La urgencia de la bioética en el siglo XXI

Hace casi un siglo que nació el neologismo “bioética” y, lamentablemente, aún no está del todo incorporado en nuestra cultura. Esto es grave, porque de la bioética depende no solamente la salud y de los seres humanos sino, como advirtieron sus creadores, Fritz Jahr, y más adelante, Van Rensselaer Potter, de ella depende la sobrevivencia de la vida en el planeta. ¿Podría haber un saber más importante y más urgente que éste?

En su libro Bioética laica, Ruy Pérez Tamayo reconoce que a lo largo de su devenir, la bioética fue confundida con la ética médica y se enfocaba únicamente a cuestiones humanas: temas como la interrupción voluntaria del embarazo, la aplicación de la eutanasia, la gestación subrogada, la objeción de conciencia y muchos más, acaparaban la bioética. Pocos se daban cuenta de que en el fondo faltaba el tema fundamental de este saber: la sobrevivencia de la vida en el planeta.

Ilustración: Daniela Martín del Campo
Ilustración: Daniela Martín del Campo

Hoy, ante la devastación del planeta no podemos ya cometer ese viejo error. Existen al menos dos razones por las cuales la bioética debe dejar de ser antropocéntrica a “nivel moral”, como diría Alejandro Herrera. La primera es de corte ético y la segunda tiene una perspectiva puramente pragmática. Desde la ética, José Sarukhán ha insistido en que tenemos un compromiso ético coevolutivo con el resto de los seres vivos: no estamos en este planeta gracias a la evolución del ser humano, sino gracias a la evolución de la vida en su totalidad. Somos un producto entre muchos otros y, como bien lo vio Darwin, la evolución no avanza en una línea ascendente, de la cual el ser humano sea el producto más elevado. No: la evolución avanza cometiendo errores, avanza hacia diferentes direcciones, y una de ellas ha sido el ser humano. De ahí la responsabilidad ética coevolutiva que tenemos para con el resto de la vida en el planeta.

Otro tipo de razón puramente pragmática, podría expresarse de la siguiente manera: quienes son ciegos al valor de la vida no humana e insisten en tener un sesgo antropocéntrico en sus  preocupaciones y sus obligaciones morales, si en verdad les interesa la vida humana, deberían de preocuparse por el resto de la vida en general, pues si esta se extingue, se extinguirá también el ser humano. Las imágenes apocalípticas de un planeta devastado en el que sobrevive el ser humano son una mera fantasía hollywoodense: la vida se alimenta de vida y si no hay vida alguna, tampoco puede existir vida humana. En ese sentido, por mera practicidad y conveniencia, todos deberíamos estar preocupados por el trato que le damos a la vida no humana y a los hábitats del resto de los animales no humanos.

La urgencia bioética en este siglo XXI es la misma que hace un siglo: salvaguardar la vida en el planeta. Y la única manera de lograrlo es llevando a cabo las acciones necesarias para restablecer el equilibrio perdido por la avidez humana: no ingerir carne de vaca o de cerdo, no emplear elementos contaminantes, reciclar y sobre todo, no desperdiciar. Si el ser humano, como bien lo dijo Baruch Spinosa, nace ignorante de sus causas y con un gran apego a su “más amado yo”, urge cambiar; dejar de ignorar nuestras causas, comprender la evolución de la vida y nuestra responsabilidad coevolutiva, para dejar de enfocar el amor hacia el “más amado yo” y girarlo hacia el resto de la vida.

Restaurar el equilibrio ecológico de nuestro planeta es la obligación mayúscula de bioética para el siglo XXI. 

 

Paulina Rivero Weber
Profesora titular de la Facultad de Filosofía y Letras en la UNAM y directora del Programa Universitario de Bioética. Miembro del Colegio de Bioética A. C.

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Publicado en: Medio ambiente