Interfaces cerebrales: una tecnología transformadora

Las interfaces cerebrales, también conocidas como interfaces cerebro-computadora, se basan en la detección y decodificación de señales cerebrales para la traducción en comandos que pueden ser interpretados por un dispositivo externo.

Existen diferentes tipos de interfaces cerebrales, la clasificación más común se basa en el tipo de invasividad de los dispositivos.

No invasivas: No requieren penetración en el tejido cerebral. Utilizan métodos externos, como electroencefalografía, estimulación magnética transcraneal o resonancia magnética funcional, para registrar la actividad cerebral.

Invasivas: Implican la inserción de electrodos u otros dispositivos directamente en el tejido cerebral. Algunos ejemplos son: optogenética o estimulación profunda. Generalmente proporcionan una lectura más precisa de la actividad neuronal y, por lo tanto, un control más refinado de dispositivos externos.

Hasta el momento se han reportado éxitos muy interesantes con estas tecnologías, como la recuperación de la capacidad auditiva a través de la utilización de un implante coclear en 1970 o el control neuroprotésico de alto rendimiento por un individuo con tetraplejia en 2013. Sin embargo, el pasado 29 de enero el magnate Elion Musk sacudió a la humanidad entera, cuando publicó en redes sociales un video producido por su empresa Neuralink. En él, declara que ha comenzado ensayos en pacientes con el chip de interfaz invasiva denominado PRIME (Precise Robotically IMplanted Brain Computer IntesfacE) y que el paciente se encontraba bien. Desafortunadamente, como en otros casos, no recibimos la información a través de un detallado artículo en una revista de investigación científica reconocida, sino mediante un video en las redes sociales. Este ensayo clínico fue aprobado por la FDA pero hay poca información al respecto.

Ilustración: Oldemar González

La justificación de este proyecto se basa en la posibilidad de que pacientes con impedimentos físicos puedan controlar su propio cuerpo o una prótesis a través de la interfaz, recobrando así el movimiento. Sin embargo, la propia empresa Neuralink menciona que estos dispositivos podrían utilizarse para modular la función cerebral o atender enfermedades nerviosas como depresión o déficits de atención, y no descartan su utilidad en el aumento de la capacidad cognitiva en individuos no enfermos o en la cotidianeidad para manejar los dispositivos como teléfonos celulares mediante un entrenamiento para conectar directamente la interfaz con el dispositivo electrónico.

En este escenario, las interfaces cerebrales plantean una serie de problemas éticos que deben ser considerados, como:

Privacidad y seguridad de los datos recolectados. Existe el riesgo de que la información obtenida pueda ser mal utilizada o comprometida.

Manipulación y control externo. ¿Quién tiene el poder de acceder y manipular la actividad cerebral de un individuo? ¿Podría ser sin autorización del individuo?

Identidad y autonomía. ¿Hasta qué punto la modificación de la actividad cerebral afecta la esencia de una persona y su capacidad para tomar decisiones libres?

Equidad y acceso. Se profundizan las desigualdades sociales si sólo están disponibles para aquellos que puedan pagarlas.

Sin olvidarnos de aspectos comerciales y su utilización en ámbitos militares, jurídicos y laborales.

Definitivamente estamos viviendo una época de muchas transformaciones que están sucediendo a gran velocidad. Quizá son tantas y en tan corto tiempo que no alcanzamos a comprender qué es exactamente lo que está cambiando y en qué sentido lo está haciendo, o cómo nos va a afectar. Sin embargo, debemos abordar estos problemas a través de una estrecha colaboración entre científicos, ingenieros, profesionales médicos, gobiernos y expertos en ética para garantizar que estas interfaces cerebrales se desarrollen de manera ética, segura y equitativa.

 

Angelina Rodríguez Torres
Investigador-Docente, Universidad Autónoma de Querétaro. Miembro del Colegio de Bioética A.C.