
El pasado enero, la presidenta Claudia Sheinbaum presentó la campaña preventiva “Aléjate de las drogas. El fentanilo te mata”. Sus responsables son la SEP y la Secretaría de Cultura, y tiene como objetivo evitar el consumo de drogas a través de la información y de la educación.
En el marco de esta campaña nacional, lo que se presenta a continuación es un fragmento recuperado del diario de un exusuario de heroína, en el que nos relata su experiencia con esta campaña informativa del Gobierno de México. Este es su testimonio.
Era una noche como cualquier otra. Estaba sentado en el suelo frío de mi habitación sin puertas, dentro de algún edificio abandonado de una zona jodida de esta monstruosidad urbana a la que llamamos ciudad. Rodeado de botellas vacías de plástico con orina vieja, el colchón roído por ratas que ya no me temían. Mis manos, ya sin huellas dactilares por años de rascarme las costras de los brazos, sostenían la jeringa como un cáliz sagrado. La mezcla chispeaba en la cucharita oxidada —una danza macabra de ángeles caídos y químicos baratos de proveniencia dudosa. El olor era a muerte, pero también a hogar.
Mis piernas contaban mi historia tal un mapa de guerra: rutas de pinchazos, infecciones secas, venas que habían levantado la bandera blanca desde hace meses. Ya no me inyectaba por placer (de hecho según algunas teorías el único placer había sido mi primera vez y cada vez subsecuente no era más que un intento fútil de volver a alcanzar ese pico de dopamina inicial), sino más bien me inyectaba porque era lo único que quedaba entre mi ser y la nada absoluta, ese abismo nietzscheano que ya me conocía y no había parpadeado una sola vez en nuestra lucha de miradas.
Pero además de un abismo metafísico, ya no quedaba nada concreto en mi vida tampoco. No había madre preocupada, ni amigo del alma con una palmada a la espalda, no había un psicólogo motivacional, ni institución paternalista que pudiera entrar a este cuarto. Estaba solo. Solo con mi dosis, con mi sudor. Sólo con mis alucinaciones inducidas por años de abuso psicotrópico y esa voz que me decía “una más y ya”.
Y ese “ya” era tanto autopromesa que no pensaba cumplir, como esperanza inconsciente de que en efecto esta fuera la última. La última y nos vamos, pero en serio. Una más y quizás “ya” no tenga que sufrir esta insoportable condición llamada vida. Tal vez mi cuerpo sólo aguantaría una más y “ya” me dejaría descansar en paz por fin. Ante esa esperanza inconsciente aspiré mi elixir con la jeringa y me preparé para esa última. Mis dedos temblaban, no por el frío, sino por la necesidad.
Entonces lo vi.
A través del vidrio opaco de la ventana rota, flotando entre el humo de los encendedores y la humedad de mi aliento, una visión de esperanza. En un cartel pegado al lado del periférico, en letras grandes y brillantes, como una revelación divina de LSD:
“Aléjate de las drogas. ¡Elige ser feliz!”
Me quedé viendo esas dos simples frases, como si el mismísimo Dios (o aún mejor, AMLO) me las hubiera manifestado en una tabla de piedra de mandamientos. Y ahí… ahí pasó algo milagroso. En ese momento, una epifanía me golpeó como un tren de carga: ¿y si, en lugar de inyectarme, decidía ser feliz?
Me detuve. Bajé la jeringa. Sentí que una lágrima rodaba por mi mejilla sucia. Pensé: “¿Qué estoy haciendo? ¿Por qué sigo en este pozo sin fondo, si un cartel impreso en papel couché a todo color me está dando una salida? ¡Claro! ¡Puedo ser feliz!”. Me levanté, tiré la jeringa al suelo como si fuera un símbolo de mi antigua vida, respiré hondo ese aire denso y contaminado del pasillo, me levanté y salí corriendo a abrazar a la vida. A sonreírle al sol. A inscribirme en yoga y tomarme un latte sabor matcha pretendiendo que me gusta. A comprar una bicicleta de montaña.
Desde ese día, me dedicaría a repartir folletos de prevención y a dar charlas motivacionales en escuelas primarias. Porque, como todos lo sabemos, nada cura la adicción como una buena campaña publicitaria.
Allí, en ese cartel estaba toda la sabiduría del mundo encapsulada en dos frases. Porque en efecto, los adictos no necesitan tratamiento clínico, ni techo, ni compasión, ni despenalización, ni reducción de riesgos. Sólo necesitan ver un buen eslogan (uno que rime, si se puede, ya que un estudio de Harvard demostró que los carteles que riman aumentan en un 0.2% las ganas de vivir), con un personaje feliz y un “¡Tú puedes!” al pie. “¡Échale ganas!”. “¡Ponte las pilas!”. Era todo lo que yo, en realidad, necesitaba.
Gracias, Secretaría de Gobernación. Hoy decido ser feliz.
Salí a la calle con los pies descalzos y sucios, pero el alma limpia. Sonreía como quien acaba de recibir el bautismo de un flyer gubernamental. El mundo era nuevo. Ya no olía a vómito seco ni a plástico quemado; olía a esperanza… o eso creí hasta que el tipo de la esquina me ofreció una piedra de cristal envuelta en papel de periódico. Lo miré con superioridad moral, como si llevara yo un diploma invisible en prevención del uso de sustancias, de la prestigiosa UDB (Universidad Del Bienestar). “No, gracias —le dije—, he visto la luz”. El tipo me miró raro. Luego se rió. Luego me ofreció dos por uno, y ante esa ganga tuve que comprárselos, porque, aunque yo no me los iba a fumar, ciertamente los podía revender (ya no seré un drogadicto, pero puedo ser un emprendedor).
Y seguí caminando, firme como anuncio institucional. Tenía una misión: rehacer mi vida. Entré a un OXXO, decidido a encontrar empleo estable (y si no, al menos tratar de vender las piedras de cristal que acababa de comprar). El tipo del mostrador me pidió que me quitara. Dijo que olía mal, que estaba descalzo y que no podía dejarme usar el baño sin consumir. Le prediqué la buena palabra del cartel que llevaba pegado en la mente como estampita milagrosa: “¡El fentanilo te mata! ¡Estudiar te da vida!”. Se me quedó viendo, confundido. Me preguntó si estaba pidiendo dinero. Llamó a un guardia.
Salí corriendo, con los pulmones llenos de aire y adrenalina, pero no del miedo, sino una adrenalina por cumplir mi deber cívico. Me sentía imparable. Me senté en un parque, junto a un señor que vendía churros. Le dije que hoy era un nuevo día, que lo había dejado todo para ser feliz. Me preguntó si quería un churro. Le dije que no, que ahora me nutría de bienestar emocional y mensajes institucionales. Me dijo que eso no quitaba el hambre. Pobre señor. Quizás iluminar a las masas iba a ser más difícil de lo que esperaba. Te juzgue demasiado pronto, Felipe: sufrías por nosotros.
Pasé la noche durmiendo en una banca, arropado con el mismo cartel que había arrancado del muro del periférico, como si fuera una manta sagrada. Tenía frío, pero no recaí. Tenía sed, pero no recaí. Tenía alucinaciones, pero eran alucinaciones con propósito. En vez de personajes de caricaturas de mi infancia invitándome un porro, ahora veía a Claudia Sheinbaum y Clara Brugada en lo alto de una montaña, ahuyentando a los demonios del inframundo (Iztapalapa) con afirmaciones positivas.
A la mañana siguiente me encontré con un viejo amigo. Me preguntó por qué tenía los ojos tan grandes, por qué llevaba un cartel arrugado abrazado al pecho como si fuera un osito de peluche. Le conté todo. Se rió. Me dio un abrazo. Luego sacó el paquetito. Me dijo que era “lo bueno”. Que el gobierno podía decir lo que quisiera, pero que esa era la única cosa que cumplía lo que prometía: te saca de este mundo sin pedir explicaciones.
Me quedé mirando la jeringa. La misma que había botado días atrás. Lo dudé.
Pero no. Esta vez, no la toqué.
La clave estaba en el cartel.
Le dije que el fentanilo te mata, pero que el deporte te da vida. Me miró incrédulo durante varios segundos y luego bajé la mirada y me acordé que estaba amputado de ambas piernas.
Así que me fui a buscar otro eslogan.
Al día siguiente fui a pedir ayuda, buscando trabajo como orador motivacional. Me dijeron que los cupos estaban llenos. Que regresara el mes próximo. Que si quería, me podía anotar en una lista de espera para un taller de panadería terapéutica. Pregunté si tenían atención médica. Dijeron que sólo con folio y previa cita por internet. Pregunté qué podía hacer alguien sin acceso a internet. La amable señorita detrás del escritorio de recepción me recordó que en la CDMX había internet para todos. Le informé que no tenía celular con acceso a internet. Se me quedó viendo con una mirada de muerte burocrática.
Duré sobrio cuatro días. Bueno, técnicamente no sobrio, porque el cuerpo sin metanfetamina empieza a descomponerse desde adentro. El alma se tambalea como edificio de Tlatelolco en el temblor del 85: con grietas viejas, polvo en el aire y la certeza de que nadie va a venir a rescatarte a tiempo…
Pero digamos que pasé cuatro días sin usar. Cuatro días de sudores fríos, náuseas, gritos en mi cabeza, los huesos rechinando como engranes oxidados de bicicleta robada.
Recaí un jueves. Fue elegante. No como antes, escondido entre cobijas llenas de orina y excreciones. Esta vez fue con ceremonia. Me puse una camiseta del gobierno que me habían dado con el eslogan “Yo elijo vivir”, tomé un folder con frases motivacionales, y caminé directo a mi esquina. El dealer me vio llegar con la misma cara con la que se recibe a un hijo pródigo. Me dio un descuento por portarme bien.
Horas después, me encontraron inconsciente en un vagón rosa del metro. Vomité palabras en lugar de bilis. Me llevaron al hospital, donde un pasante de medicina me preguntó si “esto” me parecía una vida digna. Le dije que eso dependía de cuántas frases motivacionales había repetido en mi estado de ebriedad.
Pero el sistema es sabio.
Alguien —no sé si el pasante, un burócrata, o el mismísimo algoritmo de la Secretaría de Prevención (estoy seguro de que debe de existir algo así)— vio en mí algún potencial. Una historia de redención. Un caso de éxito. Me invitaron a dar una charla. Me dieron una camiseta nueva, aún más brillante. Me bañaron, me rasuraron. Me dijeron: “Sólo cuente su historia, pero con un final feliz. Sin tecnicismos. Use palabras como ‘esperanza’, ‘lucha’, ‘amor’, ‘México’. Si puede, diga que era aún más adicto cuando el PRI estaba en el poder”.
Me llevaron a una secundaria pública que tenía un numero en su nombre. En un gran salón de fondo azul con papel picado, flores de cartulina, y una bocina descompuesta, el director me presentó como “un ejemplo de vida”. Me subí al estrado, con el cartel original en mano —ya lleno de manchas, pero intacto en su mensaje. Frente a mí, un centenar de adolescentes que preferían estar viendo TikTok o estar haciendo un video para TikTok.
Hablé. Con palabras suaves. Les conté cómo toqué fondo. Cómo vi el cartel. Cómo decidí ser feliz. Los ojos de los profesores brillaban. Nadie me preguntó si tenía tratamiento. Si estaba limpio. Si dormía bajo techo o seguía en la banca. Nadie me preguntó de reducción de riesgos, de naloxona, de pruebas de sustancias, de salas de consumo supervisado. Nadie me preguntó sobre la metadona, ni el apoyo psicológico, ni si había algún médico en el IMSS que supiera qué hacer cuando el cuerpo se descompone de forma lenta pero legal.
No, eso no.
De todas maneras, yo preferí hablar de los valores, la familia, y los eslóganes en mayúsculas. Porque hablar de ciencia es elitista. Y admitir que las drogas no se van a ir, es rendirse.
Alguien aplaudió antes de que terminara. Me dieron un diploma plastificado que decía “Mensajero del cambio”.
Al salir, un alumno me preguntó si era verdad todo eso. Si un cartel podía cambiarte la vida. Le respondí que no. Que eso era marketing. Pero que era mejor que nada. Él asintió. Me dio una palmada en la espalda. Me ofreció una tacha. Le dije que no. Que ya no. Que ahora tenía trabajo con el gobierno y nos hacían pruebas de orina de manera aleatoria.
Ahora, varios días a la semana hago la misma rutina. Después me voy al comedor de una oficina pública, para almorzar tamales fríos con un grupo de otros “voceros rehabilitados”. Uno tuvo once sobredosis. Otro fue dealer en Acapulco. Todos tenemos camisetas distintas, pero con el mismo mensaje: “México sin drogas, contigo sí se puede”.
Un día alguien se atrevió a preguntar: ¿y si hacemos una campaña con evidencia? ¿Con datos reales? ¿Y si dejamos de poner personajes de caricatura y empezamos a distribuir información útil, servicios médicos, educación no moralizante?
Lo callaron rápido. Le dijeron que eso era “muy europeo”. Que aquí la gente necesita miedo, no matices. Que si empezábamos a hablar de reducción de riesgos, “los niños iban a pensar que las drogas son buenas”. Que el mensaje tenía que ser claro, como en las películas de Pedro Infante.
Uno de ellos me pregunta si creo que estamos ayudando.
Le digo que no lo sé. Pero que al menos tenemos algo para comer.
Y que mientras haya presupuesto, seguiremos siendo pruebas vivientes de que los carteles gubernamentales de información pública sí funcionan.
Volví al pasillo del que había salido. Porque con un sueldo freelance de orador motivacional no me alcanzaba ni para un closet en una zona no jodida de la ciudad. Pero algo había cambiado. Ahora tenía conocimiento.
No tenía elementos educativos basados en evidencia científica sobre las causas y los factores de riesgo de mi uso de sustancias psicoactivas. Pero tenía conciencia.
No tenía acceso a clínicas de rehabilitación, pero tenía la certeza de que yo podía elegir ser feliz.
No tenía un entorno familiar sólido, un ambiente escolar adecuado, una participación en mi comunidad, una red de reducción de riesgos apropiada, acceso a servicios de salud mental, ni tampoco la confianza de que existían leyes y marcos normativos justos y humanitarios que considerarían mi condición como un padecimiento y no un acto criminal…
Pero tenía una imagen brillante impresa en alta resolución diciéndome que yo valía, que era posible cambiar.
Y eso me bastaba.
Francisco Blancarte Jaber
Candidato a doctorado en la Universidad de Edimburgo. Su investigación se concentra en las concepciones de intención dentro de las políticas de salud pública en adicciones. Miembro del Colegio de Bioética.