
¿Cuánto tiempo le toma a un neologismo formar parte del lenguaje cotidiano? Hace poco más de 50 años, en 1970, el psicólogo inglés Richard Ryder creó el término “especismo” (speciesism) para designar la creencia en la superioridad de una especie sobre otra. Así como el racismo es la creencia en la superioridad de una raza sobre otra y el sexismo sostiene la preponderancia de un sexo frente a otro, del mismo modo el especismo sostiene la supremacía de la especie humana sobre el resto de las especies y, de ahí, deriva el derecho a emplear a los animales como cosas y negarles el estatus de personas.
Pero ¿qué es una persona? ¿podemos en verdad darles ese estatus a entidades no humanas? Desde su origen latino, el concepto persona apunta a la capacidad de hacerse escuchar[1]: las máscaras que se empleaban en los teatros tenían un ducto por medio del cual la voz pasaba para amplificarse: la máscara era per sonare y se llamaba persona[2]. Y resulta que los animales sí tienen voz y se hacen escuchar; pero la humana inercia nos hace bastante estúpidos y no nos permite llamarlos “personas” porque somos incapaces de comprenderlos. Pero los animales tienen inteligencia, sintiencia y voz: somos nosotros los que debemos preguntarnos, como hace Frans de Waal en uno de sus libros, si tenemos la suficiente inteligencia para comprender la inteligencia animal.
Inteligir algo requiere el concurso de muchas facultades y en especial requiere la sensibilidad. Una persona sensible al dolor de los animales no necesita un discurso ni un estudio sobre las capacidades de la sintiencia animal: su sola sensibilidad le hace respetarlo, no dañarlo e intentar beneficiarlo. Pero he ahí el problema: los seres humanos somos tan insensibles que requerimos complejas teorías para comprender y aceptar lo evidente: que los animales son seres sintientes y que ningún ser sintiente merece que se le haga sentir dolor. Esto, que comprendemos con tanta claridad cuando se trata de una mascota querida, lo olvidamos cuando se trata de un animal con el que no tenemos relación alguna.
¿Qué hace falta para cambiar esta situación? No creo que se requieran más libros sobre complejas teorías acerca de por qué debemos respetar la vida de los animales. Lo que hace falta es recuperar la sensibilidad perdida: nos hemos vuelto seres insensibles que pasan de largo ante la pobreza y el hambre de un ser de la propia especie: ¿cómo compadecerse del dolor de un ser de otra especie? Parece imposible, pero en otra época el racismo parecía imposible de combatir y lo mismo sucedió con el sexismo; sin embargo, ahora ambos aspectos son censurados y no son bien vistos por la sociedad. Cabe pues pensar que llegará el día en que el especismo sea visto como algo indigno de un ser pensante.
El problema es que no sabemos si nos va a dar tiempo para llegar a ese momento, porque en gran medida el especismo es lo que está destruyendo nuestro planeta. Al considerar a los animales como inferiores, nos atribuimos el derecho de hacer con ellos fábricas de comida que son, como bien dijo el escritor judío Issac Bashevis Singer, eternos Treblinca para los animales. Y esos millones de reses, aves y puercos destinados para la alimentación humana tienen una huella ecológica poderosísima, como puede apreciarse en los datos que la Universidad de Oxford ofrece de manera abierta y gratuita en su espacio en línea Our World in Data:

Una dieta que excluya la carne ¿podría colaborar a salvar el planeta? Basta con analizar estos datos, para aceptar que la respuesta es positiva.
Con toda razón se me podrá decir que cambiar nuestro trato hacia los animales para dejar de impactar de manera negativa en el medio ambiente no conlleva un verdadero respeto hacia ellos, ni una mayor sensibilidad humana, sino una inteligencia pragmática. Y es verdad, pero la situación es de una emergencia tal, que no podemos esperar ya a que la humanidad en su conjunto se sensibilice ante la vida animal: urge encontrar un camino.
Lo ideal sería que la humanidad entera dejara de ser especista y tuviera la capacidad para respetar y cuidar a todos los animales y sus nichos ecológicos. Pero el medio ambiente en que vivimos no puede esperar más a que ese ideal se logre, de modo que, aunque sea por obligaciones indirectas para con los animales, como la obligación de cuidar el medio ambiente, es necesario dejar de verlos como cosas con las que se puede crear una industria, y darles el estatus de personas para evitar el trato equivocado que hasta ahora se les ha dado.
Quien tenga la inteligencia y sensibilidad para comprender y respetar la vida animal siempre será un buen ejemplo para los demás. Quienes no tengan ni la inteligencia ni la sensibilidad para ello, deberían respetarlos por ley. Sí: necesitamos más y mejores leyes y acciones que promuevan el respeto a los animales. Sólo así el anti-especismo redoblará su fuerza y el medio ambiente podrá recuperarse de forma considerable.
Paulina Rivero Weber
Profesora titular de la Facultad de Filosofía y Letras en la UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C.
[1] Me baso en el famoso pasaje en que Aulo Gelio, en sus Noches áticas, cita a Gabio Basso. La traducción más reciente al español se encuentra en Alianza editorial, Madrid 2007, p.p. 140,141.
[2] J. Corominas – J. A Pascual, Diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispánico, Vol. IV, Gredos, Madrid 1981, p. 502.