Tauromaquia, ¡echamos a perder una tradición!

Crédito: Víctor Solís

Decir “animales sintientes” es casi un pleonasmo, porque todos los anima-les tienen ánima, esto es, el aliento de vida sintiente. De manera que sería mejor hablar de seres sintientes, porque eso sí: no todos los seres lo son. En filosofía se reconocen dos tipos de seres: los entes reales y los ideales. Estos últimos son en nuestro pensamiento; son ideas. Los entes reales a su vez se pueden dividir entre seres sintientes y seres no sintientes: las piedras, por ejemplo, no son sintientes y si se argumentara en favor de no explotarlas, sería por razones ecológicas, esto es, por la necesidad de dejar de explotar nuestro entorno para respetar los nichos ecológicos, no por su sintiencia.

Pero si hablamos de los mamíferos, sin lugar a duda sabemos que hablamos de seres sintientes: nuestra certeza proviene de que nosotros mismos somos mamíferos y nadie puede venir a decirnos que los mamíferos no sienten. Lo único que marca una diferencia con respecto al resto de los mamíferos, es que el ser humano tiene una corteza cerebral que otros no tienen, pero no es gracias a esa corteza que sentimos: por ella hacemos matemáticas o filosofía, pero no tiene que ver con la sintiencia.

De modo que la batalla que los habitantes de esta enorme ciudad hemos presenciado en los últimos años entre los que defienden la tauromaquia y los que votan contra ella, es la batalla entre personas coherentes con el respeto a la vida de un ser sintiente y personas que solo ven en ellos medios para sus fines: dinero o diversión.

Este último fin me parece particularmente grave, porque la gente se divierte con base en la educación recibida. Si ha sido educada para gozar con el sufrimiento, algo ha sido irremediablemente dañado en su estructura valorativa de la vida: la tauromaquia es una mala educación que se conservaba en un país que no requiere ser educado en la violencia, sino exactamente en lo contrario. Y aclaro: estoy hablando de hoy, no de hace cincuenta o cien años. Hoy, con todo el conocimiento que hemos acumulado en las últimas décadas sobre sintiencia animal, no es posible continuar con tradiciones que se basan en el sufrimiento.

No sólo los mamíferos son seres sintientes: Antonio Damasio reporta el estremecimiento de aves ante la música, por mencionar uno de los experimentos que más recuerdo, pero los hay por cientos: todos los animales son sintientes y la raya debe quedar trazada en no dañar, retirarse cuando el animal implica un peligro para nuestra existencia y atacar sólo cuando no hay otra opción.

En el caso de la tauromaquia, sus defensores fundamentaban que se trataba de una tradición, y es verdad: una tradición violenta y vergonzosa. Quienes supieron perseverar en la lucha contra esta tradición, insistiendo en que hay tradiciones que no por ser tales merecen continuar, tenían toda la razón. En efecto, la historia de la humanidad es también la historia de muchas tradiciones que hoy nos avergüenzan. También era una tradición que las mujeres usaran corsés que a duras penas les permitían respirar, pero eran objetos de adorno y esa era la tradición. En algunos lugares del mundo la ablación del clítoris era también una tradición, en fin: por tradiciones vergonzosas no paramos.

A quienes consideran que el logro de reducir la tauromaquia a una fiesta sin sangre es un logro relativo, les tengo una buena noticia: hemos echado a perder la fiesta taurina. Es verdad que aun sin derramamiento de sangre, el toro es sometido a un estrés considerable. Imaginemos sólo su encierro: cualquier animal sensible, valga la redundancia, no lleva bien permanecer encerrado en un lugar pequeño por horas o por días. Podemos también imaginar lo que implica entrar a un ruedo en donde no hay salida, con música estridente y gente gritando. Pero repito: a quienes ven este logro como algo parcial, les recuerdo que los adictos a la tauromaquia lo que quieren es ver sangre, y lo que un torero necesita para poder torear, es un animal ofuscado, enfurecido, desangrado y agotado por esa pérdida de sangre. Para ellos sin sangre no hay fiesta y casi puedo escuchar sus voces: “Están echando a perder las corridas de toros”.

Yo tengo la esperanza de que con este paso en efecto se hayan echado a perder, y que sea el principio del final de las corridas de toros. Desde aquí quiero mandar una felicitación y a la vez todo mi agradecimiento a las y los valientes que han luchado a lo largo de décadas. A los que han escrito en contra de esa tradición, a los que han acudido a hablar con los diputados o senadores, a los que han ingresado al ruedo para suspender una corrida y han recibido bestiales palizas, a los que se han manifestado, a los que han gritado, a los grandes intelectuales que han creado memorables frases en contra de la tauromaquia: a todas y a todos, a cada una de las personas que hicieron algo por este logro, el cual en este memorable año ha comenzado a consolidarse, gracias, muchas gracias: hemos echado a perder una tradición grotesca y vergonzosa. Que este sea el principio, solamente el principio del final de este tipo de espectáculos.

Quedan como pendientes inmediatos las peleas de gallos y otras salvajadas que algún día avergonzarán a la humanidad.

Paulina Rivero Weber
Profesora titular de la Facultad de Filosofía y Letras en la UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C.

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Publicado en: Ética hacia los animales