La resistencia a los antibióticos y la ganadería industrial

Crédito de la imagen: Kathia Recio

¿Nos dirigimos hacia una era postantibióticos? ¿Hacia una era, digamos, en la que cualquier cirugía rutinaria sea demasiado peligrosa debido a que no existen medicamentos eficaces para tratar infecciones bacterianas? La resistencia a los antimicrobianos, en particular a los antibióticos, es hoy una de las amenazas más urgentes para la salud global. No se trata solo de que las infecciones se vuelvan más difíciles de tratar, sino de que aumentan las probabilidades de brotes prolongados, mortalidad elevada y transmisión cruzada de patógenos entre especies, algunos de los cuales podrían volverse imposibles de contener. Ya vemos indicios de que esto está empezando a suceder. Por ejemplo, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC por sus siglas en inglés) de Estados Unidos, cada año, 2.8 millones de personas se infectan con bacterias resistentes a los antibióticos y más de 35,000 personas mueren por esas infecciones en ese país.

La evidencia indica con creciente claridad que el uso generalizado de antibióticos no terapéuticos en animales en la ganadería industrial contribuye significativamente a la aparición de bacterias resistentes a los antibióticos en los seres humanos. De todos los antibióticos vendidos en el mundo, entre el 70% y el 80% se usan en animales utilizados en la producción de alimentos. Alrededor del 70% de ellos son “médicamente importantes” (en otras palabras, pertenecen a clases importantes para la medicina humana). Las bacterias patógenas resistentes pueden llegar a los seres humanos por el contacto directo con animales, o a través del ambiente (por ejemplo, agua o suelos contaminados con estiércol), pero sobre todo a través del consumo de productos de origen animal contaminados.

En la ganadería industrial, los antibióticos (como la tilosina, virginiamicina, bacitracina, oxitetraciclina y otros muchos) se utilizan rutinariamente no solo con fines terapéuticos, sino también para prevenir infecciones por las condiciones de hacinamiento e insalubridad en las que se suele tener a los animales, quienes viven bajo estrés constante y frustración por la imposibilidad de expresar comportamientos propios de su especies debido al confinamiento, lo que afecta a su sistema inmune y hace que sean más susceptibles de enfermar. Para prevenir esto se les administran antibióticos.

De manera más controversial, los antibióticos también se usan como promotores del crecimiento, lo que implica la administración continua de dosis subterapéuticas —dosis menores a las necesarias para tratar una infección— con el objetivo de acelerar el aumento de peso de los animales y mejorar la conversión alimenticia (que ganen más masa corporal por cada kilo de alimento consumido).[1]

Por ejemplo, los antibióticos como promotores de crecimiento (APC) se utilizan en la producción porcícola porque reducen la carga bacteriana en el intestino de los cerdos, mejorando la absorción de nutrientes y disminuyendo la competencia microbiana por los nutrientes del alimento —sobre todo en etapas tempranas de desarrollo—. El uso de promotores de crecimiento en cerdos es una práctica común en China, algunos países del Sudeste Asiático y en Estados Unidos (desde donde proviene alrededor del 83% de la carne de cerdo que México importa). Los APCs se usan también de modo rutinario en la producción industrial de pollo de engorda y en la producción acuícola de camarón, trucha, tilapia y salmón, entre otros.

En contraste con lo que sucede en los países mencionados, la Unión Europea prohibió el uso de APCs a partir de 2006, sin que esto aparentemente afectara su productividad.

Históricamente, en México se han usado los APCs y, aunque se ha buscado restringir y regular su uso, como se ha hecho ya en varios países, habría que preguntarse qué tanto los productores acatan la normatividad y, por otro lado, si hay suficientes inspectores agropecuarios en el país que la hagan cumplir (aunque no hay datos públicos oficiales al respecto, el tema de reaparición del gusano barrenador debería llevar a cuestionarnos si hay suficientes inspectores y si no se ha reducido su número con las políticas de austeridad implementadas desde hace unos años en el país. En todo caso, hay datos que revelan que en México el uso de antibióticos para usos no terapéuticos en animales está por arriba de lo propuesto por los especialistas).

El uso constante de antibióticos genera un entorno de presión selectiva ideal para que las bacterias desarrollen resistencia. Los mecanismos son conocidos para cualquiera que esté familiarizado con el ABC del evolucionismo darwiniano y de la genética: algunas bacterias expuestas a los antibióticos sobreviven, adaptan su material genético, se vuelven más resistentes y pueden transferir los genes de resistencia horizontalmente, incluso a otras especies bacterianas patógenas. Los genes que confieren esta resistencia pueden ser transferidos entre distintas especies bacterianas a través de mecanismos como los plásmidos. Esto significa que incluso bacterias inofensivas en animales pueden convertirse en reservorios de genes resistentes que luego migran hacia bacterias patógenas en seres humanos, aumentando el espectro de resistencia también en el microbioma humano. Una vez que estas cepas resistentes infectan a humanos, muchas veces no responden a los tratamientos convencionales, agravando cuadros clínicos, extendiendo la duración de la hospitalización y encareciendo los costos en salud.

Un ejemplo paradigmático de este fenómeno es el descubrimiento en 2015 del gen mcr-1, que confiere resistencia a la colistina, un antibiótico de “último recurso”. Este gen se halló en bacterias Escherichia coli provenientes de cerdos de granja, carne de cerdo cruda y pacientes humanos. Lo alarmante es que, de nuevo, se transmite fácilmente entre especies bacterianas mediante plásmidos, y en pocos meses fue detectado en más de 30 países. Solo después de que la colistina había perdido eficacia globalmente, se impusieron restricciones a su uso en la ganadería.

Un reciente estudio titulado “El futuro del uso de antibióticos en el ganado”, publicado en Nature Communications en abril de este año, muestra que, si se mantiene la trayectoria actual, el uso global de antibióticos en la producción animal podría aumentar casi un 30% para 2040, alcanzando las 143,481 toneladas. Asia, África y América del Sur serán las regiones con mayor crecimiento, impulsadas por el aumento en la biomasa ganadera derivado del crecimiento demográfico (que a su vez conlleva la deforestación de grandes áreas de selva tropical) y la demanda de proteínas animales. Los autores de este estudio subrayan que reducir la resistencia a los antibióticos no será posible solo con limitar el uso de antibióticos (intensidad de uso), sino que también se deberá controlar el tamaño total de las poblaciones animales (biomasa ganadera). Es decir, para verdaderamente enfrentar el problema, se debe de limitar la cantidad de animales utilizados en la producción de alimentos para consumo humano —lo que parece implicar que debería disminuir el consumo de productos de origen animal—. De hecho, las simulaciones más eficaces para reducir la cantidad total de antibióticos utilizados combinan una reducción del 50% en la intensidad del uso con una reducción en la biomasa ganadera. El problema es que el consumo de carne animal ha crecido en todo el mundo en los últimos años.

La resistencia a los antibióticos también agrava el riesgo de zoonosis, es decir, enfermedades infecciosas que los animales transmiten a los seres humanos. Esta resistencia dificulta el control de brotes, permite infecciones más prolongadas y resistentes en humanos —lo que amplía las ventanas de contagio y mutación— y ejerce una presión desproporcionada sobre los sistemas de salud, especialmente durante pandemias.

Las infecciones resistentes implican tratamientos más largos, el uso de medicamentos más costosos y de segunda o tercera línea, hospitalizaciones prolongadas, y en muchos casos el uso combinado de varios antibióticos —con lo cual también agotamos nuestros “últimos recursos” en enfermedades en las que, en otras circunstancias, tal vez no deberíamos usarlos—. Esto representa una carga creciente para los sistemas de salud, especialmente en países de ingresos bajos y medios.

En contextos de crisis sanitaria —como bien lo sabemos por la reciente pandemia de COVID-19—, los sistemas de salud enfrentan una sobrecarga que limita la capacidad de respuesta ante infecciones resistentes. Además, las infecciones resistentes suelen prolongar la duración de las enfermedades, lo que aumenta la posibilidad de mutaciones o coinfecciones, y reduce la eficacia de las estrategias de contención.

Todo esto revela una intersección crítica entre bienestar animal, sistemas alimentarios, salud pública y bioética. La lucha contra la resistencia a los antibióticos exige políticas globales coordinadas bajo un enfoque de Una Salud (One Health) —el enfoque que sostiene que la salud humana, la animal y la medioambiental están interconectadas, y que busca mejorar la salud de todos los seres vivos y ecosistemas a través de la colaboración y el trabajo conjunto de distintos sectores y disciplinas—. Esto incluye regulaciones estrictas del uso de antibióticos en la ganadería, vigilancia intersectorial de cepas resistentes, y la transición hacia modelos de producción animal más sustentables y de menor densidad, que conduzcan a mejores prácticas que redunden en el bienestar de los animales.

¿Qué podemos hacer a nivel individual? Sin duda alguna, un cambio en los hábitos de consumo individuales también puede ayudar a mitigar la resistencia a los antibióticos asociada con la ganadería industrial —aunque modestamente en relación con la magnitud sistémica del problema—. Sin embargo, ninguna acción individual reemplaza la necesidad de políticas públicas claras, regulación estructural y una vigilancia estricta. Aun así, a nivel personal y comunitario hay varias estrategias relevantes: una de las acciones más efectivas es reducir la demanda global de proteína animal de origen industrial, lo que a largo plazo puede disminuir la presión sobre los sistemas intensivos que dependen del uso de antibióticos. No se trata necesariamente de volverse vegetariano o vegano, sino de priorizar calidad sobre cantidad. Consumir productos provenientes de animales criados en pastoreo extensivo, agroecológico o regenerativo, donde el uso de antibióticos es mínimo y sólo con fines terapéuticos, puede reducir la exposición a residuos antimicrobianos y apoyar sistemas menos dependientes de medicamentos. Sin embargo, el término “orgánico” no siempre garantiza ausencia total de antibióticos, por lo que conviene revisar certificaciones específicas (como “sin antibióticos de forma rutinaria” o “criado sin antibióticos”). No obstante, debemos empezar por exigir ese tipo de certificaciones. Para ello, el consumidor informado y crítico es una pieza clave del cambio.

Gustavo Ortiz Millán

Investigador. Miembro del Colegio de Bioética

[1] Además, existen indicios cada vez más sólidos de que la exposición temprana de los seres humanos a los antibióticos, incluidos los residuos presentes en productos animales, puede estar asociada con alteraciones en el crecimiento infantil, incluyendo un crecimiento más rápido, una mayor ganancia de peso y mayor riesgo de obesidad —en parte a través de su impacto sobre la microbiota intestinal—. Aunque la relación causal directa entre el uso de antibióticos en animales y estos cambios en el desarrollo infantil no está plenamente establecida, varias líneas de evidencia convergen en esta preocupación.

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Publicado en: Ética médica