Tauromaquia: la mala educación

Asociamos la educación estética al campo del arte y esto no debiera ser así. El término “estética” procede de áisthesis, que para el griego designaba aquello que se conoce de manera directa por contraposición a lo que se conoce de modo racional. De ahí que la educación estética de un individuo tenga que ver con la forma en que se le educa a vivir una experiencia y aprehenderla: es la educación de la sensibilidad, podríamos decir, la educación para percibir correctamente aquello que percibimos a través de los sentidos.

Si hemos aprendido a percibir el dolor como algo sin importancia, o peor aún: si hemos aprendido a torturar, no podemos pensar que se trate de una buena educación. Ésta, requeriría enseñar más bien lo contrario: la empatía. Cuando un ser sufre, la persona estéticamente educada es sensible y empática; por ello siente displacer, no se complace con el sufrimiento de otro ser capaz de sentir dolor. Pero lamentablemente se puede educar para lo contrario: para ser insensible y no empático, para percibir el dolor como algo adicional que se requiere para divertirse, para ser supuestamente artísticos: tal es el caso de la tauromaquia.

En ese espectáculo, como en tantos otros que han existido en la prehistoria de la humanidad, un ser sensible en extremo sufre, mientras que los espectadores se divierten al ver el “arte” que realiza con él un hombre ataviado de manera ridícula. ¿Podemos en verdad creer que se trata de un buen ejemplo, de una buena educación?

Ilustración: David Peón

El problema con este tipo de actividades es que por muchos siglos llegaron a normalizarse. Hace cincuenta años poca gente pedía el cese de esas actividades: era algo normal, parte de la vida cotidiana. Y es que es muy fácil normalizar la violencia; ésta, cuando es parte de la vida cotidiana, deja de notarse, se vuelve “normal” y con ello se vuelve invisible.

En nuestro país existen muchos tipos de violencia normalizada y urge trabajar para que sea visible. Todavía hay padres y madres que abusan de sus hijos y consideran normal y hasta necesario “un buen golpe a tiempo” como parte de la educación. Esto, que resulta impensable y es sancionado en otras latitudes, continúa siendo parte de la normalización y la invisibilización de la violencia en nuestro México. Lo mismo sucede en el trato a las mujeres frente a los hombres, o en el trato hacia los homosexuales y en general, en el trato a los animales.

Es por eso que no requerimos ejemplos de violencia, sino todo lo contrario: nos hace falta una educación que lleve a la sociedad a valorar el respeto al otro, a valorar al que es diferente y ser empáticos con él. Y de todo lo diferente, lo “otro” radical, es el animal. Es un ser vivo, puede ser incluso un mamífero como lo somos nosotros los seres humanos, que tenga por ello el mismo sistema nervioso para sentir el dolor, y aun así lo vemos como “lo otro” radical, aquello que es completamente diferente, pero ¿lo es? Está más que comprobado que los animales poseen procesos mentales con una estructura diferente a la del ser humano, pero los poseen. Y está comprobado que sienten el dolor tanto o más que un ser humano.

Pero ahí está el problema: no debiera requerirse comprobación científica alguna del dolor de un mamífero, sino una buena educación de la sensibilidad. Cualquier persona sensible, medianamente sana y empática sabe distinguir el sufrimiento animal. Quien es indiferente al dolor animal llama la atención y se le tacha de insensible. ¿Cómo debemos entonces referirnos a quienes no solamente lo son, sino que provocan el dolor, que torturan y se divierten al hacerlo? Es difícil encontrar los adjetivos calificativos para designar a quienes torturan por diversión y a quienes pagan por ver la tortura. Le dejo esa labor al lector: ¿cómo deberíamos llamar al torturador y cómo a sus espectadores?

Digamos no, una y mil veces: no a la tauromaquia.

No hace falta esa educación en nuestro país.

 

Paulina Rivero Weber
Profesora titular de la Facultad de Filosofía y Letras en la UNAM y directora del Programa Universitario de Bioética. Miembro del Colegio de Bioética A. C.

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Publicado en: Ética hacia los animales

3 comentarios en “Tauromaquia: la mala educación

    1. ¡Qué gusto tan grande, saber que así lo piensas, admirada, Angeles! Ojalá te animaras escribir sobre este tema porque hace mucha falta. Saludos!

  1. Apoyo totalmente que debería de eliminarse el sufrimiento del toro en la tauromaquia, y su muerte. Aunque quizá soy algo hipócrita porque sigo comiendo carne de res.

    Me parece interesante la propuesta de la educación estética, como refuerzo de la educación ética. Pero podrían surgir algunas cuestiones:

    – Usualmente se separa la ética de la estética. Por ejemplo en el siglo XX se presionaba a los escritores de izquierda para que su escritura se comprometiera con la causa.»lolita» y otras obras se censuran en estados unidos por su contenido erótico; los cuentos de hadas como los de Perrault y los hermanos Grimm se eliminaron de primarias y secundarias porque no empoderan a las mujeres.

    – La propuesta se basa en que podemos comunicarnos a cierto nivel con con animales, pero ¿que pasa si esta comunicación no puede darse, como en el caso de las plantas, los fetos y los comatosos?

    – Estoy completamente de acuerdo en que necesitamos una educación emocional. En el pasado reprimíamos las emociones,; actualmente caemos en el extremo opuesto de dejarnos manejar por ellas creyendo que así somos más auténticos, exponiéndonos a ser manipulados y polarizados. Pero la enseñanza de una actitud ética no puede basarse sólo en emociones. Las emociones son temporales; además, los problemas del mundo son tantos, que si cada uno nos generara una emoción de rechazo, quedaríamos paralizados. Por otro lado la violencia (hacia otros) y el abuso de poder pueden generar fuertes sentimientos agradables, ¿cómo tratar con esta emociones, procesarlas de manera sana para no ser manipulados por ellas?

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