Parecería que quienes defienden a los animales y quienes defienden el medioambiente tienen objetivos en común. Sin embargo, esto no necesariamente es así. Existe una tensión entre las éticas concernientes a nuestro trato hacia los animales —éticas zoocéntricas— y las que se preocupan por nuestra relación con el medioambiente —éticas ecocéntricas—. Esto parecería contraintuitivo, pero si analizamos más de cerca ambas propuestas entenderemos por qué.

Las propuestas respecto a nuestro trato hacia los animales no humanos (porque los animales humanos también pertenecemos al grupo biológico de los animales) se enfocan en construir una argumentación que reconozca que ciertas capacidades relevantes en lo moral no son exclusivas de los humanos. Capacidades como la sensibilidad, la posesión de emociones y sentimientos, sistemas de comunicación e incluso conciencia ya le son reconocidas a muchos grupos animales no humanos. Así, a los individuos que posean alguna de estas características les será reconocido valor moral, que no otorgamos a los objetos inanimados o incluso a seres vivos que no poseen vida mental, como los organismos sin ningún rastro de tejido nervioso, como son plantas, hongos y organismos pertenecientes a otros reinos biológicos diferentes a los animales. Desde esta perspectiva tampoco le otorgaremos ese valor moral a elementos abióticos, como el suelo, el agua y el aire, aunque sin ellos no sería posible que existieran estos seres vivos.
Por otro lado, las propuestas de consideración moral hacia los ecosistemas operan bajo criterios diferentes. Para las teorías ecocéntricas, cada uno de los individuos que conforma un ecosistema —animales, pero también plantas, hongos o miembros de los otros reinos biológicos— es importante en sí mismo, pues son seres con vida que van desplegando su potencial a cada momento de su desarrollo hasta haber cumplido con su ciclo de vida y dejar su descendencia en el mundo para que esto continúe. Sin embargo, existe un valor prioritario, que radica en la interacción de cada uno de los organismos con los otros. Pensemos en cualquier ecosistema —bosques, desiertos, manglares o tundras— y veremos que los seres vivos de cada uno de estos hábitats están estrechamente relacionados por cadenas tróficas (productores, consumidores y descomponedores) e interacciones ecológicas (depredación, parasitismo, mutualismo, etcétera). Tienen una función y su valor es también instrumental.
Ahora, el animalismo y el ambientalismo pueden colisionar en situaciones en las que entran en conflicto los intereses de ambos lados. Desde la preocupación animalista, los individuos sintientes deberán de ser protegidos a toda costa, incluso si para ello hay que priorizarlos sobre especies que no sean sintientes. Por otro lado, la protección del ambiente a veces podría considerar erradicar ciertas poblaciones animales que puedan comprometer el estado del ecosistema.
Un ejemplo dejará más clara la situación. El Proyecto de Restauración Ecológica de Floreana busca restaurar el ecosistema de la Isla Floreana, en las Islas Galápagos de Ecuador, sitio que visitó Charles Darwin entre 1831 y 1836 por su viaje en el HMS Beagle. Floreana es importante y se eligió porque alberga, según la IUCN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, por sus siglas en inglés), 54 especies endémicas amenazadas y permitirá reintroducir doce especies emblemáticas, entre ellas la tortuga gigante (Chelonoidis niger) y varias especies de pinzones. El problema es que a ella han llegado tanto de forma inintencionada como deliberada ratas, perros y gatos, especies exóticas que han afectado de forma ecológica la fauna local, pues arrasan especialmente con las crías de los animales nativos por su estado de indefensión, y de forma económica los cultivos de las personas que viven ahí. Así, para poner en marcha el Proyecto se planeó colocar estratégicamente cebos envenenados para matar a los animales pertenecientes a las especies exóticas y así erradicarlas. Meses después del arranque del Proyecto, se han reportado resultados positivos. La densidad de las especies exóticas ha decrecido considerablemente y esto ha permitido que las poblaciones de las especies nativas se recuperen.
El caso de Floreana ilustra la colisión de las preocupaciones ambientalistas y animalistas. Por un lado, sabemos que el hábitat de las Islas Galápagos alberga una biodiversidad única en su tipo donde están en interrelación multitud de individuos ecológicamente valiosos que merecen ser protegidos, pero, por el otro, nos encontramos que para restaurar el ecosistema se deben de tomar medidas que implican exterminar ciertos individuos sintientes a través de medios dolorosos. Aunque el Proyecto tenga buenas razones ecológicas de ser y goce de aceptación social, legal y política, es desafortunado que los descendientes de especies llevadas hasta ahí (se tiene registro de que las primeras especies exóticas llegaron con piratas en 1684) ahora sean un inconveniente y se busque eliminarlas. Además, hay que considerar que, por la complejidad del proyecto, animales que no son el blanco han muerto en el proceso, pues no se puede controlar el acceso a los cebos que tengan los animales silvestres y los animales domesticados que no estén bajo supervisión. Entonces, ¿cómo habría que actuar? ¿Se prioriza la restauración y preservación del hábitat o el bienestar de los animales exóticos que ahora se encuentran ahí?
Resulta que las preocupaciones ambientales obedecen criterios holistas, pues consideran que la suma e interrelación y descendencia de individuos como especies y poblaciones es donde radica lo realmente valioso. Pese a que cualquier organismo sea importante y tenga un papel ecológico en su hábitat natural, lo verdaderamente importante será la conservación del flujo de información genética a través de las relaciones ancestro-descendiente y en las interacciones que tengan lugar en los ecosistemas de forma inter (entre la misma especie) e intraespecíficas (entre diferentes especies). Mientras que los animalistas encuentran que capacidades como la sintiencia son lo que le dan la importancia moral a cualquier individuo, su enfoque es individualista, no holista. Si un organismo no es capaz de experimentar dolor, sufrimiento, placer o cualquier estado subjetivo, entonces no habrá nada incorrecto, en sí mismo, en el trato que les demos; una roca o un árbol no sienten y no debería de preocuparnos el trato que les podamos dar, a menos de que tengan un valor indirecto hacia otro individuo que sí sea sintiente.
Sin embargo, a pesar de que sus diferencias pueden parecer en muchos casos irreconciliables, también hay puntos en común. Por ejemplo, Lisa Kemmerer ha señalado que ambas luchas están encaminadas a combatir a los mismos enemigos: el capitalismo y el antropocentrismo. El antropocentrismo es la idea de que los humanos somos el centro del universo y tenemos el derecho de dominar y explotar el medioambiente y otras especies para sus propios fines. El capitalismo, por su parte, fomenta la extracción masiva de recursos naturales y la explotación de animales para la producción de bienes y servicios, priorizando el crecimiento económico y las ganancias sobre la sostenibilidad ecológica y el bienestar animal. La interconexión entre el animalismo y el ambientalismo se encuentra en su crítica común hacia el antropocentrismo y el capitalismo, ya que ambos sistemas tienden a priorizar los intereses humanos y económicos por encima del bienestar del medio ambiente y de los animales. Estos movimientos comparten una perspectiva que los lleva a enfrentar estructuras que promueven la explotación de la naturaleza y los animales para beneficio humano. Antropocentrismo y capitalismo justifican la explotación y la jerarquización de la vida no humana, exacerbando los problemas de destrucción ambiental y sufrimiento animal. A pesar de sus divergentes puntos de vista, en su combate a estos enemigos las dos causas están unidas.
Ricardo Vega Ángeles
Profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM
Gustavo Ortiz Millán
Investigador del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM y miembro del Colegio de Bioética