Y después de la muerte, ¿qué?

No teman lectores, no les voy a hablar sobre el cielo prometido ni sobre el infierno tan temido. Me voy a referir a los restos humanos —al cuerpo— una vez que la persona fallece; es decir, al cadáver. ¿El cadáver es sólo una “cosa” o es algo más? ¿Qué trato debemos darle desde un punto de vista jurídico y ético?

Ilustración: Patricio Betteo

Al morir la persona, su cuerpo se transforma en cadáver. La muerte determina la extinción de la personalidad —término ideado por los juristas romanos para indicar que el ser humano puede actuar en la escena jurídica—, sin embargo, culturalmente el cadáver sigue siendo la manifestación de la persona que fue para aquellos que continúan con vida y que, de alguna manera, estaban relacionados con el difunto. Prueba de ello lo constituyen los ritos funerarios en recuerdo de los que ya murieron, los cuales aparecen desde los primeros vestigios del homo sapiens y, según algunas investigaciones, también de los neandertales. Además de los ritos, el tema de las sepulturas también cuenta: éstas han sido reflejo del nivel económico y social del muerto; desde montículos de piedra, cruces de madera y estatuas hasta mausoleos y pirámides. En la actualidad resulta común reducir los restos humanos a cenizas —éstas pueden llegar convertirse en diamantes, claro, si se cuenta con recursos para pagar la tecnología requerida—, y un fin por nadie deseado pero desafortunadamente común en nuestra sociedad: que un cuerpo termine desechado en una fosa clandestina.

La muerte y el cadáver son nociones cargadas de creencias encontradas entre aquellos que se refieren al cuerpo del muerto como un objeto y los que siguen viendo en ellos la representación de una persona viva. ¿Es un mero despojo? ¿Debe ser protegido por su espiritualidad? ¿Se trata de un bien jurídico digno de protección?

La laicización de la sociedad, sobre todo la occidental, y los avances de la medicina han producido un alejamiento progresivo de los rituales funerarios para pasar a un concepto más utilitario del cadáver. Éste puede ser el medio adecuado para obtener información sobre determinadas enfermedades; en otras ocasiones, el cuerpo del difunto puede ser utilizado para la docencia o con una más inmediata y noble finalidad, la utilización de órganos y tejidos del difunto en trasplantes para mejorar la salud de un o una paciente y posiblemente hasta salvarle la vida.

Independientemente de las creencias religiosas, podemos mencionar un interés de la sociedad desde tiempos inmemoriales por el cuerpo de aquellos que murieron: ¿merece el cadáver consideraciones éticas?

El Derecho ha considerado al cadáver un bien jurídico digno de protección. Así lo demuestra el Código penal al sancionar el ocultamiento, exhumación de un cadáver, sus partes o fetos humanos o la profanación de tumbas. Según la Ley General de Salud, cadáver es el cuerpo humano en el que se ha comprobado la pérdida de la vida, y reconoce que los cadáveres no pueden ser objeto de propiedad y siempre serán tratados con respeto, dignidad y consideración (artículo 346). Según lo expresado, nadie puede ostentarse como dueño de un cadáver para disponer de él a voluntad. Además de su sepultura o incineración, los distintos posibles destinos de los cadáveres son los estrictamente señalados por la Ley: investigación, docencia y trasplante de órganos tejidos y células, y pueden disponer sobre el cuerpo de un difunto su cónyuge, descendientes, ascendientes y colaterales en el orden y los términos señalados por las normas sanitarias, pero está claro que esta facultad no implica la atribución de un derecho de propiedad. Aunque la legislación es amplia en la descripción de trámites administrativos para el manejo de cadáveres, resulta omisa en desplegar la norma para concretar la forma en que los cadáveres deben ser tratados para cumplir con el respeto y trato digno.

La bioética se ha ocupado prolíficamente por el inicio y el final de la vida, pero apenas se ha detenido a reflexionar sobre el cuerpo humano después de su muerte y se ha dejado que el campo siga siendo monopolizado por las religiones, pero las preguntas éticas están ahí: ¿qué trato hay que darle al cadáver?, ¿es un simple objeto o es algo más? ¿Cómo son manipulados los cadáveres entre los estudiantes de las facultades de medicina?, ¿muestra el alumnado respeto por el ser humano que fue y que jamás llegará a ser una cosa? ¿Existen protocolos que aseguren un trato digno y de consideración al cuerpo inerte objeto de estudio? La falta de control permite prácticas faltas de ética y reprobables. Al respecto, incluso existen iniciativas que aprovechan los avances tecnológicos y generan simuladores de cuerpos.

¿Existen evidencias de que las investigaciones con cadáveres están bajo control o supervisión ética? Para algunos autores “La muerte no acaba con las formas de expresión de la dignidad que contiene la vida de una persona”.1 Patricia Melo expresa que el uso de cadáveres en la investigación científica debe implicar una actitud de deferencia y respeto hacia el fallecido, ya sea por la protección del respeto a los sentimientos éticos y sociales o por dignidad.2

Queda pendiente para la bioética ampliar la reflexión sobre si el principio de dignidad trasciende o no el momento de la muerte, y sobre el significado del cuerpo del difunto para la familia y también para la comunidad humana. Si se considera que éticamente es algo más que un objeto, habrá que señalar los parámetros pertinentes para el manejo de cadáveres en las distintas circunstancias médicas.

El trato de los cadáveres en los servicios forenses también ameritaría un análisis bioético. De las momias —restos de personas que fueron—, exhibidas sin ningún recato ni consideración y a las que hasta se pretenden nombrar embajadoras como es el caso de Guanajuato, ya mejor ni hablamos.

 

Ingrid Brena Sesma
Integrante del Sistema Nacional de Investigadores nivel 2 y del Colegio de Bioética A. C.


1 Patricia Melo Bezerra y coautroes, “Análisis ético y legal de la investigación científica con cadáveres en Brasil”, Revista Bioética v. 28, num. 3, Brasilia, septiembre de 2020, pp. 553

2 Idem

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Publicado en: Inicio y fin de la vida