Los costos ambientales de comer animales

Hay personas que creen que bañándose más rápidamente ahorran mucha del agua que tanto falta en el planeta. Sin embargo, si esas mismas personas comen una hamburguesa, aquel esfuerzo por ahorrar agua resulta insignificante, incluso ridículo. Mientras que una persona gasta en promedio unos 50 litros de agua por una ducha de cinco minutos, para producir una hamburguesa se utilizan entre 15 000 y 68 000 litros de agua, dependiendo de las condiciones en que las reses hayan sido criadas. Esta agua no va directamente a la hamburguesa, sino que es el agua que se emplea a lo largo de la vida de la res para alimentarla, darle de beber y criarla.

Ilustración: Belén García Monroy
Ilustración: Belén García Monroy

Los sistemas de producción pecuaria hoy en día usan grandes cantidades de agua. Según el Banco Mundial, la agricultura utiliza el 70 % del agua dulce disponible en el mundo, aproximadamente el 30 % de esa agua se dirige a la producción animal. De acuerdo con la FAO, 36 % de los granos producidos a nivel mundial se usan para la alimentación animal y se calcula que esta cifra podría subir hasta un 70 % en los próximos años. Se usa más agua para producir carne que para producir vegetales que podrían proporcionar nutrientes equivalentes para consumo directo del humano. Así, mientras que se necesitan hasta 68 000 litros de agua para producir una hamburguesa, se necesitan 214 litros para producir un kilo de jitomate, 287 para uno de papa y 1544 para uno de maíz.

Añadamos a este hecho que se consume cada vez más carne en el mundo: el consumo de carne animal en 2021 superó por más del doble el de 1990. Los sistemas de producción intensiva de animales que se han establecido en el mundo desde mediados del siglo XX —que crían grandes cantidades de animales en espacios reducidos como las granjas industriales— han hecho posible que el consumo mundial de carne haya aumentado unos 20 kilos por persona en promedio en los últimos 50 años. Una persona promedio come más de 40 kilos de carne al año. Si el consumo aumenta, la producción tiene que aumentar, pero para que esto suceda se tienen que deforestar bosques y selvas tropicales donde puedan pastar las reses —animales que, por cierto, tienen dificultades para adaptarse a ese tipo de climas—. Por ejemplo, el 70 % de la selva tropical que se ha deforestado en el Amazonas se ha dedicado a pastizales. En el área de Los Tuxtlas sólo queda un 7 % de selva debido a la deforestación; buena parte de esas tierras se usa actualmente para la ganadería. A mayor deforestación, mayor desertificación y degradación de las tierras, lo que a su vez contribuye a una mayor escasez de agua, dado que la desertificación provoca una disminución de la humedad y una menor formación de nubes y lluvias. En otras palabras, a mayor consumo de carne animal, menos agua.

La agricultura es responsable de un 80 % de la deforestación en el planeta. Según la ONU, se pierden hasta 13 millones de hectáreas de selvas y bosques cada año, lo que tiene consecuencias desastrosas para humanos y animales que pierden sus hogares, crea desequilibrios para ecosistemas enteros y para el planeta. Además, esto no sólo tiene consecuencias medioambientales, sino también de justicia global: son los países en vías de desarrollo los que deforestan más con el objetivo de crear más terrenos para pastar o para sembrar alimentos para los animales, cuya carne se enviará posteriormente a países de ingresos altos (lo que a su vez encarece las cosechas de granos y vegetales para consumo local, puesto que se utilizan para los animales). Así, la mayor parte de esas 13 millones de hectáreas de bosques y selvas pertenecen a países de ingresos bajos y medios —esto crea mayor desertificación en esos países, lo que eventualmente obligará a la gente a migrar cuando escasee el agua y sus tierras pierdan su capacidad productiva—. (Tampoco es casual que el mayor número de asesinatos y desapariciones de defensores de la tierra y del medioambiente en el mundo sucedan en esos mismos países.)

De acuerdo con la FAO, la ganadería utiliza el 30 % de la superficie terrestre del planeta y ocupa 33 % de toda la superficie cultivable destinada a producir forraje y granos con los que se alimenta al ganado —a pesar de que las reses naturalmente no comerían granos, sino hierbas—. Tan sólo la producción de soya contribuye a la destrucción de dos millones de hectáreas de selvas y bosques en Sudamérica cada año. El 98 % de la soya producida en el mundo se usa para alimentar animales.

Se estima que la ganadería es responsable del 14.5 % de todas las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) de las actividades humanas, particularmente de metano, que es emitido por ovejas y reses. La ganadería produce un 18 % más de GEI que el sector de transportes en el mundo. Esto convierte a la ganadería en uno de los mayores responsables directos del calentamiento global —que a su vez contribuye a una mayor desertificación y escasez de agua—. Además, muchas de las otras emisiones de GEI provienen de actividades relacionadas con la agricultura, como la deforestación.

Asimismo, en el planeta la mayor biomasa de mamíferos (62 %) corresponde a animales utilizados en la producción de alimentos y tan sólo 4 % a mamíferos silvestres; 34 % corresponde a los seres humanos. En el caso de las aves, el 71 % de la biomasa del planeta corresponde a aves utilizadas para el consumo del ser humano y el 29 % a aves silvestres. Esto altera negativamente las comunidades bióticas y ecosistemas, así como los procesos ecológicos, haciendo sinergia con lo ya mencionado.

Se dirá que toda esta destrucción del planeta está justificada por el hecho de que “el ser humano necesita proteína animal en su dieta”. En primer lugar, los productos de origen animal no son los únicos que proveen proteínas: las leguminosas y diversas semillas proveen proteína de alta calidad. En segundo lugar, el hecho de que millones personas en todo el mundo lleven dietas vegetarianas o basadas en plantas y estén perfectamente sanas muestra que no es necesaria la proteína animal. El mito de lo esencial de la proteína de origen animal no justifica el nivel de destrucción ecológica que estamos presenciando.

El recuento de los efectos negativos que la producción de alimentos de origen animal tiene sobre el medioambiente podría seguir (como los problemas que genera el inevitable mal manejo de excrementos en granjas industriales, entre otros). Seguramente todos aceptaremos la premisa de que es nuestro deber moral reducir los efectos negativos que nuestras actividades tienen sobre el medioambiente. Consumir animales y productos de origen animal bajo los sistemas de producción actuales tiene efectos negativos sobre el medioambiente. Si adoptar una dieta en la que se disminuya lo más posible o, mejor aún, en la que no se incluya el consumo de animales reduce esos efectos negativos, entonces debemos adoptarla. Y este último “debemos” es moral.

 

Gustavo Ortiz Millán
Investigador del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM y miembro del Colegio de Bioética.


5 comentarios en “Los costos ambientales de comer animales

    1. El problema, estimado Luis, es que mucha gente conoce los datos, pero no está dispuesta a cambiar su alimentación. Hay varias razones: la primera es que la gente cree que ese cambio no va a contribuir en nada a la solución del problema, «si los demás no cambian, es mínimo lo que mi cambio pueda aportar», dirán. Claro que si todos pensamos así, entonces al final nada va a cambiar. Supongo que es cierto lo que dice la gente de que el cambio tiene que empezar por uno mismo. Una segunda razón es que la gente busca modos para justificar que sigamos consumiendo animales, como «si no hubiéramos comido animales no hubiéramos evolucionado», que puede ser cierto, pero no justifica que sigamos matando millones de seres sintientes y, como argumento en el artículo, provocando graves daño al medio ambiente (claro que hay que examinar con más cuidado este argumento). Pero, sobre todo, creo que mucha gente simplemente es lo que los antiguos griegos llamaban «acrática» o débil de voluntad: saben perfectamente que hay muchas y muy poderosas razones para no comer carne (razones de salud, de respeto por los intereses de los animales, etc.), pero no lo hacen, simplemente «porque cómo es sabrosa la carne». Es decir, es un caso en que el gusto funciona como un límite a la argumentación racional y desbanca cualquier justificación racional. En fin, gracias por tu comentario.

  1. Excelente artículo. Sería muy oportuno otro que hable del deber moral en la función pública: ¿debe el Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático (entre otros) promover la desganaderización de la economía mexicana? ¿Deben las controlarías de organismos gubernamentales restringir la compra de carnes y lácteos con recursos públicos? ¿Debe la Secretaría de Salud optar por dietas a base de plantas en sus servicios hospitalarios? Me parece que ls funcionarixs de gobierno ya se han tardado décadas en conectar lo que sabemos con lo que debemos hacer. ¿Se han eximido de este deber sólo porque una mercancía ya está en el mercado?

    1. En 2012, Peter Singer y Frances Kissling publicaron un artículo en el Washington Post preguntándose por qué en una cumbre de Naciones Unidas sobre cambio climático se servía carne en las comidas (https://www.washingtonpost.com/opinions/why-are-they-serving-meat-at-a-climate-change-conference/2012/06/15/gJQAUn0afV_story.html). Parecía incoherente que si la ganadería contribuye tanto al calentamiento global, se sirviera carne en el menú de un congreso sobre el tema. Pero la ONU no entendió el mensaje. El menú en la COP26 de 2021, que se llevó a cabo en Glasgow, no había cambiado y 41% del menú consistía en carne o pescado (https://www.bigissue.com/news/environment/cop26-haggis-the-most-unsustainable-dish-at-glasgow-climate-conference/).
      Por otro lado, John Kerry, el enviado del gobierno de EUA para el cambio climático, ha dicho que los ciudadanos de su país no tienen que consumir menos carne para combatir el calentamiento global (https://www.express.co.uk/news/world/1436819/BBC-Andrew-Marr-John-Kerry-meat-vegetarian-climate-change-latest-news-vn). Parece que tiene «otros datos».
      ¿Qué podemos esperar cuando las personas y las instituciones encargadas de combatir el calentamiento global no ven la relación entre ese fenómeno y el consumo de carne animal? Esas instituciones, como las que mencionas en tu comentario, Ana Cristina, deberían por principio ver la relación entre una cosa y la otra. Si no la ven, es difícil que actúen en consecuencia. Si lo hicieran, se darían cuenta de que deberían promover una reducción en el consumo de carne y de productos de origen animal, y también como dices, una «desganaderización» de la economía.
      Sin embargo, es probable que no lo hagan, porque también hay muchos intereses económicos y políticos de por medio (https://relacionateypunto.com/el-poder-del-lobby-ganadero-en-el-escenario-global/). En México, diversos políticos tienen fuertes intereses en la ganadería. De modo que no veo que ninguna institución nacional (ni muchas internacionales) vayan a promover una desganaderización de la economía ni que se consuman menos productos de origen animal. Es un caso de conflicto entre la moral y el medio ambiente, por un lado, y la economía y la política, por el otro. Muchas gracias por tu comentario.

  2. [Comentario enviado ayer. No lo veo publicado. Vuelvo a enviarlo]
    Excelente artículo de Gustavo Ortíz Millán. Sería muy oportuno otro que hable del deber moral en la función pública: ¿debe el Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático (entre otros) promover la desganaderización de la economía mexicana? ¿Deben las controlarías de organismos gubernamentales restringir la compra de carnes y lácteos con recursos públicos? ¿Debe la Secretaría de Salud optar por dietas a base de plantas en sus servicios hospitalarios? Me parece que ls funcionarixs de gobierno ya se han tardado décadas en conectar lo que sabemos con lo que debemos hacer. ¿Se han eximido de este deber sólo porque una mercancía ya está en el mercado?

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