Justicia social y salud

Los vínculos y la interdependencia entre justicia social y salud son absolutos. Ávidas por cuidar al mundo, Naciones Unidas y la Organización Mundial de la Salud han calendarizado el Día Mundial de la Justicia Social y el Día Mundial de la Salud. Aunque (creo) los 365 días del año ya tienen “su día mundial de…”, faltaría uno dedicado a sumar el Día Mundial de la Justicia Social con el de la Salud.

Ilustración: Ricardo Figueroa

Dos binomios interdependientes: no hay salud sin justicia social; no hay justicia social sin salud. En este entramado, el orden de los factores no altera el resultado. Los sociólogos deben saber qué es primero: ¿la injusticia que debilita y enferma a las personas, o las enfermedades que merman la salud por falta de recursos e impiden a los afectados costear y reponerse de sus males? Sin salud ni justicia social no es posible acceder a una vida digna. Cincuenta millones de mexicanos en situación de pobreza son testigos de los divorcios previos. Cruel destino el de los pobres en México. Cuando la supervivencia cotidiana es lucha diaria, pensar en el futuro es (casi)imposible.

En sus reflexiones sobre bienestar y justicia social, Amartya Sen, Premio Nobel de Economía de 1998, afirma, “… no se trata sólo de determinar lo que posee o no la población sino cuán capaces son las personas de ‘conducir su propia vida”. Sin justicia social ni salud, imposible tomar las riendas de la vida y decidir. Me repito: más de la mitad de la población en México es víctima de injusticia social y “buena parte” no cuenta con salud apropiada; para ellos, insertarse en el torrente de la vida es mera entelequia.
Tres conceptos merecen discutirse:

  1.  La justicia social se ocupa del bienestar del ser humano. Sin ella no hay bienestar. Sin bienestar, imposible crecer.
  2. La pobreza perpetúa las enfermedades. No se trata, de acuerdo a los eticistas Beauchamp y Childress, del derecho al cuidado de la salud, sino del derecho a la salud.
  3. Existe otro círculo perverso. La falta de educación incrementa tanto la pobreza como las enfermedades; sin salud y sin recursos, (casi)imposible acceder a niveles adecuados de educación.

Los puntos previos son “urgencias éticas”. Confrontarlos y sanearlos es imprescindible. Los frutos del conocimiento deben vincularse con la impartición de justicia. De no ser así, la distancia entre quienes lo usufructúan y quienes viven marginados de los bienes del conocimiento, aumenta día a día, de generación en generación. Con los años, otra vez nuestra nación como pésimo ejemplo, la brecha entre hunos y hotros, como escribió Miguel de Unamuno, se amplía. Conozco, al igual que el lector, las respuestas a las preguntas previas. En nuestro caso, el Estado mexicano debería ser el responsable de cuando menos mitigar, si no de resolver, la falta de justicia. No lo hará: no lo desea, no sabe cómo, no quiere. Miguel de Unamuno acuñó la idea, ni lo huno, ni lo hotro para hablar del “…suicidio moral de España… Entre los unos y los otros —o mejor los hunos y los hotros—están ensangrentando, desangrando, arruinando, envenenando y entonteciendo a España”. En México abundan los hunos y los hotros: tanta injusticia social y tanta pobreza lo demuestran.

 

Arnoldo Kraus
Profesor en la Facultad de Medicina de la UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C. Publica cada semana en El Universal y en nexos la columna Bioéticas.

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Publicado en: Justicia social