¿Qué es el libre albedrío?

Piensa en una película.

Recuerdo que un profesor de filosofía en la universidad nos enseñaba una manera curiosa de llegar a la definición más detallada de un concepto. Descartaba uno por uno los conceptos similares que no eran exactamente lo que buscaba. Quizás ese profesor estaba retomando la idea de aquel detective inglés experto en deducción, quien famosamente declaró: “Una vez que has eliminado lo imposible, lo que quede, por improbable que sea, debe ser la verdad”. Con eso en mente, embarquemos en una pequeña búsqueda de la verdad sobre el libre albedrío, descartando lo imposible, para así quedarnos con lo que quede… Por improbable que parezca.

Para empezar, todos tenemos una idea intuitiva de lo que es el libre albedrío. O más bien, tenemos un sentimiento innato de que lo tenemos, de que somos libres. He allí nuestro primer concepto similar: la libertad. ¿Tener libre albedrío significa lo mismo que tener libertad? ¿Libertad de qué, exactamente? Se dice que uno es libre de algo, libre de subyugación, libre de opresión, libre de restricciones. Si un país es liberado, ¿liberado de qué o de quién? Uno se libera porque uno estaba encadenado, encerrado, preso. La libertad se entiende entonces como la superación de un estado de confinamiento.

Ilustración: Adrián Pérez

¿Qué nos dice el primer artículo de la declaración de los derechos humanos?

Artículo 1: “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos”

Nacen y permanecen libres…

Pues allí podría estar nuestra respuesta. El libre albedrío es la libertad. Los franceses nos hicieron el favor de resolver el problema del libre albedrío hace un par de siglos.

A menos que el libre albedrío no sea exactamente lo mismo que la libertad…

Porque si el concepto de libertad se refiere a las cadenas de las cuales uno se ha deslizado, el término de “libre albedrío” se coloca antes de cualquier opresión o encadenamiento. Preguntamos si tenemos libre albedrío cuando queremos saber si somos realmente los maestros de nuestro destino, si podemos actuar de manera irrestricta, según nuestro propio dictamen.

Henos aquí frente al segundo concepto similar: la autonomía. ¿Tener libre albedrío es lo mismo que tener autonomía? Quizás aquí nos estamos acercando un poco más, ya que por lo menos etimológicamente la –nomia en autonomía se confunde casi con el albedrío que queremos suponer libre. Del griego, nomos: regla, leyes, dictar… Es decir, la autonomía es la facultad de establecer sus propias leyes con respecto a sí mismo. Gobernarse a sí mismo.

Un fundamento básico de la bioética: el respeto a la autonomía es el principio que establece que cada individuo debe poder decidir sobre sí mismo, sobre lo que le sucede a su cuerpo, a su ser. Ser autónomo, por lo tanto, es poder decidir sobre sí mismo, sin depender de ningún otro, de ninguna otra restricción. Tener autonomía, según una definición bioética es lo siguiente:

“Para Beauchamp y Childress, el individuo autónomo es el que ‘actúa libremente de acuerdo con un plan autoescogido’. Según afirman estos autores, todas las teorías de la autonomía están de acuerdo en dos condiciones esenciales: a) la libertad, entendida como la independencia de influencias que controlen, y b) la agencia, es decir, la capacidad para la acción intencional.” (Siurana Aparisi, 2010)

El que actúa libremente…

Pues allí podría estar nuestra respuesta. El libre albedrío es la facultad de quién es autónomo. Beauchamp y Childress nos hicieron el favor de resolver el problema del libre albedrío hace medio siglo.

A menos que el libre albedrío no sea exactamente lo mismo que la autonomía…

Porque si la autonomía se refiere a la soberanía sobre uno mismo y lo que le sucede a su ser, según su propia intención, es esa misma capacidad a formar dicha intención que está en duda cuando cuestionamos la existencia del libre albedrío. El libre albedrío sería esa facultad misma de poder “autonormarse”, antes de ver si dicha intención es respetada.

Pero quizás esto nos haya dado una pista para nuestro siguiente concepto similar: la agencia. ¿Tener libre albedrío es sinónimo de decir que contamos con agencia? Quizás aquí estemos lo suficientemente cerca para confundir los términos. Agencia, del latín agentia (“cualidad del que hace”), tiene todo que ver con la acción. El agente, agens, es quien “hace”, quien actúa. Entonces, quien toma la decisión de cómo ejecutar su voluntad sobre el mundo, ¿es quien tendría libre albedrío?

En un sentido muy coloquial, a lo mejor sí. Según algunos filósofos, no exactamente. Es aquí donde el debate sobre la existencia del libre albedrío se desprende de la realidad concreta en la cual vivimos cotidianamente y se pone a orbitar planos metafísicos sobre la conciencia humana misma, la existencia del “yo” que considero al mando de mis acciones, y la estructura misma del universo: ¿acaso está determinado o bien podemos aferrarnos de un principio de incertidumbre a nivel de partículas subatómicas para apuntar del dedo y declarar “¡Allí yace nuestra libertad! ¡En esa indeterminación quántica!”?

Quizás para tener un verdadero debate sobre la existencia del libre albedrío, es necesario que ésta se desprenda de nuestra realidad cotidiana. Ya que, en lo concreto, no podemos vivir sin el libre albedrío y por lo tanto debemos asumir su existencia para poder seguir funcionando como sociedad. ¿Cómo podríamos sostener un sistema judicial penal, sin la noción básica de responsabilidad criminal, la cual depende del mens rea, el cual a su vez es una expresión de libre albedrío? ¿Cómo podríamos erigir todo un sistema de pensamiento moral (del cual se deriva en una rama la bioética misma), sin la intuición de que el bien y el mal pueden ser elegidos libremente por cada individuo (la definición y delineación de esos términos siendo dependientes de nuestra facultad de actuar libremente)?

Como muchos filósofos ya lo han concluido, si el libre albedrío puede bien ser una ilusión, es una ilusión necesaria. ¿Pero debemos realmente rendirnos y admitir que no es más que una ilusión?

Si de todas maneras tenemos que aceptar la realidad social del libre albedrío, veamos de qué manera podríamos imaginar un escenario en el cual se compruebe teóricamente la existencia del libre albedrío.

El punto esencial en el cual se basa el argumento incompatibilista (el término se refiere a la incompatibilidad entre un universo determinado y la existencia del libre albedrío), es que dadas las leyes que rigen el universo, cualquier sensación de una conciencia propia que emita libremente una intención en nuestra mente, no es más que la consecuencia de una infinidad de procesos físicos (y por lo tanto físicamente determinados) dentro de nuestro cerebro.

¿Recuerdas cuando te pedí que pensarás en una película?

Independientemente de qué película te haya surgido a la mente al momento de leer esa frase, dos cosas son ciertas:

1) Es imposible que hayas pensado en una película que no conozcas (no necesariamente que hayas visto, pero necesariamente una película de cuya existencia estés consciente).

2) Al momento en que leíste la frase, una imagen o título de película surgió en tu mente, sin absolutamente ningún proceso de deliberación, reflexión o albedrío tuyo.

Puede que te hayan surgido varias opciones e inmediatamente después hayas escogido la que mejor representa tu personalidad, individualidad o gusto estético. Pero la opción (única o múltiple) que surgió en tu mente, surgió completamente independientemente del “Tú” adentro de tu mente, con quién identificas tu ser, tu conciencia.

Este es el argumento de Sam Harris, firme incompatibilista y negador del libre albedrío. Pero yo quisiera sugerir que este argumento se basa en la confusión entre libre albedrío y conciencia (esa característica emergente de nuestros mecanismos neurobiológicos a la cual le atribuimos desde el desarrollo del lenguaje, hasta la noción de que tenemos inteligencia: no somos en realidad Homo sapiens, sino Homo sapiens sapiens, es decir “sabemos que sabemos”).

¿Cómo podemos entonces defender la existencia del libre albedrío? Regresemos a la mención previa de la incertidumbre cuántica y hagamos referencia a ese concepto muy de moda en nuestra cultura colectiva de hoy: el multiverso.

La existencia del libre albedrío necesitaría que en un multiverso infinito, se repitan dos universos con exactamente las mismas condiciones iniciales, las mismas leyes de la física y exactamente el mismo escenario en el que te encuentras a cualquier momento de tomar una decisión. Si en esos dos universos exactamente idénticos, tomando en cuenta la indeterminación de partículas, tú actuarás de manera distinta: sería por lo menos un pequeño índice de que algo como el libre albedrío existe. Podríamos teóricamente asumir que tu conciencia yace a nivel subatómico, y hubieras pensado en una película diferente.

 

Francisco Blancarte Jaber
Candidato a doctorado en la Universidad de Edimburgo. Su investigación se concentra en las concepciones de intención dentro de las políticas de salud pública en adicciones. Miembro del Colegio de Bioética.

Referencias:

  • T. L. BEAUCHAMP y J. F. CHILDRESS: "Principles of Biomedical Ethics. Fourth Edition, 121.
  • Siurana Aparisi, Juan Carlos. (2010). Los principios de la bioética y el surgimiento de una bioética intercultural. Veritas, (22), 121-157. https://dx.doi.org/10.4067/S0718-92732010000100006

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Publicado en: Justicia social