
El pasado junio fue otorgado el Premio Princesa de Asturias 2025 (en la categoría “Concordia”)[1] al Museo Nacional de Antropología de México que, más bien, debería ser de Arqueología Mesoamericana y Etnografía Contemporánea, porque la mayoría de sus salas están dedicadas a las culturas de los pueblos originarios, antes y después de la colonización hispánica. Nuestro más importante y célebre museo ‒uno de los mejores del mundo‒ preserva la memoria de aquellas civilizaciones destruidas. El MNA se convirtió en el estandarte de esa otra mitad de nuestra identidad que tanto nos enorgullece y admiramos en México, pero que desconocemos y en el fondo despreciamos. Porque el mestizaje nunca integró ‒sino por el contrario relegó‒ a las culturas, las lenguas y la mayoría de los saberes de los pueblos mesoamericanos.
El mito del mestizaje homogéneo
El mestizaje, como mezcla de “razas” distintas, se fundamenta en una idea insostenible, pues no existen las «razas» humanas como categoría biológica discreta. El postulado del mestizaje, una herencia colonial de las ideas racistas y eugenistas de la Modernidad, ha sido refutado por la genética de poblaciones. Así pues, no existió ni existe una nueva “raza mestiza” en México ni en Iberoamérica; todas las personas somos, en todo caso, mestizas en algún grado. Además, ahora sabemos que nuestra especie homo sapiens también se mezcló biológicamente con neandertales y denisovanos, especies distintas de homínidos, que eran sus contemporáneas.
No obstante, el concepto de «mestizaje» en México[2], y en gran parte de Iberoamérica, se presenta a menudo como un hecho consumado. El mestizaje es más bien un constructo ideológico, diseñado para cumplir la función política de conformar una identidad nacional unitaria; simboliza la mixtura homogénea (biológica y cultural) entre los pueblos originarios de América y los colonizadores hispánicos, pero oculta la enorme diversidad de cada uno, además de relegar la herencia africana e incluso la asiática en México.
El mestizaje, como concepto político, fue la invención de los regímenes que emergieron de la Revolución. Manuel Gamio, Forjando patria (1916), y José Vasconcelos, La raza cósmica (1925), fueron los principales artífices intelectuales de esa idea. Su objetivo era forjar una identidad nacional que cohesionara a una población diversa y fragmentada, legitimando así al nuevo Estado-nación. La narrativa oficial erigió al mestizo como el arquetipo del mexicano y el símbolo de la identidad nacional.
A partir de 1930, los censos nacionales abandonaron los criterios geográficos y raciales para identificar a la población indígena y adoptaron un único criterio lingüístico. Como resultado, millones de personas que vivían en comunidades de raíz mesoamericana, pero que habían perdido su lengua originaria, fueron borradas de la categoría «indígena» y adscritas a la categoría «mestizo», en un proceso de desindianización estadística.
De acuerdo con los diferentes estudios genómicos que se han realizado hasta ahora, la diversa ascendencia en México fluctúa en diversas proporciones entre las regiones del país: del 60-80% amerindio, 30-60% europeo y 5-10% africano. En cambio, el mestizaje “cultural”, que nadie ha cuantificado, denota un apabullante predominio hispánico, con algunos rasgos amerindios y muy pocos africanos, a juzgar por el predominio de la lengua castellana y del catolicismo en la población autodenominada mestiza.
Además, el mestizaje nunca ha sido parejo ni simétrico, sino inherentemente jerárquico e inequitativo. El mestizo se posiciona por encima del indígena, y por debajo del español peninsular y del criollo a partir de la Nueva España. El mestizo común se caracteriza por hablar solo “español” (que se asume como la única lengua mestiza), es católico guadalupano (cristiano poco ortodoxo, pero fervoroso), desprecia sus orígenes indígenas y africanos[3] (de los que se avergüenza) y aspira a blanquearse y modernizarse (hoy a agringarse) para asimilarse lo más posible a los hispánicos y a los europeos occidentales.
Específicamente, el mestizaje encubre y distorsiona la realidad histórica de la colonización hispánica, marcada por la dominación sexual y la imposición de la lengua castellana (y la escritura latina), de la religión católica y de una cosmovisión euro e hispanocéntrica. Los estudios genómicos de la población mexicana revelan una mayor prevalencia de ADN mitocondrial de origen amerindio, que se hereda por línea materna, en contraste con una mayor presencia de cromosomas Y de origen europeo-hispánico, heredados por línea paterna. Este patrón genético es un registro molecular que confirma uniones forzadas entre hombres españoles y mujeres indígenas, desmintiendo el mito de un mestizaje equitativo.[4]
La colonización hispánica de México, que ha continuado hasta nuestros días en la cultura y las mentalidades, despojó ‒en gran medida‒ a los habitantes de este país de su herencia mesoamericana; pero muchos de esos rasgos, aún invisibilizados, han logrado sobrevivir en la comida, en las creencias y costumbres, en vocablos importantes que provienen de lenguas originarias, en mucho menor medida en la vestimenta o en las concepciones cosmológicas y morales.
En suma, el mestizaje en México ha sido un largo proceso de transculturación que logró que la civilización hispánica (la lengua castellana y el catolicismo, esencialmente) fuera hegemónica en una gran mayoría de la población de origen indígena, aunque siempre quedaron comunidades marginadas que se refugiaron en sus territorios, en sus lenguas y costumbres, y que se rebelaron continuamente ante la dominación colonial (las “guerras de castas” en Yucatán o la resistencia de los pueblos nómadas de Norteamérica). Así pues, el mestizaje ha significado históricamente dominación, ocultamiento o relegación de lo indígena (así como de la herencia africana), y no su integración armónica en la identidad nacional.
Ahora bien, la idea del mestizaje ha sido motivo de polémicas y cuestionamientos tanto filosóficos y científicos, como históricos y sociopolíticos. En los últimos años, académicos como Federico Navarrete Linares (2022)[5] y estudios como los coordinados por Carlos López Beltrán (2011)[6] han puesto en tela de juicio el carácter objetivo del concepto de mestizaje, señalando sus falacias científicas y su función como mito sociopolítico.
Navarrete[7] sostiene en diversos de sus textos que la noción de mestizaje en México no es una realidad biológica, sino principalmente un mito político. Según Navarrete, el mito posrevolucionario del mestizaje intentó borrar las huellas de los pueblos originarios y de los afrodescendientes (así como de la herencia asiática que también llegó a la Nueva España, vía la “Nao de China” que, desde Filipinas, desembarcaba en Acapulco), presentando a la población mexicana como un “pueblo nuevo” (de ahí el absurdo concepto de la “raza cósmica” de Vasconcelos, que resuena retrógradamente en el lema de nuestra Universidad Nacional), que sería así un nuevo producto biológico de la amalgama reproductiva, cultural y lingüística entre indígenas y europeos ibéricos.
De acuerdo con Navarrete, esta narrativa ha continuado y reforzado las jerarquías “raciales” poscoloniales y ha normalizado la discriminación y racismo estructural que nos aquejan, y que siguen sufriendo los pueblos originarios, así como el olvido y desprecio de sus lenguas y culturas, que solo forman parte del patrimonio folclórico de México y que la mayoría de los autoasumidos mestizos desconocemos o negamos, aunque admiremos los vestigios preservados en el MNA y en las zonas arqueológicas.
Lejos de promover la igualdad y una supuesta identidad homogénea, el mestizaje ha servido para diluir las diferencias étnico-culturales, impidiendo que los grupos indígenas marginados reclamen sus derechos como ciudadanos mexicanos, reciban compensaciones y ayudas justas para su propio desarrollo autónomo, y se revaloren sus tradiciones y conocimientos, concepciones y valores integrándolos a la cultura nacional. Esa fue la base del reclamo histórico del movimiento zapatista en Chiapas.
Una de las tesis más polémicas de Navarrete Linares (2016) sostiene que la reproducción sexual entre los distintos grupos fue –en realidad– un fenómeno minoritario y no la norma mayoritaria como sugiere el mito. Su argumento se basa en la persistente desproporción demográfica entre los escasos migrantes españoles en comparación con miles de esclavos africanos y la abrumadora mayoría de la población indígena, incluso después de considerar su terrible merma poblacional, causada por epidemias letales como la viruela. Los pueblos originarios fueron en gran medida confinados en encomiendas y «repúblicas de indios», en las que no vivían españoles, mestizos o africanos, y fueron sistemáticamente marginados del desarrollo social, de numerosas profesiones y de los puestos del gobierno virreinal.
La consolidación de la cultura mestiza en México se fundamentó en dos procesos prolongados y complejos de transculturación forzada. El primero fue la imposición hegemónica de la lengua castellana y la escritura latina. El segundo, de mucha trascendencia, fue la llamada «conquista espiritual», explicada por Robert Ricard[8], por la que se arraigó la religión católica apostólica romana. Esta conquista religiosa no fue un proceso pacífico de conversión, sino que se logró mediante la destrucción sistemática de templos, códices y rituales de los pueblos originarios. A pesar de esta violencia, muchos rasgos de las cosmovisiones indígenas lograron sobrevivir, aunque de forma velada, en el sincretismo religioso, como es el caso del culto a la diosa madre Tonantzin en la figura de la Virgen de Guadalupe. Un indicador significativo de la naturaleza asimétrica de esta imposición, como también señaló Ricard en su célebre libro, fue que durante todo el período colonial nunca se permitió la formación de un clero indígena. No obstante, la colonización tuvo en la “conquista espiritual” de los pueblos originarios uno de sus éxitos más significativos en la Nueva España.
¿Qué tiene que ver el mito del mestizaje con la bioética?
Desde una perspectiva bioética, el concepto de mestizaje plantea varios problemas agudos. Como hemos dicho, la idea de una “mezcla” reproductiva (“admixture”, se dice en la jerga científica en inglés) entre poblaciones de orígenes geográficos diversos nunca es homogénea ni puede ser la solución para ocultar o disfrazar el racismo colonial y poscolonial. Así, el estudio genético de la población mexicana se enfrenta con los fantasmas ideológicos del mestizaje.
La genética de poblaciones ha sido de gran utilidad para rastrear las migraciones humanas a lo largo del planeta y a través del tiempo. De acuerdo con las tesis paleontológicas más aceptadas, sabemos que de la especie homo sapiens, originaria del centro de África, proviene toda la humanidad que se expandió por el orbe y que terminó su travesía en América cruzando el estrecho de Bering, durante la última glaciación.[9] Las variaciones geográficas, climáticas y ecosistémicas a las que se adaptaron los diversos grupos humanos explican en gran medida las diferencias genómicas y fenotípicas.
La ciencia genómica se proponía, con base en los análisis del genoma de diversas poblaciones, brindar conocimientos útiles para tratar diversas enfermedades que ‒se supone‒ tienen determinantes genéticas. Sin embargo, los individuos son tan diversos entre sí como las poblaciones, y estas nunca son homogéneas ni estáticas. Solo las personas de comunidades endogámicas o muy aisladas (y que se mantienen así durante mucho tiempo) pueden tener genomas estables y diferenciados de los demás.
La población de México posee una composición genética muy variada y compleja. Además de las ascendencias hispánicas, amerindias, africanas y asiáticas orientales durante el periodo novohispano, posteriormente llegaron al país migraciones de distintas regiones de europeos, asiáticos, árabes o judíos. Pero la variabilidad de los pueblos originarios también es amplia. Estudios genómicos específicos han revelado que la diferenciación genética entre algunas poblaciones indígenas de México es significativa, por ejemplo, entre los seris de Sonora y los lacandones de Chiapas.
El mito del “genoma mestizo mexicano”
El Instituto Nacional de Medicina Genómica (INMEGEN), fundado en 2004, realizó un proyecto pionero sobre el «Mapa del Genoma de los Mexicanos», cuyos resultados fueron publicados en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) en 2009[10], pero este proyecto insignia resultó insuficiente para comprender la verdadera diversidad genómica de México. Se suponía que la secuenciación del genoma de las poblaciones mestizas de nuestro país aportaría soluciones médicas y tratamientos más efectivos para las enfermedades epidémicas y más apremiantes de la nación. Después de dos décadas de investigaciones y cientos de artículos publicados por el INMEGEN, esa promesa no es todavía una realidad fehaciente.
Como señala el libro Coordinado por López Beltrán (2011), la pretensión de mapear un único «genoma del mexicano» fue, desde su concepción, un despropósito que ignoraba la vasta y compleja diversidad genética de las poblaciones de México. El estudio no partió de una pregunta abierta, sino de la premisa de que la población mestiza era una «admixture» (mezcla) de solo tres componentes unitarios y homogéneos: «amerindio», «europeo» y «africano». De este modo, el «genoma mestizo» no fue un hallazgo de la investigación, sino la categoría de partida, una corroboración de una previa concepción «racializada» del mestizaje.
Asimismo, López Beltrán y colaboradores (2011) explicaron que las fallas del proyecto del INMEGEN fueron tanto conceptuales como metodológicas. Conceptualmente, asumía una diferenciación explícita entre genes continentales sin atender a la diversidad interna de cada grupo. Los españoles que migraron a la Nueva España no eran una población «pura»[11], sino que provenían de diversas regiones de la península ibérica y del Mediterráneo, con una rica historia de linajes; de igual modo, los amerindios y los africanos poseían una gran diversidad genética y cultural. Metodológicamente, el estudio adolecía de una muestra genética reducida y estadísticamente no significativa, basada en el ADN de sólo 300 individuos autodefinidos como «mestizos» y utilizando como población de referencia «amerindia» a apenas 30 individuos zapotecos. La comparación sistemática de estas muestras con las poblaciones de referencia del Proyecto Internacional HapMap (específicamente CEU del norte y oeste de Europa, YRI de Nigeria, y CHB y JPT de Asia oriental, chinos y japoneses) fue el mapeo sobre el cual se construyó la «singularidad» del genoma mexicano, en lugar de fungir como un control científico riguroso.
No obstante, posteriores estudios, como los del Biobanco mexicano del CINVESTAV del IPN, confirmaron –en general– la presencia de genes africanos y asiáticos en muchos autodenominados mestizos y la variación geográfica en México de la proporción entre genes europeos y amerindios (más europeo en el norte y noroeste del país, mucho más amerindio en el sur y sureste). Este mapeo genómico debería haber servido para mejorar el diagnóstico y tratamiento de enfermedades epidémicas, al menos de las que más nos afectan, pero no ha sido así. Porque las enfermedades epidémicas son complejas, como la diabetes y los distintos cánceres, y están determinadas por factores sociales, económicos, alimenticios y ambientales —pobreza, mala nutrición, contaminación y toxicidad bioquímica— que el enfoque genómico suele ignorar.
El error fundamental del famoso proyecto del INMEGEN consistió en no cuestionar el concepto del mestizaje para intentar justificarlo con una nueva retórica genómica. Porque la ideología del mestizaje oculta una historia de desigualdad y dominación, cuyas huellas están inscritas tanto en la estructura social como en el genoma de la población. Ciertamente, conocemos cada vez más y mejor la composición genética de las poblaciones mexicanas, pero no hemos logrado desmontar los efectos negativos de la ideología del mestizaje. Así que, ni desde la genómica ni desde la antropología, la ética o la política, la categoría de mestizo puede hoy tener un valor explicativo.
En el mestizaje cultural es evidente la predominancia de la cultura euro-hispánica, y parece también fomentar procesos de “blanqueamiento”, en los que se privilegian rasgos, valores y costumbres asociados con la tradición europea (y también angloamericana) en detrimento de las culturas indígenas y afrodescendientes. Este proceso se manifiesta en la discriminación racista, por la cual lo indígena o lo africano son considerados signos de menor rango social. Esta jerarquía heredada de la colonización se perpetúa a través de una «pigmentocracia» actual (como observa Navarrete): la estratificación social en la que el tono de piel y los rasgos corporales son un factor determinante de las oportunidades de desarrollo. En México, la «blanquitud»[12] se sigue asociando con el poder, la riqueza, la educación y la belleza, mientras que los rasgos indígenas o africanos son estigmatizados y asociados con la pobreza, la falta de educación, la fealdad y la subordinación jerárquica. Por si fuera poco, la discriminación racial también incide en la calidad de la atención a la salud y el acceso a tratamientos de tecnología médica.
La base biológica sobre la que se asienta la ideología del mestizaje se desinfla ante el escrutinio de la genética de poblaciones. Por ello, la genética contemporánea ha adoptado mejor el término “ascendencia” o “ancestría” para referirse a los diversos orígenes de los linajes de una persona. Sin embargo, aún se sigue cuantificando, con los marcadores de haplotipos y SNIPs (en inglés Single Nucleotide Polymorphism), los porcentajes geográficos de la ascendencia en la composición genética, por lo que se corre el riesgo de reificar las viejas nociones de raza en el imaginario popular (y peor, en el discurso político), revistiéndolas con una nueva clasificación científica.
Sin embargo, la investigación genómica en México ha evolucionado desde aquel proyecto pionero del INMEGEN de 2004-2009. Iniciativas más recientes[13], como el Biobanco Mexicano (Mex-Biobank) del CINVESTAV y el proyecto oriGen del Tec de Monterrey, se caracterizan por una mayor escala y rigor metodológico, pero los desafíos éticos y conceptuales persisten y se han profundizado, porque aún no está claro qué beneficios ostensibles (en diagnósticos y tratamientos médicos) se obtendrán con estos resultados, de qué forma se protegerán los datos personales (obtenidos “altruistamente”) o si serán vendidos o “transferidos” en bloque a las empresas farmacéuticas mundiales para su comercialización.
Actualmente, la investigación genómica en México ha abandonado la idea insostenible del «nacionalismo genómico» —centrado en definir la singularidad del «genoma mestizo mexicano»— para contribuir al estudio mundial de la genómica de poblaciones, con la secuenciación de la rica y variada ancestría mexicana. El objetivo actual consiste en que, dado que las bases de datos genómicas mundiales están dominadas por la ascendencia europea (el Biobanco británico tiene cerca de medio millón de muestras), es crucial incluir poblaciones diferentes como la mexicana o hispanoamericana para ampliar el conocimiento genético y hacer la ciencia genómica más equitativa y diversa.
Los resultados del Biobanco mexicano (2023) han ofrecido hallazgos significativos; p. ej., refutaron el supuesto vínculo entre genética indígena y obesidad[14], apuntando más bien a factores sociales. Sin embargo, la estructura conceptual de la genómica insiste en secuenciar genomas mestizos predefinidos. Los estudios siguen describiendo a la población mestiza en términos de proporciones de ascendencias continentales (se basa en la vieja idea de que solo hay cuatro “razas humanas”: blanca, negra, roja y amarilla), lo que implica el riesgo de obtener resultado sesgados o “racializados”. Así como en el pasado virreinal se consideraba –prejuiciosamente– que los rasgos indígenas heredados a los mestizos eran negativos, como la desconfianza (ser “taimado”) y el resentimiento, hoy algunos científicos todavía “sospechan” que los genes indígenas son responsables de las epidemias mexicanas de obesidad, diabetes o de algunos cánceres.
Emergen, por tanto, nuevos dilemas bioéticos sobre el desarrollo y aplicaciones de la genómica. La alianza de proyectos como oriGen con las grandes corporaciones tecnológicas en el mercado mundial desplaza el foco de la crítica de los objetivos ideológicos del mestizaje a las dinámicas perversas del biocapital, el financiamiento empresarial de los biobancos genéticos y las connivencias público-privadas de dudosa efectividad para la población estudiada.
Esto plantea interrogantes sobre la propiedad y la protección de los datos genéticos personales, la comercialización del conocimiento genómico y la distribución inequitativa (nacional e internacional) de los beneficios tecnomédicos y farmacológicos que se puedan generar. El problema bioético que surgió con el estudio del genoma de la población de nuestro país reside en la integración de los datos de la diversidad genética mexicana en una bioeconomía global (y no solo en biobancos aparentemente neutros y disponibles para la investigación), que se obtienen mediante el altruismo de las personas que consienten donar su ADN, pero que puede enmascarar nuevas formas de apropiación de valor (la información genómica) y de comercialización inequitativa del patrimonio genético de toda la humanidad.
El estudio histórico y crítico del mestizaje en México, desde su origen colonial y su consolidación como proyecto político del s. XX, hasta su reelaboración actual en el discurso científico-médico de la genómica, revela un problema bioético de profundas implicaciones sociopolíticas. Desmantelar el mito del mestizaje es una condición necesaria para la construcción de una sociedad basada en la justicia y el reconocimiento de la diversidad étnico-cultural que constituye a nuestra nación. Es la clave, asimismo, para descolonizar la ciencia, así como los valores racializados de la sociedad mexicana actual.
Deconstruir este mito no implica negar la fascinante historia de las migraciones y combinaciones reproductivas entre pueblos distintos, sino exponer su naturaleza conflictiva (basada en dominaciones y colonizaciones) para explicar el proceso complejo de construcción del mestizaje que distorsiona esa historia evolutiva. El efecto negativo del mito del mestizaje sigue siendo profundo y perjudicial en México, pues conlleva:
- Consecuencias Éticas. Ha infligido un daño moral al negar y borrar identidades (afromexicanas e indígenas no hispanohablantes), al justificar la dominación colonial y al perpetuar una jerarquía racista en nuestra sociedad.
- Consecuencias Políticas. Legitimó y continuó un modelo de colonialismo interno, en el que el Estado-nación, identificado con la cultura mestiza dominante, ejerce poder paternalista sobre los pueblos indígenas, tratándolos como minorías marginadas en lugar de ciudadanos con derecho a la autonomía social, cultural y política.
- Consecuencias Sociológicas. Cimentó un racismo estructural que permea todas las esferas de la vida social. Este racismo se manifiesta en la desigualdad de oportunidades, la discriminación en el empleo y la justicia, en la atención a la salud, y la internalización de prejuicios que conducen a las personas mestizas a aspirar a la «blanquitud» y a despreciar sus orígenes amerindios o afrodescendientes.
En consecuencia, para hacer honor al galardón concedido por la Corona Española, es necesario actualizar nuestro insigne MNA para edificar una nueva gran sala (quizá en una sede alterna) que explique y critique el mestizaje, sus orígenes históricos y sus implicaciones genéticas, bioéticas y sociopolíticas, para desmontar así este mito a fin de exponer a todo el mundo una visión más objetiva de la compleja diversidad genética y étnico-cultural de nuestro país.
Jorge Enrique Linares Salgado
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM/ Miembro del Colegio de Bioética, A.C./ jelinares@unam.mx
[1] Este premio parece ser un golpe de guante blanco de la Corona Española al gobierno de México, después de las absurdas disculpas “exigidas” por nuestro gobierno a la monarquía hispánica por la “conquista” y los tres siglos de colonización.
[2] “Mestiza” es una de las castas en que se clasificaba la población en la Nueva España. Entre las principales figuraban: “mestizo”, de madre india y padre español; “castizo”, de mestizo y española; “mulato”, de africana y español, etc. Si la mezcla era de castizo con española se recuperaba el carácter de “criollo”, es decir, español nacido en América, lo cual demuestra que no eran castas rígidas y que la categoría de las personas podía variar de acuerdo con la vestimenta, modales sociales y la lengua que hablaran.
[3] Una consecuencia del mito del mestizaje ha sido la ocultación de la significativa contribución africana a la demografía y cultura de México. Al definir la nación como un producto exclusivo de la mezcla hispano-indígena, se condenó a los afromexicanos a la invisibilidad histórica, cultural y estadística, una injusticia que apenas comenzó a ser reparada con su reconocimiento constitucional en 2019. De manera similar, el mito mestizo homogeniza la diversidad de los pueblos originarios de México en una sola categoría monolítica, «lo amerindio», borrando sus identidades propias y sus diferencias genéticas.
[4] Octavio Paz describió crudamente en El laberinto de la soledad (1950), al hablar de la mentalidad resentida de los “hijos de la Malinche”, que en el insulto típicamente mexicano de “hijos de la chingada” no solo se repudia a los otros, o bien a los extranjeros, sino que se asume como propia la condición de ser el producto de un mestizaje sexualmente violento.
[5] Navarrete Linares, Federico (2022). “Blanquitud vs. blancura, mestizaje y privilegio en México de los siglos xix a xxi, una propuesta de interpretación”, Estudios sociológicos, El Colegio de México. No. 40, pp. 119-150. doi: https://doi.org/10.24201/es.2022v40.2080.
[6] López Beltrán, Carlos (coord.) (2011). Genes (&) mestizos. Genómicay raza en la biomedicina mexicana. México: UNAM.
[7] Navarrete Linares, F. (2016). México racista. Una denuncia, México: Grijalbo. Idem (2004). Las relaciones interétnicas en México. México: UNAM.
[8] Ricard, R. (1948). La conquista espiritual de México. México: FCE.
[9] Existen diversas hipótesis sobre la migración por mar de poblaciones del sur de Asia u Oceanía a Sudamérica durante ese mismo periodo. Si fueran corroboradas por evidencias genéticas, eso aumentaría la riqueza de linajes de las poblaciones amerindias del sur, pero no contradice la tesis general de que los americanos originarios llegaron desde Asia oriental o Oceanía.
[10] Zolezzi, I. et al. (2009). “Analysis of genomic diversity in Mexican Mestizo populations to develop genomic medicine in Mexico”. PNAS, vol. 106, no. 21. https://www.pnas.org/doi/full/10.1073/pnas.0903045106
[11] No es posible saber con precisión cuántos españoles y europeos migraron a la Nueva España y cuántos africanos esclavizados llegaron. Sin embargo, si atendemos a los documentos históricos, como observa Navarrete (2016), en tres siglos de dominación colonial, cuando mucho habrán llegado unos cien mil europeos, contra cientos de miles de africanos y más de un millón de indígenas dispersos en todo el virreinato, al menos durante los siglos XVI al XVIII.
[12] El racismo y criollismo se han perpetuado en México y en las naciones iberoamericanas, pues las personas de ascendencia europea directa o única ocupan ‒normalmente‒ las principales posiciones de poder, riqueza y prestigio social, o tiene facilidad y conexiones familiares para ello. Hoy los criollos mexicanos son llamados o se autodenominan whitexicans.
[13] Dos proyectos destacan en esta nueva era genómica. El Biobanco Mexicano (Mexican-Biobank), una iniciativa liderada por el CINVESTAV del IPN, en colaboración con el Instituto Nacional de Salud Pública, la Universidad de Oxford y la Universidad de Stanford, entre otros. Iniciado en 2017 y con resultados emblemáticos publicados en la revista Nature en 2023, este proyecto analizó aproximadamente 1.8 millones de marcadores genéticos en 6,057 individuos de las 32 entidades federativas, vinculando los datos genéticos con una rica base de datos de fenotipos (rasgos medibles como la estatura e IMC, niveles de colesterol, triglicéridos, glucosa, etc.) y marcadores socioeconómicos.
Vid. https://conexion.cinvestav.mx/Publicaciones/presenta-cinvestav-el-biobanco-mexicano-la-m225s-completa-base-de-datos-gen233ticos-del-pa237s
El segundo es OriGen del Tec de Monterrey (con patrocinadores como Microsoft o la Cía. mundial de seguros BUPA) que ha secuenciado el ADN de más de 96 mil personas en México y aspiran llegar a un mínimo de 100 mil. Vid. https://tec.mx/es/investigacion/proyecto-origen
[14] Sohail, M., Palma-Martínez, M.J., Chong, A. Y. et al. (2023). “Mexican Biobank advances population and medical genomics of diverse ancestries”. Nature, 622, 775–783
https:/doi.org/10.1038/s41586-023-06560-0
Al terminar la independencia de México, el 60% de la población eran indios, 22% eran castas y blancos 18%. Supongo que si la población indígena ahora es minoritaria, se debe a lo que ocurrió en el siglo XIX y no después de la revolución. (Los indígenas y el movimiento de Independencia, Gisela von Wobeser*, Estud. cult. náhuatl vol.42 Ciudad de México ago. 2011). Supongo que el punto de quiebre fueron las leyes de desamortización de las tierras que permitieron la creación de latifundios en las tierras comunales indígenas, y que Zapata trató de recuperar recurriendo a los títulos de propiedad expedidos durante la época virreinal.
El racismo inició en el siglo XIX en Inglaterra influenciado por el darwinismo. De pronto todos los países se autodefinieron como razas para justificar la existencia de sus naciones, y aquellos paises que no pudieron hacer esto sufrieron ataques externos para desintegrarlos, como ocurrió con el imperio austrohúngaro al que llamaron «la tumba de las naciones».
La reina Isabel había promovido desde el inicio que se realizaran matrimonios de españoles con pobladores autóctonos. Los primeros mestizos fueron los hijos del español Gonzalo Guerrero con la princesa maya. Si hubo destrucción de monumentos y escritos y conversiones forzadas en el siglo XVI, pero las leyes de indias prohibieron la conversión forzada e partir de inicios del siglo XVII y ordenaban que la inquisición no pudiera juzgarlos. además de que el rey español le concedió a los pueblos indígenas la propiedad de sus tierras. Los tlaxcaltecas se unieron al ejército español y participaron en la conquista de filipinas. Se creó una escuela en la ciudad de mexico para educar a la nobleza indígena pero se cerró poco después.
Los habitantes de imperio purépecha se unieron a los españoles voluntariamente, aunque cuando los españoles rompieron sus pactos se desató la rebelión en michoacán liderada por Francisco Tenamaztle. Tenamaztle fue capturado y llevado a España donde fue juzgado, defendido por Fray bartolomé de las casas y lograron que las cortes españolas declararan ilegal la conquista, al menos por dos meses. Pero este juicio y los debates intelectuale al que dieron origen derivó en las leyes de indias que protegían contra la conversión forzada y que ordenaba respetar las tierras de los pueblos originarios, al menos en el papel.
Podríamos decir que el sistema virreinal de castas tenía arriba a los españoles, abajo a los indígenas y más abajo a los negros. en medio quedaban las demás castas. si alguien era hijo de indígena y español podía aspirar a mejores empleos, pero no si era hijo de negro y español o negro e indígena, por eso quizá todos ocultaban sus antepasados negros. Al parecer originalmente se diseñó el sistema sobre la consideración de «cristianos viejos» y «cristianos nuevos» que regía en España, pero terminó convirtiéndose en un sistema que le daba mayores oportunidades a aquellos de piel blanca o lo más blanco que fuera posible. No sabría decir en que momento del virreinato se consolidó este sistema pero ya era visible al finalizar el siglo XVIII.
También hay que considerar que en España la casa reinante cambió en 1700. Los Habsburgo perdieron el trono y subieron los Borbones. Los Habsbugo no tenían problemas con la diversidad (lo que se les criticó en la primera guerra mundial debido a los problemas para movilizar un ejército con múltiples lenguas), pero supongo los Borbones intentaron homogeneizar el virreinato del mismo modo que hicieron en francia, y sus reformas causaron mucho malestar entre la población, lo que algunos arguyen fue una de las causas del movimiento de Independencia.
Desde las independencias, los gobiernos y los percentiles más altos en latinoamérica han considerado a los pueblos originarios y sus culturas como obstáculos al «progreso» económico, y han tratado(y siguen tratando) de desbaratar sus identidades por todos los medios posibles.