El paradigma de la obesidad desde una perspectiva bioética

Crédito: Guillermo Préstegui

Existe una pandemia más mortífera que el covid-19. Se trata de la obesidad y el sobrepeso. En 2020, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), esta enfermedad mató a 41 millones de personas en todo el mundo. En 2022, una de cada ocho personas en el mundo era obesa. En México, 36.9 % de personas adultas vive con esa condición, y en 2030 podría llegar a 45 %, según el Instituto Nacional de Salud Pública (INSP). ¿Tenemos alguna oportunidad de revertir la pandemia de obesidad?

¿Qué se entiende por obesidad y sobrepeso?

“El sobrepeso y la obesidad son la consecuencia de un desequilibrio entre la ingesta calórica (alimentación) y el gasto calórico (actividad física)”, menciona la OMS en su portal. Esta definición encaja a la perfección con el paradigma actual para entender la pandemia por obesidad; en otras palabras, esta enfermedad se debe a que ingerimos más calorías de las que gastamos. Esta definición está sujeta con firmeza en el imaginario social y en las políticas públicas que intentan revertir el problema de salud pública.

“Resta kilos, suma vida” es un ejemplo de campaña mexicana que se inserta en el paradigma para contrarrestar la obesidad, es decir, basta con disminuir la cantidad de calorías que se comen, a la par que se aumentan las calorías que se “queman”. En síntesis, comer menos (y mejor) y hacer más ejercicio. Parece lógico y fácil de entender. Sin embargo, esta manera de entender la obesidad es incompleta ya que ignora que una caloría no es la misma caloría para las distintas biomoléculas que ingerimos (proceso conocido como “termogénesis inducida por dieta”). Por ejemplo, si una persona come 2000 kilocalorías (kcal) al día, pero difieren en la proporción de carbohidratos, lípidos (grasas) y de proteínas, al final restarán menos de las 2000 kcal, ya que la energía se disipa en el proceso metabólico. Por lo tanto, una “caloría no es una caloría” y el paradigma actual está inacabado, pues también deja de lado la parte hormonal del metabolismo (al cual volveremos más adelante).

¿Quién es el culpable de la pandemia?

Según el paradigma actual es sencillo encontrar al culpable de la pandemia de obesidad y sobrepeso: los individuos. Bajo esta óptica, sólo se necesita voluntad y constancia para bajar de peso. Por ende, si una persona es obesa es su culpa; así, es fácil etiquetar a las personas obesas y que la sociedad entera se desentienda del problema. Incluso hay países que proponen que los individuos con sobrepeso paguen más impuestos, o multarlos con un mayor porcentaje en servicios de viaje.

¿En verdad es así?, ¿sólo es culpa del individuo?, ¿existe evidencia científica que demuestre que las personas obesas son flojas, glotonas o carecen de voluntad? Parece ser que no, pues la psicología y el comportamiento dependen más de otros factores como la edad o el género.[1] Por ende, es poco bioético responsabilizar solamente al individuo que vive con sobrepeso, menos aún cuando no tiene los recursos económicos o tiene poco control sobre la calidad de alimentos que consume.

Si en verdad queremos detener la pandemia de obesidad, debemos comprender que la responsabilidad recae en la sociedad, los individuos, el Estado (que regula a la industria alimentaria) y los empresarios de esta industria. El deber debe ser compartido, sólo así podríamos evitar, entre otras cosas, que las personas se automediquen con productos milagro y pongan en peligro su salud.

El papel de las industrias y las hormonas

“El problema de la obesidad no es un problema de calorías; es un problema hormonal”.

—Gary Taubes, Why We Can Get Fat: And What to Do About It

Una mejor manera de entender la pandemia de obesidad debe considerar a las hormonas en el proceso metabólico. El balance hormonal (en lugar del energético) es un distinto modelo para entender y paliar de mejor manera a la obesidad.[2] En palabras de Salvador Camacho, la obesidad es “la consecuencia de perturbar la autorregulación de las hormonas relacionadas con la producción, acumulación y utilización de la grasa corporal. Esta perturbación es causada, normalmente, por la composición dietética independientemente de su contenido calórico”.[3]

La industria de los alimentos, apoyada en su gran mercadotecnia, provoca que mucho de lo que comemos desregule este proceso hormonal. Debido a sus procesos para modificar las características naturales de los alimentos o el uso de ingredientes que perturban el equilibrio hormonal, la industria alimentaria es parte del problema de sobrepeso a nivel mundial. Veamos más a detalle la desregulación hormonal debido a los alimentos procesados e industrializados.

Vivimos en un mundo con alta disponibilidad de alimentos con sabores modificados. Estos alimentos con sabores artificiales o prefabricados están correlacionados con el desarrollo de la epidemia de la obesidad. Esto debido a que afectan nuestra alimentación, nuestra elección de alimento y el desbalance hormonal. Mark Schatzker sintetiza algunos problemas de este tipo de alimentos, por ejemplo, en la dilución, en la falsa variedad en alimentos, engaño cognitivo y emocional, etc.[4]

Pero el caso más delicado es en el consumo de alimentos con alto índice glucémico. Siempre que comemos algún macronutriente se desata una secreción de insulina. Sin embargo, hay alimentos —llamados de alto índice glucémico— que producen una respuesta insulínica más prolongada. Tales alimentos son carbohidratos comunes en los alimentos ultraprocesados. La insulina es un componente clave que pone en marcha el proceso metabólico de los carbohidratos: puede pasar que produzcan energía inmediata o para acumular reservas futuras de energía. Grosso modo, si la insulina está activada se activaran los depósitos de grasa; si se encuentra inactiva, se almacenan las grasas.

Este proceso puede ser alterado por los carbohidratos de alto índice glucémico. Estos estimularán la producción de insulina y el aumento de acumulación de grasa. Es decir, está pérdida de regulación hormonal se debe al tipo de dieta, en lugar del contenido calórico de los alimentos. Por ejemplo, una persona puede consumir sólo 1200 kcal al día (las recomendadas son 2000 en el hombre y 1600 en la mujer), pero si los alimentos que consume generan una sobrerreacción de la insulina, el individuo puede entrar en un círculo vicioso. Es decir: si un individuo consume alimentos que produzcan más insulina tendrá una presencia constante de esta hormona; en consecuencia, la presencia de insulina en el cuerpo aumentará la capacidad de almacenar grasas.

Bajo la nueva propuesta de regulación hormonal, el Estado tendría que regular el uso de ingredientes que dañan este balance metabólico-hormonal. Al mismo tiempo, tendría que informar sobre los ingredientes que debería evitar el ciudadano para no alterar el proceso hormonal y la composición dietética que afecta la salud. Por consiguiente, la industria alimentaria tendría que informar y vigilar la formulación de sus productos, informando si sus productos tienen sabores modificados/manipulados y, sobre todo, cuáles son las consecuencias de consumir estos productos modificados. Tendría que compartir la responsabilidad con el individuo y el gobierno para vigilar y controlar el estado hormonal que perjudique el peso. No basta, como sucede con el paradigma actual, solamente avisar sobre el balance energético. Porque ya se ha visto que cuando la industria de los alimentos es señalada como fabricante de productos que producen obesidad, ésta sólo afirma que las personas son las que toman la decisión sobre qué comer o no, además de que es su responsabilidad balancear su ingesta.[5]

Conocer esto es de suma importancia, debido al papel preponderante que tiene la industria de los alimentos en nuestras sociedades y en nuestra forma de alimentarnos. Si en verdad queremos parar la pandemia de obesidad, es hora de agarrar al toro por los cuernos, mirar las causas y no sólo los efectos, responsabilizarnos como individuos y comenzar a pedir cuentas claras a los grupos de interés.

Probar nuevas cosas

Como sociedad debemos encontrar los caminos para convencer a políticos, empresarios e industriales acerca del complejo problema que es la actual pandemia de obesidad. Sus causas no son lineales o simples. Los conceptos clave no son cualquier bagatela, pues afectan nuestras percepciones, nuestras acciones. Llevamos más de cuarenta años insertados en un paradigma equivocado y éticamente reprobable. ¿No es momento de probar otra alternativa?

Iván de Jesús Arellano Palma
Maestro en Filosofía de la Ciencia (Comunicación de la ciencia) por la UNAM. Ha colaborado en distintos medios como la Revista ¿Cómo ves?,Cienciorama, la Revista Digital Universitaria (RDU), entre otros.

[1] Wansink, N., “Exploring comfort food preferences across age and gender”, Physiology & Behavior, 79 (4-5), 2003, pp. 739-747

[2] Camacho S. y Ruppel A., “Is the calorie concept a real solution to the obesity epidemic?”, Global Health Action, 10 (1), 2017

[3] Camacho S., Obesidad. El papel del balance calórico y hormonal en la epidemia del sobrepeso. FCE, 2022, pp. 125-126

[4] Schatzker, M., The Dorito Effect: The Surprising New Truth about Food and Flavor, Simon and Schuster, 2015

[5] No mencionó a las industrias del fitness o las farmacéuticas que también generan enormes ganancias debido al paradigma actual de la obesidad.

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Publicado en: Justicia social

Un comentario en “El paradigma de la obesidad desde una perspectiva bioética

  1. la humanidad y los poderosos tardaron hasta finales del siglo xx para darse cuenta que la mejor y más fácil manera de controlar a la gente es con mucha comida, no al revés, como había sido siempre.
    Nadie renunciara a continuar por ese camino

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