¿Morimos mejor en el siglo XXI?

Cada uno de nosotros somos una historia, una vida y una muerte. Así fue cuando conocí al señor C. en su casa. Tenía días de haber llegado a la ciudad, su esposa comentó por llamada telefónica que cada vez eran más las náuseas y el cansancio. Decidí visitarlo en domicilio y me encontré con el retrato vivo de la reflexión que nos expuso Marcia Angell en un artículo publicado en el New England Journal of Medicine en 1988: “Nuestra habilidad para extender la vida por medio de nuevas tecnologías crecerá en el futuro, y con su crecimiento, aumentarán los dilemas generados por el incremento del sufrimiento intratable”.

Enuncio algunos antecedentes que nos permiten vislumbrar ese sufrimiento que presentaba el señor C. Diagnosticado hace meses con cáncer gástrico etapa clínica IV (por múltiples metástasis en abdomen). Conectado a nutrición parenteral, método de alimentación que se realiza por vía intravenosa administrando nutrientes directamente a la sangre. Además, en su abdomen tenía una gastrostomía, sonda que atraviesa la pared abdominal y se inserta directamente en el estómago cuyo objetivo era ser una “vía de descarga”; es decir, lo que producía el estómago debía salir por la sonda de gastrostomía. Todos los procedimientos previos se realizaron en la otra ciudad donde se atendía, se lo propusieron con el objetivo de sustituir la vía de alimentación oral que no era viable por el tumor en el estómago aunado a que los intestinos se congelaban por las múltiples metástasis en todo el abdomen.

Al sentarme a su lado, tratando de ser una lectora cuidadosa de su enfermedad y acceder en él, le pregunté: “¿Cómo está?, ¿cómo lo trata esta ciudad?”. Me respondió: “Mal, no es vida ‘comer’ si es que así podemos decirle a alimentarse a través de una vía intravenosa y tener una sonda de descarga”.

No hay duda que acompañar la lectura del enfermo de crítica es fundamental, ¿por qué había tal invasión en su cuerpo?, ¿por qué prolongar un sufrimiento? Desafortunadamente el paciente fue tratado por técnicos y no por médicos. Ante un médico que por meses trata a un paciente con cáncer gástrico metastásico a base de quimioterapia e inmunoterapia y no brinda cuidados paliativos, no se está involucrando con el padecimiento integral del paciente. Recordemos las palabras de Ruy Pérez Tamayo: está ignorando su obligación profesional de curar, o aliviar cuando no se puede curar, de siempre apoyar y consolar al enfermo.

Ya lo advertía Jessica Nutik, autora de Extreme Measures: Finding a Better Path to the End of Life: en la cultura médica actual, a veces los enfermos son colocados en lo que ella denomina la cinta transportadora al final de la vida. Son intubados, cateterizados e incluso hospitalizados para que sufran sus últimos días solos, confundidos y a menudo con dolor. Pareciera que al señor C. lo pusieron en esa cinta transportadora, manteniendo la expectativa de recibir más tratamiento de quimioterapia. Sin dejar espacio en esa cinta para responder preguntas como: ¿dónde quiere morir?, ¿cómo y cuándo quiere morir?, ¿quiénes estarían allí?

Preguntar, orientar y acompañar al paciente en esa cinta al final de la vida permitirá comprender la tríada historia, vida y muerte. Cierro con algunas enseñanzas de Arnoldo Kraus: las decisiones en el momento final son más complejas, pues la ausencia de historia y de conocimiento mutuo, entre galeno y paciente, dificulta cualquier tarea, sobre todo cuando se trata de la muerte.

Y al final, ¿morimos mejor en el siglo XXI?

Julieta Gómez Avalos

Oncóloga y miembro del Colegio de Bioética A.C.


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