
No es raro que, en medio de una conversación cotidiana, alguien comparta cómo enfrentó una enfermedad grave y lo interprete como una señal, un mensaje que “la vida” le quiso dar. A menudo, estos relatos van acompañados de la búsqueda de sentido más allá de lo médico: sesiones de constelaciones familiares, lecturas emocionales del cuerpo o terapias alternativas donde el padecimiento se entiende como un castigo simbólico por errores propios o heredados.
Estas explicaciones tienen algo profundamente humano: otorgan sentido en medio del caos, ofrecen culpables y prometen redención. La narrativa es poderosa, conmovedora, casi literaria. ¿Quién no querría creer que su sufrimiento tiene un propósito? ¿Que la enfermedad vino a decirnos algo, a despertarnos?
Pero justo ahí es donde se enciende una alerta para la salud pública. Cuando estas narrativas emocionales, más intuitivas que adecuadas, comienzan a instalarse como verdades en el espacio público, se corre el riesgo de desplazar el conocimiento científico y de erosionar la confianza en las instituciones sanitarias. La enfermedad deja de ser un fenómeno biológico y social para convertirse en una suerte de juicio moral o herencia espiritual. El problema no es solo conocimiento profundo; es también ético y político: ¿qué consecuencias tiene esta forma de pensar para quienes padecen enfermedades graves o crónicas? ¿A quién culpamos cuando la salud falla?
Posverdad sanitaria: terreno fértil para la culpa
La “posverdad” describe un clima donde las creencias, los intereses y las emociones valen mucho más que los hechos. Desde 2016, el término se volvió omnipresente y hoy atravesamos su reflejo en la salud: teorías conspirativas, curas milagrosas y desconfianza en instituciones proliferan a golpe de clic, de enviar y de hashtag. En Latinoamérica, la credulidad florece allí donde la percepción de corrupción es alta; la ciencia, percibida como parte del establishment, se vuelve sospechosa, y la narrativa alternativa –por extravagante que parezca– se siente más cercana. Las constelaciones familiares, la biodescodificación o la epigenética espiritual se insertan en esa grieta: prometen una explicación global (la enfermedad como mensaje moral) que evita la incertidumbre inherente a la biología y a la ciencia misma.
La voz amplificada de los influencers y gurús de lo “ultrasaludable”
La revolución digital le dio megáfonos a figuras carismáticas que hablan de salud sin credenciales formales y sin medir el impacto de sus mensajes. Se estima que 70 % de la población consulta primero internet antes que al médico. En ese océano de escuchas atentos, los influencers moldean hábitos, miedos y compras: desde dietas detox hasta pruebas genéticas innecesarias pasando por tratamientos con células madre. La publicidad ahora fomenta la práctica de exámenes preventivos de forma engañosa, especialmente silenciando los riesgos, vendiendo resonancias corporales completas o suplementos “milagro” como autocuidado proactivo, es causa del mensaje –“si no te escaneas todo el cuerpo fallas a tu responsabilidad de estar sano”– intensificando la culpa y desplazando la discusión de los determinantes sociales (pobreza, acceso a servicios, medio ambiente) y también la responsabilidad del Estado para dar mayor peso a su actuar ante la supuesta negligencia individual.
Imperativo saludable: cuando el bienestar se vuelve mandato
La cultura del wellness (un alumno le llama “ultrasaludable”) crece a un ritmo veloz año con año. Sus frases invitan a que “seas la mejor versión de tí mismo”, pero disfrazan un mensaje con filo: quien enferma es porque no se esforzó lo suficiente, y con ello refuerza la idea de que se sienta moralmente responsable.
Estudios cualitativos muestran con claridad la ansiedad crónica presente en personas obsesionadas por hacer siempre más por su salud, a la vez que se estigmatiza el sobrepeso y otras condiciones de mera apariencia física. Así, la persona que compra y bebe jugos verde esmeralda a las cinco de la mañana puede admirarse, en cambio, quien vive con diabetes carga con el estigma de que ello es por su “falta de disciplina”. Esta narrativa niega los determinantes estructurales y refuerza la brecha social. Incluso hay una superioridad moral de quién lo hace y por ende se lo trata de imponer a quien no.
Enfermedades de la opulencia y paradojas del autocuidado
Obesidad, diabetes y cardiopatías –las llamadas enfermedades de la opulencia– surgen del estilo de vida urbano y abundante. Paradójicamente, la industria del bienestar que dice combatirlas aprovecha su permanencia: coloniza nuestra cotidianidad con dispositivos que cuentan tus pasos, apps de ayuno intermitente y superalimentos, mientras la epidemia continúa. El individuo, bombardeado de métricas, vive en un autoexamen permanente que recuerda una definición de biopolítica: cuerpos vigilados y autorregulados. Y no es que no debamos usarlos, pero debemos preguntarnos si éstos mejoran nuestra salud o son una respuesta a otro fenómeno de la modernidad y el consumo.
El costo de las narrativas de culpa
Las teorías que atribuyen la enfermedad a “errores vitales” no sólo son inexactas, también hacen daño, sus efectos impactan en el retraso o abandono de tratamientos basados en evidencia científica. Por otra parte genera estigmatización y un sentimiento de autoculpa. Las personas con depresión u obesidad interiorizan la idea de haber fallado moralmente por lo que son culpables, y bloquean en automático la búsqueda de ayuda externa ya que no la merecen.
Se producen sobre-diagnóstico y medicalización a través de check-ups costosos que generan hallazgos irrelevantes, ansiedad y procedimientos invasivos innecesarios. Todo ello erosiona la confianza pública ya que se descalifica la información verificada que es etiquetada como “narrativa oficial” y con ello socavan y boicotean campañas de vacunación y políticas de salud colectiva.
Un ejemplo: durante la pandemia de COVID-19 vimos la difusión masiva de productos “estimulantes inmunológicos” y teorías sobre chips en vacunas; incluso hoy persiste la resistencia vacunal, con brotes de enfermedades prevenibles.
¿Por qué las pseudoterapias seducen?
Resulta tentador ridiculizar la creencia en las constelaciones, pero reconozcamos su atractivo como algo real ya que ofrecen un marco narrativo sencillo y entendible: el cuerpo “habla” un lenguaje moral que cualquiera puede interpretar. Los grupos brindan contención y apoyo emocional donde a veces falla el sistema sanitario sobrecargado y por ejemplo, creer que si yo “arreglo” la energía de la familia la enfermedad no volverá, ello me genera una sensación de control frente a todo lo demás que es incierto.
El desafío ético consiste en reconocer estas necesidades emocionales sin renunciar a la evidencia científica.
Hacia una bioética de la verdad empática
No se trata de combatir aguerrida y violentamente estas prácticas, ridiculizando a quienes las adoptan pues descalificarlas es una forma de que estas acciones se autosellen, es decir se reafirmen o se fortalezcan, por eso vale la pena preguntarse: ¿Cómo responder sin arrogancia tecnocrática ni concesiones a la desinformación? Propongo las siguientes estrategias como respuesta:
-Empatía informada, es decir escuchar la experiencia subjetiva de la persona y validar sus emociones, pero clarificar la diferencia entre correlación y causalidad. Confundir “riesgo” con “culpa” hiere dos veces: al enfermo —que puede sentir vergüenza— y a la sociedad —que se distrae de la prevención real y la investigación científica.
– Hacer accesible y comprensible la evidencia comunicando incertidumbres, beneficios y riesgos de la medicina con lenguaje llano. El vacío que aprovecha el charlatán es, muchas veces, la complejidad mal explicada. La ciencia se basa en la confianza y está fallando la forma de comunicarse o divulgarse a la sociedad.
-Responsabilidad compartida promoviendo la idea de salud como bien común: mis decisiones individuales (vacunarme, no automedicarme) protegen también a otros.
Tres líneas de acción para el ámbito público
El Estado tiene una responsabilidad ante este fenómeno, y debe tomar cartas en el asunto, se trata de evitar complicaciones a problemas graves de salud, pero también a trabajar para disminuir los problemas de salud emocional, tan presente en esta época. Por esto propongo estas líneas de acción pública:
- Alfabetización mediática desde la escuela incorporando en planes de estudio herramientas para la evaluación de las fuentes digitales. Saber distinguir evidencia de opinión es tan crucial como aprender a leer y escribir.
- Regulación y transparencia en publicidad sanitaria exigiendo a plataformas que etiqueten contenido patrocinado y verifiquen afirmaciones de salud. Los influencers deben declarar conflictos de interés y citar fuentes verificables.
- Puentes entre ciencia y ciudadanía para fomentar la presencia de profesionales de la salud en redes, con formación en comunicación, y alianzas con periodistas. Iniciativas como hilos explicativos en X, podcasts cortos o infografías animadas pueden contrarrestar la viralidad de la desinformación.
Reclamar la conversación sobre la salud
El relato con el que inicié revela una tensión contemporánea: la búsqueda legítima de sentido frente al dolor y la incertidumbre, y la facilidad con que ese anhelo se instrumentaliza mediante discursos de culpa y soluciones mágicas. En la era de la posverdad, defender la evidencia no significa negar la dimensión emocional de la enfermedad; implica integrarla en un diálogo honesto, plural y ético. Si queremos sociedades más sanas –en cuerpo y en tejido democrático– necesitamos información veraz, instituciones confiables y ciudadanos críticos. Porque la salud no es un castigo ni un premio: es un derecho humano cuya defensa exige, ante todo, una conversación basada en una verdad compartida.
Irene Córdova Jiménez
Doctora en Ciencias de la Salud Pública, Coordinadora del Doctorado en Ciencias Socio-Médicas de la U de G. integrante del Colegio de Bioética A.C
La descripción reflexiva y analítica de la autora, define con claridad los efectos de la cultura del cuidado que hemos adjudicado a una serie de rutas alternas para asumir con mayor cercanía y aceptación emocional, nuestras vicisitudes en la salud, individual y colectiva. La disociación de la relación Paciente-médico, el llamado Overdiagnosis que que describe la frivolidad de diagnósticos rutinarios de cifras de laboratorio y estudios de imagen, que olvidan la realidad de las personas, el valor cultural del efecto placebo y el impacto, cada vez mayor de la pseudo ciencia, ponen en relieve la pertinencia de esta proposición.
Una reflexión equilibrada y profunda sobre esta nueva epidemia llamada postverdad. Esa postverdad que -en ocasiones- sin darnos cuenta nos hace tanto daño. Felicidades a la autora por sus atinadas reflexiones.
Celebro la contribución de la Dra. Córdoba quien, desde una perspectiva metamédica, hace un recuento de aquello que es importante en la atención de la salud: maniobras, acciones, procedimientos y terapias que deben sustentarse en evidencia que justifique su uso con beneficio, sin hacer daño, con distribución justa y equitativa, y respeto por la dignidad y la autonomía de las personas. Y no solo debe restringirse a la salud humana, sino extenderse a la salud de animales no-humanos, plantas, otros seres vivos así como el medio ambiente: el concepto unificador de UNA SALUD, del que depende la sobrevivencia de nuestro planeta.
El ensayo de la Dra. Córdoba atañe a la importancia del conocimiento científico el cual es impreciso, incierto y, por lo mismo, corregible bajo el concepto de ‘escepticismo educado’ (Feynman dixit); muy diferente a otros escepticismos que menciona Córdoba en su valioso ensayo. Pero ella da cuenta de la importancia del aspecto humano, humanista y humanitario de la salud. La forma en que se debe dar la relación del ser (paciente o no-paciente) con los profesionales de la salud (entendiendo que en la actualidad esa relación se da con profesiones mas allá de la médica): la trilladamente histórica relación paciente-médico, en ese orden preciso si es que queremos ir reduciendo el hubris que tiende a infiltrar nuestro sistema.
Irene Córdoba nos conmina a reconocer nuestro origen humano en la tierra, el humus del cual salió la vida hace varios miles de millones de años. Todos salimos de ahí (otra razón para pensar en UNA SALUD).
Gracias Irene.
Adendum: me gustó la definición de “wellness” como ‘ultrasaludable’; en lo personal he usado el término de ‘buena-ondez’ para traducirlo. Lo que me queda claro es que sí debemos diferenciarlo claramente de “wellbeing” o bienestar; este término forma parte de la definición de ‘salud’ (OMS) y no debe confundirse con el terminajo que tiene más motivaciones mercantiles que otra cosa.