Hambre, producción animal y justicia distributiva

Crédito: Estelí Meza

El hambre en el mundo es una de las problemáticas más urgentes de nuestro tiempo, una que afecta a cientos de millones de personas a pesar de que, según datos de Naciones Unidas, en términos absolutos, la producción de alimentos sería suficiente para alimentar a toda la población mundial. Este fenómeno no se debe exclusivamente a la escasez de alimentos, sino a la desigual distribución de los recursos y a sistemas económicos que favorecen la acumulación en detrimento de las poblaciones más vulnerables. Uno de los factores que agrava esta situación es el modelo de producción y consumo de carne y otros productos de origen animal, el cual no sólo profundiza las desigualdades en el acceso a los alimentos, sino que también contribuye al deterioro ambiental, al cambio climático y al desplazamiento de comunidades rurales en favor de una agroindustria orientada a la exportación.

Lo primero que habría que señalar es que la actual producción de carne se basa en un modelo altamente ineficiente en términos de conversión de calorías y proteínas. En 1971, en su clásico libro Diet for a Small Planet, Frances Moore Lappé describió a la industria ganadera como una “fábrica de proteínas en reversa” debido a la cantidad desproporcionada de recursos necesarios para producir carne en comparación con los beneficios nutricionales obtenidos. En aquel entonces, Lappé estimaba que para producir 1 kg de carne de res en Estados Unidos se requerían casi 7 kg de granos y soya. En términos calóricos, sólo alrededor del 3-5 % de las calorías consumidas por el ganado son aprovechadas por los seres humanos cuando se consumen productos cárnicos; el resto se pierde en forma de energía para el metabolismo del animal (respiración, movimiento, crecimiento, producción de calor) o en excreciones (orina y heces). Desde la publicación del libro de Lappé, al parecer, esta relación se ha vuelto aún más alarmante: actualmente se calcula que se necesitan 25 kg de alimento para producir 1 kg de carne de res. Según la misma fuente, los pollos son un poco menos ineficientes en términos de conversión alimenticia: se necesitan 3.3 kg de alimento para producir 1 kg de carne de pollo. Sea cual sea la proporción, que los animales consumen más comida que la que producen es algo difícil de rebatir. El actual sistema de producción de carne es extremadamente ineficiente: se obtiene una cantidad desproporcionadamente pequeña de proteína animal y otros nutrientes por la gran cantidad de alimentos que el animal consume.

Este sistema alimentario no sólo es ineficiente, sino que también contribuye a la escasez artificial de recursos. La gran cantidad de cereales y soja destinados a la alimentación del ganado —que, por cierto, no es la comida que las reses naturalmente deberían comer, lo que provoca que generen más gases de efecto invernadero de los que deberían— podría emplearse directamente para el consumo humano, con un impacto positivo en la reducción del hambre global. Se estima que si se destinaran estos cultivos a la alimentación directa de los seres humanos en lugar de al ganado, se podría alimentar a varios cientos de millones de personas adicionales en todo el mundo. Además, si el mundo adoptara una dieta basada en plantas, reduciríamos el uso global de tierras agrícolas en un 75 %, lo que significaría quitar una gran presión sobre el medioambiente justamente en un momento en el que estamos empezando a ver los efectos catastróficos del cambio climático.

Uno de los efectos más preocupantes de la actual estructura de producción de carne es su impacto en los países de ingresos bajos y medios. A medida que la demanda de carne ha crecido en los países de ingresos altos, muchos países en desarrollo han destinado crecientes extensiones de tierra para la producción de ganado y la exportación de carne en lugar de priorizar la producción de cultivos para el consumo local. Este modelo agroexportador genera una serie de consecuencias negativas. Quiero resaltar aquí tres:

1) Encarece los alimentos básicos: debido a la competencia con la industria ganadera, los cultivos de granos y vegetales destinados a la alimentación humana se vuelven más caros, afectando especialmente a las comunidades más vulnerables. La creciente demanda de carne en los países de ingresos altos —así como en países que han prosperado económicamente en los últimos decenios—[1] ha generado una presión sin precedentes sobre los cultivos agrícolas; esto ha llevado a un aumento de precios en productos esenciales como el maíz, el trigo y la soya, afectando principalmente a las comunidades más vulnerables en los países de ingresos bajos y medios. Se estima que el 77 % de los cultivos de soya y el 36 % del maíz producidos en el mundo se destinan a la alimentación animal, en lugar de ser utilizados para consumo humano directo.

Uno de los ejemplos más claros de cómo la demanda de carne afecta los precios de los alimentos ocurrió durante la crisis alimentaria mundial de 2007-2008, en la que los precios de alimentos básicos como el arroz, el maíz y el trigo aumentaron drásticamente, provocando disturbios y protestas en más de treinta países. Uno de los factores que contribuyeron a esta crisis fue el aumento de la demanda de carne en países como China e India —lo que muestra que los países tienden a consumir más carne mientras más prósperos son—, lo que llevó a una mayor demanda de granos para la alimentación animal (demanda que continúa hasta nuestros días). La crisis tuvo un impacto devastador en países como Haití, Indonesia, Bangladesh, Tailandia, Etiopía, Somalia, Eritrea y Sudán del Sur, donde el aumento en los precios de los alimentos básicos hizo que millones de personas no pudieran acceder a una nutrición adecuada. Así, mientras la gente en los países ricos —pero también en las llamadas economías emergentes, países que han mejorado el nivel de vida de su población tras la globalización— incrementa su consumo de carne, la gente en los países pobres ve cómo sus alimentos básicos se encarecen.

2) El modelo actual de producción de alimentos incrementa la deforestación y, por consiguiente, la crisis ecológica. Para satisfacer la creciente demanda de carne, muchas regiones del mundo han experimentado una drástica expansión de la frontera agropecuaria. Se estima que cada año se destruyen alrededor de 13 millones de hectáreas de bosques y selvas, en su mayoría en países de ingresos bajos y medios (como Brasil, Indonesia, Honduras, Nigeria, Filipinas, Congo, Angola y los países centroamericanos, que tienen los niveles más altos de deforestación en el mundo; México ocupa el tercer lugar en el mundo en deforestación, según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO)). Tengamos presente que quienes deforestan las selvas y las convierten en campos de cultivo o de pastoreo son sólo parte superficial del problema: en el fondo se encuentra la demanda de los consumidores de carne —de algún modo podríamos decir que literalmente son ellos quienes se están comiendo el Amazonas—.

La deforestación no sólo contribuye al cambio climático mediante la liberación de grandes cantidades de CO₂, sino que también amenaza la biodiversidad y desplaza a comunidades indígenas y campesinas. La deforestación y la migración están relacionadas entre sí, ya que la deforestación muchas veces obliga a las personas a migrar, lo que se conoce como migración ambiental: la pérdida masiva de bosques afecta directamente las condiciones de vida de las comunidades locales, empujando a muchas personas a desplazarse en busca de nuevas oportunidades o condiciones de vida más estables. La deforestación contribuye al cambio climático, a la degradación del suelo, a la desertificación y a la pérdida de medios de subsistencia, lo que a su vez genera flujos migratorios tanto internos como transfronterizos. (No quiero dejar de señalar que un efecto secundario de esto es la gran cantidad de asesinatos de defensores del medioambiente que, según datos de Global Witness de 2024, son de más o menos los mismos países que más deforestan.)

3) El actual modelo de producción agropecuaria fomenta la pérdida de soberanía alimentaria. La dependencia de la producción ganadera para la exportación limita la capacidad de muchos países de diseñar políticas agrícolas que prioricen la seguridad alimentaria de su propia población. En lugar de fomentar sistemas agrícolas diversificados y sostenibles, las economías locales quedan subordinadas a las demandas del mercado global.

Desde una perspectiva ética y práctica, el vegetarianismo ambiental, cuyas bases planteó Lappé hace más de cincuenta años, propone una alternativa a la estructura actual de producción de alimentos: trata de evitar el impacto negativo que tiene la producción de carne y otros productos de origen animal y busca crear una dieta sostenible (y también, por qué no, socialmente responsable). Si una mayor proporción de la población mundial adoptara dietas basadas en plantas, se liberarían enormes cantidades de tierra, agua y cereales, permitiendo una redistribución más equitativa de los recursos —con lo cual también se quitaría presión sobre el medioambiente y se ayudaría a combatir el cambio climático—. Esto no significa que el vegetarianismo sea una solución automática al hambre mundial, ya que este problema tiene raíces estructurales más profundas, como la pobreza, la especulación con los alimentos y las políticas comerciales desiguales. Sin embargo, la reducción de la demanda de productos de origen animal podría contribuir a aliviar las presiones sobre los sistemas alimentarios y facilitar una distribución más justa de los recursos.

Para enfrentar el problema del hambre desde una perspectiva de justicia distributiva —es decir, desde una perspectiva que distribuya equitativamente los bienes y recursos en una sociedad—, es necesario un replanteamiento de los sistemas de producción y consumo de alimentos. Algunas estrategias que se deberían de considerar incluyen:

  • La transición a modelos agrícolas más sostenibles: la agroecología y la diversificación de cultivos pueden reducir la dependencia de los monocultivos destinados a la ganadería —que a su vez requieren grandes cantidades de pesticidas y herbicidas, como el glifosato, que la Organización Mundial de la Salud considera como probablemente cancerígeno— y fortalecer la seguridad alimentaria de las comunidades.
  • Una política de redistribución de recursos, que apoye la inversión en la producción de alimentos para consumo local en lugar de favorecer la exportación de carne y productos de origen animal.
  • Una reducción del desperdicio de alimentos: aproximadamente un tercio de los alimentos producidos a nivel mundial se desperdicia, lo que agrava la crisis alimentaria. Programas para reducir el desperdicio podrían mejorar la disponibilidad de alimentos.
  • Fomentar una mayor conciencia sobre los efectos del consumo de carne: promover dietas con menor impacto ambiental puede facilitar una transición justa en la alimentación global.

La producción de carne y productos de origen animal no sólo es un sistema ineficiente en términos de conversión de calorías y proteínas, sino que también profundiza las desigualdades en la distribución de los alimentos, encarece los cultivos básicos y contribuye a la degradación ambiental y, por consiguiente, al cambio climático. Si bien el hambre en el mundo es un problema complejo con múltiples causas, la reducción de la demanda de carne y la transición hacia un modelo alimentario más equitativo y sostenible podrían jugar un papel fundamental en la lucha contra la inseguridad alimentaria. Un enfoque basado en la justicia distributiva nos invita a cuestionar las estructuras económicas que perpetúan el hambre y a buscar alternativas más éticas y sostenibles para la alimentación global.

Gustavo Ortiz Millán

Investigador del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la Universidad Nacional Autónoma de México y miembro del Colegio de Bioética.

[1]El consumo mundial de carne se ha cuadriplicado desde 1961 en términos absolutos y per cápita. En algunos países de ingreso alto el consumo per cápita está muy por arriba de las recomendaciones de agencias de salud, por ejemplo, actualmente en EUA y Australia se consumen unos 120 kg per cápita al año, cuando las recomendaciones nutricionales son que se consuman 300 gr por semana —es decir, casi 16 kg al año—. La gente come en un día más que la cantidad de carne que debería comer en una semana.