El sarampión no es un resfriado con puntitos en la piel. Es uno de los virus más contagiosos que conocemos. Cuando encuentra una brecha de protección en la comunidad, no necesita demasiado: entra, se propaga y alcanza primero a quienes tienen menos margen de defensa. Basta pensar en un bebé menor de un año que no puede decidir vacunarse ni completar un esquema por sí mismo. Depende de lo que hagan las personas de su entorno. Por eso cuando decimos que el sarampión regresó, en realidad hablamos de brechas acumuladas con el tiempo tales como coberturas que disminuyen, acceso desigual, vigilancia que llega tarde, comunicación que no conecta y, sobre todo, una confianza pública que se erosiona.
El sarampión y la vacuna
México sufrió durante décadas los embates del sarampión, un escenario que hasta hace poco parecía lejano, incluso superado. Para atender el problema, se construyeron estrategias sanitarias y políticas públicas comprometidas con la vacunación que permitieron alcanzar coberturas altas con una inversión razonable.
La historia de la vacunación contra el sarampión es también la historia de cómo el país fue afinando su estrategia conforme aprendía más del virus y de la inmunidad, iniciamos de forma sistemática en 1972 con una dosis monovalente a los 9 meses; en 1991 se añadió un refuerzo a los 6 años y en 1998 se dio un giro clave al adoptar la triple viral (sarampión, rubéola y parotiditis), moviendo además la primera dosis a los 12 meses para mejorar la respuesta. En 2000 se sumó un refuerzo con doble viral (sarampión–rubéola) para cerrar brechas en adolescentes y adultos jóvenes, sostener la eliminación del sarampión y empujar con más fuerza la eliminación de la rubéola, especialmente la congénita. Ya en 2020, la segunda dosis se adelantó a los 18 meses, buscando mayor efectividad y oportunidad de protección. Y porque ninguna estrategia funciona si deja rezagos, a lo largo de los años se han repetido campañas de recuperación para captar a quienes quedaron fuera desde 1993 y hasta 2021.
En 1995 se registró el último caso endémico en el país; y en 2016 se declaró eliminada la transmisión del sarampión en la Región de las Américas (México incluido). Estos fueron, sin duda, los hitos más importantes de salud pública y un producto del compromiso estatal y solidaridad social.
El éxito histórico en México dependió no sólo de un momento o de un canal, sino de una combinación de engranes que incluían vacunación permanente en unidades de salud, acciones extramuros, campañas intensivas, puestos múltiples, brigadas, coordinación territorial, difusión convincente y movilización social. Esa operación descansaba en la lógica de que, si una vía fallaba, otra compensaba. Pero cuando se acumulan huecos, por rezagos, barreras de acceso o pérdida de confianza, el sarampión vuelve a encontrar por dónde entrar. Los datos epidemiológicos recientes no sólo cuentan casos, nos revelan dónde se abrió la brecha y qué tan caro sale ignorarla.
Datos epidemiológicos sobre el sarampión
En México, el sarampión dejó de ser una amenaza cotidiana gracias a la vacunación, pero hoy vuelve a aparecer con una fuerza preocupante. El informe oficial más reciente al momento de esta redacción (corte al 3 de marzo de 2026) muestra que, desde el 1 de enero de 2025, se han confirmado 12 176 casos de sarampión. Lo más grave es que ya se han confirmado 32 defunciones asociadas a la enfermedad en el periodo 2025–2026.
La distribución no es homogénea. Algunos estados han funcionado como focos iniciales de amplificación como Chihuahua, Sonora y Michoacán, pero la dispersión posterior a Jalisco, Chiapas, Guerrero y Ciudad de México, muestra que el desafío es nacional. El perfil por edad es claro predominan niñas y niños que no han completado el esquema, junto con grupos de adolescentes que acumularon rezagos en años recientes y adultos jóvenes que acarreaban rezagos de muchos años. En conjunto, estos elementos sugieren un proceso de acumulación de susceptibles que se vuelve visible cuando el virus encuentra condiciones para circular.

La infancia es la más afectada. Las niñas y niños de 1 a 9 años, en ese grupo se concentran los casos más numerosos. También destaca un grupo de adultos jóvenes de 25 a 29 años. Este patrón importa porque muestra que el sarampión aprovecha cualquier brecha de protección, especialmente en quienes aún no completan esquema, en quienes no tuvieron acceso oportuno o en grupos donde la vacunación no se sostuvo de manera pareja.
Aquí entra una lectura bioética básica, los brotes no son sólo fallas individuales y reticencia a la vacunación, sino señales de un sistema que debe sostener coberturas altas, acceso efectivo y confianza pública. Un estudio serológico en Jalisco sugiere que puede existir una susceptibilidad silenciosa en algunos grupos de edad, con niveles de anticuerpos más bajos en comparación con generaciones mayores. Esto vuelve más importante identificar qué grupos y territorios concentran rezagos. Necesitamos saber no solo cuántos casos hay, sino también dónde se abrió la brecha de protección colectiva y qué decisiones públicas urgen para cerrarla. El fenómeno de la reticencia a la vacunación en nuestro país parece responder a un fenómeno complejo que es dinámico y contextual, que se asocia a dudas, a acceso a confianza, complacencia y conveniencia.
Los riesgos del sarampión: una comparación con el covid
Para quienes vivieron de cerca el covid-19, pero no la época del sarampión, la comparación puede ayudar a dimensionar el riesgo. No se trata de decidir cuál fue peor, sino de entender qué hace al sarampión tan difícil de detener. Es extraordinariamente contagioso, en espacios cerrados puede propagarse con facilidad y, cuando entra a una comunidad con personas sin vacuna o con esquema incompleto, el brote crece rápido. Con el covid aprendimos que evitar aglomeraciones y cuidar distancia podía ser útil; con sarampión no basta con tener ese tipo cuidado, hace falta que la mayoría de las personas estemos vacunadas para que el virus no encuentre camino. Entre personas sin vacuna, el sarampión puede hacer que una sola persona contagie hasta entre 12 y 18; en cambio, el covid-19 original (2020), también sin vacuna, el contagio se daba de 1 persona a entre 1 a 3 y con la variante Ómicron, esa cifra llegó a ser cercana a 10 personas.
La otra diferencia clave es a quién afecta más. El covid golpeó con especial dureza a personas mayores y a quienes ya tenían enfermedades crónicas; el sarampión suele concentrar sus formas más graves en niñas y niños, sobre todo los más pequeños. No es solo fiebre y ronchas, puede complicarse con neumonía, deshidratación severa, en algunos casos inflamación del cerebro y puede causar la muerte. Cuando un virus tan contagioso golpea a la infancia, el margen de error se vuelve mínimo, pues cada semana de retraso, en detectar casos, avisar contactos y vacunar donde hace falta, abre la puerta a más contagios.
Por eso, aunque muchas madres y padres jóvenes nunca han visto el sarampión en vivo, el riesgo no es abstracto. El virus sigue existiendo y sólo necesita una oportunidad que aparece cuando se acumulan huecos con familias que no pudieron completar el esquema, comunidades con menor acceso o dudas que retrasan la decisión. Si los contagios no han avanzado con mayor rapidez es gracias a aquellos que sí tienen las vacunas.
El éxito de la vacuna como causa de su desgaste
La vacuna contra el sarampión fue tan exitosa que, con el tiempo, hizo invisible el daño que evitaba. Esa es la paradoja, cuando una generación crece sin ver salas llenas de niñas y niños con fiebre alta, neumonía o complicaciones, la vacuna deja de percibirse como respuesta contra una amenaza real y parece un trámite prescindible, o peor, como un riesgo innecesario.
A esto se suma un cambio decisivo que debemos tener en cuenta, la conversación pública ya no depende de campañas unidireccionales en radio, televisión o carteles. Hoy los mensajes se construyen en microcomunidades de redes sociales y mensajería, recomendaciones cercanas y figuras de influencia veloces, que compiten por atención y credibilidad. Si el Estado continúa hablando con formatos del siglo pasado, puede perder la disputa por el sentido sin darse cuenta y esto no porque no tenga razón, sino porque llega tarde, con otro lenguaje y por otros canales.
La propia política pública puede volverse víctima de su éxito. Cuando algo funciona, aparece la tentación de reorientar recursos a urgencias más visibles, como si el problema estuviera resuelto para siempre. Pero la vacunación no es un logro que se conquista y se archiva; exige una monotonía virtuosa mediante el abasto constante, logística, registro confiable, brigadas y horarios accesibles, cercos ante brotes, vigilancia epidemiológica, comunicación que escucha y responde, y seguimiento. Cuando esa monotonía se interrumpe, el sarampión encuentra la rendija y vuelve a circular.
Salud en acción
Aunque en el ánimo público y político pueda instalarse la necesidad de buscar culpables, incluso en el Estado, lo prioritario no es señalar, sino resolver. En una crisis de salud pública, los mensajes que etiquetan a madres y padres como negligentes, ignorantes o fanáticos suelen producir un efecto contrario, cierran el diálogo, endurecen posturas y convierten la vacunación en un pleito identitario. La salida ética y efectiva es reconocer que muchas dudas pueden ser legítimas, distinguirlas de la desinformación deliberada y responder sin humillar. Para recuperar coberturas, hace falta hablar con paciencia y con vocerías cercanas y confiables tales como pediatras, personal de enfermería comunitaria, promotores de salud y liderazgos locales.
Vacunarse no es sólo una decisión individual, es un acto de justicia. Cada persona que se inmuniza ayuda a levantar una barrera colectiva que protege, sobre todo, a quienes no pueden vacunarse por razones médicas, como bebés demasiado pequeños, personas inmunocomprometidas, pacientes en tratamiento o con contraindicaciones específicas. En ese sentido, la vacunación convierte la solidaridad en una forma concreta de cuidado y para ello se requiere la renuncia al cálculo aislado para sostener un bien común real y frágil. Hoy, cuando la desinformación y el cansancio social erosionan la confianza en lo público, elegir vacunarse es también elegir no dejar a nadie atrás. Ciertamente las vacunas pueden en muy pocos casos presentar eventos adversos, pero los eventos adversos del padecimiento son graves y en la mayoría de los casos.
Resolver también exige hacer la salud accionable. Los informes técnicos son indispensables, pero el público necesita respuestas simples y útiles a preguntas tales como ¿qué es el sarampión?, ¿cómo se contagia?, ¿por qué importa?, ¿a quién afecta más?, ¿qué hago hoy?, ¿dónde me vacuno? El Estado puede conservar rigor sin saturar y traducir el dato epidemiológico en decisiones cotidianas. Y, sobre todo, si el problema es la cobertura efectiva, la solución no puede descansar solo en el mensaje de “vaya usted al centro de salud”, la vacunación debe ir a donde ocurre la vida. Escuelas y espacios públicos son vías potentes para recuperar rezagos, junto con puestos en sitios de alta afluencia, horarios ampliados, brigadas extramuros, búsqueda activa y seguimiento. Menos regaños y más presencia territorial.
El legislador, al regular la vacunación, deja de ser un mero árbitro normativo y se convierte en un agente de salud pública, debe traducir la evidencia científica y los principios constitucionales en reglas que protegen el Derecho a la Salud. Su tarea exige equilibrar la responsabilidad indelegable del Estado de prevenir brotes y reducir daños con la protección de las libertades individuales, evitando respuestas punitivas desproporcionadas.
Por eso la ley debe prever con claridad tres cosas: excepciones médicas legítimas (contraindicaciones, inmunosupresión, alergias graves), con criterios y procedimientos verificables; medidas de protección para quienes no pueden vacunarse, garantizando accesos seguros a escuelas, servicios y espacios públicos; y supuestos de obligatoriedad acotados y justificables, especialmente cuando existe un riesgo grave y comprobable para terceros (durante brotes, cuidado de poblaciones vulnerables, epidemias y pandemias), siempre con el estándar de necesidad, proporcionalidad, no discriminación y vías de revisión. En suma, legislar sobre vacunación es legislar sobre justicia, cómo el Estado cuida a la población sin anular derechos, y cómo fija reglas excepcionales sólo cuando son indispensables para proteger a quienes más dependen de la inmunidad colectiva.
El sarampión, en suma, es un recordatorio incómodo de que la salud pública no se sostiene con grandes gestas, sino con continuidad, la protección colectiva se construye y se pierde en lo cotidiano. Si hoy el éxito de una vacuna parece haberse convertido en parte del problema, la salida no está en la nostalgia ni en el reproche, sino en volver visible lo que la vacuna evita, sufrimiento infantil, hospitalizaciones, complicaciones y muertes prevenibles. Recuperar el control implica reconstruir confianza con un lenguaje de nuestro tiempo, reforzar la operación territorial y cerrar, una por una, las brechas de cobertura. Porque el sarampión no negocia, cuando encuentra una rendija, entra. Y cuando entra, paga primero la infancia.
Mi agradecimiento especial al Dr. Mauricio Rodríguez Álvarez, profesor de la Facultad de Medicina de la UNAM por su revisión y sugerencias
Irene Córdova Jiménez
Colegio de Bioética A.C. Doctora en Ciencias de la Salud Pública de la Universidad de Guadalajara