“Simio averiado” llama al ser humano Jorge Riechmann Fernández (Madrid, 1962) —poco conocido en México—, a quien la Wikipedia describe como poeta, traductor, ensayista, matemático, filósofo, ecologista y doctor en ciencias políticas. Él prefiere describirse así:
A veces dudo de que se me pueda llamar filósofo —al menos si se me compara con los colegas que veo a mi alrededor que se ocupan de metafísica o de filosofía de la historia, en el Departamento de Filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM)—, aunque me gano la vida dando clases de ética y filosofía política. Salgo del paso a veces sugiriendo que se me considere subfilósofo —igual que Marcos era nuestro subcomandante—.
Soy alguien a quien asombra, pasma y deja estupefacto aquello que los seres humanos podemos hacernos unos a otros y hacerle a la biosfera donde vivimos. Alguien que trata de comprender las raíces de tanto daño, con la esperanza —quizás insensata— de contribuir a ponerle remedio.
Una expresión como la de “simio averiado” (estropeado, deteriorado) hace referencia de manera muy gráfica a nuestra peligrosa tendencia autodestructiva, a la aparente incapacidad que tenemos para conservar nuestra casa común en condiciones aceptables de habitabilidad y, sobre todo, de heredabilidad para las generaciones futuras, que es una las preocupaciones fundamentales de la bioética y, sobre todo, de la ética ecológica.

Además de su obra poética, la ensayística de Jorge Riechmann es muy amplia. Ya me había acercado inicialmente a ella al cursar el máster en Bioética y Derecho de la Universidad de Barcelona. En ese entonces Riechmann formaba parte del profesorado e impartía el módulo de ética ecológica. Posteriormente supe que ya no pertenecía a aquel claustro. Al parecer, sus posturas radicales lo habían alejado de los objetivos docentes del máster.
En 2019 fue detenido por la policía durante algunas horas al participar en una protesta contra la inacción climática organizada por Extinction Rebellion (un movimiento mundial que lucha por la justicia climática mediante la desobediencia civil y la resistencia no violenta) y fue acusado de desobediencia civil grave por obstruir el paso del Puente de los Ministerios en Madrid. En la comisaría de policía citó a Henry David Thoreau: “En una sociedad injusta el lugar para un ser humano que aspira a la justicia es la cárcel”. En 2022 enfrentó un proceso legal en el que la Fiscalía de Madrid le pedía 21 meses de cárcel por arrojar pintura biodegradable frente al edificio del Congreso de los Diputados.
En lo personal, yo lo sigo leyendo con mucho gusto y provecho, porque no sólo me atrae la vasta documentación que caracteriza a sus escritos, sino porque comulgo con su estilo franco, directo, “sin pelos en la lengua”, lo que me parece acertado cuando se trata de la emergencia ecológica que ya estamos resintiendo. Riechmann señala con dedo flamígero que la causa subyacente de muchos de nuestros males y, especialmente de esta crisis planetaria, es el sistema económico hegemónico al que llamo un sistema depredador de lo que es de todos. También lo leo porque a través de sus textos he descubierto grandes personajes del movimiento ecológico español como Joaquín Araújo, del ámbito anglosajón como Aldo Leopold y también pensadores de todas las épocas que levantaron la voz para defender a los animales.
En Un mundo vulnerable. Ensayos sobre ecología, ética y tecnociencia (Los Libros de la Catarata, 2005), el primer libro de lo que iba a ser la “trilogía de la autocontención” y que acabó siendo una pentalogía a la que llama “pentateuco ecosocial”, Riechmann nos dice lo siguiente:
…dos siglos después, en la segunda mitad del siglo XX, ha tenido lugar otra aparición de no menor trascendencia. Podríamos señalarla con una frase de Paul Valéry citada muchas veces: Ha comenzado la era del mundo finito. O con el siguiente paso de un texto en el desarrollo del planteamiento ecológico:
Los problemas a los que hemos de enfrentamos son, cada vez más, las crisis mundiales de un organismo global: no la contaminación de un arroyo sino la contaminación de la atmósfera y el océano. Cada vez más, la muerte que ocupa la imaginación del ser humano no es su propia muerte sino la de todo el ciclo vital del planeta Tierra, con respecto al cual cada uno de nosotros no es más que la célula de un organismo.
Como es más que evidente, a Jorge Riechmann le preocupa el mayor desafío de la época que nos ha tocado vivir y que él denomina, en ese gusto por las expresiones gráficas, “el siglo de la gran prueba”. Lo define como una grave crisis ecológico-social. En Simbioética. Homo sapiens en el entramado de la vida. (Elementos para una ética ecologista y animalista en el seno de una Nueva Cultura de la Tierra gaiana) (Plaza y Valdés Editores, 2022) cita a Antonio Gramsci: “Parece que sea un cruel destino de los seres humanos este instinto que los domina de querer devorarse los unos a los otros, en vez de hacer que converjan las fuerzas unidas”.
Riechmann ha ido cambiando de opinión sobre la inminencia e inevitabilidad del colapso ecológico. A principio de este siglo abrigaba la esperanza de poder revertirlo y confiaba en un cambio profundo de conciencia partiendo de lo que afirmaba Pierre Rahbi: “Nuestro gran reto hoy es tomar conciencia de nuestra inconsciencia”. Por eso, en Un mundo vulnerable…, proponía las siguientes acciones para conjurar la crisis:
- Una transformación interior: abandonar la pasividad. Aquí cita a Aldo Leopold cuando afirma “Ningún cambio ético importante tuvo lugar jamás sin un cambio interior en nuestras prioridades intelectuales, lealtades, afectos y convicciones”.
- Una transformación personal: cambiar de modo de vida. En las sociedades con economía de mercado, esta soberanía del consumidor,frecuentemente invocada pero en la práctica casi inexistente, podría sin embargo llegar a convertirse en una fuerza política real. La agregación de los cambios de los hábitos de consumo de muchas personas podría cambiar muchas cosas. Cita: “La cesta de la compra es un lugar altamente político, y no es poco lo que se puede lograr comprando bien y coordinándose con los demás para comprar bien”.
- Plantearse una transformación de nuestras relaciones sociales: optar por la acción colectiva; organizarnos para defender valores de justicia, solidaridad, emancipación y respeto por la naturaleza; exigir más democracia y luchar por conseguirla.
- Está consciente de que hace falta mucha más solidaridad y compromiso entre los ciudadanos de la que existe en este momento: “Hará falta mucha presión organizada sobre políticos e industriales para imponer las transformaciones ecológicas y sociales necesarias, que chocan frontalmente contra poderosos intereses”.
Recientemente su opinión sobre el mismo tema se volvió más pesimista. En su obra Otro fin del mundo es posible, decían los compañeros. Sobre transiciones ecosociales, colapsos y la imposibilidad de lo necesario (MRA ediciones, 2019) expresa lo siguiente:
La situación es paradójica. Cualquiera que –en 2012-2013– se pusiera a estudiar con seriedad la necesidad y posibilidad de transiciones socioecológicas (desde nuestro insostenible capitalismo fosilista y extractivista hacia formaciones sociales sustentables) llegaba rápidamente a una conclusión deprimente: tales transiciones eran, o bien ya imposibles (y en tal caso se asumía la inevitabilidad del colapso ecológico-social de las sociedades industriales), o bien extremadamente difíciles e improbables (el colapso estaba en marcha, según esta segunda posición, pero aún existía una pequeña ventana de oportunidad para evitarlo).
Llamemos, para abreviar, pesimista a la primera posición y optimista a la segunda; en 2013 yo cambié de la segunda posición a la primera. Con dolor y con duelo y con crujir de dientes, me desplacé desde la intuición de que el tragaluz de la esperanza materialista aún no se había cerrado del todo a la convicción pesimista de que sí había acabado por hacerlo.
Pese a lo anterior, Riechmann no se entrega por completo al pesimismo. Lo podemos ver en estas palabras:
Necesitamos, como escribían tres grandes —mayúsculos— economistas ecológicos en un manifiesto de 1973, rechazar la desesperación y “crear una nueva visión, construir un camino para sobrevivir a través de un territorio adverso donde no existen caminos”. En nuestro caso: ecosofías, Tercera Cultura, agroecología, ciencias de la complejidad, dinámica de sistemas, bioeconomía, Gran Historia, teoría Gaia….
Desde luego, no todos los expertos en el tema son tan pesimistas. Tenemos el ejemplo del antropólogo Emilio Santiago Muiño (Ferrol, 1984), que ha escrito un ensayo minucioso y didáctico titulado Contra el mito del colapso ecológico (Arpa, 2023), en el que cita a Lewis Mumford: “Si al ser humano le quitas el futuro, cae en un desamparo semejante al que sufriría si le quitas el aire y el agua que necesita para vivir”.
Santiago está de acuerdo con Riechmann en que precisamos “… descongestionar nuestra relación con la biosfera, dejar de violentar los límites planetarios, frenar los ritmos, reducir los consumos ajustándolos a un nuevo esquema de necesidades y desescalar la estructuras. En definitiva, decrecer. Esta es nuestra estrella polar, aunque el decrecimiento, tal y como una buena parte del ecologismo lo concibe, sea un proyecto cuya creciente madurez intelectual no se corresponde con su madurez política, todavía insuficiente, y necesite de aproximaciones prácticas más tangenciales para influir en políticas públicas factibles”. Para él, todavía hay margen de maniobra.
Emilio Santiago reconoce que el movimiento ecologista se ha anotado algunas victorias irrefutables, tal como ocurrió en la década de los setenta del siglo pasado cuando se promulgaron en Estados Unidos varias leyes medioambientales de gran calado como la Ley de la Limpieza del Aire, de Calidad del Agua, de Control de Sustancias Tóxicas, de Parques Naturales, etc. Sus efectos benéficos fueron también evidentes: “Millones de hectáreas de ecosistemas pasaron a contar con una fuente de protección; los informes de impacto ambiental se volvieron un procedimiento obligatorio; los lagos muertos de Estados Unidos se regeneraron y el mercurio depositado en sus lechos desapareció; el plomo en la atmósfera se redujo sustancialmente; el DDT dejó de estar presente en la grasa corporal de los estadunidenses”.
Y, siguiendo a Naomi Klein, reconoce que esto fue posible gracias a que los gobiernos pudieron intervenir en los mercados. Una vez que ocurre el ascenso hasta ahora imparable del neoliberalismo, todas estas conquistas han ido perdiendo fuelle: “El capitalismo es un régimen socioeconómico que en cualquiera de sus muchos arreglos institucionales favorecerá relaciones socioculturales insostenibles. Pero en su formato neoliberal, los impulsos depredatorios de acumulación de capital se exacerban al mismo tiempo que los instrumentos para su contención social y ecológica se minimizan”. Y en esas estamos.
La esperanza de Emilio Santiago apunta a “un horizonte que cambie la extinción involuntaria de especies, incluida la nuestra, por la extinción voluntaria de las grandes estructuras de dominio que empequeñecen y trituran las posibilidades biográficas de millones de personas: la acumulación de capital, el patriarcado, la desigualdad económica, la tiranía política. Un horizonte de compromiso y goce común, de deber y placer, que asegure a cualquier vida, humana y no humana, el derecho no sólo a sobrevivir, sino el derecho a florecer. El pan y las rosas. La dignidad y la plenitud”.
Hay pues motivo para la esperanza de nuestros hijos, aunque sea pequeña. La amenaza es, sin dudarlo, enorme, tal vez la más grande de la historia de la humanidad. Pero no olvidemos las palabras de Hölderlin: “Donde está el peligro, crece también lo que nos salva”.
Luis Muñoz Fernández
Médico cirujano especialista en anatomía patológica. Miembro del Colegio de Bioética, A. C.
Hay que ser cuidadosos al hablar de colapso si definir a qué nos referimos. Si queremos decir que los gobiernos caerán y reinará la anarquía, eso no ocurrirá. Si nos referimos a que los niveles de vida de la población caerán, eso si es cierto y de hecho ya está ocurriendo; el problema es que la población percibe la caída de su nivel de vida (sobre todo en Europa) pero no ve las causas profundas y tienden a irse a explicaciones demagógicas.
La transición ecológica está estancada porque requiere muchos sacrificios y hay países, empresas e individuos que no quieren renunciar a sus privilegios y en cambio quieren que sean los demás quienes sacrifiquen sus niveles de vida. Por otro lado, aún no existe la tecnología para sustituir el petróleo, el carbón y el gas en todos sus usos ; y las soluciones actuales tambien generan problemas ambientales y sociales al aplicarse masivamente. Un último problema es que lo combustibles fósiles baratos de extraer se están terminando; recordemos el agotamiento de Cantarell, el agotamiento del gas de Bolivia, etc.
El neoliberalismo ya no tiene credibilidad en los países del primer mundo desde la crisis financiera del 2008. EEUU, Europa, China, en todos lados los gobiernos intervienen abiertamente en la economía (en la época neoliberal también lo hacían pero de manera oculta) recurren a medidas proteccionistas y violan todas las indicaciones de la OMC. Sólo Alemania se resiste aún.
Diría que un éxito ecológico fue la acción global para combatir la reducción de la capa de ozono; las potencias nucleares incluso dejaron de hacer pruebas nucleares a cielo abierto para no degradar más el ozono. Pero las leyes ambientales en los diferentes países europeos y EEUU sólo tuvieron un éxito parcial, pues movieron sus industrias más contaminantes a países del tercer mundo con leyes ecológicas menos estrictas.
En los 1990’s se pensaba que sólo cambiando los comportamientos de los consumidores se podían hacer cambios, Eso resultó ser falso, se requieren acciones colectivas y políticas para incidir en los gobiernos.,
¿por que no bastan la medidas de cambio de patrones de consumo? Sólo recordemos que los trabajadores que cultivan el cacao para hacer chocolate padecen malas condiciones laborales y no parece provocar molestias entre los consumidores. Fijémonos ahora en el cobalto.
El cobalto de extrae de un mineral llamado coltán, el cuál es producido en su mayor parte en República Democrática del congo. Suelen extraerlo trabajadores adultos y niños en largas jornadas de trabajo, mal pagados y sin derechos laborales.
El coltán se usa para fabricar las baterías de litio de autos eléctricos, celulares, laptops, etc. Supongamos que puede establecerse un boicot a los productos que usen coltán (que estaría muy dificil convencer a todos de dejar de usar celulares, autos electricos y laptops): pudiera ser que se encuentran baterías que no usen coltán, lo que dejaría sin empleo a los mineros del Congo; o que las compañias que manufacturan productos finales presionen a sus proveedores a no usar coltán extraído con trabajos frozados, lo que o encarece el costo del cobalto, o incentivará la creación de mercados triangulados para esquivar las sanciones.
Apreciado Antonio:
Muchas gracias por sus comentarios. Riechmann y, en general, los integrantes del movimiento ecologista, usan la palabra colapso en el contexto de la teoría de Gaia enunciada por James Lovelock, es decir, considerar a la Tierra como un sistema que autorregula sus condiciones medioambientales para favorecer el mantenimiento de la vida. La presión a la que las actividades humanas someten al planeta podría alterar esa autorregulación e impedir la continuidad de la vida.
Estoy de acuerdo con lo que comenta sobre la transición ecológica.
Respecto a lo que menciona sobre el neoliberalismo, pienso que el actual sistema económico está en fondo de esta crisis ecológica y de una serie de cuestiones que impiden que se desarrollen relaciones más fraternas y solidarias entre los seres humanos, ahondando las injusticias y desigualdades que vemos por todas partes.
Coincido también con usted sobre la necesidad de emprender acciones colectivas que fuercen a los gobiernos a que tomen medidas de largo aliento para conjurar la crisis medioambiental.
Respecto a las muy precarias condiciones laborales de quienes extraen las materias primas con las que funciona la tecnología informática que todos usamos cada vez más, ya lo mencioné anteriormente en el siguiente artículo de este mismo blog: https://bioetica.nexos.com.mx/lo-que-me-preocupa-de-la-inteligencia-artificial/
Nuevamente, muchas gracias por sus valiosos comentarios.