La inteligencia artificial médica: ¿el fin de la medicina clínica?

La medicina tiene raíces muy antiguas. Hoy tenemos pruebas de que incluso especies de homínidos que nos precedieron o coexistieron con la nuestra más de un millón de años atrás cuidaron de quienes por accidente, enfermedad, o por las mermas de la vejez no podían valerse por sí mismos. Como publicó el periódico español La Vanguardia, ese “cuidar de los otros nos hizo humanos”.

Ilustración: Sergio Bordón

Con el paso de los siglos, y a partir de las tradiciones médicas de numerosos pueblos asentados en todos los continentes, se fue configurando una profesión que hasta ahora ha puesto en su centro a la relación médico-paciente, o paciente-médico, atendiendo al modelo de atención médica que hoy predomina y que se basa en una relación deliberativa entre ambas partes.

La semana pasada, Julieta Gómez Ávalos citaba con gran acierto en este mismo espacio al doctor Ignacio Chávez Sánchez (1897-1979), distinguido cardiólogo mexicano, fundador del Instituto Nacional de Cardiología y exrector de la Universidad Nacional Autónoma de México. El doctor Chávez nos ha legado una de las definiciones más afortunadas de la relación paciente-médico: “Una confianza frente a una conciencia”. La confianza que el paciente deposita en un médico con conciencia, es decir, con un hondo sentido moral.

William Osler (1849-1919), otro gran médico al que se le considera el fundador de la medicina moderna, terminaba así el discurso titulado La palabra clave en medicina, que dirigió en 1903 a los estudiantes de medicina de la Universidad de Toronto:

Vuestro es un deber más alto y sagrado. No penséis en encender una luz que brille ante los hombres para que puedan ver vuestras buenas obras; al contrario, pertenecéis al gran ejército de trabajadores callados, médicos y sacerdotes, monjas y enfermeras, esparcidos por el mundo, cuyos miembros no disputan ni gritan, ni se oyen sus voces en las calles, sino que ejercen el ministerio del consuelo entre la tristeza, la necesidad y la enfermedad.

Lo anterior pone en evidencia que la relación paciente-médico es un constituyente esencial de la medicina. En el terreno práctico, esta relación se manifiesta de muchas maneras, pero siempre incluye de parte del médico el uso de un método de acercamiento al paciente que llamamos el método clínico, que consta al menos del interrogatorio y la exploración física. Sobre este elemento se fueron dando una serie de transformaciones que el doctor Ruy Pérez Tamayo (1924-2022), presidente fundador del Colegio de Bioética, A.C., caracterizó como la transformación científica, la transformación tecnológica, la transformación social, la transformación económica, la transformación en la ética médica y la transformación en la educación médica.

Respecto a la transformación tecnológica, Pérez Tamayo fija su inicio en la invención del estetoscopio por el médico francés René Laennec alrededor de 1819, de la que nos dice lo siguiente:

A pesar de tan modesto origen, la inauguración de la tecnología médica con el estetoscopio ya predicaba las tres modificaciones principales que introdujo en la relación médico-paciente tradicional, que fueron: 1) la obtención de datos por el médico sin la participación del paciente, que hasta entonces había sido la fuente principal o única de la información que el doctor manejaba para diagnosticarlo y tratarlo; 2) la interposición de un instrumento entre el médico y el paciente, que le revela primero hechos nuevos que el segundo desconoce y sobre los que no tiene control alguno, y 3) aumento de la confianza del médico en los datos recogidos directamente por él de su paciente a través de su instrumento, y escepticismo en relación con las opiniones subjetivas y hasta con el aspecto mismo de su enfermo. Con el tiempo y el crecimiento de la tecnología estos cambios en la relación médico-paciente se harían cada vez más notables hasta transformarla en algo nuevo, en una forma completamente distinta de la interacción entre el médico y su enfermo, y del enfermo y su médico, quienes desde entonces ya no pueden prescindir de la tecnología.1

Lamentablemente, el doctor Ruy Pérez Tamaño falleció pocos meses antes de la aparición del hoy famoso y casi omnipresente robot conversacional (chatbot) ChatGPT, que funciona a través de la inteligencia artificial más moderna (la inteligencia artificial generativa), basada en la incorporación de cantidades masivas de datos, los llamados big data. Este sistema y otros similares, amén de los que se siguen desarrollando con una velocidad vertiginosa todos los días, no hacen sino confirmar lo que Pérez Tamayo había señalado a finales del siglo pasado: la tecnología cada vez más poderosa está cambiando la esencia de la medicina, la relación paciente-médico, a la par que los pacientes y los médicos, sobre todo estos últimos, se vuelven cada vez más dependientes de ella.

¿Es la inteligencia artificial una tecnología sustancialmente distinta de las otras muchas que forman parte de la práctica médica desde hace tiempo? Hay elementos para pensar que sí.

Su poder es indiscutible. No hay médico humano capaz de albergar la cantidad de información contenida en los sistemas actuales de inteligencia artificial. Y no sólo eso. Ningún ser humano es capaz de acceder por sí solo a esa información con la velocidad que lo hacen estos sistemas, ni tampoco es capaz de establecer las asociaciones entre las cantidades ingentes de datos con las que se alimenta la inteligencia artificial para extraer patrones y tendencias y generar modelos predictivos para pronosticar el riesgo de aparición o progresión de enfermedades. Todo ello pretende conducir a una medicina que algunos denominan de las cuatro “P”: predictiva, personalizada, preventiva y participativa.2

¿De dónde provienen los big data con lo que se alimenta a los sistemas de inteligencia artificial? Las fuentes son múltiples: los teléfonos inteligentes y otros dispositivos hogareños (que proveen información sobre los hábitos), los expedientes médicos electrónicos (que contienen no sólo los cuadros clínicos, sino valiosa información sobre los antecedentes familiares y personales, los datos de los laboratorios clínicos y de patología, datos administrativos, tablas, gráficas, prescripciones, procedimientos, imágenes, etc.). La otra gran fuente son los datos que, por no tener una mejor denominación, llamaremos los datos de la “ómica”: genómica, transcriptómica, proteómica, metabolómica, epigenómica, farmacogenómica, microbiómica, etc., así como las interacciones entre ellos que permiten dibujar el mapa que relaciona los genes que vinculan a las diferentes enfermedades. Este mapa se denomina en inglés el diseasome.3

Como señalamos anteriormente, uno de los elementos centrales de la relación paciente-médico tradicional es la confianza, garantizada por la confidencialidad que protege la privacidad, evita los estigmas asociados a ciertas enfermedades e impide la divulgación no deseada sobre el estado de salud del paciente. Proteger la información sensible del paciente es un deber moral y una obligación legal de los médicos.

En la actualidad, la confidencialidad está particularmente en riesgo debido entre otras cosas a que la atención médica está en manos de equipos multidisciplinarios que comparten la información del paciente. Como señala en una publicación reciente Giovanni Rubeis, director de la División de Ética Biomédica y de la Salud Pública de la Universidad Karl Landsteiner en Krems an der Donau (Austria), con el avance de las tecnologías digitales, la recolección y análisis de los datos, esta situación se agrava cada vez más. Algunas características de la información digitalizada en forma de datos pone en riesgo la confidencialidad: su persistencia una vez que son creados, la reconversión de los mismos para usos que no habían sido previstos originalmente y la información adicional que pueden contener y que puede tornarse valiosa en un futuro.4

Si tradicionalmente la relación paciente-médico adolece de asimetría, ya que el médico posee conocimientos y domina destrezas inalcanzables para la mayoría de los pacientes, con la llegada de la inteligencia artificial basada en los big data esta asimetría se acentúa. De esta manera, Rubeis define un paradigma imperante al que llama positivismo digital: los datos se explican por sí mismos y deben ser entendidos como representaciones objetivas de la realidad. Esto se relaciona con lo que el filósofo Éric Sadin ha denominado la potencia aletheica de los sistemas computacionales: su capacidad para enunciar la verdad.5

La datificación, requisito del positivismo digital, sigue explicando Rubeis, es la transformación en datos digitales de todas las acciones sociales, la conducta, los procesos fisiológicos y los relacionados con la salud y la enfermedad.

El dataísmo es la ideología que mantiene unidos al positivismo digital y la datificación. Esta ideología enfatiza los límites y defectos de las capacidades cognitivas humanas frente al poder casi infinito de los sistemas de inteligencia artificial basados en los big data.

A todo lo anterior se añade la vigilancia electrónica a través de los datos (dataveillance, en inglés): la vigilancia continua de los individuos a través del registro electrónico de todas sus actividades. Un proceso automático, constante y opaco que permite no sólo el análisis predictivo de las elecciones de un individuo, sino además su regulación y control.6

Con ese poder tan grande, cabe preguntarse si los sistemas de inteligencia artificial son agentes morales, es decir, si tienen conciencia y, por lo tanto, moralidad propia para hacer juicios y tomar decisiones. En el caso de la inteligencia artificial limitada (artificial narrow intelligence, en inglés), a la que pertenece la inteligencia artificial médica, está claro que no, ya que estos sistemas están ligados a la supervisión humana y los seres humanos son los responsables. Si algún día se desarrolla la inteligencia artificial general o la superinteligencia artificial, con capacidades similares o muy superiores a las de la inteligencia natural humana, nos tendremos que replantear la cuestión de la responsabilidad.

Lo descrito sobre la inteligencia artificial y, particularmente, su aplicación a la medicina provoca vértigo, con todo y que no es más que un apretado e incompleto resumen de lo que aparece casi todos los días en los ámbitos científico, académico, empresarial y en los diversos medios de comunicación. Los sistemas de inteligencia artificial están ya entre nosotros y vamos a observar en muy breve plazo su impacto en la medicina. La inteligencia artificial médica va a transformar toda la atención sanitaria. Afectará a las prácticas, las relaciones y a los entornos en los que se ejerce la profesión médica.

Llama mucho la atención lo que informan John W. Ayers de la Universidad de California en San Diego y sus colaboradores, publicado recientemente en la revista Journal of the American Medical Association. Los autores analizaron la calidad de las respuestas que los médicos humanos le dieron a un grupo de pacientes comparadas con las ofrecidas por un chatbot. Resultó que los pacientes expresaron sentir una mayor empatía en las respuestas del sistema de inteligencia artificial.7 Nos preguntamos qué estaremos haciendo tan mal como para que en ese estudio un robot supere en empatía a los seres humanos. Estamos hablando de la capacidad de reconocer y comprender al otro, que es la base de la ética, ni más ni menos. Es necesario reconocer la falta de empatía en un número creciente de médicos, desapego cuyo origen es anterior a la aparición de la inteligencia artificial médica. Sus causas son varias y su análisis rebasa los propósitos y espacio de este texto.

William Osler afirmaba que “la medicina es la ciencia de la incertidumbre y el arte de la probabilidad”. Siendo la incertidumbre una característica muy resistente del proceso vital, es claro que el objetivo que persigue la implantación de la inteligencia artificial en la medicina es reducir esa incertidumbre a su mínima expresión. Será muy interesante ver si se alcanza esa meta.

Aunque el discurso actual apunta a que los sistemas de inteligencia artificial aplicados a la medicina deben ser concebidos como colaboradores del médico, operarando bajo la supervisión estricta de los seres humanos, y que su mayor utilidad será aliviar el peso de las tareas burocráticas y repetitivas que hoy abruman a los profesionales sanitarios, la realidad es que su poder creciente hace suponer que tal vez en un futuro no muy lejano podrán reemplazar al médico tal y como lo hemos conocido hasta ahora. ¿Se acerca el fin de la medicina clínica definida por esa relación íntima entre el paciente y su médico que se ha mantenido vigente a lo largo de los siglos?

El doctor Edmund D. Pellegrino (1920-2013) fue un médico y catedrático católico que trabajó en la Universidad de Georgetown de Estados Unidos y destacó como experto en ética médica. A él se le atribuye una frase que muchos médicos conocemos: “La medicina es la más humana de las artes, la más artística de las ciencias y la más científica de las humanidades”. ¿Será diferente a partir del uso pleno de la inteligencia artificial en nuestra profesión? Pronto lo sabremos.

 

Luis Muñoz Fernández
Médico cirujano especialista en anatomía patológica. Miembro del Colegio de Bioética, A. C.


1 Pérez Tamayo R., Las transformaciones de la medicina. El Colegio Nacional, 2015

2 Alonso S.G. y coautores, “Predictive, personalized, preventive and participatory (4P) medicine applied to telemedicine and eHealth in the literature”, Journal of Medical Systems, 2019.

3 Kuang-II, In-Geol Choi, “Exploring the human diseasome: the human disease network”, Briefings in functional genomics, 2012.

4 Rubeis G. Ethics of Medical AI. The International Library of Ethics, Law and Technology, 2024.

5 Sadin É., La inteligencia artificial o el desafío del siglo, 2020.

6 Rubeis G., Ethics of Medical AI, The International Library of Ethics, Law and Technology, 2024.

7 Ayers J.W. y coautores, “Comparing Physician and Artificial Intelligence Chatbot Responses to Patient Questions Posted to a Public Social Media Forum”, JAMA Intern Med, 2023.

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Publicado en: Ética médica