Charles Darwin publicó su famosa obra El origen de las especies por medio de la selección natural o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida en 1859. Lo pensó mucho antes de hacerlo por las implicaciones que tendría para los devotos creyentes en una creación divina e inmutable de todo lo viviente, entre ellos su esposa Emma. Cuando sus colegas en la Royal Society se enteraron de que Alfred Russell Wallace había llegado a las mismas conclusiones que Darwin sobre la evolución de los seres vivos, lo presionaron para que adelantara la publicación de aquel tratado que cambiaría la historia de la biología.

Doce años después, se atrevió a publicar un libro más breve para ampliar lo que ya había esbozado en su obra principal y que más temía dar a conocer. Se trató de El origen del hombre y la selección en relación al sexo (1871). Una cosa era hablar sobre la evolución de los animales no humanos y otra muy distinta era extrapolar esa idea al propio ser humano, la cúspide de la creación llevada a cabo por Dios.

Ilustración: Oldemar González

En este segundo libro expuso ideas verdaderamente inquietantes, sobre todo para la sociedad victoriana de la época. En la sección titulada Sobre el lugar de nacimiento y la antigüedad del hombre, Darwin señalaba lo siguiente:

En cada región del mundo los mamíferos vivos están estrechamente relacionados con las especies extintas de esa misma región. Es por tanto probable que África fuese habitada con anterioridad por simios extintos cercanos al gorila y al chimpancé y dado que estas dos especies son muy cercanas al ser humano, lo más probable es que nuestros remotos antepasados hayan vivido en África en lugar de cualquier otro continente.

Imagino cómo se deben haber sentido los aristócratas ingleses, tan pagados de sí mismos (como lo son las élites de la mayor parte de los países del mundo), al enterarse de su posible origen africano.

Unas páginas antes, Darwin establece comparaciones entre las facultades mentales del ser humano y las de los que él denomina animales inferiores:

El tema de este capítulo es mostrar que no existen diferencias fundamentales entre las facultades mentales del hombre y las de los mamíferos superiores […] No hay duda de que la diferencia entre la mente del ser humano más primitivo y el más elevado de los animales es inmensa […] Sin embargo, la diferencia mental entre el hombre y el animal superior, siendo grande, es realmente de grado, no de tipo.

Durante muchos años existieron dos escuelas de pensamiento que dominaron la visión de biología sobre los animales: la que los consideraba máquinas que responden a estímulos para recibir una recompensa o evitar un castigo y la que pensaba que son autómatas cuya supervivencia está programada en sus genes. Ambas concepciones coinciden en considerar a los animales como simples mecanismos. Es lo que el gran biólogo evolutivo Ernst Mayr llamó la visión cartesiana de los animales como autómatas estúpidos.

Sin embargo, en las últimas décadas estas ideas han cambiado radicalmente. Gracias a los avances de las neurociencias y los estudios de la conducta animal, la comunidad científica —otra cosa puede ser el público en general— admite que muchos animales tienen conciencia, sueñan, son capaces de sufrir a través de mecanismos neurofisiológicos similares a los de los seres humanos, albergan sentimientos y tienen grados diversos de inteligencia. Y no sólo los animales más parecidos a nosotros, sino otros tan distantes como los pulpos.

Uno de los científicos que más ha contribuido a esta visión que ahora tenemos de los animales fue sin duda alguna Frans de Waal, primatólogo y etólogo neerlandés de fama internacional, que supo combinar con gran acierto sus investigaciones con una destacada labor como divulgador científico a través de conferencias impartidas en todo el mundo (también en México, como nos lo acaba de recordar Paulina Rivero Weber) y, sobre todo, a través de libros dirigidos al público en general, con títulos tan sugestivos como El mono que llevamos dentro. ¿Hemos heredado de nuestros ancestros algo más que al ansia de poder y una violenta territorialidad? (2005), La edad de la empatía. ¿Somos altruistas por naturaleza? (2009), El bonobo y los diez mandamientos. En busca de la ética entre los primates (2014), ¿Tenemos suficiente inteligencia para entender la inteligencia de los animales? (2016), El último abrazo. Las emociones de los animales y lo que nos cuentan de nosotros (2019) y Diferentes. Lo que los primates nos enseñan sobre el género (2022).

Sobre este cambio que hemos experimentado en relación a lo que pensamos de los animales, Frans de Waal afirmaba:

Pero los tiempos están cambiando. En las últimas décadas hemos asistido a una avalancha de conocimiento, difundido rápidamente por internet. Casi todas las semanas hay un nuevo hallazgo relativo a algún aspecto sofisticado de la cognición animal, a menudo respaldado con videos persuasivos. Oímos que las ratas pueden arrepentirse de sus decisiones, que los cuervos construyen herramientas, que los pulpos reconocen las caras humanas, o que neuronas especiales permiten a los monos aprender de los errores ajenos. Hablamos abiertamente de cultura en animales, o de su empatía y amistades. Nada queda ya fuera del alcance de los animales, ni siquiera la racionalidad, que hasta ahora ha sido el sello de la humanidad.

La primatología y la etología han sido cultivadas por grandes estudiosos de los que muchos hemos oído hablar. Tal es el caso de Jane Goodall y los chimpancés o Dian Fossey y los gorilas. El gran acierto de Frans de Waal fue estudiar, además de los chimpancés (Pan troglodytes), a los bonobos (Pan paniscus), simios que por años se consideraron erróneamente chimpancés pigmeos, cuando en realidad constituyen una especie distinta. En sus propias palabras:

Tenemos una gran suerte de disponer de dos parientes primates cercanos para estudiarlos, y son tan diferentes como la noche y el día. Uno [el chimpancé] tiene modales bruscos y un carácter ambicioso y manipulador; el otro [el bonobo] propone un modo de vida igualitario y libre […] He sido testigo de suficiente derramamiento de sangre entre los chimpancés como para convenir que tienen una vena violenta. Pero no deberíamos de dejar de lado a nuestro otro pariente cercano, el bonobo, no descubierto hasta el siglo XX. Los bonobos son unos animales tranquilos con buen apetito sexual. Pacíficos por naturaleza, contradicen la idea de que el nuestro es un linaje sangriento.

Esta última reflexión debería llamar nuestra atención en estos momentos, cuando parece que el ser humano está cíclicamente condenado a masacrar a sus semejantes y a destruir su propio hogar en aras del progreso material que esconde la concentración de los bienes en manos de una ofensiva minoría. Insufla un poco de aire fresco en el enrarecido ambiente bélico y apocalíptico que nos sofoca en este instante tan oscuro de nuestra historia.

Por todo lo anterior, me atrevería a decir que la gran aportación de Frans de Waal, además de sus investigaciones con los chimpancés, fue el estudio de la conducta de los bonobos. Como señalamos más arriba, estos primates, que habían llegado a Bélgica como parte del brutal y sangriento expolio colonial que patrocinó el rey Leopoldo II en el Congo, fueron considerados chimpancés hasta bien entrado el siglo XX. Nos dice de Waal que esa confusión empezó a aclararse hacia 1929 en un museo belga:

Cuando un anatomista alemán desempolvó un cráneo pequeño y redondeado, etiquetado como un chimpancé joven, que reconoció como perteneciente a un adulto de cabeza inusualmente pequeña. Enseguida anunció que había descubierto una nueva subespecie […] Ahora nos resulta inimaginable que las dos especies del género Pan se tomaran por la misma en el pasado.

Los bonobos no sólo difieren de los chimpancés en el tamaño y otras características anatómicas como el tener las piernas más largas de todos los antropoides, sino, sobre todo, por su conducta individual y social, donde las diferencias con los chimpancés son todavía más marcadas. Las sociedades los bonobos son matriarcales y como individuos podríamos decir que son mucho más sensibles y empáticos que los chimpancés. Frans de Waal se expresa así de ellos:

Aprecio a los bonobos precisamente porque su contraste con los chimpancés enriquece nuestra visión de la evolución humana. Nos muestran que nuestro linaje no viene marcado sólo por la dominancia masculina y la xenofobia, sino también por el anhelo de armonía y la sensibilidad hacia los otros. Puesto que la evolución procede a través de los linajes masculino y femenino, no hay razón para medir el progreso humano sólo por el número de batallas ganadas por nuestros varones contra otros homininos. La atención al lado femenino de la historia no haría ningún mal, como tampoco la atención al sexo. Por lo que sabemos, no conquistamos a otros grupos, sino que los hicimos desaparecer haciendo el amor más que la guerra. La humanidad moderna porta genes neandertales, y no me sorprendería que fuésemos portadores de genes de otros homininos. Desde esta perspectiva, el comportamiento del bonobo no parece tan extraño.

Son grandes las lecciones podemos obtener del conocimiento cercano de nuestros parientes biológicos más cercanos. Bien dice de Waal que somos afortunados al contar con los chimpancés y los bonobos, cuyo comportamiento nos revela aspectos intrigantes de nuestra contradictoria condición humana.

El conocimiento creciente y la aceptación de la vida mental, tanto afectiva como racional, de los animales en general y de los primates en particular es un gran paso en aquel sentido socrático del “conócete a ti mismo” y, a la vez, nos abre a la comprensión de nuestro verdadero lugar en la naturaleza y nos inspira un profundo respeto hacia los animales no humanos.

Esa es la deuda que hemos contraído hacia personas como Frans de Waal, que falleció el pasado 14 de marzo de 2024 a causa de un cáncer gástrico.

Te vamos a extrañar, “Frans de los monos”.

 

Luis Muñoz Fernández
Médico cirujano especialista en anatomía patológica. Miembro del Colegio de Bioética, A. C.

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Publicado en: Ética hacia los animales