
En 1926, el lobo gris había sido exterminado del parque nacional Yellowstone en Estados Unidos, por políticas erróneas sobre el control de los depredadores. Con el tiempo, las poblaciones de ciervos aumentaron sin control alguno, provocando sobrepastoreo en los valles y las riveras. El sobrepastoreo menguó la vegetación propia del lugar, causando erosión y degradación de los ríos; varios animales que dependían de los árboles, los arbustos y de los mismos ríos, desaparecieron del área. Cada vez se observaban menos aves, castores y sombra en los ríos. La temperatura del agua aumentó y esto ocasionó cambios negativos en peces, anfibios e insectos. En pocas palabras, el ecosistema se desequilibró porque se extinguió el depredador tope: el lobo gris.
¿Cómo se recuperó el lugar? En 1995 se reintrodujeron 31 lobos que provenían de Canadá. A partir de ese momento comenzaron a manifestarse cambios profundos. De entrada los lobos disminuyeron la población de los ciervos, los cuales cambiaron su comportamiento dejando de pastar en zonas abiertas en las cuales se sentían vulnerables, particularmente en los valles y en los lugares cercanos a los ríos. Sin la presión constante de los ciervos sobre el suelo, de nuevo y a gran velocidad, crecieron álamos, sauces y chopos, lo que proveyó madera a los castores, que se recuperaron y volvieron a crear represas; esto trajo otra vez retención de agua y humedad. Regresaron aves, anfibios e insectos propios del lugar. Los lobos también regularon la población de coyotes, lo que permitió que aumentara el número de zorros, conejos, roedores y aves y al dejar restos de sus presas se beneficiaron osos, búhos, buitres, águilas, cuervos e incluso los mismos coyotes. Pero lo más notable fue que al recuperarse la vegetación, las raíces estabilizaron de nuevo las riberas, la erosión disminuyó y los cursos del agua se hicieron más estrechos y profundos: los ríos regresaron.
La recuperación de Yellowstone se debió a la reintroducción del depredador más importante de la zona. Los ecólogos han concluido que cuando se reinstala o se retira al depredador tope, con la finalidad de recuperar el equilibrio de un ecosistema, se desatan cadenas tróficas y se puede recuperar todo el ecosistema.
La rapidez con que ocurren cambios una vez que se desata una cascada trófica, conlleva una gran esperanza en torno a la recuperación de la biodiversidad del planeta. Una cascada trófica puede definirse como los efectos que se siguen uno de otro cuando se lleva a cabo un cambio en la cadena alimenticia, ya sea a través de la desaparición o la introducción de un depredador, para recuperar el equilibrio perdido por un ecosistema.
Una última reflexión. No hace falta decir que el animal que se ha convertido en el depredador tope del planeta, es el ser humano. Ya que no es una opción retirar al ser humano del planeta, podemos al menos pensar en que un cambio en su dieta traería sin dudas, una fuerte incidencia en la recuperación de muchos ecosistemas. Lo anterior me lleva al otro caso que confirma la eficacia de las cadenas tróficas: el del fotógrafo Sebastián Salgado. Al retirar el ganado vacuno de un depauperado bosque, el suelo dejó de tener la presión de toneladas de reses encima; la vegetación regresó con ayuda de la plantación de la flora autóctona del lugar y en pocos años sucedió lo mismo que en Yellowstone: los ríos regresaron, las aves y los pequeños mamíferos propios del lugar volvieron a habitar en ese bosque y el ecosistema se recuperó.
Decía que no podemos desaparecer al depredador tope que ha desequilibrado todos los ecosistemas del planeta, pero ¿no deberíamos al menos introducir cambios en su forma de alimentarse? De acuerdo con Agustín López Munguía, investigador emérito de la Universidad Nacional Autónoma de México, tan sólo un día sin comer carne, tendría un impacto considerable en el medio ambiente. Imaginemos ahora si en lugar de un día sin carne, se lograra sólo un día con carne: cambiaría tanto el sobrepastoreo, como la tala de selvas para sembrar alimentos para ganado; se ahorraría el 70 % del agua dulce que se gasta en el mundo, que de acuerdo con Our World in Data de la Universidad de Oxford, ésa es la cantidad la que se llevan tanto los sembradíos del alimento de ganado como como la sobrevivencia de las mismas reses. Por si esto fuera poco, se reduciría en un 30 % los gases efecto invernadero, que de acuerdo al doctor Mario Molina, son producidos por los millones de reses que habitan el planeta.
Sí: dejar de consumir carne de ganado vacuno y porcino, desataría una cascada trófica que en mucho ayudaría a este deteriorado y casi acabado planeta. ¿No sería hora de que todos lo hiciéramos?
Paulina Rivero Weber
Profesora titular de la Facultad de Filosofía y Letras en la UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C.