Este escrito ofrece tres ejemplos cotidianos que muestran que la bioética es algo más que una ciencia o una filosofía, pues todo cuanto nos rodea, puede ser visto desde la perspectiva bioética. Por ello, ésta no es un conjunto de temas a tratar, no hay “temas bioéticos”, sino más bien una cierta manera de abordar cualquier tema. Vamos al primer ejemplo: me encuentro en un café frente a una librería que vende cuentos para niños. Veo que la mayoría de ellos contienen ilustraciones de animales y pienso: es notable cómo les gustan a los niños los animales, pero ¿porqué no los sensibilizamos para que los respeten?

Ilustración: Kathia Recio
Ilustración: Kathia Recio

Para algunos adultos, es evidente la diferencia entre un toro pastando feliz y un toro a media tortura en un ruedo cerrado. Pero para los que no tienen la sensibilidad ni la educación para comprenderlo, se ha “demostrado científicamente” que los animales son capaces de vivir emociones complejas: angustia, ansiedad, celos, apego, amor. Pero no es lo que les solemos enseñar a nuestros niños. Me acerco a la librería y leo: El zoo. Abro el libro y aparece el dibujo de una caja de madera: “abre aquí”. ¡Qué feliz está el león en su jaula! Sí: cómo no… y así todos los animales, felices de estar encerrados. No continúo, pero de reojo veo El circo, La granja, etc. No les damos a nuestras niñas y niños una educación sensible: los educamos racionalmente, no sensiblemente.

Quienquiera que se plantee estas cuestiones ha ingresado a un área de la bioética que se llama “zooética”, la cual estudia con metodología el estatus ontológico del animal, para deducir de ahí cuál es su estatus ético.

La bioética, pues, está aquí, presente en el día a día: retomo mi asiento en el café. Una mujer ya bastante entrada en años ingresa empujando una silla de ruedas; le sigue su hija, con dos niños. La ocupante de la silla de ruedas es la bisabuela de los niños, pienso. Compran un café y una galleta para los ruidosos niños. Pienso: y esa pobre mujer, que resulta evidente que la llevan en calidad de costal, que no pude comprender ni hablar, ¿querrá seguir viva? Aunque poco importa eso, porque en México la eutanasia está prohibida. Si la salud te ha llevado a una situación así y has dejado escrito: “No quiero vivir como un costal”, de nada sirve, pues en sentido estricto tu voluntad anticipada puede abarcar todo lo que no se oponga a la ley. Y la ley, al no dejarnos decidir de qué manera no queremos vivir, no nos permite ser dueños de nuestras vidas.

Quienquiera que se plantee estas cuestiones ha ingresado a un área de la bioética que se dedica al análisis la eutanasia. Este tema puede ser visto desde otras ventanas: la religión, por ejemplo. Pero la bioética, como diría Husserl, va a las cosas mismas; no se detiene en leyendas, religiones o prejuicios, sino que ejerce el pensamiento sobre el objeto mismo. Por eso la bioética es laica.

En el café los niños continúan con su algarabía, que ya raya en gritos simiescos. En verdad parecen pequeños simios… pero ¿qué cosa digo? ¡Son pequeños simios! Es increíble con qué facilidad olvidamos que somos parte de la familia de los grandes simios: el orangután, el gorila, el bonobo y el chimpancé conforman, junto con nosotros, esa familia biológica. Aun ante las evidencias materiales reales y aun frente al pensamiento científico de Aristóteles hasta Darwin y sus “musas” —como las llama José Sarukhán— preferimos creernos especiales, superiores, “mejores”. No diferentes: mejores.

Lo anterior nos ha conducido a olvidar que somos animales y eso ha empobrecido el conocimiento que tenemos sobre nosotros mismos. Si estudiásemos la vida de los grandes simios, comprenderíamos mejor nuestra propia vida. Veríamos de otra manera los gestos de sumisión ante el poder, la madre que defiende un hijo, los celos, la rabia, el amor: todo eso que somos, lo somos porque somos parte del reino animal. Y no lo podremos comprender si no lo vemos en ellos.

Por eso para la bioética es importante la teoría de la evolución, que como bien dice el recientemente citado doctor Sarukhán, no es una teoría, sino un hecho. Por siglos, capas y más capas de creencias han desdibujado al ser que somos: no podemos verlo más. La bioética es como la labor de los restauradores que limpian una pintura cuando ya no puede verse: quitan poco a poco las capas acumuladas a través de los siglos.

Quienquiera que se plantee esas cuestiones ha ingresado a un área de la bioética que se pregunta por el estatus ético y ontológico del ser humano para mostrarnos una imagen más fiel del ser que somos.

Veamos un aspecto más, relacionado con el anterior. Con base en la creencia en la superioridad humana, hemos tomado el mundo como algo que está ahí para nosotros; ríos, mares, tierra: hemos explotado todo para nuestro propio beneficio. Pero, ¿será para nuestro propio beneficio? Más bien ha sido para el beneficio de las grandes compañías mineras, petroleras, la industria del vestido, de la guerra, en fin: todo lo que hoy amenaza con ahogar al mundo.

Ha sido tal la actividad humana sobre el planeta que ya se ha propuesto llamar a nuestra brevísima estancia en él la etapa geológica del antropoceno. Esto implica que cualquier futuro poblador hallaría restos de nuestra civilización en forma de vidrio, plástico, metales, elementos radiactivos, residuos de armas y demás materiales que nos han destruido.

Quienquiera que se plantee estas cuestiones ha ingresado a una área de la bioética que se dedica al estudio del antropoceno, la era que, en el peor de los panoramas, sería previa a la sexta extinción masiva. Pero mientras exista un ser humano en el mundo, su obligación es vivir de tal manera que eso no suceda. Nosotros hemos creado esto: nosotros debemos resolverlo.

Por todo eso, la bioética es mucho más que una ciencia o una filosofía: es una forma de vida. No podemos dedicarnos a su estudio y comprar botellas de agua, contaminar, consumir o maltratar animales. No podemos estudiar bioética sin que ésta nos atraviese o al menos, hacerlo así sería un error, porque la bioética es un saber práctico. Y su finalidad es, como lo indicaron tanto Jahr como Potter, sus creadores, lograr la supervivencia de la vida en el planeta.

 

Paulina Rivero Weber
Profesora titular de la Facultad de Filosofía y Letras en la UNAM y directora del Programa Universitario de Bioética. Miembro del Colegio de Bioética A. C.