad conductual, siguen operando los comportamientos más elaborados que involucran ciertos códigos deontológicos que marcan un referente en nuestra interacción social.

En consecuencia le hemos adjudicado al alma una categoría de identidad moral que propone la capacidad reflexiva, el control del comportamiento, y la educación sustentada en el respeto a los otros y a los ecosistemas, desde la solidaridad y la conducta prosocial. En contraste, la ausencia o carencia del “alma” configura un patrón “desalmado”, que supone un perfil de comportamientos propios de las enfermedades “carenciales”. Ya que no sólo afectan al individuo, sino que tienen una repercusión social característica: adolecen del respeto a sí mismos y a los demás, no acatan los códigos de conducta morales, civiles o penales, y se caracterizan por posturas egoístas y patrones de comportamiento narcisistas, con diferentes tipos de manías que tienen efectos sociopáticos que rayan en el delirio.

De esta forma asumimos que el “des-almado” (palabra parasintética) no sólo carece de una identidad introspectiva y reflexiva, sino que además es inmoral. De sus efectos en la sociedad tenemos una basta cantidad de ejemplos desafortunados, que dan cuenta de una serie de conflictos bélicos itinerantes, conductas violentas, escaladas criminales y la normalización de la conducta agresiva en los espacios de convivencia familiar. Por ello es importante deliberar sobre las emociones morales complejas, que no sólo se enlazan con patrones de conducta sustentados en el bien y la conducta prosocial, sino también las presentamos como una forma de reivindicación en que los seres sociales procuran el bienestar físico y emocional expresado en el cuidado y trato con todas las formas de vida que le rodean.

Los perfiles de los ecosistemas sociales funcionan de manera más eficiente si la educación formativa en valores define sus principios y patrones de conducta en condiciones ordinarias y sistemáticas desde la convicción, sin la necesidad de que ocurra un evento crítico o disruptivo para ser solidarios. El modelo de vinculación con el pensamientos reflexivo no se circunscribe a un proceso de discusiones filosóficas profundas en un escenario cognitivo complejo, sino que se gestionan de manera muy básica al quedar expuesta su naturaleza solidaria ante condiciones adversas.

Los círculos de coexistencia equilibrada parten del parentesco. Luego viene lo afiliativo, donde compartimos modelos de comportamiento, y se concretan en una visión genérica en los “otros” y la forma en que nos relacionamos y tratamos a los demás. Y es nuestra interacción con los otros la que enmarca los perfiles de la conducta ética en la sociedad ya que define lineamientos del comportamiento propios del desarrollo intrapersonal, y los vincula con acciones de convivencia en nuestro trato interpersonal.

El horizonte de la conducta contemporánea también confronta a la innovación tecnológica, sobre todo desde la omnipresencia y la hiperconectividad que puede desplazar los valores del comportamiento y se encuentra identificada en la lista de los retos que propone la Inteligencia Artificial (IA). Estos modelos de lenguaje sustentados en algoritmos, analizan y clasifican datos, generan respuestas y eventualmente pueden actuar con cierta autonomía, lo que fundamenta una alerta precautoria. Este proceso puede verse sesgado por tendencias marcadas por la frivolidad y los vacíos de códigos conductuales de interés social, que además no siempre son reales (sesgo digital y alucinaciones algorítmicas).

Es entonces cuando se puede afirmar que la IA no tiene ética. Y en consecuencia puede operar bajos rutas carentes de “alma”. Hecho que cobra mayor importancia cuando consideramos que la vinculación entre una persona en condición vulnerable por su situación social o de salud, es que aspira a una relación humana y empática. Ante la toma de decisiones que definirán el futuro de la salud de una persona, resulta clave que el proceso de acompañamiento contenga un componente de solidaridad y trato digno, al que también se pueda incorporar la frase de mayor impacto social hoy en día: No estás sola o No estás solo .

Esta transición del estetoscopio al dispositivo electrónico, de la percusión auscultativa a la aplicación de un software, también ofrece el riesgo de conductas “des-almadas” que pueden vulnerar la sensibilidad y los derechos de una persona en condición de enfermedad. Dado que aún estamos lejos de un algoritmo “sintiente”, deberíamos fortalecer la conducta equilibrada en el uso racional de estas herramientas y dispositivos, asumiendo una conducta responsable que pondere la emoción, la cognición y la receptividad sensorial que definirá no sólo la posición terapéutica, sino de paliación ante el sufrimiento.

Esta perspectiva nos sitúa en el panorama de las emociones morales complejas que tienen un propósito social, del que surge la empatía, la solidaridad, la compasión, el altruismo, la beneficencia, la resiliencia y la esperanza (que va más allá de la expectativa). Es desde estas vertientes, donde convergen las acciones de la conducta ética que pueden promover un liderazgo de respeto a nuestros códigos de comportamiento, tanto desde los lineamientos de observancia  social en general, como desde aquellos que son desglosados a través del trabajo colegiado de los Comités de Investigación y los Comités de Bioética de Atención a la Salud)desde una visión institucional.

Estamos en un momento crucial para que le ética y la bioética se incorporen a la toma de decisiones de manera pragmática y resolutiva, que fortalezcan la capacidad de vinculación ante situaciones concretas y que puedan fundamentar una transición hacia el horizonte de las políticas públicas. La percepción de la beneficencia y la no maleficencia, son pertinentes para promover la observancia congruente de los códigos deontológicos, en los cuales se recupere la cultura del cuidado pensando en los otros. Se trata de procurar en lo cotidiano una ética sensible, humana y con un espíritu de valores, que para el caso de las ciencias de la vida, aspire a una bioética con “alma” desde su percepción filosófica y humanitaria.

 

Rodrigo Ramos-Zúñiga

Médico neurocirujano. Doctor en neurociencias, Prof. Investigador SNI II en el Instituto de Neurociencias Traslacionales. Centro Universitario de Ciencias de la Salud, Universidad de Guadalajara. Miembro del Colegio de Bioética A.C.


Un comentario en “El perfil del desalmado y las emociones morales

  1. Excelente Rodrigo. Y, sin embargo, como seres humanos, somos capaces de actuar con respecto al bien y al mal; tenemos agencia moral que nos coloca dentro de un espectro moral. Podemos decidir ser seres “almados” o bien seres “desalmados”; frecuentemente quedamos en un lugar intermedio, idealmente más hacia el lado “almado”. La autonomía resulta importante y la incapacidad de ejercerla, también. San Agustín y Hitler decidieron lo que decidieron (con brújulas apuntando de manera opuesta). Pero el Sr. X, con un tumor cerebral, tiene atenuantes difícilmente atribuibles directamente a él. Y ni hablar de personas con psicopatía o sociopatía.
    Qué sucede con el desarrollo de su “alma”? Cómo dicen por ahí, y bien concluye Rodrigo, no todos tenemos la respuesta, pero todos tenemos la responsabilidad.

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