Bioética para los mayores de edad

¿Quiénes son los mayores de edad y que puede ofrecerles la reflexión bioética?

El adulto mayor no es más que una persona que ha alcanzado determinada edad que se encuentra en ciertas condiciones, las cuales son variables dependiendo de su herencia genética, estilo de vida y estado de salud, pero también de aspectos emocionales, sociales y económicos. La percepción social y cultural respecto a las personas mayores, en cambio, ha dependido de cada época y cultura. Existen algunas visiones que han percibido al viejo o vieja como seres respetables, llenos de sabiduría, útiles como un logrado ejemplo hacia las nuevas generaciones, pero desde otras ópticas, han sido visto casi como objetos que estorban a los que hay que prestarle alguna atención, la menor posible, y esperar a que muera.

Por su parte, los avances científicos y tecnológicos en la atención a la salud han aumentado en forma considerable el número de personas que viven más años. Tal vez han sido los datos demográficos —la Organización Mundial de la Salud señala más de 1000 millones de personas mayores de 60 años en 2022 y la ONU pronostica 1400 millones para 2030— los que han hecho tomar conciencia del envejecimiento poblacional hasta alcanzar un nivel global. La vejez olvidada por mucho tiempo se ha hecho patente para convertirse en asunto de urgente atención, los viejos no pueden ni deben ser marginados ni sus necesidades ignoradas.

Ilustración: Alberto Caudillo
Ilustración: Alberto Caudillo

Las personas mayores tienen necesidades que no son distintas de las que tenían en su juventud; éstas no han cambiado con el paso del tiempo, lo que ha variado es la forma en que estas necesidades deben ser atendidas. En esta atención la visión bioética puede prestar un gran auxilio. La bioética suele expresarse en principios que brindan la oportunidad de atender situaciones concretas como las de los adultos mayores a que ahora nos referimos. Son especialmente útiles para lograr esa atención los de: vulnerabilidad, dignidad y autonomía que, desde luego, no son los únicos, pero si pudieran ser los más relevantes.

La persona mayor se ha vuelto vulnerable, ha sufrido pérdidas físicas, mentales y sociales que lo limita en su actuación, amén de que ha dejado la etapa más productiva de su vida y usualmente sus ingresos han disminuido en forma considerable. Estas situaciones colocan a la persona en un estado de vulnerabilidad hasta el grado de cuestionarse si el precio por existir no se torna excesivamente caro. Tomando en cuenta estas situaciones, la atención que se brinde a las personas mayores debe ser especial, atendiendo a su situación de fragilidad física y mental y su cercanía al final de su vida.

La consecuencia directa de la aplicación del principio de dignidad debe traducirse en el derecho de la persona a no ser tratada como objeto, a no ser humillada, degradada, envilecida o cosificada y a que su proyecto de vida sea respetado. Los estereotipos actuales frente a la vejez suelen tener efectos negativos y lastiman la dignidad de la persona mayor, así como obstaculizarlas en la realización de su proyecto de vida y, en ocasiones, llegar hasta su maltrato o abandono.

Pero tal vez el principio de autonomía tan desarrollado por la bioética sea uno de los más importantes para el adulto mayor. La autonomía es la clave que permite a las personas conservar su independencia. La persona mayor tiene el derecho a tomar decisiones, a definir y desarrollar un plan de vida propio, autónomo e independiente, basado en sus tradiciones y creencias pero esta facultad para diseñar su vida debe ir acompañada de mecanismos y políticas que permitan su ejercicio.

La combinación de estos y otros principios bioéticos aplicados a las personas mayores permitirán proporcionar respuestas ante la hasta ahora muy desentendida capa de nuestras sociedades. Se vuelve necesaria la reconstrucción del paradigma para que el envejecimiento sea visto como un proceso gradual que se desarrolla a lo largo de la vida, que conlleva cambios biológicos, fisiológicos, psicosociales y funcionales de variadas consecuencias. Tomar en cuenta este proceso permite reconocer a la persona mayor como sujeto de derechos que, en ocasiones, requiere de medidas especiales para hacerlos efectivos.

Se demanda un cambio cultural capaz de reconocer que el viejo o la vieja, si bien han perdido sus fuerzas para continuar trabajando y sus capacidades físicas y mentales se han reducido, han adquirido, en cambio, conocimiento y experiencia. No debe olvidarse que ese grupo, en su momento de plenitud, trabajó, se responsabilizó de una familia y aportó a la sociedad, ahora corresponde a ésta reconstruir su visión respecto a la vejez, tomar en cuenta su vulnerabilidad, reconocer su dignidad y apoyar el ejercicio de su autonomía. Los principios de la bioética son un buen instrumento para lograr este propósito.

 

Ingrid Brena
Integrante del Sistema Nacional de Investigadores y miembro del Colegio de Bioética

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Publicado en: Justicia social

2 comentarios en “Bioética para los mayores de edad

  1. Ingrid Brena hace una pregunta crucial: ¿Quiénes son los mayores de edad y que puede ofrecerles la reflexión bioética? Su respuesta vale la pena ser leída una y otra vez (especialmente si uno ya se encuentra en la séptima década de la vida, pero aquellos en décadas anteriores harían bien en irlo meditando).
    A mi me movió el escrito de Ingrid. Y me hizo recordar algo que apunté hace algún tiempo; dizque por que era de Saramago, aunque en realidad parece que no. Que me disculpe la autora o el autor real (si alguien le conoce, agradecería le mencionara). Me gusta y eso basta. Aquí va…
    «Qué cuántos años tengo? -¡Qué importa eso !
    ¡Tengo la edad que quiero y siento!
    La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso.
    Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso o lo desconocido…
    Pues tengo la experiencia de los años vividos
    y la fuerza de la convicción de mis deseos.
    ¡Qué importa cuántos años tengo!
    ¡No quiero pensar en ello!
    Pues unos dicen que ya soy viejo,
    y otros «que estoy en el apogeo».
    Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice, sino lo que mi corazón siente y mi cerebro dicte.
    Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso, para hacer lo que quiero, para reconocer yerros viejos, rectificar caminos y atesorar éxitos.
    Ahora no tienen por qué decir: ¡Estás muy joven, no lo lograrás!…
    ¡Estás muy viejo, ya no podrás!…
    Tengo la edad en que las cosas se miran con más calma, pero con el interés de seguir creciendo.
    Tengo los años en que los sueños, se empiezan a acariciar con los dedos, las ilusiones se convierten en esperanza.
    Tengo los años en que el amor, a veces es una loca llamarada, ansiosa de consumirse en el fuego de una pasión deseada.
    y otras… es un remanso de paz, como el atardecer en la playa…
    ¿Qué cuántos años tengo?
    No necesito marcarlos con un número, pues mis anhelos alcanzados, mis triunfos obtenidos, las lágrimas que por el camino derramé al ver mis ilusiones truncadas…
    ¡Valen mucho más que eso!
    ¡Qué importa si cumplo cincuenta, sesenta o más!
    Pues lo que importa: ¡es la edad que siento!
    Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos.
    Para seguir sin temor por el sendero, pues llevo conmigo la experiencia adquirida y la fuerza de mis anhelos
    ¿Qué cuántos años tengo?
    ¡Eso!… ¿A quién le importa?
    Tengo los años necesarios para perder ya el miedo y hacer lo que quiero y siento!!.
    Qué importa cuántos años tengo.
    o cuántos espero, si con los años que tengo,
    ¡¡aprendí a querer lo necesario y a tomar, sólo lo bueno!»

  2. Gran análisis de algo que deberíamos tener en cuenta, máxime que nos pasará sin percatarnos, estas nuevas demandas se deberán de verse reflejadas en las políticas públicas y las decisiones políticas y gubernamentales.
    Excelente Ingrid Brena, felicidades!

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