Curas milagrosas: entre infodemia y células madre

Durante la pandemia de Covid escuchamos una palabra que antes apenas se mencionaba: infodemia. La Organización Mundial de la Salud la utilizó para describir esa avalancha de datos verdaderos, falsos, a medias o completamente inventados, que dificultaba encontrar fuentes confiables justo cuando más las necesitábamos. En cuestión de meses comprobamos que la saturación informativa podía ser tan peligrosa como el propio virus. Y aunque la emergencia sanitaria quedó atrás, la infodemia se instaló para quedarse.

Vivimos en tiempos donde la información no sólo está disponible: nos persigue. Videos en X, cadenas en WhatsApp, publicaciones en Facebook o Instagram… todo llega impulsado por algoritmos que nos muestran lo que creen que queremos ver. O, peor aún, lo que mantiene nuestra atención, aunque sea falso o engañoso. Incluso el “internet de las cosas” parece escuchar y reproducir nuestras inquietudes. A veces basta hablar de un tema para que los anuncios aparezcan como si fueran señales divinas —o conspirativas.

Las falsas soluciones no son nuevas. Desde siempre han circulado mitos, remedios mágicos y sustancias a las que se les atribuyen propiedades curativas sin base científica. Y aunque es fácil criticarlos, también es importante entender, como propone Irene Córdova en La enfermedad no es castigo, que detrás de estas decisiones suele haber miedo, esperanza o desesperación. Lo importante es que, si alguien decide complementar un tratamiento médico con opciones alternativas, lo haga sin abandonar lo que está probado, y siempre verificando con profesionales que no represente un riesgo.

Pienso, por ejemplo, en cuando mi madre preguntó si podía tomar té de pasiflora para dormir. Parecía algo inocente, pero el doctor le explicó que interfería con uno de los medicamentos esenciales para tratar su cáncer hepático. Ahí comprendí lo fácil que es confiar en algo “natural” sin medir sus consecuencias.

En redes sociales los supuestos tratamientos milagrosos aparecen con sorprendente facilidad. Muchos comienzan con mensajes religiosos o con promesas respaldadas por instituciones académicas de nombres grandilocuentes (y que nadie conoce). Otros aseguran ser “la verdad que la industria farmacéutica quiere ocultar”, o cuentan historias de investigadores renegados que ahora ofrecen su descubrimiento “sin ánimo de lucro” para salvar a la humanidad. Para hacerlo creíble incluyen fotos y videos de personas sonrientes que juran haber recuperado la salud. Pero nunca sabemos si son reales, actores o, en estos tiempos, simples creaciones de inteligencia artificial …y esa incertidumbre que se disfraza de testimonio es lo que vuelve tan peligroso confiar en ellos.

Mientras preparaba este texto, encontré ejemplos que rayan en lo absurdo: tratamientos para “reparar el cabello con células madre”. Suena científico e innovador… hasta que lees la letra pequeña y descubres que son extractos vegetales, aplicados de forma externa, incapaces de generar algún efecto biológico real. Aunque sí hay tratamientos médicos legítimos con células madre. Pero no son sencillos, ni rápidos, ni se aplican en un consultorio privado. Y por supuesto no sirven para cualquier enfermedad. Un ejemplo real y regulado es el trasplante de médula ósea, un tratamiento con células madre que requiere estudios complejos de histocompatibilidad, inmunosupresión controlada y aislamiento. Todo está estrictamente regulado porque implica riesgos serios y beneficios medibles.

En el extremo opuesto están los tratamientos que se ofrecen en redes sociales o clínicas privadas bajo el nombre de “células madre mesenquimales”. Prometen curar casi todo: desde dolores articulares hasta diabetes. Se obtienen de tejido adiposo, el cuerpo las elimina porque no estás inmunodeprimido, y no hay evidencia sólida que respalde su eficacia, es decir, tu sistema inmune las reconoce como ajenas y las destruye antes de que puedan ejercer algún efecto terapéutico.

A veces incluso se venden como paquetes turísticos: vuelo, hotel de lujo y una inyección de quién sabe qué. Nadie verifica el origen de las supuestas células, nadie garantiza que no te estén inyectando simple solución salina. Y, salvo un efecto placebo, no hay forma de medir beneficios reales.

El problema no es tener esperanza. El riesgo está en depositarla en manos equivocadas, en pseudoterapias que se aprovechan del dolor y la incertidumbre. Aquí considero muy importante involucrar también al sector médico, que asuma el papel que su profesión les demanda, de impacto social. El sector médico debe pensar la validez del uso de terapias no probadas (aunque con ganancias excesivas), porque el riesgo es el desprestigio que, además de afectarlos, tiene consecuencias directas en la población.

La ciencia no pretende quitarnos la esperanza, sino darnos caminos reales para recuperarla. Y en un mundo donde cualquiera puede inventar una cura milagrosa, verificar no es desconfianza: es cuidado. En esta era de sobreinformación, antes de compartir, comprar o probar un tratamiento, vale la pena hacer una pausa: buscar evidencias, consultar a un profesional, porque cuando se trata de salud, las decisiones no pueden basarse en likes, algoritmos o testimonios anónimos. Merecemos verdades comprobables, no promesas vacías.

Bernardo García Camino

Miembro del Colegio de Bioética A.C.

 

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Ética médica