Pensar la felicidad

La verdadera felicidad consiste en hacer el bien

Aristóteles

Una nueva perspectiva del concepto de felicidad ha incursionado recientemente, dejando su marco de referencia clásico. Desde el planteamiento de la ética de la virtud y la felicidad propuesta por Aristóteles, y el discernimiento planteado en la Ética a Nicómaco y la eudaimonia, a la felicidad se le vincula con un formato binomial que postulaba que la virtud y la integridad moral generaban un escenario de dignidad propio para el bienestar y la plenitud. Es decir, que un entorno virtuoso podía enlazarse con la capacidad de tomar decisiones apropiadas ante ciertas disyuntivas éticas y que eso podría relacionarse con el placer y la felicidad.

Pero resulta que la narrativa del concepto de felicidad cambió en el curso de la historia y se empezó a conectar con las prácticas de consumo propias de la era de la “modernidad líquida”. Desde ahí se ha creado una competencia con la interpretación sesgada de una ética de la felicidad que puede operar como argumento que convalida y justifica ciertas acciones de orden moral y que además legitima el placer a corto plazo como un corolario agregado.

Aún cuando desde la filosofía contemporánea se han hecho esfuerzos para reposicionar el concepto Aristotélico, lo cierto es que la evidencia tumultuosa de nuevos indicadores de “bienestar” se han traducido en marcadores de felicidad por el materialismo, el ego y la ruta del placer inmediato con los consecuentes estragos, incluyendo a la ética misma.

Algunos estudios de divulgación hechos por instituciones académicas han propuesto una nueva agenda. Ciertas corrientes sociopolíticas han considerado a la felicidad como indicador de bienestar social, los antropólogos y algunas ramas de las ciencias la analizan desde sus implicaciones socioculturales; la misma neurociencia la explica como una activación de las rutas de la recompensa y del placer, con topografías estructurales y bioquímicas definidas del lóbulo frontal del cerebro (circuito del placer y la recompensa y su relevo en el núcleo accumbens). Además, se propone que también puede ser un criterio de eficiencia en la gobernanza pública desde la mercadotécnica de las masas: mientras más felicidad, más eficiencia (aunque se esfume en corto plazo por la realidad). Esto significa que los proyectos sociales asistencialistas que generan placer en un sistema de responsabilidades públicas son “mejores”. (La dádiva corporativa masiva pro-votos es más rentable que la integridad moral de lo justo y lo correcto para los valores socio-culturales de nuestro contexto).

Por otra parte, la felicidad en un plano subliminal sigue condicionando a consumos, compras, enamoramientos efímeros (aún cuando sean patológicos como el síndrome de Estocolmo), sistemas afiliativos y redes corporativas que comparten los reforzamientos placenteros y la normalización del condicionamiento clásico como los experimentos de Pavlov. De esta forma llegan a convertirse en espacios sociales insertos en una cuadrícula de muchas cajas de Skinner (experimento en que realizan una tarea operante y reciben una recompensa como pago).

El culmen aparece cuando se considera que un objetivo de la ética es la felicidad, como si fuese un criterio vinculado a la moral y a los códigos deontológicos, en que de nueva cuenta la ruta del placer puede ser el pago para compensar una conducta de beneficencia. El ejemplo más discutido tiene su origen en el gen egoísta que busca perpetuarse en la historia biológica por medio de la descendencia, lo que equivale a discernir que la conducta altruista genera un placer a quién la otorga. Este análisis del llamado altruismo egocéntrico, cumple con una acción de bondad y lleva implícita una dosis de recompensa derivada del reconocimiento emocional y social de una persona como altruista, con su respectiva dosis de placer.

Se asemeja en la realidad cotidiana a la egoteca de los académicos, científicos, comunicadores (hoy creadores de contenido digital), o a la megalomanía de ciertos perfiles de líderes sociales o personajes de la vida pública, en quienes el aplauso, los likes, diplomas, índices de popularidad o citaciones, el reconocimiento público, y sentirse el centro de la atención en medio de un movimiento de masas corporales ( no siempre encefálicas), genera una activación complaciente que terminar por comprometer su objetividad crítica.

En contraste, no hay evidencias de estudios relevantes sobre la paz. Y menos sobre la paz pragmática como elemento fundamental de la armonía y el sosiego, que se expresa por medio del equilibrio entre el fuero interno y la interacción social. La verdadera eudaimonia entendida como bienestar, vida buena o prosperidad, que suele interpretarse como felicidad, se compromete de manera coherente con el respeto a la vida y a otros derechos fundamentales que sólo se pueden gestionar en un entorno intrapersonal de estabilidad y paz, y en un escenario interpersonal al margen de conflictos violentos y de conductas hostiles usualmente cargadas de egos polarizantes.

La ética de la paz tiene más conexiones funcionales con las conductas morales y las probabilidades de discernimiento reflexivo de orden prosocial, que la felicidad fugaz que se identifica con la moda de temporada. La paz supone una emoción moral compleja que tiene relaciones más estrechas con la plenitud intrínseca y con la estabilidad social a la manera de una percepción consolidada en el bien para todos, sin exabruptos y con efectos más perennes en el tiempo. Ya no es la emoción atractiva del enamoramiento inmediato, es la estabilidad a largo plazo en una relación social solidaria.

En este sentido, el virtuosismo es una condición preparatoria para la felicidad según Kant, como fin natural y como deseo aceptado universalmente. Si bien se reconoce como una construcción aspiracional de tipo cognitivo-emocional y está sujeta a la percepción del imaginario individual, la felicidad que perdura es aquella subordinada a la moralidad y a los valores conceptuales de carácter deontológico. Es decir, la felicidad es resultado de una vida de observancia ética y de valores y emociones prosociales, que nos sitúan en un espacio de dignidad para coexistir con ese espacio emocional que llamamos plenitud.

Bien señalaba Tales de Mileto que “la felicidad del cuerpo se funda en la salud, y la del entendimiento en el saber”. Y de esta manera podremos traducir nuestras expectativas a valores intrínsecos del bien-ser ( más que del bien-estar) desde una perspectiva del respeto a la diversidad, a los otros, a todas las formas de vida, a los ecosistemas sociales y naturales desde una ética de la paz como objetivo.

Sólo entonces nuestros alcances individuales y colectivos pudiesen ser más relevantes en una línea de temporalidades, sin la amenaza de que se trastoquen por el olvido a corto plazo, en la nebulosa vorágine de una amnesia social selectiva y condicionada, que pronto borrará de la historia lo fugaz e intrascendente.

Rodrigo Ramos-Zúñiga

Neurocirujano, Doctor en Ciencias. Profesor investigador en Neurociencias. SNI II, Universidad de Guadalajara. Miembro de El Colegio de Bioética A. C.

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Publicado en: Justicia social