Una bioética budista

Crédito: Estelí Meza

Gaia es simbiosis vista desde el espacio:

todos los órganos los organismos se están tocando porque

todos están bañados en el mismo aire

 y la misma agua que fluye.

Lynn Margulis

El origen de la bioética como campo interdisciplinario dentro de una tradición académica y epistémica particular le hizo desarrollarse desde una perspectiva analítica reduccionista y personalista que obedecía al contexto científico, filosófico, cultural e histórico en que se encontraba. Sin embargo, a medida que se amplía su campo de estudio y extensión geográfica y demográfica, se vuelve necesario revisar sus presupuestos a la luz de un marco conceptual mucho más amplio, interdisciplinario e intercultural. Esto es especialmente necesario considerando que los dilemas que se abordan desde la bioética se han ido complejizando a lo largo de los años abarcando no sólo los dilemas de la práctica biomédica, sino también cuestiones animales, sociales y ambientales. Además de las teorías filosóficas clásicas de occidente, la bioética también puede nutrirse de perspectivas relacionales y comunitarias como el budismo, que enfatiza la interconexión y la ausencia de dualidades reales.

El siglo XX se caracterizó por numerosos avances en ciencia y tecnología que tuvieron un impacto muy grande sobre todas las formas de vida. Los actos terribles dentro de las guerras, el desarrollo de una industria agropecuaria que explota a los animales de forma intensiva a gran escala, la experimentación biomédica institucionalizada con humanos y otras especies, así como los ecocidios químicos perpetrados durante la guerra de Vietnam son sólo algunos ejemplos. El nuevo mundo industrializado que se estaba globalizando necesitaba de nuevas directrices para repensar nuestras relaciones con otros seres humanos, otras especies y el ambiente en general. Así surge la bioética, que más que una disciplina, es una interdisciplina, el cruce entre ciencias y humanidades. Aunque la primera persona en hablar de bioética fue el teólogo alemán Fritz Jahr, fue Van Rensselaer Potter, químico estadounidense, quien reacuña el término y lo hace conocido. Poco tiempo después se establece una propuesta de cuatro principios como guía para la práctica médica, estos son no maleficencia, beneficencia, autonomía y justicia. Los principios fueron propuestos por los filósofos estadounidenses Tom Beauchamp y James Childress y retoman ideas y teorías éticas del utilitarismo, deontología y contractualismo. Si bien estos principios han sido fundamentales para repensar la práctica biomédica, han recibido algunas críticas, pues al final su aplicación es ambigua, además de que expresan valores y formas de entender la vida y la justicia muy propias del norte global.

Propuestas posteriores han devenido en el desarrollo de múltiples bioéticas desde perspectivas feministas o sociales, entre otras, ampliando profundamente su marco teórico. Sin embargo, es necesario ir más allá y seguir evolucionando, pues la bioética no debería limitarse sólo a la aplicación de principios preestablecidos por otras teorías, sino ser su propia reflexión. Como lo propone la filósofa mexicana Juliana Gonzáles en su libro Bíos. El cuerpo del alma y el alma del cuerpo, el trabajo en bioética no es sólo la aplicación de principios, sino que debe cuestionar la fundamentación detrás de dichos principios y de nuestro pensamiento sobre la vida en general. ¿Desde qué ideas estamos pensando a la vida, sintiendo a la vida, afectando a la vida?

El pensamiento occidental ha seguido una tendencia individualista y dualista muy marcada que desestima las relaciones, pues su principal interés es descubrir la naturaleza esencial de las cosas. Estas posturas nos son tan familiares que frecuentemente ni siquiera las cuestionamos, sólo las damos por hecho como una verdad. Una manera de evidenciar estos sesgos socioculturales es a través de otras visiones, otras teorías filosóficas que han tenido un desarrollo diferente.

La filosofía budista surge hace aproximadamente 2500 años cuando Siddharta Gautama encuentra lo que se ha denominado como despertar o experiencia perceptiva pura que refiere a una percepción directa de la realidad sin interferencias de los sistemas de procesamiento simbólico, lo que se asume resulta en un entendimiento profundo de la naturaleza. El budismo ha sido una de las filosofías más importantes en el mundo, influyendo fuertemente a millones de personas y a otras religiones como el hinduismo, confucianismo y shintoismo.

Desde la perspectiva budista, no existen las naturalezas esenciales, porque todo fenómeno (incluyendo los seres vivos) somos el resultado de múltiples causas y condiciones, que cuando cesan, hacen que también cese el fenómeno. Desde esta perspectiva lo importante no es la esencia, sino las relaciones, pues todo está interconectado, los seres vivos entre ellos y con su ambiente. Más aún, todo fenómeno surge, se mantiene y cesa a partir de causas y condiciones temporales. A esto se le denomina condicionalidad o pratītyasamutpāda, también llamada coproducción condicionada o surgimiento u origen dependiente.

Cuando se concibe la realidad como un conjunto de fenómenos en proceso, que surgen y se mantienen gracias a las relaciones o interconexiones de dichos procesos, las barreras teóricas que usamos para definir al mundo y delimitarlo, simplemente se desdibujan. No hay naturalezas esenciales (insustancialidad), ni permanentes (impermanencia) ni nada que pueda ser eternamente satisfactorio (insatisfactoriedad). Dentro de esta cosmovisión procesal las dualidades, como con bien-mal, humano-animal, razón-emoción o cultura-naturaleza, no son más que constructos mentales útiles en un sentido práctico, pero irreales en un sentido último. Los seres humanos no nacemos ni vivimos en burbujas aisladas del mundo, nuestra vida y supervivencia están fuertemente atadas a otros seres vivos y el ambiente. Nuestro cuerpo no es 100% humano, pues en realidad somos un ecosistema habitado por una innumerable cantidad de bacterias, hongos, protozoarios y hasta animales invertebrados (creando el concepto de holobionte), nuestro sustento proviene de otros seres vivos directa o indirectamente y las actividades humanas afectan fuertemente a todos los residentes de la biósfera. Cuando reflexionamos sobre el impacto global que tienen nuestras acciones es evidente la importancia de la reflexión ética.

A través de los miles de años la filosofía budista se ha preguntado cuáles son las acciones correctas o útiles, cuáles traen felicidad a todos los seres, cuáles nos acercan al ideal del despertar. Se tienen formulaciones de preceptos éticos que protegen la vida, así como otras guías prácticas. Sin embargo, hay otra pregunta presente: ¿cuál es la manera correcta de percibir el mundo? Como David Hume lo describiría cientos de años después, la razón no es la única fuente que influye en nuestras acciones. Para el budismo razón y emoción no son procesos cognitivos separados y por tanto ambos deben ser considerados dentro del análisis motivacional detrás de nuestras acciones.

La ética budista tiene un fuerte componente fenomenológico, porque se establece que el trabajo de estudio, pero sobre todo el de meditación, nos posibilita entrenar directamente a la mente guiando nuestros pensamientos deliberadamente. La meditación nos permite elegir cuáles son los estados mentales que queremos cultivar y cuáles son los que queremos cesar. Además de las técnicas de atención consciente, existe un grupo de meditaciones llamadas las brahmavihārās o las moradas sublimes de la mente. En ellas se cultivan la bondad o amor (mettā), compasión y cuidado (karuṇā), empatía (muditā) y ecuanimidad (upekkhā) hacia todos los seres.

Cuando se perciben a todos los seres vivos, y particularmente a aquellos con sintiencia y consciencia (otros animales) desde la bondad, compasión, empatía y ecuanimidad, surge una disposición ética de eliminar el sufrimiento de todos ellos, un ideal de compasión e imparcialidad que beneficia a todos sin discriminación.

En la literatura se encuentran algunas propuestas de análisis de problemas contemporáneos desde perspectivas budistas sobre temas como aborto, eutanasia, nuestra relación con otros animales, medio ambiente y sobre ciencia en general. Esta perspectiva ética y filosófica amplia puede ser un gran aporte dentro de las deliberaciones bioéticas para permitirle ampliarse y contemplar a otros seres sin preocuparse por la personalidad o naturaleza del sujeto, pues no se necesita ser algo o alguien para merecer compasión y cuidado, si todos los seres vivos estamos en interrelación se elimina el pensamiento jerárquico.

Para promover el avance hacia una bioética global que incluya no sólo a los seres humanos, sino también a otras formas de vida dentro de contextos socioculturales diversos es necesario incorporar nuevas herramientas filosóficas, científicas y metodológicas. Sustentar la bioética desde una ética budista que parte de una ontología relacional y no dual nos permite no sólo contemplar a los individuos involucrados, sino también sus interacciones y afectaciones. Esta filosofía ha buscado por miles de años el tener una convivencia pacífica con el resto de los seres vivos sin que tenga relevancia su utilidad ni características específicas en relación con el ser humano.

Este cambio de perspectiva es necesario, pues la manera en que tratamos a los otros depende de cómo concebimos a la naturaleza, a lo humano y la relación entre nosotros y la naturaleza. Las teorías jerarquizantes no sólo consideran unas formas de vida más valiosas que otras, también catalogan y subordinan ciertas características, ideas o perspectivas sobre otras a favor del ser humano. La tradición moderna colonial nos pide buscar lo mejor, el óptimo, lo correcto y universal haciendo una apología a la autonomía, la racionalidad y la objetividad. Los inicios de la bioética siguieron dentro de estos lineamientos invisibilizando las relaciones intra e interespecie, así como factores socioculturales y ecológicos.

La fundamentación filosófica interrelacional budista nos posibilita una inclusión bioética verdaderamente de la βίος y no sólo de un subgrupo de formas de vida. Nos provee una teoría ética amplia y flexible de desarrollo de valores, evaluación de consecuencias y cuidado que no sólo considera relevante la emotividad, sino que la trabaja activamente a través de la meditación. Esto se integra en preceptos éticos y guías de análisis de casos, narrativas y arquetipos de referencia que proporcionan una variedad de herramientas éticas aplicables a casos y contextos diferentes.

Si la bioética es la preocupación ética de la vida, el budismo tiene mucho que decir al respecto, pues por milenios se ha preocupado activamente por el beneficio de todos los seres, o como se recita tradicionalmente en el idioma pali: Sabbe Sattaa Sukhi Hontu – Que todos los seres estén bien y sean felices.

María del Carmen Valle Lira

Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia, UNAM

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Publicado en: Ética médica