Cuando fui embrión (una reflexión desde la bioética)

Ciertamente no lo recuerdo y ciertamente nadie lo recordamos, pero en algún momento de nuestras vidas, todos fuimos embriones. Y cuando yo fui embrión algunas cosas eran más fáciles.

Ilustración: David e Izak Peón

Ese momento de nuestras vidas, que inicia con una frenética lucha espermática por alcanzar un óvulo, es una especie de triatlón en el que millones de espermatozoides compiten entre sí. No basta ser el más ágil, pues obstáculos hay muchos, ya que todos y cada uno de los espermatozoides que compiten tienen grabado en su ADN una única misión, encontrarse con un óvulo que, eventualmente, les permita alojarse. Eso es lo que podríamos llamar nuestro momento original.

Entonces, antes incluso de ser embrión, cuando mi 50 % paterno luchaba por ser, debió enfrentarse a una carrera frenética, una carrera despiadada en la que sólo podía ganar el mejor, que no era otro que aquel que victoriosamente alcanzara al otro 50 %de mi ser, es decir, al óvulo de mi madre.

Así, el inicio de la vida, en las épocas en que yo fui embrión, comenzaba con una lucha feroz entre millones de espermatozoides que competían entre sí, una lucha que hasta hace poco, tenía siempre sus orígenes en otro momento de frenesí, el sexo entre las personas.

Como imaginarán, y dados mis casi sesenta años, yo fui concebido así; es decir, “a la antigüita”. En ese sentido, soy producto del azar, de una noche —o de un día, vaya usted a saber— de amor o de placer o de ambos, de mis padres. Lo verdaderamente increíble es que, si bien estoy aquí, en un principio, cuando fui embrión, estuve más cerca de la muerte que de la vida.

Efectivamente, en muchas ocasiones damos por sentada nuestra propia existencia, pero resulta que según ciertas estimaciones clínicas, en esos primeros momentos de la vida, nuestras posibilidades de ser y de existir son muy bajas, ya que una vez superada esa primer etapa denominada fecundación, es necesario que ese embrión o pre-embrión —propiamente denominado por la biología como cigoto— se implante en el útero materno, y las posibilidades bajo esas circunstancias no superan siquiera el 20 % de éxito.

Así, cuando fui embrión, mis posibilidades de ser y de existir eran realmente bajas, ya que tenía un 80 % de posibilidades de no ser, de no existir, de no estar escribiendo lo que ahora escribo.

No obstante, digamos que tuve mucha suerte y me implanté, lo que dio origen a que mi madre quedara embarazada y a que, eventualmente, naciera, fuera y existiera. Y digo eventualmente, porque no basta con que el óvulo sea fecundado y se implante, para que la historia se complete, falta superar todavía una serie de obstáculos presentes a lo largo de nueve meses de gestación.

Lo relevante, entonces, es que la vida no es tan cierta como creemos; nuestras vidas se enfrentan desde el primer momento a múltiples obstáculos que debemos superar. En el origen estamos, como ya lo adelanté, más cerca de la muerte —de la no existencia— que de la vida misma.

Ahora bien, el ser concebido a la antigüita —para efectos jurídicos— nos daba certeza, es por ello que los romanos tenían una máxima y decían Mater semper certa est —la madre siempre es cierta— lo que mi abuela en una versión libre, y muy relajada por cierto, traducía como: hijos de mis hijas mis nietos serán, hijos de mis hijos, en duda estarán.

Hoy, sin embargo, las cosas pueden ser diferentes. En el caso de los embriones derivados de la fecundación in vitro, esos dos 50 % de nuestro ser original, en la mayoría de los casos ya no tienen que luchar para lograr la fecundación, fueron elegidos por alguien, quien con criterios clínico-científicos, escogió el mejor óvulo y el mejor espermatozoide, dando lugar así al mejor embrión posible. La técnica denomina esto como selección de gametos.

La fecundación in vitro tiene, entonces, un sinfín de implicaciones que van desde la asignación de mi signo zodiacal, hasta la no certeza, ya no sólo de la paternidad y la maternidad, sino de la existencia misma. Efectivamente, aunque no creo en aquello de los signos zodiacales, yo fui tauro, y eso tuvo que ver con el momento en que mis padres me concibieron, lo que impactó en mi fecha de nacimiento y —según dicen— en la alineación de los astros al momento de nacer.

Pero más allá de la asignación zodiacal, hay otras implicaciones mucho más serias. Aquella afirmación de mi abuela hoy se ve resquebrajada, aquel latinismo romano hoy queda en desuso. Si bien la paternidad históricamente era puesta en duda, hoy la maternidad también se puede cuestionar.

La fecundación in vitro trae aparejada múltiples alternativas e implicaciones. Actualmente es posible, por ejemplo, congelar embriones durante años, lo que en mi época —cuando yo fui embrión— resultaba inimaginable.

En la actualidad, y particularmente en el caso de la fecundación in vitro, una vez que somos embriones, nuestro destino puede ser múltiple, amén de que podríamos quedar en un especie de limbo al ser congelados por años. Los embriones de hoy, derivados del uso de las biotecnologías, pueden ser destinados a la investigación científica o ser objeto de experimentación; pueden ser donados para implantarse en el vientre de una tercera mujer y, según las últimas noticias, ser intervenidos en su ADN.

Así, si hoy fuera embrión, mi destino final podría ser, incluso, más incierto que cuando lo fui. Hoy podría, como les sucede a miles de embriones, estar en un contenedor de nitrógeno líquido a menos 196 grados Celsius, esperando la decisión de alguien para ser implantado en un vientre — que, como ya adelantamos, no necesariamente podría ser el vientre de mi madre genética—. Yo podría ser un embrión fecundado in vitro emanado de una señora llamada Eva y su pareja el Sr. Adán, pero ser implantado en otra mujer de nombre María, casada con José. O podría ser el resultado de un óvulo de la Sra. Sara con material genético conseguido en alguno de los múltiples bancos de espermatozoides.

Podría incluso, a tan temprano momento de mi existencia, ser objeto de un juicio, tal y como ha sucedido con los embriones de Sofía Vergara, mismos que, bajo estas nuevas circunstancias biotecnológicas, esperan la decisión de un juez que determinará cuál es o puede ser su destino.

Así, desde la bioética, y muy particularmente desde el bioderecho, la historia se complica. Latinismos como Mater Semper certa est ya no son suficientes para resolver cuestiones de maternidad y paternidad. Estas máximas que operaron por milenios ya no nos sirven, están caducas y han perdido vigencia y sentido.

En fin, por razones de espacio no me extiendo aún más, pero es evidente que las formas de existir, de ser o llegar a ser, de estar y gozar de la vida, han cambiado radicalmente desde aquella lejana época en que un espermatozoide de mi padre se fusionó con un óvulo de mi madre, dando lugar a un embrión, posteriormente llamado Héctor Mendoza.

Nota adicional: En cuanto al embrión antes aludido, curiosamente hoy cumple 60 años.

 

Héctor A. Mendoza C.
Profesor de la Facultad de Trabajo Social de la UANL, Miembro del SIN e integrante del Colegio de Bioética, A.C.

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Publicado en: Inicio y fin de la vida

2 comentarios en “Cuando fui embrión (una reflexión desde la bioética)

  1. ¡Hola Héctor! En primer lugar, quiero desearte un feliz cumpleaños. Quiero aprovechar, también, esta oportunidad para felicitarte por tu excelente artículo. Tu reflexión sobre la biotecnología y su impacto en la concepción y la identidad es sumamente interesante y pertinente en estos tiempos tan cambiantes. Me ha llamado especialmente la atención tu análisis sobre cómo la fecundación in vitro y otras tecnologías reproductivas están transformando nuestra comprensión de la paternidad y la maternidad. Pensar en cómo el proceso de concepción ya no se limita a un acto físico, es no solo retador, sino que implica una serie de decisiones clínicas y científicas. Tu artículo nos invita a reflexionar sobre las complejidades éticas y legales que surgieron en este panorama de la reproducción asistida. La idea de que la paternidad y la maternidad ya no pueden ser simplemente atribuidas a la acción de fecundar o al útero gestante nos obliga a repensar nuestros conceptos tradicionales sobre la familia y la identidad. Tu publicación nos desafía a considerar cómo la biotecnología está moldeando nuestras nociones de parentesco y responsabilidad parental en el siglo XXI. Gracias por compartir tus reflexiones tan perspicaces con nosotros. Saludos.

  2. Mis recuerdos más antiguos son de cuanto tuve dos años y medio. Pero eso no implica que antes de eso yo no existiera.
    Todos vamos a morir, pero eso no implica que cualquier tipo de muerte sea aceptable.
    El problema no es que haya nuevas maneras de llegar a ser. sino que la reproducción se convierta en un proceso industrial, con controles de calidad que desechen los productos defectuosos o hagan negocios paralelos con los subproductos; regido los las leyes del mercado (el cuál nunca ha sido perfecto).

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