Uno de los grandes debates de nuestro tiempo se refiere al uso ético de las nuevas tecnologías, en especial las consideradas disruptivas: aquellas que introducen cambios profundos en ciertos ámbitos de la vida individual y social. Algunos ejemplos son el internet y las redes sociales, la edición del genoma humano, los dispositivos intracerebrales y la inteligencia artificial.
En este tema se han definido dos posturas: la de quienes abogan por su uso irrestricto, y la de quienes advierten sobre el peligro que conllevan si no se emplean con precaución y se regula su uso. Los primeros se apoyan en el argumento de que toda tecnología es moralmente neutra, que no es buena ni mala en sí misma, que todo depende de la forma en que cada persona la utiliza. Los segundos no opinan igual. Consideran que las tecnologías, sobre todo las más recientes, no son moralmente neutras y que, independientemente de quien las utilice, tienen ciertas características propias que las alejan de esa neutralidad.

¿Qué es lo que hace a la tecnología actual tan distinta de la que ha existido en el pasado? Según Josep Maria Esquirol, profesor de filosofía de la Universitat de Barcelona y autor de El respeto o la mirada atenta. Una ética para la era de la ciencia y la tecnología (Gedisa, 2006), son cuatro las características las que hacen tan diferente a la tecnología actual:
1. Un poder inédito. Por primera vez en la historia, la ciencia y la tecnología actuales nos han dotado de un poder tal que puede conducirnos a nuestra propia aniquilación. El ejemplo más conocido es la bomba atómica, pero igual podemos referirnos al cambio climático o a la edición genética. Nos dice Esquirol: “… lo cierto es que se han dado y se están dando suficientes hechos y hay buenos argumentos para afirmar que, especialmente con la confluencia de las tecnología de la información y la informática y la biotecnología, se está ante un cambio social, político, económico y cultural de enorme relevancia […]. La naturaleza ha sido sustituida por la técnica —que se ha mostrado más fuerte que ella—, por el universo técnico, siendo sobre todo en él donde, desde el nacimiento hasta la muerte, las personas y los colectivos recibimos protección y pautas de comportamiento”.
2. Un sistema. “Entiendo por ‘sistema’ —explica Esquirol— el conjunto de interrelaciones entre las distintas técnicas y elementos próximos a las mismas que configura una especie de entramado dinámico con cierta tendencia a la autonomía, es decir, a moverse y desplegarse por sí mismo”. Así, la ciencia y la técnica forman un “sistema tecnocientífico” y se retroalimentan mutuamente: la técnica es fruto de la investigación científica, pero esta no puede avanzar si no dispone de las técnicas apropiadas. Hoy la técnica es algo omnipresente, engloba todo, y llega a volverse invisible. Por eso el filósofo y economista Diego Hidalgo (Anestesiados. La humanidad bajo el imperio de la tecnología. Los Libros de la Catarata, 2021) habla de las tres edades de la tecnología digital: la era de la tecnología digital sólida (1960/1980-2007), que giraba en torno a la computadora de escritorio y se caracterizaba por una separación reconocible entre el uso de la computadora personal y el resto de las actividades; la edad de la tecnología digital líquida (2007-2020), cuyo símbolo es el smartphone, que inaugura una tecnología más invasiva y difícil de limitar, que permite un uso simultáneo con el de otras actividades; y la era de la tecnología gaseosa (2020-), cuando empieza “el proceso de vaporización de la tecnología, basado en la miniaturización de los aparatos conectados, en su penetración difícilmente detectable —que permite que un espacio esté conectado sin que lo sepamos— y en la multiplicación de la velocidad de conexión”. El filósofo Byung-Chul Han (No cosas. Quiebras del mundo de hoy. Taurus, 2021) afirma que “el orden terreno está siendo hoy sustituido por el orden digital. Este desnaturaliza las cosas del mundo informatizándolas […]. Hoy nos encontramos en la transición de la era de las cosas a la era de las no-cosas. Es la información, no las cosas, la que determina el mundo en que vivimos. Ya no habitamos la tierra y el cielo, sino Google Earth y la nube. El mundo se torna cada vez más intangible, nublado, espectral. Nada es sólido y tangible”.
Además, el sistema tecnocientífico tiene una relación muy estrecha con el sistema económico, al punto que hoy son inseparables. Esta relación nos explica mucho de los intereses que promueven el uso irrestricto de la tecnología.
3. Una revelación. Es claro que instrumentos como el telescopio y el microscopio nos han revelado facetas de la realidad antes insospechadas. A este respecto, Esquirol afirma que “… el sistema de la tecnociencia nos revela el mundo de un determinado modo, nos proporciona la cosmovisión que hoy en día es hegemónica. Lo cual explica que una opinión de la que se diga con razón que ‘no es científica’ pierda toda credibilidad”. La revelación de la tecnociencia parte de un concepto que apareció en el siglo XVII: todo en este mundo es determinable, es decir, mediante la ciencia todo puede llegar a conocerse. El método para conocer el mundo es matemático. Aquello que no puede traducirse matemáticamente es marginado de la visión tecnocientífica del mundo.
4. Un lenguaje. El sistema y la visión tecnocientífica privilegian expresiones como existencias, recursos, acumulación, disponibilidad, depósito, almacén, consumo y explotación (del latín explicitare: sacar lo que hay dentro y aprovecharse de lo sacado). Se observa ahí claro un propósito de dominio, de poder. El lenguaje privilegiado por el sistema tecnocientífico es el de la información, exportable a las máquinas, en el que todo se traduce a datos que llegan a nosotros de manera incesante a través de los dispositivos electrónicos.
Respecto a la neutralidad ética de la tecnología, Antonio Diéguez, catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Málaga, explica el asunto con claridad meridiana en Pensar la tecnología. Una guía para comprender filosóficamente el desarrollo tecnológico actual (Shackleton Books, 2024). En la sección titulada “Tópicos falsos sobre la tecnología” nos dice:
Lo que tiene de correcta la idea de la neutralidad de la tecnología es que, en efecto, podemos utilizar una herramienta, como un martillo, o un artefacto tecnológico sofisticado, como un teléfono móvil, para el bien (colgar una estantería para nuestra abuela o enviar un mensaje de consuelo a un amigo) o para el mal (partirle el cráneo a alguien en una discusión o difundir imágenes privadas robadas). La cosa se pone, sin embargo, un poco más complicada si en lugar de un martillo o de un móvil hablamos de un misil nuclear, sobre todo teniendo en cuenta las alternativas de acción posibles…
Las tecnologías portan valores, a veces valores imprevistos por sus creadores, pero otras, como sucede con el misil, valores con los que fueron expresamente diseñadas…
Pero no sólo es eso lo que hace cuestionable la tesis de la neutralidad de la tecnología. Al centrarse solamente en el nivel de análisis correspondiente a los artefactos, a los utensilios, esta tesis olvida que la tecnología no se reduce al conjunto de los medios, de los instrumentos, de las máquinas, de los objetos, sino que es también el entramado social, industrial, económico, político, cultural, etc., que está tras todo ello y que posibilita su existencia. Es una estructura de acciones y fines, un modo de organización y de control, un sistema de objetivos económicos, y bastantes cosas más. Las grandes empresas tecnológicas y el modo en que ejercen su poder es parte tan esencial de lo que llamamos tecnología como lo es el ordenador personal o la máquina fresadora, incluso cabe decir que más, a la vista de lo que sucede en la actualidad —las negritas son mías—.
La filósofa e historiadora de la ciencia Mary Tiles y el filósofo Hans Oberdiek explicaron lo anterior en su obra Living in a Technological Culture (Viviendo en una cultura tecnológica, 1995), en la que afirman que “los proponentes de la tesis de la neutralidad [de la tecnología] efectúan a menudo un movimiento reduccionista muy familiar en círculos filosóficos […]. El reduccionismo ignora las intenciones, los valores y la comprensión social de aquellos que diseñan, desarrollan, venden y controlan la tecnología; y pasa por alto la comprensión de los usuarios, consumidores, beneficiarios, víctimas, y de todos aquellos profundamente afectados por la tecnología, sean o no conscientes de ello”.
Si al analizar las implicaciones éticas de la tecnología vamos más allá del dispositivo, del instrumento o la herramienta, para incluir todos los demás aspectos señalados en los párrafos precedentes, es evidente que la tesis de una tecnología moralmente neutra (que no es buena ni mala en sí misma) es, cuando menos, muy cuestionable.
Tras lo expuesto podemos entender mejor los intereses que se ocultan tras el optimismo tecnológico y las debilidades que tiene el solucionismo tecnológico, que propone el desarrollo de tecnologías cada vez más poderosas para resolver los problemas que conlleva el uso de la propia tecnología. Y también se hace evidente que necesitamos una reflexión filosófica amplia que vaya más allá de los aspectos meramente técnicos y científicos para tener una visión integral de este fenómeno que define nuestro presente y se proyecta ya con gran potencia hacia el futuro.
Luis Muñoz Fernández
Médico cirujano especialista en anatomía patológica. Miembro del Colegio de Bioética, A.C.
LUIS: Concinzuda tu entrega de La supuesta neutralidad ética de la tecnología actual, pero hablar de ética en el siglo XXI y desde «endenantes», el término ya es muy debatible. Encontré lo anterior: La historia de la ética es un triste retrato de ideales maravillosos que nadie cumple. No se qué oponen al respecto los filósofos griegos modernos; de todos modos, médico, un sincero abrazo y a seguir sanando cuerpos. Vale
Apreciado Cuauhtémoc: desde luego, la palabra ética se invoca demasiadas veces y, con cierta frecuencia, por quienes no tienen idea de su significado y, si lo conocen, cínicos como son, actúan en sentido contrario. Sin embargo, por utópica que parezca, sirve de referencia, nos indica un camino, lo sigamos o no. Un poco como lo que decía Eduardo Galeano sobre la utopía: “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”. Pues para eso mismo sirve la ética. Con ella no hay garantía de que alcancemos un mundo mejor; sin ella, podemos tener la certeza de que nunca lo alcanzaremos.