
El discernimiento entre realidad y ficción no sólo ocurre en la literatura y las artes creativas, también ocurre de manera cotidiana e inadvertida en la vida diaria de una sociedad y en la ciencia. El engaño y el mito forman parte de las simulaciones premeditadas y nos permiten realizar un ejercicio comparativo a través del cual identificamos referentes para elegir lo más cercano a la verdad y lo más placentero.
Por ello no resulta oneroso, al escarbar en los orígenes del concepto placebo, encontrarnos con su raíz latina el significado de plácido, apacible, placentero y placer. Y aún más, dar placer, agradar, deleitar. Para identificar el efecto placebo en la investigación biomédica y clínica, se le reconoce como aquella “sustancia que, careciendo por sí misma de acción terapéutica, produce algún efecto favorable en el enfermo, si éste la recibe convencido de que esa sustancia posee realmente tal acción”. No obstante, el convencimiento ha sido cuestionado toda vez que no se requiere en algunos casos para lograr el efecto placebo.
Esta percepción placentera es la que le permitió ubicarse también en la práctica médica al generar un supuesto efecto “curativo” o al menos paliativo, aún cuando no contaba con un principio activo reconocido. La metodología del placebo y su justificación en la investigación experimental se relaciona con la búsqueda de referentes comparativos para evitar sesgos o tendencias. Por esta razón ha sido utilizado en estudios con diferentes formatos que incluían sustancias inertes, diferentes dosis y diferentes vías de administración; también se ha practicado no sólo con sustancias sino también en procedimientos “simulados” como cirugías, intervenciones terapéuticas incluyendo las psicológicas, o procedimientos pasivos.
Es decir, el placebo se convirtió en uno de los paradigmas de comparación para evaluar un tratamiento o intervención innovadora, para ponderar su efecto contra el tratamiento estándar y con el del “simulador”. Fue entonces que un “engaño metodológico” se propuso como una herramienta aceptable para evitar un “engaño” en los resultados de la respuesta relacionada con la eficacia terapéutica.
Un metaanálisis publicado en una de las bases de datos más amplias que existen (Cochrane) identificó en 2010 que, de una selección de 234 estudios, el 86 % contaban con un comparativo tipo placebo para estudiar cerca de sesenta condiciones médicas, y ya ponía en tela de juicio su justificación. Los resultados, en algunos casos, han sido contradictorios en los grupos en que se aplican sustancias o procedimientos inertes o simulados, condición que fue adjudicada a variables de sensibilidad biológica, umbrales fisiológicos distintos, genes o perfil de personalidad. No obstante, otra reciente publicación no encuentra diferencias significativas y contundentes para explicar por estas causales las distintas respuestas ante el efecto placebo, lo que abre la posibilidad a entornos ambientales y socio-antropológicos como factor interviniente potencial.
Uno de los ejemplos que llamaron la atención acerca de la pertinencia y justificación de tratamientos inertes del efecto placebo y sus implicaciones éticas, fue el ensayo clínico de Tuskegee, en el cual se violentaron los derechos de la comunidad afroamericana al no brindarles el tratamiento estándar validado que ya existía para tratar la sífilis. Tras esto, el Reporte Belmont da cuenta de las consideraciones críticas y reflexivas respecto a los criterios éticos básicos en los ensayos clínicos.
Estas alertas han permeado en los códigos deontológicos y las consideraciones éticas de la investigación experimental, los ensayos clínicos y los estudios científicos vinculados a la generación del conocimiento. Las limitaciones identificadas fueron replanteadas al grado de que algunas instituciones cuestionaron el rol del placebo y lo tipificaron como no ético, innecesario y sin una justificación metodológica para fortalecer la certidumbre de los resultados. Otros autores consideran que en el “ocaso” del placebo, éste debe desaparecer como concepto y transformarse en otro término como condiciones de control, componente control o grupo neutro, para evitar el estigma que esta palabra representa y su vinculación con la simulación y el engaño.
Aún se plantean los dilemas éticos en las actualizaciones que proponen y regulan los códigos de conducta en la investigación biomédica, sobre todo cuando siguen vigentes conflictos como su justificación metodológica en la interpretación de los resultados a la luz de la exigencias de instancias reguladoras, en la aprobación de nuevos fármacos y moléculas, en el cuestionamiento sensible de no brindar el tratamiento estándar ya validado a los participantes de una investigación que ya lo requieren por su condición clínica, y limitar los derechos fundamentales como el derecho a la salud y contraponerse a criterios fundamentales como la beneficencia y la no maleficencia.
De la misma manera, un planteamiento que merece una amplia discusión reflexiva es el uso de placebos en el escenario clínico como parte de las alternativas terapéuticas consensuadas, o las no informadas y en consecuencia no consentidas.
La filia por el placebo y la antropología social
Si bien uno de los conceptos fundacionales del efecto placebo está sustentado en el placer, en agradar o deleitar de forma en apariencia controlada, su aplicación social es diversa y usualmente sin plena consciencia ya que se genera en los espacios más primitivos de la ruta de la recompensa del “cerebro efímero”.
La sociedad de consumo y los movimientos ideológicos del fanatismo acrítico han inundado con placeres de baratija sin el mínimo cuestionamiento ético. Vivimos enamorados del “placebo” que nos ofrece una realidad fútil y surrealista que carece del “principio activo” de la veracidad y honestidad. Vivimos embelesados con el engaño y hemos desarrollado una filia concelebrada hasta el éxtasis, con la euforia propia de los circos romanos.
Hemos proyectado una ética a “modo” que tolera la falsedad en ciencia (retractación científica), hemos tolerado la narrativa de la pseudociencia y la “anec-data” de creadores de magia e influencers, hemos tolerado que la toma de decisiones y políticas públicas se sustenten en el mayoriteo y no en la verdad, hemos cedido ante el conflicto de interés, asumimos en silencio los sesgos, las tendencias, los datos alternos, la confabulación y la lógica conspiracionista.
La ética y la bioética aspiran a un escenario de convivencia respetuosa con todas las formas de vida que, más allá de la catarsis bien intencionada, promovemos que se convierta en una cultura bioética que logre vinculaciones realistas y pragmáticas.
Uno de los retos presentes — y que seguirá siendo vigente— es la elección entre el placer del placebo como una forma de engaño socialmente aceptable o la certidumbre introspectiva de lo correcto, desde una verdad desnuda que demanda como nunca poder ser abrazada.
Rodrigo Ramos-Zúñiga
Neurocirujano. Doctor en Ciencias. Profesor-Investigador en Neurociencias. CUCS Universidad de Guadalajara. Miembro del Colegio de Bioética A.C.
Qué importante reflexión. Gracias al Dr Rodrigo Ramos-Zuñiga. Primero en lo que se refiere a la investigación. Se entiende que el uso del placebo sirve a la investigación a los investigadores, pero difícilmente a las personas que participan en las investigaciones, esperando más de lo que en realidad les pueden ofrecer. Cierto que el avance del conocimiento ayudará a otras personas en el futuro. Pero debe haber una clara evaluación ética antes de aprobar una investigación con el uso de placebo y ver cómo después se ofrece lo que espera la persona y ver si realmente se justifica. Por ejemplo, una persona con enfermedad de Alzheimer que entra a un protocolo en que unos participantes recibirán placebo… ¿realmente lo entienden así las personas? ¿se justifica?
Y, como siempre, el Dr. Ramos-Zúñiga lleva sus reflexiones más allá del puro aspecto médico para mostrarnos cómo somos sujetos del efecto placebo en nuestra vida sin darnos cuenta explicado por la recompensa del cerebro efímero. Sin duda una reflexión muy valiosa para estar más atentos a todo lo que nos rodea e influye.
Muchas gracias Dra. Asunción. Tal cual el escenario de los ciclos de la vida en el que Usted investiga, surgen dilemas que cuestionan su rol y pertinencia. Más aún cuando la autonomía no tiene herramientas para «elegir» entre las decisiones que alguien más propone justificándose en las probabilidades, el azar y no en la dignidad.
Felicidades a tan atinada reflexión del Dr. Rodrigo Ramos sobre el uso y quizás abuso del placebo en la investigación clínica.
Gracias Dra. Villaseñor. La autocrítica y la reflexión ética, deben caminar de forma paralela al escrutinio metodológico en la generación del conocimiento.