Bioética con perspectiva de género

Para entender a qué nos referimos cuando hablamos de perspectiva de género, tal vez lo más esclarecedor sea utilizar la metáfora de las gafas violetas. En su famoso libro El diario violeta de Carlota dirigido a un público adolescente (pero altamente recomendable para todas edades y géneros), la autora española Gemma Lienas invita a sus lectoras y lectores a ponerse las gafas violetas, es decir, a examinar de manera crítica las desigualdades que siguen existiendo entre los hombres y las mujeres a la luz de conceptos elaborados por el pensamiento feminista. Ponernos estos lentes significa entonces empezar a ver el mundo de manera diferente para darnos cuenta de las injusticias encubiertas que padecemos las mujeres; nombrarlas, examinarlas y desnaturalizarlas para poder encontrar soluciones transformadoras hacia una sociedad más justa e igualitaria. La perspectiva de género obedece a esta misma lógica. De acuerdo con la Ley General para la Igualdad entre Mujeres y Hombres adoptada en 2006, se define como “la metodología y los mecanismos que permiten identificar, cuestionar y valorar a discriminación, desigualdad y exclusión de las mujeres, que se pretende justificar con base en las diferencias biológicas entre mujeres y hombres, así como las acciones que deben emprenderse para actuar sobre los factores de género y crear las condiciones de cambio que permitan avanzar en la construcción de la igualdad de género”.1

Ilustración: Raquel Moreno
Ilustración: Raquel Moreno

Como bien señala la disposición legal, el trato desigual entre hombres y mujeres ha sido históricamente justificado con base en diferencias biológicas. Ya en la Antigüedad, Aristóteles establecía una distinción y una jerarquización entre la naturaleza del hombre y la de la mujer, siendo esta última no más que un macho “impotente y mutilado”.2 A lo largo de la historia, destacados pensadores, incluidos preeminentes ilustrados como Rousseau o Spinoza, han ceñido sistemáticamente a las mujeres a su papel reproductivo, excluyéndolas de la categoría de seres pensantes y autónomos.3 Asimismo, el papel de la biología y de la filosofía ha sido esencial en la creación y mantenimiento de valores, ideas y estereotipos sobre el trato excluyente que se le ha dado a las mujeres a lo largo de la historia. Es por esta razón que una de las tareas impostergables de la bioética es pensarse a sí misma desde una perspectiva de género para detectar y corregir los sesgos sobre los que ha sido construida.

En los años noventa emergió en Estados Unidos una corriente que planteó la necesidad de examinar temas bioéticos desde el feminismo, entendiéndolo de manera genérica como la suma de corrientes y movimientos que tienen en común la conciencia de la opresión de las mujeres y la voluntad de acabar con ella. Se publicaron obras pioneras como No Longer Patient: Feminist Ethics and Health Care, de Susan Sherwin (1992), Feminist Perspectives in Medical Ethics, de Helen Bequaert Holmes y Laura M. Purdy (1992), o Feminist approaches to Bioethics: Theoretical Reflections and Practical Applications, de Rosemarie Tong (1997). A la par, en 1992 se creó una red internacional de bioética feminista, el International Network on Feminist Approachs to Bioetics(FAB). Estos primeros esfuerzos fueron orientados a realizar una crítica a las principales teorías de la bioética —especialmente clínica—, consideradas como incompatibles con un enfoque feminista, es decir, incapaces de desenmascarar las relaciones de poder que se ejercen en el ámbito de la medicina en detrimento de las mujeres y de las niñas.

Para las feministas, la bioética, tal como otras disciplinas, se ha caracterizado por tener un sesgo androcéntrico. Lo anterior significa que ha sido pensada a partir del varón como representación de la humanidad, como la medida de todas las cosas, como la vara de lo normal. El concepto de androcentrismo busca visibilizar cómo nuestras instituciones y concepciones del mundo tienen un sesgo falsamente universal al haber sido moldeadas a partir de la experiencia y de los intereses masculinos, tomando como modelo de lo humano al varón blanco, de mediana edad, educado, propietario y dueño de sí. Es por esta razón que las feministas hemos sostenido que no basta poner a mujeres en espacios donde no estaban: la falla es estructural y sigue teniendo repercusiones sobre cómo pensamos y vivimos los dilemas bioéticos hoy en día. El androcentrismo, asimismo, cuestiona seriamente la fiabilidad y certeza de nuestros conocimientos.4

Tan es así que diferentes estudios bioéticos feministas5 han mostrado cómo las investigaciones biomédicas suelen privilegiar a los hombres como sujetos de estudio cuando se sabe que existen diferencias significativas entre hombres y mujeres en materia de incidencia de las enfermedades, eficacia de los tratamientos y efectos secundarios. Un buen ejemplo de lo anterior es el de las enfermedades cardiovasculares. Si bien afectan más a las mujeres que a los hombres, han sido tradicionalmente estudiadas a partir de sujetos masculinos, invisibilizando las aristas propiamente femeninas de la problemática y teniendo consecuencias adversas en las prácticas de atención médica. Además de los elementos estrictamente clínicos, destacan en los estudios los factores psicosociales, patrones y estereotipos de género, por ejemplo, el infraregistro de los primeros síntomas coronarios de las mujeres, la etiquetación de sus dolencias como ansiedad o estrés, la poca atención de las características femeninas en la dosificación de los fármacos, así como la realización de menos procedimientos invasivos como trasplantes cardiacos.6

Por otro lado, enfermedades típicamente femeninas han sido ignoradas o minimizadas como el caso de la endometriosis, enfermedad de la matriz que genera fuertes problemas ginecológicos, tal como sangrados abundantes, menstruación dolorosa y problemas de fertilidad. Se considera que 10 a 15 % de las personas menstruantes padecen dicha enfermedad, y a la fecha se calcula que el diagnóstico demora unos nueve años, teniendo las pacientes que pasar por cuatro o cinco especialistas diferentes. De acuerdo con la catedrática española Tassia Arñanguez Sánchez, quien dedicó un libro sobre el tema,7 al ser una enfermedad femenina, se ha ignorado por mucho tiempo: los dolores menstruales han sido considerados como perfectamente normales, y se ha tildado a las mujeres de dramáticas y exageradas. Esta situación ha generado una afectación grave a los derechos humanos de las personas que padecen endometriosis, pues además de sufrir una vulneración de su derecho a la salud, también están afectadas en su derecho a la educación y al trabajo, al no tomarse en cuenta su carácter incapacitante.8

El pensamiento bioético feminista también ha analizado la relación paciente-médico con base en una metodología que permite visibilizar las relaciones de poder que subyacen las interacciones entre las personas. El concepto tradicional de autonomía —el ideal-posibilidad de las personas para tomar sus decisiones de acuerdo con sus propios intereses y sin interferencias externas— ha sido objeto de escrutinio, pues se ha considerado fuera del alcance de las mujeres, quienes se han construidas como “seres-para-otros”, como madres, esposas, hermanas o cuidadoras. Pero más que abandonar el concepto, diferentes autoras han propuesto reformularlo como “autonomía relacional” para enfatizar la idea de que las personas viven inmersas en relaciones familiares, comunitarias y sociales que influyen de manera considerable en sus decisiones. Se trata de una concepción situada de autonomía, que hace hincapié en el contexto en el que se encuentran las personas, especialmente las más vulnerables. Hace mancuerna con el concepto de interseccionalidad, que constituye hasta la fecha una de las mayores aportaciones teóricas del feminismo y que busca visibilizar las intersecciones entre el sexo, la raza, la edad o la clase, que generan situaciones de discriminación y opresión que van más allá de la suma de ellas. Asimismo, la mirada feminista llama a entender las relaciones entre médicos y pacientes como una situación entre sujetos concretos, mostrando las asimetrías de poder que existen entre quienes detienen autoridad y conocimientos y quienes viven una realidad de pobreza y marginación. Lo anterior es particularmente importante en materia de salud sexual y reproductiva, que sigue siendo dominada por la visión estereotipada de un deber materno y por prácticas que reproducen mandatos y violencias de género.

Los ejemplos anteriores constituyen solamente una pequeña muestra de las aportaciones del pensamiento feminista en materia bioética. Si bien se ha ocupado primordialmente de temas que afectan directamente a las mujeres, tiene un potencial que va más allá de ello: constituye una narrativa crítica que permite a la bioética cuestionarse a sí misma y participar en la construcción de una sociedad más justa e incluyente.

 

Pauline Capdevielle
Investigadora en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. Miembro del SNI, nivel I, y del Colegio de Bioética A. C.


1 Artículo 5 – VI de la Ley General para la Igualdad entre Mujeres y Hombres, publicada en el Diario Oficial de la Federación el 2 de agosto de 2006.

2 Tinat, K. “Diferencia sexual”, en Moreno, Hortensia y Alcántara, Eva (coord.), Conceptos clave en los estudios de género, CIEG, UNAM, México, 2019, p. 52.

3 Ibidem.

4 Varela, N. Feminismo para principiantes, Penguin Random House, México, 2022, p. 175.

5 Por ejemplo el clásico artículo de Rebecca Dresser, “Wanted: Single, White Male for Medical Resarch”, Hastings Center Report, vol. 22, núm. 1, 1992, pp. 24-29.

6 Juárez-Herrea y Cairo, L. A. “La perspectiva de género y de derechos humanos en el estudio de las enfermedades cardiovasculares”, en Ruiz Cantero, María Teresa (coord.), Monografías 39 Perspectiva de género en la medicina, Fundación Dr. Antoni Esteve, Barcelona, 2019, p. 83.

7 Aránguez Sanchez, T. ¿Por qué la endometriosis concierne al feminismo?, Madrid, Dykinson, 2018.

8 Aránguez Sanchez, T. Endometriosis e incapacidad permanente en perspectiva de género, RTSS.CEF, núm. 422, mayo del 2018, p. 64.