El autoritarismo contemporáneo y el Estado de bienestar

Crédito: José María Martínez

En el mundo contemporáneo se propagan como una plaga los regímenes autoritarios, autocráticos, neofascistas y antidemocráticos,1 tanto de extrema derecha como de extrema izquierda. Ante su normalización ya ni siquiera tiene sentido llamarles “extremas” a esas derechas/izquierdas retrógradas, conservadoras, chovinistas y xenófobas porque han conquistado el poder (en la mayoría de los casos) mediante procesos electorales pacíficos en las democracias “liberales”, y han podido gobernar gracias a la complacencia de una mayoría de electores, la complicidad de los capitales y empresas más poderosas y, en algunos casos, también de los medios de comunicación y de los “intelectuales orgánicos”. Sus estrategias han consistido, en general, como señala Moisés Naím (La revancha de los poderosos, 2021), en la retórica populista, la polarización y el uso cínico de la posverdad. El paradigma de todos estos autócratas (la mayoría son varones) es Donald Trump, cuyo segundo mandato a punto de iniciar –a pesar de haber sido declarado culpable de delitos no menores– anuncia una etapa de empoderamiento de esos movimientos antidemocráticos en todo el planeta.

Ece Temelkuran, destacada periodista turca, en su libro Cómo perder un país: los siete pasos de la democracia a la dictadura (2019), expone el proceso mediante el cual las democracias pueden degradarse hasta convertirse en regímenes autoritarios, liderados por personalidades autócratas. Ella identifica siete pasos clave que suelen seguir esos líderes para consolidar su poder en contra de las instituciones democráticas. No son graduales ni se dan siempre al mismo tiempo, pero en conjunto degradan el Estado de derecho y el Estado de bienestar, condiciones para la equidad y el desarrollo colectivo. Reproduzco y gloso las siete tesis de Temelkuran a continuación:

  1. Crear un movimiento propio. Los líderes populistas fundan un “movimiento” social para diferenciarlo de los partidos políticos convencionales, y lo presentan como la voz auténtica del pueblo en contra de las élites. Se aprovechan de la profunda crisis de las democracias liberales, debida al dominio de la plutocracia, la ineficacia y corrupción de sus élites, y el envilecimiento de los partidos políticos tradicionales. Dichos líderes prometen soluciones simples a problemas complejos y canalizan el descontento social mediante una retórica de lenguaje visceral que enardece los viejos resentimientos y conflictos sociales. Desmantelan el Estado de bienestar y las instituciones que lo hacen posible para someterlas a los designios electoreros del régimen y para desviar los recursos públicos hacia sus obras estratégicas.
  2. Trastocar el lenguaje y evadir la realidad. Los movimientos autocráticos socavan, mediante la propaganda y el control de la información, la confianza en las fuentes periodísticas más prestigiadas. Mantienen la hegemonía del discurso público y juegan con la posverdad (siempre tienen “otros datos” que ofrecer) para relativizar las opiniones fundadas y propagar desinformación, creando confusión y permitiendo que las narrativas del líder sean aceptadas sin cuestionamientos. Ante la evidencia objetiva que presentan los estudios científicos y la opinión de los expertos responden con descalificaciones y negacionismos. Sus políticas desatienden y contradicen las recomendaciones científicas de las personas expertas y con más experiencia, como sucedió con la pandemia de covid-19 en países como EE. UU., Reino Unido, Brasil o México.
  3. Eliminar la vergüenza pública y normalizar la posverdad. El discurso político público se vuelve agresivo y vulgar, banaliza los hechos graves, normaliza la violencia social. Los movimientos autoritarios utilizan el ataque y la descalificación continuos a los medios y académicos críticos como forma de defensa paranoica. Si los expertos señalan un dato o hecho que no les gusta, reaccionan con virulencia para descalificarlo o minimizarlo. Así, normalizan opiniones calumniosas y presiones coercitivas a los medios y a las instituciones de investigación académica, que antes habrían sido inaceptables. Esta retórica autoritaria favorece la violencia social y la agresión a todas aquellas personas que disientan del régimen; rechazan la pluralidad política y debilitan las normas éticas de la convivencia democrática entre diferentes posiciones y concepciones del mundo.
  4. Desmantelar el sistema judicial y el Estado de derecho. Interfieren o destruyen las instituciones judiciales para garantizar impunidad y proteger los intereses del régimen y sus aliados. Jueces y fiscales independientes son reemplazados por leales al líder, erosionando la separación de poderes y la posibilidad de una justicia imparcial. Se aprovechan de la crisis de los sistemas judiciales, de la corrupción de algunos juzgadores y de las desigualdades en el acceso a la justicia, pero no corrigen ninguno de esos defectos; por el contrario, los refuerzan al orientar el sistema legal sólo a la defensa del régimen. Con un Estado de derecho mermado no es posible garantizar el acceso equitativo a los servicios de salud, de educación, de seguridad o de cualquier bien público. La ciudadanía queda inerme ante los abusos del gobierno; las instituciones de defensa de los derechos ciudadanos son neutralizadas o eliminadas.
  5. Fomentar la división y la polarización para diseñar una ciudadanía sumisa. Los movimientos y líderes autocráticos dividen a la sociedad en leales y disidentes (ponga usted los términos que quiera en esta maniquea dicotomía), fragmentan a la comunidad y sesgan sus apoyos (materiales y políticos) sólo para los paleros del régimen; dirigen todas sus baterías económicas, ideológicas y jurídicas contra los opositores hasta desarticular toda disidencia. El discurso autocrático explota y ahonda las diferencias étnicas, religiosas, ideológicas o socioeconómicas, creando un ambiente de confrontación constante donde el diálogo se vuelve casi imposible. El uso de las redes sociales y de la propaganda es crucial para crear este ambiente de extrema polarización y de conflicto visceral.
  6. Crear enemigos internos y externos, normalizar el horror. Se identifica a ciertos grupos, personalidades o naciones enteras como amenazas que justifican medidas “extraordinarias” en resguardo de la soberanía popular. Los “enemigos del pueblo” incluyen a minorías étnicas, inmigrantes, intelectuales, países extranjeros o cualquier persona o institución independiente y crítica del régimen, pero no a los grupos del crimen organizado, con los que pactan. Este discurso refuerza la “identidad popular”, la cultura tradicional (normalmente religiosa) y alienta el miedo, odio y paranoia en las personas que son leales al régimen. Los sistemas educativos y de salud se vuelven cada vez más selectivos y discriminadores, acrecentando las desigualdades que ya existían. Los regímenes autoritarios emprenden políticas y reformas regresivas contra las instituciones laicas, principalmente en la educación y en la salud pública. Se oponen beligerantemente a la legalidad del aborto, la eutanasia o la diversidad de identidades sexogenéricas, así como a la universalización de los servicios básicos de salud, de educación sexual y reproductiva para toda la población; evitan afectar los intereses económicos de la industria y se desisten de implantar políticas en beneficio de la salud pública.
  7. Tomar control de la narrativa histórica y reescribir la realidad. Con el poder centralizado en el líder y su movimiento, sometido el Poder Legislativo, destruido o subordinado el Poder Judicial, acallados los medios y el periodismo críticos, desacreditados los académicos e intelectuales (expertos y científicos), el régimen reescribe la historia y manipula la educación pública para perpetuar la ideología y la narrativa favorable a sus designios. La cultura, el arte y cualquier expresión individual son controlados o censurados para evitar disidencias y mantener una imagen idealizada del líder y de los “grandes” logros de su gobierno.

Crece de manera inquietante la lista de gobiernos autoritarios en el Mundo Occidental y en las principales economías (que se suman a muchos regímenes autoritarios y dictatoriales que han sido comunes en África o en Medio Oriente). 1) Regímenes de extrema derecha: EE. UU., Rusia, Hungría, Italia, Turquía, Eslovaquia, Polonia, Argentina, El Salvador, India, Israel, etc.; en el futuro próximo los ultras pueden conquistar el poder en Francia y Alemania, además de escalar posiciones en los Países Bajos, Suecia, Finlandia o Austria e inclusive en Reino Unido. ¿Acaso Vox ganará el gobierno en alianza con el PP en las próximas elecciones en España? 2) Gobiernos de “extrema izquierda” que se atrincheran en sus atalayas militares e ideológicas, violando los derechos humanos de su propia población, sin que a nadie del mundo “libre” le importe: China, Corea del Norte, Cuba, Venezuela, Nicaragua, Afganistán, Irán o Yemen.

El instituto IDEA (International Institute for Democracy and Electoral Assistance) reporta año con año un avance peligroso de los regímenes autocráticos y autoritarios y una crisis —al parecer ya irreversible— de las democracias liberales. Asimismo, el semanario The Economist2 publica un índice democrático para diferenciar entre democracias plenas, democracias “debilitadas”, regímenes mixtos y regímenes autoritarios. Actualmente, un 39% de la población mundial no vive en sistemas democráticos, sino en regímenes sin elecciones libres ni libertades civiles básicas. Según The Economist, menos de la mitad del mundo (44%) vive en regímenes democráticos, algunos debilitados, aunque con equilibrio de poderes y juego parlamentario entre distintos partidos políticos. Sólo 25 países gozan, en términos generales, de una democracia plena. Este selecto grupo lo encabezan las naciones escandinavas. Los demás son regímenes “híbridos” (como el de México) que transitan hacia formas no democráticas, debido a la erosión de sus instituciones y cultura democráticas y al desequilibrio creciente entre los distintos poderes públicos, que desmovilizan a la ciudadanía volviéndola pasiva y resignada, cuando no temerosa de ser cancelada o excluida si disiente del poder autocrático.

¿Y todo esto qué tiene que ver con el Estado de bienestar y las políticas sociales que lograron proporcionar servicios gratuitos de calidad en la educación o en la salud públicas? Pues que, por ejemplo, algunos regímenes de la extrema derecha, como el de Argentina o EE. UU., han apostado por la privatización plena de la salud y de la educación dejando a la ciudadanía a merced del mercado neoliberal (individualista e injusto por excelencia) y sólo con sus propios recursos personales para cubrir estas necesidades básicas. Ello ha aumentado la desigualdad en el acceso a bienes públicos esenciales para el desarrollo humano. Sus políticas sociales son regresivas y retrógradas. Por ello, los regímenes autocráticos y autoritarios de derechas se han convertido en la principal amenaza para los Estados de bienestar, y constituyen un peligro para la sanidad mundial y la remediación ecológica. Las próximas pandemias que tengamos que enfrentar contarán con la renuencia, falta de colaboración y hostilidad de estos gobiernos, que se afanan en combatir la migración (legal o ilegal) y en desmantelar los mecanismos e instituciones de la cooperación internacional, necesarios para enfrentar las pandemias mundiales y mejorar la salud en todas las naciones. Los regímenes de extrema derecha exacerban las políticas neoliberales y desregulan el mercado; impiden y desactivan las políticas de protección ambiental, no combaten los efectos del cambio climático (porque no “creen” en ellos); atacan las políticas de laicidad en la salud y la educación; abaten los impuestos a los más ricos (y permiten exenciones jugosas a las grandes y más poderosas empresas), no redistribuyen la riqueza, sino que favorecen la concentración monopólica y la desigualdad; son anticosmopolitas y no están dispuestos a ayudar a naciones pobres ni a cooperar internacionalmente en el desarrollo científico y tecnológico; conciben el escenario mundial como un mercado de competencia feroz en el que deben prevalecer a costa de la mala fortuna de todos los demás países. Las repercusiones en la salud y en la educación pública de este tipo de regímenes son desastrosas para su propia población y para todo el mundo.

Por ejemplo, el peor sistema público de salud y el más contradictorio es el norteamericano: se gasta demasiado, tanto el gobierno como la ciudadanía, pero con magros resultados; las personas tienen que invertir mucho de su propio bolsillo en seguros, fármacos, cirugías y tratamientos especializados. Esta situación se agravará con las medidas que impulse la administración Trump para contrarrestar las políticas sociales de los anteriores gobiernos demócratas. El mercado neoliberal domina plenamente la salud y la educación públicas en EE. UU. preservando la desigualdad y afectando las posibilidades de desarrollo social con mayor equidad, especialmente entre las minorías étnicas e inmigrantes. No obstante, algunos regímenes autocráticos de derecha se plantean favorecer algunas políticas sociales, como el de Meloni en Italia, que incentiva económicamente a las italianas para que deseen procrear más hijos, y contrarrestar así la inmigración exterior, ya que el gobierno de Meloni planea deportar a miles de inmigrantes que no se ajusten a su ideal de ciudadano católico latino o europeo.

Así pues, se puede argumentar que los regímenes autoritarios convierten los servicios de salud y las políticas sociales en un bien de acceso restringido, no en un derecho universal; y tampoco se preocupan por mejorar ni asegurar su calidad. Esto representa un retroceso en los derechos bioéticos de toda la población, que se basan en la pluralidad, la laicidad y las garantías de acceso a los bienes fundamentales. Por lo que respecta a los servicios de educación pública, los regímenes autoritarios de derecha suelen convertirlos en sistemas de adoctrinamiento en donde se “enseña” su nueva visión sobre la historia en la que destaca el contraste entre el pasado que quieren revivir y el futuro glorioso que prometen. La ideología tipo “make America great again” permea en la propaganda y en la industria cultural de los regímenes autocráticos. Constituye una nueva pedagogía de la crueldad contra las minorías, la insolidaridad con las demás naciones, el individualismo egocéntrico y el chovinismo recalcitrante. Su discurso se alía con los grupos religiosos fundamentalistas y revierte todas las políticas de laicidad que habían garantizado la pluralidad moral y cultural en las democracias liberales. Así, se ven amenazadas las libertades básicas de expresión de las ideas, y de creencias y valores multiculturales.

Por su parte, los regímenes autocráticos de izquierdas convierten la sanidad pública en un sistema de dádivas populistas que resultan insuficientes, pero que favorecen la privatización y la desigualdad, al no invertir recursos ni establecer políticas adecuadas para mejorar los servicios públicos. En cuanto a la educación, sólo la ven como instrumento de adoctrinamiento ideológico, reescriben los libros de texto de la enseñanza básica y emprenden reformas educativas retrógradas, sin bases científicas ni evaluaciones empíricas adecuadas. Tampoco les importa la calidad de la educación pública, reforzando así la enseñanza de élite, que se concentra en las fuerzas armadas o en las escuelas privadas, muchas de ellas religiosas. Los regímenes de extrema izquierda ni siquiera garantizan el acceso a los bienes básicos con calidad mínima (sí en cambio, la pobreza y la escasez para la mayoría), refuerzan la división jerárquica entre la élite gobernante (el partido único) y el resto de la población, preservan las moralidades autoritarias y patriarcales (idealizando el núcleo familiar y las tradiciones culturales), mantienen los privilegios de la élite político-militar y refuerzan los fundamentalismos ideológicos y también religiosos, que no les estorban del todo.

Si usted piensa que la mayoría de los fenómenos que he mencionado en este breve comentario se parece a lo que está sucediendo en México es sólo una mera coincidencia. Disfrutamos, según la retórica oficial, del régimen democrático más “avanzado” de América, con un sistema de salud como el de Dinamarca y una educación pública tan buena como la de Francia o Alemania, por eso el gobierno se niega a evaluarlos mediante los instrumentos y estándares internacionales. Nos deparan, por tanto, tiempos sombríos para los derechos civiles y bioéticos si el autoritarismo y las autocracias siguen avanzando y prevaleciendo en el mundo.

Jorge Enrique Linares
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

1 No hay espacio para esclarecer estos conceptos; remito, entreotros muchos libros actuales, a estos autores: Przeworski, Adam, Las crisis de la democracia. Riemen, Rob, Para combatir esta era: consideraciones urgentes sobre el fascismo y el humanismo. Eco, Umberto, Contra el fascismo. Applebaum, Anne, Autocracia Inc. Levitsky, S. y Ziblatt, D., Cómo mueren las democracias. Mounk, Yascha, El pueblo contra la democracia. Snyder, Timothy, Sobre la tiranía. Woldenberg, José, Contra el autoritarismo. Naím, Moisés, La revancha de los poderosos. Traverso, Enzo, Las nuevas caras de la derecha. Runciman, David, Así termina la democracia. Forti, Steven, Democracias en extinción: El espectro de las autocracias electorales.
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2 The Economist no es santo de devoción para todos los que somos críticos del neoliberalismo, pero su índice tiene cierto rigor y objetividad al medir y comparar los sistemas políticos: pluralismo político y procesos electorales limpios, funcionamiento del gobierno y lucha anticorrupción, participación política ciudadana, cultura política y libertades civiles, especialmente de expresión, opinión, asociación y movimiento. Vid. https://www.eiu.com/n/campaigns/democracy-index-2023/

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Publicado en: Justicia social