Cuando el dolor es un vicio

Crédito: Kathia Recio

Podríamos pensar que la comprensión de la eutanasia es una cuestión de educación; que cualquier persona medianamente educada, entendería que es absurdo mantener a una persona en dolorosa agonía, en contra de su voluntad. Pero todo depende de lo que entendamos por “educación”, y en este punto resulta imposible no recordar al gran Werner Jaeger, quien dedicó su Paideia a explicar el sentido griego de la educación integral del ser humano.

Educar en ese amplio sentido implica la formación integral del ser humano en valores —valga la redundancia— humanistas; más que de ser “civilizados” hablaríamos de ser “cultivados” en las múltiples facetas de una educación humanista. Y tal formación debería tener como núcleo central, una adecuada educación ética: sufrir con el sufrimiento del otro, gozar con el placer del otro, actitud que en griego se denomina com-pasión, a saber: com-partir lo que le acontece al otro.

La falta de com-pasión en ese sentido griego, la ausencia de empatía para con quien sufre, en ocasiones suele estar anclada en una extraña valoración del dolor y el sufrimiento. Creer que sufrir es algo bueno pareciera propio de mentes enfermas, pues como lo dijo el más grande filósofo de la humanidad, Baruch Spinoza: nada sano, nada bueno, surge del dolor. Pero lamentablemente la religión ha impregnado a nuestras sociedades de la creencia en el sufrimiento como algo que mejora al ser humano y, como siempre, existe una versión religiosa y una laica de esa idea.

La versión religiosa la conocemos en sus variadas presentaciones: pague ahora y goce después, o pague ahora lo que debe de antaño. La primera versión es propia del cristianismo: cualquier tipo de dolor puede ofrecerse a un dios que después nos compensará, pues por alguna extraña razón ve con buenos ojos ese dolor. De ahí la locura del dolor autoinfligido: silicios, látigos y todo ese instrumental propio de un sádico o un masoquista que, créalo usted o no, continúa siendo empleado por personas que creen en ese dios. Por otro lado, para ciertos tipos de budismo, el dolor tiene otra explicación: quienes sufren están pagando las consecuencias (el karma) de un tiempo pasado, ya sea en una vida anterior o en esta misma vida.1

La versión laica es aún más peligrosa porque es, evidentemente, racional. Afirmaría que a través del dolor “se aprende”, o que el dolor “engrandece al ser humano al hacerlo crecer”: ¡no, no y mil veces no! Lo ha explicado Nietzsche hasta la saciedad: el dolor genera resentimiento, retuerce las vetas mentales y quizá logre hacernos más inteligentes, pero no más felices ni tampoco mejores personas. Lo que engrandece a una persona no es ni el dolor, ni el sufrimiento, ni siquiera la alegría, sino lo que es capaz de crear con esos afectos; lo que es capaz de construir con eso. Hay quienes de grandes alegrías sólo llegan a grandes desgracias y hay quienes de sus grandes desgracias nunca aprenden absolutamente nada.

Baruch Spinoza, que sabía de emociones, consideró que existen dos emociones básicas de las que derivan todas las demás: la tristitia, que se traduce como tristeza o dolor, y la laetitia, placer o alegría. Cualquier otra emoción es dolor o alegría transformada. Para él, todo cuanto existe es impulsado por un connatus (que en el ser humano llama “deseo”), y ese connatus sólo puede conducir al individuo a un estado de mayor perfección y vitalidad, que es la alegría, o a uno de menor perfección y pasividad, que es la tristeza. Así, la ira, la envidia, el odio, no son más que diversas formas de tristeza que Spinoza explica con toda puntualidad en su Ética demostrada según el orden geométrico, mientras que el amor, la solidaridad, la generosidad, son una forma de alegría.

Para Spinoza el bien y el mal son conceptos que hemos creado para expresar lo que deseamos y lo que no deseamos: lo que propone es llamar “bien” a todo aquello que nos conduce al crecimiento, a la actividad y la perfección ética, y “mal” a lo que nos conduce al decrecimiento, la pasividad y la imperfección ética. Ese decrecimiento y pasividad propios de la tristeza se puede transformar y superar a través del conocimiento de nuestros afectos: el autoconocimiento permite intervenir en la maquinaria mental para erradicar el sufrimiento.

Spinoza, el gran judío que Borges imaginó “de tristes ojos y piel cetrina”, enseñó a la humanidad que el dolor y el sufrimiento no deben valorarse de manera positiva, porque acaban con la vitalidad y la actividad, que es lo único que conduce al crecimiento y a la alegría. Por eso su ética defiende la alegría que dimana y a la vez provoca actividad y vitalidad.

Desde el confín del ghetto, el judío de geometría delicada atentó contra el núcleo del judeocristianismo: el dolor no tiene ningún valor moral. Nada más indeseable, nada más destructivo, que el dolor y el sufrimiento. Por eso es admirable que existan seres humanos que, a pesar del dolor, logren un buen destino. Pero insisto: el valor de esas vidas no radica en el sufrimiento, sino en la capacidad para crear una vida desde la ruptura misma, como el artista que, de una vasija rota, crea kintsugi.

Todos somos seres rotos: nos rompemos una y otra vez. Vivir es volver a reunir nuestras piezas para re-crearnos, siempre de una manera diferente. Pero cuando de acercarse a la muerte se trata, morir podría ser una obra de arte, como lo creyó el mismísimo Séneca y su admirada Paulina, entre muchos otros grandes humanistas.

Que alguien inmerso en dolor pida ayuda para morir y se le niegue, muestra una ausencia de educación y sensibilidad ética vergonzosa y es, sin duda, el peor de los pecados.

La regulación de la eutanasia continúa siendo una asignatura pendiente.

Paulina Rivero Weber
Profesora titular de la Facultad de Filosofía y Letras en la UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C.

 

 

1 Me parece justo aclarar que, para los budistas inteligentes y conocedores, el dolor es simplemente inevitable, pero predican y practican el cese del sufrimiento.

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Publicado en: Inicio y fin de la vida

7 comentarios en “Cuando el dolor es un vicio

  1. 1- Yo diría que Spinoza es uno de los grandes filósofos de la humanidad, no “el más grande”.
    2- Me pregunto si la cita: “nada sano, nada bueno, surge del dolor” estará un poco sacada de contexto. El dolor físico, o sea, el dolor en el cuerpo, es una señal de alerta de que algo no está bien y hay que poner atención a ese dolor, atender la alerta, buscar la causa. De esta manera, podemos decir que el dolor conduce, o surge para conducir, a una acción positiva, ya sea para evitar un posible daño o para permitir la reparación de un daño ya infringido.

    1. Cristina, creo que usted tiene mucha razón: al decir que Spinoza es el filósofo más grande de la humanidad, debería agregar: “para mí” de otra manera, estoy absolutizando.
      Por otro lado, la distinción que usted marca respecto al dolor como un aviso del cuerpo de que algo está mal, me parece capital. Creo que cuando escriba sobre esto debo comenzar por hacer esa aclaración: no me refiero al dolor que surge cuando el cuerpo avisa que algo está mal, esto es al dolor como una defensa del cuerpo para protegernos. Le agradezco mucho sus comentarios en verdad muy enriquecedores.

  2. Así explicada es muy simplista la filosofía de Spinoza. El dolor no se puede evitar, es cierto que el sufrir en sí no es un valor ético sino que lo importante es lo que haces con ese dolor. Pero no es instintivo ser capaz de transformar el sufrimiento en sabiduría, sino que es algo que debe aprenderse y entrenarse.

    Los budistas suelen decir que cuando deseas fervientemente algo, debes hacer una pausa, no tomarlo de inmediato, de tal manera de lograr un control de los deseos. El deseo sexual puede ser fuente de alegría pero es destructivo si lleva a los celos, a querer poseer a la pareja, a la rivalidad con posibles competidores.

    Quien ama, sufre cuando no es correspondido o su pareja hace algo que horroriza o decepciona. ¿Debemos dejar de amar para evitar tales sufrimientos, buscando siempre el placer o al menos no sufrir?

    Los dolores son relativos. Victor Frankl en su libro «el hombre en busca de sentido» se preguntaba por qué en los campos de concentración algunos prisioneros se dejaban morir arrojándose contra la cerca eléctrica o dejando de comer, y otros seguían buscando todos los medios para sobrevivir. Sin juzgar a aquellos que deseaban no continuar, descubrió que aquellos que sobrevivieron tenían un motivo para seguir viviendo.

    Entonces no se trata de buscar el dolor en forma masoquista, sino de darle sentido al dolor que no podemos evitar.

  3. También quien ama siento dolor si su ser amado sufre,, o es dañado o podría perderlo temporal o definitivamente.

    Los mexicanos comemos chile y jugamos con toques eléctricos porque nos enorgullecemos de soportar el dolor. Es una tendencia que viene incluso de antes de la llegada de los españoles y explica porque en México es más popular la semana santa que la pascua.

    Soportamos maltratos que otros pueblos no soportarían. Hay personas que soportan dolores por años hasta que por fin van a un médico y descubren una enfermedad muy avanzada, demasiado tarde para tratarla. Por otro lado somos muy resilientes, nadie más soporta el rigor del trabajo en el campo que los migrantes en EEUU hacen.

    Me enteré de un migrante que en California conoció a un maestro de kung fu chino y se entrenó con él hasta alcanzar el grado de maestro; regresó a méxico y fundó su escuela. Me sorprende la fortaleza ´física y mental de esta persona para pasar largas horas en el campo y después dedicar 10 horas a la semana para entrenar.

  4. Le agradezco sus comentarios, me da gusto ver que se ha sentido motivado a pensar; siempre será interesante y enriquecedor compartir nuestras reflexiones. Y bueno, por supuesto que explicar a Spinoza en tres palabras, es más que simplista… Pero mi idea no era explicarlo, sino emplear estructura de su pensamiento para reflexionar sobre el dolor.
    Gracias por sus comentarios.

  5. Ashley Montagu, en su estupendo libro EL TRAUMA DEL NACIMIENTO, expone de manera clara que el dolor es parte del crecimiento del ser humano, cuando éste no es elegido al azar, aparece intempestivamente, la muerte repentina de un ser querido, o de una madre con una hija desaparecida, su dolor se convierte en la fuerza que la empuja hasta dar con ella o con sus restos, entonces el dolor cesa…

    1. Eusebio, gracias por su comentario. No conozco el libro que usted menciona, pero yo insistiría en que no es el dolor lo que impulsa o hace crecer a la persona, sino lo que esa persona es capaz de hacer con ese dolor. En el ejemplo que usted ofrece, el de una madre con una hija desaparecida, es uno de los ejemplos más terribles en los que una podría pensar, pero es lo que esa mujer es capaz de hacer, no el dolor en sí mismo, lo que hace crecer a la persona. En fin, muchas gracias por su comentario.

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