
En México, el Día del Maestro y de la Maestra se celebra el 15 de mayo. Si bien experimento cierta perplejidad en que se celebre la labor docente cerrando las aulas y declarando un día de asueto, la fecha es valiosa para reflexionar de manera crítica sobre la cuestión educativa y sus desafíos; en este caso, la enseñanza de la bioética en el país.
La cuestión educativa va más allá de la transmisión de conocimientos y aprendizaje de competencias. No se agota, tampoco, en el tema de captación de recursos económicos, aunque las instituciones educativas, sobre todo las privadas, se disputan de manera feroz la matricula en una lógica que se asemeja, cada vez en mayor medida, a la del mercado. Más bien, lo que se encuentra en disputa son los paradigmas, valores y visiones del mundo; la formación ética y moral de las personas en su papel de ciudadanas y ciudadanos.
Desde esta perspectiva, la bioética resulta ser un campo álgido, en el que se oponen dos corrientes. La primera —que es la que defendemos en el Colegio de Bioética— propone una disciplina laica, sustentada en la evidencia científica, incluyente y con perspectiva de género y de derechos humanos. Se basa en la convicción que la autonomía de las personas, en nuestra facultad de tomar decisiones informadas y responsables, ha de ser la estrella polar de la reflexión en torno a los dilemas morales que surgen en el ámbito sanitario.
La segunda, que se define como personalista, se fundamenta en creencias y posturas religiosas, en especial las de la Iglesia católica. Como reacción a los avances de los derechos sexuales y derechos reproductivos a nivel internacional en los años 90, el Vaticano ha desarrollado una propuesta a su medida, cuyo núcleo es el dogma de la sacralidad de la vida humana desde el momento de la fertilización hasta la muerte natural. En 1994, Juan Pablo II ordenó la creación de la Pontificia Academia para la Vida, cuyo objetivo es el estudio y la formación de personas en biomedicina y derecho, en el pleno respeto de las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia. La Pontificia Academia mantiene vínculos estrechos con muchas instituciones de educación superior, especialmente, pertenecientes a la vasta red de universidades católicas a nivel global. Ha estado activa en temas relacionados con el inicio y fin de la vida humana –rechazando tajantemente el derecho al aborto, las técnicas de reproducción asistida o la muerte medicamente asistida—, pero también ha mostrado interés en problemáticas emergentes, tales como la ética robótica, la inteligencia artificial, los dilemas morales asociados con las neurociencias o con la edición del genoma humano.
Como lo documentan Gustavo Ortiz-Millán y Frances Kissling en su artículo “Bioethics training in reproductive health in Mexico”, las cuestiones bioéticas en materia reproductivas han sido relevantes en el contexto de la consolidación de las políticas reproductivas en México, las cuales, a su vez, han generado fuertes resistencias en los últimos años. Ante las importantes victorias que el movimiento feminista ha conseguido a nivel legal (aunque nunca definitivas como nos lo enseñó a las malas la derogación de Roe v. Wade en Estados Unidos), la formación en bioética de los profesionales de salud ha resultado ser un espacio estratégico para la academia conservadora.
De acuerdo con datos recopilados por Ilian Durán Garduño, estudiante en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, dos de las tres principales instituciones de enseñanza bioética en México son confesionales. Una de ellas es la Universidad Anáhuac, fundada en 1964 por la congregación de los Legionarios de Cristo, que ofrece, desde 1992, currículas relacionadas con las ciencias de la salud y bioética. Dicha institución tiene como objetivo la promoción del humanismo cristiano y la evangelización y transformación cristiana de las relaciones interpersonales, tanto en la universidad como en la sociedad. Su sesgo personalista es claro al estar vinculado con diferentes instituciones tales como la Asociación Española de Personalismo, la Universidad de Navarra y la Pontificia Academia para la Vida.
De la misma manera, la Universidad Panamericana, fundada en 1967 y vinculada al Opus Dei, propone una amplia oferta en materia de formación en bioética y salud, sobre todo en materia de educación continua. Si bien su propuesta parece confesional —“educar a personas que busquen la verdad y se comprometan con ella, promoviendo un humanismo cristiano”— presume colaboraciones con distintas instituciones públicas de salud tal como el Instituto Nacional de Cancerología, el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, el Instituto Nacional de Psiquiatría o el Instituto Mexicano del Seguro Social.
La UNAM se ha posicionado como la primera institución de enseñanza bioética en México. Aunque se presenta como una institución ideológicamente plural, constituye un bastión en la defensa de una bioética laica, crítica y no dogmática, abierta a las nuevas ideas y corrientes, comprometida con la promoción de los derechos humanos, sobre todo de los grupos más vulnerables. Propone una gran diversidad de espacios de reflexión y de capacitación, ya sea a nivel bachillerato, licenciatura o posgrado, en presencial o virtual, dirigidos o autogestivos. Algunos de ellos son el Programa Universitario de Bioética (PUB), la Cátedra Extraordinaria de Bioética, el Diplomado en Bioética, Salud y Bioderecho del Instituto de Investigaciones Jurídicas, las diferentes colaboraciones con el Museo Memoria y Tolerancia, o el Proyecto PAPIIT “Bioética feminista”.
En las últimas décadas, se han realizado muchos esfuerzos para capacitar en derechos humanos a quienes desempeñan labores de servicio público, en particular en el área de salud. En este sentido, la enseñanza de la bioética constituye un espacio clave para la consolidación, en el terreno de la atención médica, de los avances logrados a nivel político y jurídico. Sin embargo, diferentes estudios muestran, al respecto, las deficiencias de la educación médica en México en lo relativo a la salud sexual y reproductiva y su repercusión en detrimento de los derechos de las mujeres y de las niñas. Así, la formación ética del personal de salud en bioética debe ser un área prioritaria, a partir de un proyecto decididamente laico, basado en la evidencia científica, y sustentado en una perspectiva de género y de derechos humanos.
Agradezco a Ilian Durán Garduño (FCPyS-UNAM) por la recopilación y análisis de datos de la oferta bioética en México.
Pauline Capdevielle
Investigadora en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. Vicepresidenta del Colegio de Bioética.