Discriminación genómica: eugenesia y disgenesia

Desde que en 1865 Mendel formulara su teoría de la herencia, surgieron las bases de la genética, que ha fascinado a los científicos de las ciencias biológicas. Los humanos han intentado cruzamientos dirigidos entre plantas y animales domésticos seleccionando la transmisión de ciertas características con fines de “mejoramiento genético”, que más adelante se llamaría eugenesia. Así, se desarrollaron técnicas para inseminación artificial y fecundación in vitro, en donde se podía seleccionar a los gametos, lo que permitió elegir entre otras cosas, el sexo del o los descendientes. Con el avance de la tecnología se logró la clonación de animales vertebrados; la primera que se informó fue a partir del óvulo de una rana (1952), posteriormente se hizo en ratones, aunque la que causó revuelo mundial fue la de la oveja Dolly (1996), tal vez por tratarse de un mamífero como nosotros. Cuando Boyer y Cohen lograron insertar ADN de una bacteria en otra (1973), inició formalmente la ingeniería genética. Otro hito fue la decodificación o secuenciación del genoma humano (2003). Todo lo anterior ha permitido intervenir en el código genético de los individuos y tener acceso a lo más profundo de su privacidad, y a pesar de que estos conocimientos nos confirmaron que estábamos emparentados en grados muy cercanos con los demás animales, los avances fueron tan rápidos y causaron tal entusiasmo que, en ocasiones, la reflexión bioética no fue a la par de estos sucesos. Surgieron preguntas acerca de quién podría tener acceso a conocer el genoma de otros, o si era propiedad privada y exclusiva de cada humano, pero con los animales no humanos estos avances tecnocientíficos han sido aplicados de manera totalmente diferente, sin cuestionamientos, ni restricción alguna. ¿Por qué esta diferencia en la consideración de sus genomas y los nuestros? ¿Es lógica y racional? ¿Es ética? Mi respuesta es que no, ya que responde a una actitud especista1 y excluyente de nuestra parte, en donde los humanos consideramos que ellos no son valiosos en sí mismos, sino sólo en función de la utilidad que nos brindan o del provecho que de ellos podamos obtener, sea económico, alimentario, para obtener conocimientos, bienes o servicios, con fines de diversión, etc.

Ilustración: Estelí Meza

Pareciera que le asignamos al genoma humano un valor sagrado, quasi intocable, sino es bajo consentimiento del sujeto o con fines de eugenesia,2 es decir, para mejorarlo en su propio beneficio. Sin embargo, dicho término ha tenido connotaciones negativas porque remite a motivos racistas donde se piensa en la selección de características fenotípicas o de capacidades consideradas valiosas por una sociedad, o favorecedora del exterminio o de la no reproducción de los considerados como poco valiosos o que no cumplen con ciertos estándares. Volviendo a la reflexión bioética que nos pregunta: “¿Para qué hago determinada cosa?”, se puede defender que la eugenesia en humanos no busca crear personas superdotadas y superiores, lo que sería reprobable; sino que se refiere a evitar o a tratar enfermedades genéticas o asociadas a los genes, como la enfermedad de Huntington, así como emplear terapias génicas en pacientes con diversas enfermedades tales como las neurodegenerativas, la diabetes tipo II y algunas inmunodeficiencias,3 entre otras. Sin embargo, en los animales no humanos aplicamos la disgenesia, ya que el concepto de mejoramiento genético no selecciona características que los favorezcan a ellos, sino que se decide en favor de nuestra conveniencia, cosificándolos y manipulándolos sin tomarlos en cuenta, modificando sus cuerpos y sus genes para que desarrollen mayor masa muscular (aunque como efecto colateral puedan padecer hipoxemia), para que produzcan mayor cantidad de leche (aunque sus glándulas mamarias sean más susceptibles de mastitis o traumatismos), para que puedan parir mayor cantidad de crías, etc. O en el caso de las razas de perros4 producto de una dura presión de selección genética conducida, y cuyas características, que los hacen parecer ya sea más tiernos o más fieros, los perjudican. Debido a la consanguinidad pueden padecer displasia de la cadera o presentar diferentes neoplasias; la forma de sus cuerpos, por ejemplo, en los acondroplásicos (basset hound, bulldog) y braquicéfalos (pug, bóxer, Boston terrier), su nariz chata, su estrecha faringe y sus ojos saltones repercuten negativamente en su salud y por ende, en sus niveles de bienestar. Se han creado razas de gatos sin pelo, y cerdos y caballos “miniatura”, como si fuesen juguetes o muebles mandados a hacer, sin que esto represente alguna ventaja para ellos. Afortunadamente, en algunos países como Holanda y Noruega la reproducción de estas razas con características extremas ha sido prohibida por las afectaciones que les causan.

En los animales destinados a la investigación la disgenesia ha llegado más lejos, creando individuos genéticamente modificados para que nazcan con las alteraciones presentes en enfermedades que ellos no padecerían en forma natural pero que afectan a nuestra especie, y entonces, para no inducirles el padecimiento, se provoca que nazcan enfermos y alterados; sólo que en lugar de llamarlos disgenésicos, por eufemismo preferimos decirles “genéticamente modificados”, pudiendo comprarlos por catálogo. Por otro lado, no todas las crías de animales que resultan de las selecciones genéticas ni de las modificaciones mediante ingeniería genética resultan exitosas, por lo que muchos tienen que ser matados y eliminados, lo que casi nunca nos detenemos a pensar. Recientemente, en China han sido clonados varios primates (monos rhesus y macacos); la Real Sociedad para la Prevención de la Crueldad contra los Animales del Reino Unido,dijo que tiene “serias preocupaciones éticas y de bienestar en torno a la aplicación de la tecnología de clonación a los animales, ya que hay altas tasas de fracaso y mortalidad”.5

Estamos frente a un dilema ético de doble moral: podríamos justificar la manipulación del genoma de animales sintientes con nobles fines como el beneficio de la salud de nuestra especie, pero ¿a costa del sufrimiento y las vidas de otros que sólo son tomados como instrumentos y que no sólo no recibirán beneficio alguno, sino que serán sometidos a dolor y muerte? ¿Es válido desde el punto de vista bioético alcanzar un bien a costa de causar daño a otros? Si la respuesta es sí, entonces estamos plantados en un antropocentrismo duro y dominador, donde el fin justifica los medios, y apoyados en la creencia de que “el humano es imagen y semejanza de dios” y tiene permiso divino para dominar sobre los demás animales. ¿No se parecen a los argumentos religiosos más que al producto de un pensamiento laico y científico?

 

Beatriz Vanda Cantón
Médico veterinario zootecnista, doctora en Bioética. Académica en la UNAM, miembro del Colegio de Bioética.


1 Singer, P. Liberación Animal, Valladolid, Trotta. 1999, p. 45.

2 Villela, F. y Linares, J.E., “Eugenesia. Un análisis histórico y una posible propuesta”, Acta Bioethica, 17(2), 2011, pp. 189-197

3 Nienhuis, A.W. “Development of gene therapy for blood disorders: an update” 122 (9),  Blood 2013, pp.1556–1564

4 Ortiz-Millán, G., “En contra del pedigrí: la ética de la selección artificial en perros”, Instituto de Investigaciones Filosóficas, UNAM. III Coloquio del Seminario de Estudios Críticos Animales, CDMX, septiembre de 2021.

5 Hunt, C. “New cloned monkey species highlights limits of cloning”, CNN, 16 de enero de 2024

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Publicado en: Ética hacia los animales

6 comentarios en “Discriminación genómica: eugenesia y disgenesia

  1. Hwang Woo Suk, es un tecnocientífico quien trabajaba en los aspectos de eugenésicos que la Dra. Vanda describe en su excelente escrito. Hace 20 años desarrolló técnicas que derivaron en la publicación de la supuesta clonación de embriones humano (https://www.science.org/doi/abs/10.1126/science.1094515 ). Sin embargo el Sr. Hwang adolecía de una estructura moral íntegra y apretada; digamos que la bioética le quedaba un poco guanga, floja u holgada (como dice el diccionario: https://dem.colmex.mx/Ver/guango ). Resalto la ironía del apellido de Hwang con lo guango de sus principios.
    Si bien la supuesta clonación (humana) generó más que inquietud internacional, su artículo fue retractado por cuestiones de integridad científica relacionadas con la fabricación de datos (en otras palabras, mintió: https://www.science.org/doi/10.1126/science.1124926 ).
    Uno pensaría que el descrédito de una retractación tan fuerte en una revista del nivel de Science hubiese sido suficiente para enviar al ostracismo al éticamente guango, pero no. Si bien perdió su puesto de profesor en la Universidad de Seúl, el mercado lo ha premiado con los recursos suficientes para montar un laboratorio-empresa (“PerPETuate”, un infortunado juego de palabras entre ‘perpetuar’ y ‘pet’ o mascota en inglés: https://www.vanityfair.com/style/2018/08/dog-cloning-animal-sooam-hwang ). Sus hazañas han sido aprovechadas por ricos y poderosos de todo el mundo, como el Sr. Milei (ahora presidente de Argentina: https://expansion.mx/mundo/2023/10/22/los-perros-clonados-de-javier-milei ). Y la familia real de algún emirato árabe envió tejido testicular de su camello triunfador Mabrokan, criopreservado por ocho años, al laboratorio-empresa del guango quien logró someterlo a ‘resurrección’, como inopinadamente titularon el artículo ‘científico’ que publicaron al respecto (https://www.mdpi.com/2076-2615/11/9/2691 ).
    El escrito de la Dra. Vanda es un llamado de atención. Podemos discutir si apretar o soltar los argumentos sobre la clonación de animales no humanos (u otras formas de eugenésicas). Ahora hablan de clonar especies extintas como el lobo etíope o el mamut peludo y otras especies de las que se ha recuperado tejido con ADN viable). Yo no sé si generar más Mabrokanes es apropiado o no (concuerdo con Betty en su negativa). Lo que sí sé es que no queremos más Kabromanes como Hwang quienes siempre muestran tener guangas sus actitudes bioéticas pero nunca sus bolsas que se expanden con el dinero de ricopoderosos que no entienden lo que están haciendo.

  2. Quizá habría que considerar la Exhortación apostólica «Laudate Deum » y la Enciclica «Laudato Si». La afirmación bíblica «imagen y semejanza de dios», significa que los humanos somos fines en sí mismos y no un medio para un fin; la afirmación «someter a la naturaliza» significa cuidarla y administrarla y colaborar en la creación, pero el dueño sigue siendo Dios. En el Antiguo testamento la naturaleza no es divina, como para griegos y romanos, pero si tiene una dignidad especial al ser creación de Dios; los seres vivos también son hijos de Dios y tienen sus propias leyes y procesos que los humanos debemos respetar. En algunas partes del Antiguo testamento se llega a decir que el hombre es insignificante comparado con la creación; el vérttice del mundo es Dios.

    Con el humanismo renacentista los humanos nos convertimos en el vértice, y al progresar el desencantamiento del mundo nos vimos sin interlocutores. La naturaleza perdió su significado y a merced de los fines que los humanos le impongamos usando las ciencias y la técnica.

    En el cristianismo se hace énfasis en que el fuerte no debe oprimir al débil e indefenso; el débil no sólo es otro humano, sino también animales o plantas. En el mundo actual se hace énfasis en que el débil debe fortalecerse para que pueda luchar por su lugar en el mundo.

    Me parece que muchas de la cosas que decimos hacer por el bien de los animales, como castrarlos, en realidad lo hacemos por el nuestro.

  3. Enrique muchas gracias por tu comentario, y en gran parte concuerdo contigo. Incluso desde una hermenéutica «verde» no antropocéntrica, los relatos de la Creación ven en el humano la figura de guardián o cuidador del Jardín del Eden y sus criaturas. Y qué el pecado original fue que la criatura humana quiso sentirse como Dios

    1. Dependiendo de la versión que uno lea, el Génesis establece que, palabras más, palabras menos, Yahvé, al ver su creación (que incluyen la tierra, los mares, las plantas, los animales, etc.), dijo a los humanos: “…fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves del cielo, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.” De esta frase resalto la indicación u orden de ‘sojuzgadla’ y ‘señoreadla’. ‘Sojuzgar’, según la RAE, significa sujetar o dominar con violencia algo o alguien. Por su parte ‘señorear’ recalca la idea ya que habla de “dominar o mandar en algo como dueño de ello”.
      De lo anterior salen ideas comole de ‘someter’ a la naturaleza (en otras palabras, del diccionario, “sujetar, humillar, dominar, subyugar, avasallar, doblegar, sojuzgar, sujetar, reducir, reprimir, contener, vencer, supeditar, oprimir, domar, conquistar, rendirse, doblegarse, entregarse, capitular, humillarse, claudicar, obedecer, o ñangotarse” -ver RAE).
      Nada de esto concuerda con una interpretación de ‘sometimiento de la naturaleza’ que, dando un giro retórico incoherente, se pretende presentar como que la orden al humano para con la naturaleza es “cuidarla y administrarla y colaborar en la creación”.
      Como vemos, los argumentos religiosos pueden ser sometidos a una interpretación que justifique algo incluso de manera contradictoria. El jardín del Edén fue creado para el usufructo de ya saben quienes; fuera del Edén, todo lo demás, es la naturaleza, por la que libremente optamos, se supone. Mas nos vale entender que esa opción no era para hacer lo que hacíamos en el Edén, sino para responsabilizarnos del nuevo sitio a donde fuimos, la naturaleza, y cuidarla; no para someterla.
      Los humanos tenemos una responsabilidad ante la vida en este planeta Tierra. Me parece que ese es el mensaje de Francisco, el papa, cuando habla de su tocayo, el de Asís, en el Laudato Si; y lo replantea ocho años después en su Laudate Deum, con argumentos que tienen que ver con la ciencia y la reflexión racional y razonable.
      La Dra. Vanda parece mencionar, correctamente en mi opinión, que aún los argumentos producto del pensamiento laico y científico pueden verse importantemente sesgados por siglos de pensamiento religioso que más nos conviene hacer de lado si es que realmente queremos establecer una bioética laica, reflexiva, científica, racional y razonable que tome en cuenta al ‘otro’; ese otro incluye, sin duda, a los animales no humanos, a las plantas y a la naturaleza en su conjunto. Finalmente, en cuanto a la vida en esta Tierra, como dicen, muchos no tenemos las respuestas, pero todos somos responsables.

      1. No puedes interpretar el texto usando los sinónimos en español, sino hay que ir al original en hebreo, conjuntarlos con otros textos en el antiguo y nuevo testamento.
        Te dejo unos fragmentos del catecismo católico donde se habla del tema:
        302 La creación tiene su bondad y su perfección propias, pero no salió plenamente acabada de las manos del Creador. Fue creada «en estado de vía» (in statu viae) hacia una perfección última todavía por alcanzar.
        306 Dios es el Señor soberano de su designio. Pero para su realización se sirve también del concurso de las criaturas.
        307 Dios concede a los hombres incluso poder participar libremente en su providencia confiándoles la responsabilidad de «someter» la tierra y dominarla (cf Gn 1, 26-28). Dios da así a los hombres el ser causas inteligentes y libres para completar la obra de la Creación, para perfeccionar su armonía para su bien y el de sus prójimos.
        339 Toda criatura posee su bondad y su perfección propias. Para cada una de las obras de los «seis días» se dice: «Y vio Dios que era bueno». «Por la condición misma de la creación, todas las cosas están dotadas de firmeza, verdad y bondad propias y de un orden y leyes propias» (GS 36, 2). Las distintas criaturas, queridas en su ser propio, reflejan, cada una a su manera, un rayo de la sabiduría y de la bondad infinitas de Dios. Por esto, el hombre debe respetar la bondad propia de cada criatura para evitar un uso desordenado de las cosas, que desprecie al Creador y acarree consecuencias nefastas para los hombres y para su ambiente.
        340 La interdependencia de las criaturas es querida por Dios. El sol y la luna, el cedro y la florecilla, el águila y el gorrión: las innumerables diversidades y desigualdades significan que ninguna criatura se basta a sí misma, que no existen sino en dependencia unas de otras, para complementarse y servirse mutuamente.
        344 Existe una solidaridad entre todas las criaturas por el hecho de que todas tienen el mismo Creador,
        373 En el plan de Dios, el hombre y la mujer están llamados a «someter» la tierra (Gn 1,28) como «administradores» de Dios. Esta soberanía no debe ser un dominio arbitrario y destructor. A imagen del Creador, «que ama todo lo que existe» (Sb 11,24), el hombre y la mujer son llamados a participar en la providencia divina respecto a las otras cosas creadas. De ahí su responsabilidad frente al mundo que Dios les ha confiado
        377 El «dominio» del mundo que Dios había concedido al hombre desde el comienzo, se realizaba ante todo dentro del hombre mismo como dominio de sí.

  4. La guía para una ética laica no debe ser que se parezca lo menos posible a la ética religiosa. Aunque deberíamos hablar en plural, las diferentes propuestas de éticas laicas no deben guiarse por qué tan diferentes o similares sean de las éticas religiosas.

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