“Por qué nos hemos quedado ciegos, No lo sé, quizá un día lleguemos a saber la razón, Quieres que te diga lo que estoy pensando, Dime, Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, Ciegos que ven, Ciegos que, viendo, no ven”.
—José Saramago, Ensayo Sobre la Ceguera
El sustento de todo lo que se hace en la biomedicina moderna deviene de una reflexión profunda y metódica sobre el funcionamiento de la naturaleza del cuerpo humano y su interrelación con otros seres vivos, así como con agentes físicos y químicos presentes en el medioambiente. De dicha reflexión profunda y metódica surge la evidencia en la que se sustentan las acciones preventivas, terapéuticas, paliativas o de decisión que son requeridas por los seres humanos en el ámbito de la salud. Esa reflexión profunda y metódica es lo que conocemos como investigación en salud (investigación básica, clínica o epidemiológica), de la cual se pretende que no haga daño, respete la dignidad y autonomía de las personas y, finalmente, sea realizada con equidad y distribución justa de riesgos/costos y con responsabilidad (los recursos de investigación frecuentemente provienen de fondos públicos por lo que utilizarlos indebidamente constituye una falta más).
En otras palabras, con bioética; en el sentido amplio de considerar que los conocimientos que se producen tienen, per se, el valor epistémico propio de su metodología (bioética de la investigación) pero, además, la actividad investigativa debe realizarse siguiendo principios y valores bioéticos (bioética en la investigación). Sin esos dos componentes, el conocimiento científico producido está incompleto y corre el riesgo de ser espurio, dañino o simplemente fútil.
La deshonestidad en cualquiera de las etapas del proceso de una investigación (desde su planeación, en el protocolo, en su desarrollo, su análisis, evaluación o publicación) constituye mala conducta y deviene en daño a los participantes en el proceso sean alumnos, investigadores o instituciones, sujetos participantes (humanos y animales no humanos), así como a la sociedad en general.

La fabricación se establece cuando se inventan datos o resultados y se reportan como fidedignos; por ejemplo, registrar un dato en el expediente clínico pretendiendo haber revisado al paciente e inventar que se realizó la visita, o registrar un dato —tomar la temperatura por ejemplo— cuando en realidad no fue recolectado.
La falsificación resulta de la manipulación de materiales usados en la investigación o de equipo o procesos así como la alteración u omisión de datos o resultados que se acomodan para pretender dar precisión en los registros de investigación y por consecuencia sus resultados. Por ejemplo, desechar datos o resultados que quedan fuera de lo esperado (por la hipótesis del investigador), alterar muestras o imágenes para dar una percepción o interpretación más “acomodada”.
Existen casos notorios de fabricación y falsificación detectados en la literatura y que han causado daño a la sociedad. Uno muy notorio fue el caso de Wakefield, quien publicó un reporte que aseguraba la asociación causal entre la vacuna MMP (sarampión, paperas y rubeola) y el autismo; una investigación por el Consejo Médico General de Gran Bretaña encontró que el autor había actuado de manera deshonesta e irresponsable en la conducción de su estudio. Además, se encontró evidencia de la realización de estudios invasivos sin aprobación bioética apropiada. Por esta razón la revista Lancet retractó la publicación original en 2010.1, 2
Existe un caso paradigmático en el ámbito de la cirugía torácica: Paolo Macchiarini publicó un trabajo con datos falsos sobre el supuesto “trasplante de tráquea bioartificial nanocompuseta y sembrada con células troncales”. Lo propuso, de manera engañosa, a pacientes que requerían el procedimiento con resultados decepcionantes y mortales que derivaron en la retractación de su trabajo original de Lancet y su separación del Instituto Karolinska donde laboraba.3
El plagio en cambio, resulta de la apropiación de ideas, procesos, resultados, interpretaciones, palabras escritas o grabadas de otra forma sin otorgar el crédito debido al origen de las mismas.4 Copiar frases, párrafos o páginas completas de textos ya publicados o escritos por otras personas y pretender pasarlas como propias sin ningún tipo de aclaración sobre su origen (referencia, comentario, nota al pie o alguna otra modalidad posible). Pero también se puede plagiar formas de hacer las cosas; como una técnica peculiar de pipetear una substancia, una maniobra quirúrgica, trucos o “recetitas” para maniobras de laboratorio comunes o sofisticadas.
Usar lo que otras personas han hecho es parte integral del emprendimiento científico; es a lo que se refirió Isaac Newton cuando dijo la famosa frase “si veo más lejos, es que estoy parado sobre hombros de gigantes” (probablemente plagiado de Bernardo de Chartres). Una versión rabínica de esta anécdota introduce un giro al poner a un enano sobre los hombros del gigante; el enano, per se, no es mejor que el gigante sino que se aprovecha de su estatura para aparentar ser mejor y ver más allá; finalmente, si otorga crédito al gigante, crece con él y es bien visto; pero el hombre o la mujer que plagia cae de los hombros del gigante, y enano se queda ante el descrédito de su sociedad.5
El emprendimiento científico se sostiene sobre ideas planteadas que son revisadas contínuamente, manteniendo las útiles y desechando o modificando las demás; implica necesariamente adoptar datos, juicios, frases, métodos, procedimientos, trucos, maniobras u otras actividades que fueron muy probablemente diseñadas o creadas por otras personas (en algunos casos seres humanos comunes y corrientes pero también personas que, a la postre, consideramos significativas en nuestras vidas —los gigantes). Todo producto del quehacer científico es valioso y llega a formar parte del acervo cultural científico y general de la sociedad. Algunos de estos se convierten en conocimientos científicos de adopción universal ocasionando lo que Kuhn describió como cambio de paradigma,6 fenómeno que entabla la dinámica evolutiva de las revoluciones científicas (en el ámbito de la investigación en salud tenemos, por ejemplo, la teoría microbiana de Koch y Pasteur, la aparición de los antibióticos con Flemming, la identificaciòn de la respuesta inmune para el ámbito de los trasplantes con Medawar, el modelo de la estructura del ADN de Watson-Crick-Franklin, etc.). Estos cambios paradigmáticos corresponden a lo que se conoce como ciencia disruptiva, que casi siempre está sustentada en pequeños conocimientos de cómo hacer las cosas, herramientas de pensamiento o bombas intuitivas como, en su forma más simple y general, les llama Dennett.7
El caso es que esas pequeñas cosas, cuando son novedosas y originales, merecen ser referidas al originador, merecen crédito en términos de un acto de justicia retributiva a la aportación dada por ese “originador” (aunque frecuentemente el uso universal y cotidiano de dichas técnicas, conocimientos, herramientas, etcétera, las vuelve tan presentes, tan intuitivas, que las damos por hecho y, al ser herramientas pequeñas, su origen se pierde en la historia de la humanidad, p.ej.: ¿Quién hizo la primer hacha? ¿Quién desarrolló el grano de maíz que dejó de ser teocintle? ¿Quién inventó el hilo negro? Simplemente existen y los usamos).
Dar crédito a quien contribuye a la producción de conocimiento es un acto de justicia; no dar el crédito merecido constituye un robo intelectual y genera un daño moral e incluso legal cuando dicho producto intelectual se encuentra protegido por derechos de autor. En la película Yesterday (2019), el director Danny Boyle cuenta la historia de un músico que lucha por salir adelante y que, por un extraño torcimiento del destino, súbitamente se encuentra en una sociedad en donde él es el único que conoce las canciones de los Beatles y las empieza a tocar convirtiéndose en todo un éxito; la sociedad desconoce el origen real de sus canciones, simplemente se las atribuye a él a pesar de que él trata de desmentirles. ¿Comete plagio ante la sociedad donde vive? ¿Comete plagio ante él mismo? (Él sabe que sí).
La ciencia y la tecnología son poderosas estructuras que, en el ámbito de la salud, permiten cumplir con los objetivos o fines de la medicina de una manera cada vez más eficiente, más efectiva y con mayor seguridad. Sin embargo no puede dejarse la actividad científica sin supervisión ni escrutinio. La tecnociencia es como el minotauro ciego de Picasso, un ser fuerte y poderoso que no logra visualizar por donde va y puede causar daños a su paso, requiere de guía y acompañamiento. Requiere de una luz que le ayude a identificar el camino adecuado; Picasso muestra esa guía como una niña pequeña e inocente que provee la luz por dónde poder ir. Esa guía es la bioética.
Si, como miembros de la comunidad que hace investigación en salud, queremos evitar ser como el minotauro ciego, si queremos evitar la profecía de Saramago escrita al inicio de este capítulo y, aún más, evitar la profecía de creer que “vemos sin ver”, tenemos que recurrir a la bioética. La bioética de hacer investigación y la bioética de cómo se hace.
Patricio Santillan-Doherty
Médico. Cirujano de Tórax. Titular de la Comisión Nacional de Bioética y miembro del Colegio de Bioética.
1 Este caso ha generado una extraordinaria controversia internacional con impacto negativo sobre los programas mundiales de vacunación e impulsando falsamente al movimiento antivacunas. No se hace referencia a la publicación de este autor por este motivo.
2 Para quien tenga interés, existen muchos sitios e información al respecto del caso, entre ellos éste.
3 Elliott C., “Knifed with a smile”, The New York Review of Books. Abril 5, 2018.
4 Para un análisis moderno del asunto ver el excelente artículo de García-Camino publicado en este espacio.
5 Leiman SZ., “Dwarfs on the Shoulders of Giants”, Tradition, 27(3), 1993, pp. 90-944.
6 Kuhn T., The Structure of Scientific Revolutions, University of Chicago Press, 1962, pp. 87-91.
7 Dennett D., Intuition Pumps and Other Tools for Thinking, WW Norton & Co., 2013.