Los retos de las especializaciones médicas: relación oncóloga y paciente

La especialidad de oncología médica surgió en México alrededor de 1970, de manera similar a lo que ocurrió en países como Estados Unidos y España. Esta rama de la medicina estudia un amplio grupo de enfermedades que pueden comenzar en casi cualquier órgano o tejido del cuerpo cuando las células anormales crecen incontrolablemente.

Enuncio algunos antecedentes que nos permiten vislumbrar que el cáncer es la enfermedad del pasado, presente y futuro: en el año 400 a.C., Hipócrates utilizó por primera vez el término “carcinoma” —con raíces del griego karkinōma, de karkinos (cangrejo) y -ōma (inflamación)—. Posteriormente el médico romano Celso tradujo la palabra al latín: “cáncer”. La enfermedad está en constante y alucinante evolución; así lo confirman los casi 8000 ensayos clínicos activos (Fase 1, 2, 3 y 4) en ClinicalTrials.gov que buscan ofrecer respuesta a los 20 millones de nuevos casos de cáncer de acuerdo al Globocan 2022.

Ilustración: Kathia Recio

No hay duda que la multiplicidad de avances científicos han transformado esta especialidad, así lo reafirman las ochenta aprobaciones de la Food and Drug Administration para distintos tipos de cáncer en 2023.

Ante los desafíos que presenta la complejización de la práctica actual de la oncología, cabe recordar a Ignacio Chávez (1897-1979), cardiólogo mexicano, rector de la Universidad Nacional Autónoma de México y autor de Grandeza y miseria de la especialización médica. Aspiración a un nuevo humanismo.

Entresaco algunas ideas:

El hombre que sea de hoy y no de ayer, no está ni puede estar contra el avance constante de la tecnología, con todo y que nos abrume con el peso del instrumental. Como todo armamentario, ofrece ventajas y constituye riesgos. Del uso inteligente que sepamos hacer depende que seamos sus amos o sus esclavos. Apreciado como lo que es, como un medio y no como un fin, el avance técnico es de un valor inestimable…No caer en la trampa de la tecnificación masiva a costa de nuestra devastación espiritual. Ser amos de las máquinas, no sus esclavos, pidiendo de ellas sólo información, no las decisiones. Esas quedan para la reflexión inteligente y la experiencia del clínico. Las máquinas podrán hacer muchas cosas, pero nunca comprender el sufrimiento del enfermo, ni menos segar su angustia.

Los oncólogos, a pesar de desarrollarse y llevar a cabo su práctica en una medicina cada vez más especializada, cuentan con la oportunidad de establecer una relación estrecha con el paciente y volverse parte de los momentos más importantes durante o después del tratamiento. Indubitadamente el desafío es fomentar y mantener valores como la empatía, humildad, curiosidad, conciencia, respeto y sensibilidad.

Una confirmación de estos dilemas cotidianos es el caso presenciado en la consulta de un centro oncológico en el verano de 2023.

La señora H. de 45 años acudió a consulta por un malestar generalizado, pérdida de apetito y una fatiga que se incrementó rápidamente al punto de no tener la fuerza suficiente para jugar con sus dos pequeños, de 8 y 5 años. Inquieta y sin entender muy bien lo que le pasaba en su cuerpo, decía: “No puedo tragar los alimentos que solía comer, ¿por qué?, ¿qué me ocurre?”. Los reportes de los estudios aunados al malestar in crescendo resultaron en un escenario frágil y complejo: una paciente de 45 años con cáncer gástrico con metástasis en múltiples sitios, o lo que es conocido como etapa clínica IV. Seguido de una miríada de preguntas: ¿me voy a curar?, ¿podré trabajar mientras recibo mi tratamiento?, ¿será un tratamiento temporal que posteriormente me permita continuar con mi trabajo y cuidando a mis hijos? Escucha, mirada y compasión son necesarias para responder.

El cáncer de la señora H. se comportó de una forma agresiva y resistente al tratamiento. Se trata de situaciones que requieren de la inteligencia y experiencia del clínico para saber cuándo parar un tratamiento (quimioterapia o inmunoterapia) que puede producir más daño que beneficio. Una de las máximas en oncología es claridad; enseñarla y practicarla es una continua responsabilidad. En oncología, anticipar escenarios es tarea compleja; precisa de un análisis científico y filosófico. Ya lo advertía Paracelso: “Es burda cosa para un médico llamarse médico y hallarse vacío de filosofía y no saber de ella”.

En oncología es básico comprender el mecanismo de acción del fármaco a utilizar y saber analizar los múltiples datos de los ensayos clínicos que dictan un nuevo estándar de tratamiento. Pero para traducir ese conocimiento hay que escuchar al paciente, comprender sus inquietudes y prioridades. No hay duda que son factores clave para discernir entre un tratamiento y otro.

Extraigo algunos ejemplos:

  • Es posible ajustar la frecuencia de los tratamientos dependiendo de compromisos importantes para los pacientes (boda de sus hijos o viajes) manteniendo la eficacia.
  • Es fundamental discutir sobre los deseos de morir en casa o en el hospital.

Los puntos previos son tareas a aprender en el quehacer de la oncología. Reconocer que el paciente no sólo aspira a una oncología de vanguardia que pueda curar o controlar su cáncer, sino que anhela la compañía de su oncólogo mientras atraviesa la enfermedad.

Ruy Pérez Tamayo, miembro fundador del Colegio de Bioética A.C, nos dejó una enseñanza que tenemos que contagiar en los centros oncológicos: “El médico que no se involucra en su atención con el padecimiento integral del paciente, sino que se conforma con diagnosticar y tratar la enfermedad, o que lo abandona cuando ya ha agotado sus recursos terapéuticos curativos o paliativos, está cometiendo una grave falta de ética médica”.

 

Julieta Gómez Ávalos
Oncóloga médica egresada del Centro Médico Nacional 20 de Noviembre-ISSSTE y miembro del Colegio de Bioética

 

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Ética médica