Dar a luz en casa: recuperando el parto humanizado

Hace nueve años nació mi hija Catalina. El parto fue en casa, facilitado por dos parteras y mi pareja de ese entonces, que también asistió en lo que pudo. Catalina nació después de ocho horas de trabajo de parto. El trabajo fue mutuo: tanto de ella, como mío. Yo utilicé lo que las parteras trajeron para aminorar el dolor de las contracciones: pelotas de plástico y ligas de ejercicio. Exploré varias posturas, caminé por el corredor, salí y entré varias veces de los cuartos de la casa. También tomé varios baños de agua caliente, que ayuda a relajar el cuerpo y funciona como paliativo cuando las contracciones se vuelven muy fuertes. Recuerdo que durante uno de esos baños me puse a cantar, un canto gutural y extático.

Ilustración: Gonzalo Tassier

Recuerdo también que cuando el dolor se intensificó y pedí algún analgésico, las parteras me dijeron que “todo iba muy bien y que ya faltaba poco para conocer a Catalina”. No me suministraron ningún medicamento. Catalina nació cerca de nuestra cama, en un acto de liberación de mi cuerpo y de su deseo de nacer. Después de que nació, supe que Catalina traía el cordón umbilical enredado en el cuello y que las parteras lo habían desenredado con los dedos, cuando pudo asomar la cabeza. Catalina había bajado despacio por esa razón. Ellas probablemente lo sabían e hicieron esa maniobra para que naciera bien. Yo agradezco que no me lo hubieran dicho porque eso me hubiera intranquilizado. Nunca sentí fue una falta de información de su parte.

Si me hubiera ido a un hospital, seguramente me hubieran hecho una cesárea. Ese tipo de maniobras pocos ginecólogos las conocen y las dominan. Catalina nació en un parto planeado en casa. Así lo quisimos. Y fue la mejor manera de dar a luz. Mi parto fue humanizado. Con dolor, pero sin sufrimiento. Las parteras estuvieron ahí siempre que pedí ayuda. Me dieron confianza y palabras de aliento. Me sostuvieron cuando no podía mantenerme de pie.

El parto en casa es una opción que no se conoce, genera miedo por la falta de información que lo circunda y sigue siendo excepcional hoy en día. Nuestras abuelas parieron así, en sus casas, asistidas por parteras. Actualmente, los partos son en hospitales, medicalizados para evitar el dolor, conducidos por profesionales en ginecología y con muy poco lugar para que las mujeres realicen su trabajo de parto con libertad en ambientes seguros y de confianza. Las decisiones y deseos de las mujeres, en general, no se toman en cuenta en los hospitales públicos ni en los privados.

Cuando tuve a Catalina, trabajaba en el Grupo de Información en Reproducción Elegida (GIRE), una organización civil que se dedica a la defensa de los derechos reproductivos y por la cual yo conocí a las parteras que me atendieron. Una era la directora de la Asociación Mexicana de Partería y tenía vínculos con GIRE para promover la inserción de la partería en los servicios de salud reproductiva a nivel nacional. El trabajo de las parteras no se conoce en el país y están marginalizadas de la prestación de servicios de salud reproductiva, tanto en los hospitales públicos como en los privados. Su labor y su experiencia facilitando partos no está integrada como un “conocimiento experto” en el sistema de salud nacional. A pesar de que las mujeres hemos sido históricamente quienes hemos ayudado a facilitar a otras sus partos, la ginecología se ha impuesto como la ciencia que nos da certezas sobre cómo parir. Sin embargo, es una profesión dominada por el saber médico masculino y por las empresas aseguradoras que privilegian las cesáreas en lugar del parto natural, pues las intervenciones quirúrgicas siempre serán más rentables para los honorarios médicos, que un parto natural. Pocos hospitales cuentan con áreas adecuadas para facilitar partos naturales.

Yo decidí, después de visitar varios hospitales e informarme de qué opciones tenían para parir, tener a Catalina en mi casa. En el área legal de GIRE recibíamos todo tipo de quejas por maltrato de las mujeres durante el parto. Muchos de los testimonios de las mujeres que atendíamos se convirtieron en quejas por violaciones a sus derechos humanos, encuadradas como violencia obstétrica. Cuando supe que estaba embarazada, yo no quería experimentar lo que muchas mujeres atraviesan durante sus partos: malos tratos, procedimientos invasivos, medicalización innecesaria, falta de información, aislamiento de sus familiares, de sus parejas y una denegación de su autonomía y dignidad en un momento tan crucial en el que se juega la vida propia y la de otro ser humano que está por nacer.

Mi decisión de parir en casa fue cuestionada por mucha gente cercana. Familiares y amigas, inclusive mis amigas feministas, decían que cómo iba a parir así, que era mejor irme a un hospital, que en pleno siglo XXI estar pariendo en casa era una locura, un riesgo muy grande. Ante estos cuestionamientos, me di cuenta de que los médicos han hecho una gran labor de convencimiento de que “ir a un hospital es la única manera de parir segura”, quitándonos a las mujeres la decisión y la autonomía sobre nuestros cuerpos y nuestras decisiones reproductivas. No obstante, en los hospitales es donde ocurren, en general, los eventos más trágicos de violencia obstétrica y muerte materna por complicaciones que pudieron haber sido prevenidas durante el embarazo o se trataron mal durante el parto por los médicos.

El parto humanizado es una experiencia de empoderamiento para las mujeres. El cuerpo se abre y da luz a otro ser humano. Después de lograrlo, todo lo demás parece fácil. Es como dicen las parteras, un trabajo que toma esfuerzo, para el cual el cuerpo está preparado. Esa gran labor, que los cuerpos de las mujeres experimentan al abrirse, debe ser facilitada y ejercida en libertad, bajo condiciones que garanticen la salud y la vida de las mujeres, pero que no anulen su autonomía y sus deseos de cómo parir. Ojalá todas las mujeres pudieran tener a sus hijos e hijas en condiciones dignas.

 

Alma Beltrán y Puga
Doctora en Derecho, académica de tiempo completo en la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México. Miembro del Colegio de Bioética A. C.

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Publicado en: Ética médica