
“Phineas Gage, es impulsivo e irreverente, y en ocasiones da rienda suelta a la blasfemia grosera (algo que no era su costumbre), y muestra poco respeto por sus compañeros. Es impaciente e incapaz de retener consejos cuando estos entran en conflicto con sus deseos; a veces es obstinado, caprichoso y vacilante. Crea muchos planes de acciones futuras, que en lugar de ser planificados de manera adecuada, son abandonados por otros que parecen más factibles. En este sentido su mente cambió radicalmente; tan decisivo fue el cambio que sus amigos y conocidos dicen que ya no es Gage”.
La descripción de este personaje fácilmente podría clasificarse como una conducta carente de principios éticos y con desinhibición conductual, no obstante este desglose de la personalidad del señor Gage no se refiere al análisis comportamental de algunos personajes que identificamos en la vida pública contemporánea, ya que se trata de la descripción clínica que quedó impresa en el expediente que elaboró el doctor Dr. Harlow en 1868.
En esta nota clínica descriptiva precisa los cambios de conducta y modificaciones en la personalidad que se presentaron en una persona respetable, con liderazgo y buena reputación, que tenía a su cargo cientos de trabajadores en la planeación y ejecución de los trabajos para construir la vía del tren en la zona noreste los Estados Unidos. Un accidente provocó que una barra metálica lesionara el lóbulo frontal izquierdo del cerebro, y en un hecho sin precedentes el paciente sobrevive con la pérdida del ojo izquierdo pero sin alteraciones motrices o sensoriales derivadas de la destrucción de esa zona del cerebro, pero con preservación del lenguaje.
Esta narrativa clínica se ha convertido en un caso emblemático para la neurociencia cognitiva en que se manifiesta con claridad la vinculación funcional del cerebro con la conducta y las emociones, y muy particularmente del lóbulo frontal con el comportamiento. Demuestra asimismo que una modificación en los circuitos neurales puede afectar los patrones conductuales de tipo inhibitorio o excitatorio, y generar un desbalance en la forma de conducirse ante los demás.
Mas allá del escenario cognitivo y conductual, este caso tiene relevancia desde la perspectiva ética pues nos aporta con mayor claridad el rol estructural y funcional de las redes neuronales en la adquisición de los códigos de comportamiento, y desde luego las repercusiones que se presentan cuando esta red se altera, se modifica o se lesiona.
Este equilibrio de la conducta ética se configura bajo el mismo esquema de los patrones de excitación e inhibición ( puedo hacer lo que me indica el libre albedrío, pero no debo hacerlo si es contrario a mis valores éticos), que equivale en términos coloquiales a que poseemos un acelerador y un freno: El acelerador representa los impulsos que se generan de la forma más primitiva, hasta la más premeditada forma de conductas violentas o sociopáticas. El freno en cambio, es el que nos indica que existen valores morales y éticos que postulan lo que es correcto y lo que no se debe hacer desde nuestro fuero interno, y aún más; adicionalmente tenemos las reglas civiles y penales que nos lo recuerdan.
Este patrón de desinhibición puede aparecer vinculado a trastornos del neurodesarrollo en el que el componente multigénico determina ciertos perfiles de comportamiento, como personas con impulsividad, agresividad, proclives a la violencia en todos los formatos, que no toleran la frustración, les cuesta trabajo atender y respetar las normas sociales y las más elementales reglas de convivencia. O bien puede ser producto de las manipulaciones bioquímicas del cerebro como el caso de las conductas adictivas y la manipulación de terminaciones nerviosas llamadas sinapsis en que se genera la comunicación con sus propias redes a través de sustancias denominadas neurotransmisores (El alcohol induce a la desinhibición conductual, o bien el caso de la cocaína que aumenta en extremo la concentración de dopamina como patrón excitatorio).
Esta manipulación aceptada socialmente o al menos legalmente (alcohol, tabaco) ha sido rebasada por una gran cantidad de sustancias no legales destinadas a la manipulación conductual, algunas con tendencias que buscan una permisividad bajo el concepto “recreativo”, en las cuales la línea entre la diversión o esparcimiento “cultural” y la adicción es muy frágil y sucumben ante la perspectiva del placer cerebral efímero.
Recientemente han surgido otras modalidades no necesariamente recreativas, sino orientadas a la mejora de las habilidades cognitivas a través de la ruta de la estimulación de las vías relacionadas con la atención, concentración, memoria a corto plazo y funciones ejecutivas. A partir fármacos utilizados para el Trastorno de Déficit de Atención (TDA-H) y sus efectos en disminuir la atención dispersa y mejorar el rendimiento académico se propició un uso indiscriminado sin prescripción médica, en que el consumo en adolescentes y estudiantes aumentó bajo la promesa de que estas sustancias que operan con un mecanismo excitatorio, potencian las capacidades cognitivas, disminuyen el apetito alimentario, disminuyen el efecto depresor del alcohol y aumentan el rendimiento físico y la resistencia ante el desvelo prolongado.
Esta tendencia ha generado una serie de trastornos secundarios al prescribirse sin supervisión médica, como ansiedad y trastornos neuropsiquiátricos severos, lo que ha cobrado una factura muy alta en la búsqueda de una especie de transhumanismo farmacológico sustentado en experiencias anecdóticas no científicas y en la expectativa de convertirse en supermujeres y superhombres de 4ta generación.
Estos eventos no concluyen en este limbo, sino que han escalado a fármacos más refinados algunos de ellos experimentales, los utilizados para el deterioro cognitivo del adulto mayor, hasta nuevas combinaciones realizadas en cocinas “caseras”, que pueden inducir la polifarmacia y la adicción con drogas múltiples.
En algunos casos la prescripción trivial o con ganancia secundaria que se gestiona con influencia e interés de la industria, ha generado también sus propios efectos como en el caso de la adicción a opioides que fueron “inducidos” por el propio personal médico y se salieron de control en el margen terapéutico.
Bien argumentaba Paracelso, que la diferencia entre un veneno y un remedio es la dosis y hoy en día aplica de forma precisa para todo tipo de interacción con sustancias, legales, no legales, “naturales”, alternativas, tradicionales, que pueden generar efectos en el sistema nervioso, incluyendo las de segunda mano, prescritas en los animales o plantas (Clembuterol o pesticidas), que también tienen efectos en el consumidor de este tipo de alimentos.
Las implicaciones bioéticas residen en muchos ángulos en los que se puede cuestionar si dicha manipulación repercute en la conducta, si durante este efecto aún sea temporal la persona puede tomar decisiones no éticas al retirar el “freno” y quedar a merced de la desinhibición, si esto repercute en terceros, sus familias, en su trabajo o en sus escenarios de decisión. Otro enlace nos vincula con la reflexión de la permisividad, el conflicto de interés en el consumo, la manipulación mental y los cambios en las emociones bajo estos influjos y la presencia de una serie de pérdidas secuenciales que involucran la pérdida de la voluntad y la autonomía. ¿Se pierde el juicio y razonamiento ético cuando alguien está bajo los efectos recreativos de estas sustancias?
En la escalada tecnológica y con el desarrollo sistemas computacionales de interfaz con el cerebro, se ha propuesto el concepto primario del transhumanismo clásico que aplica en el uso de ciertos dispositivos como los implantes cerebrales profundos. Estos pueden mejorar la calidad funcional en el paciente con Párkinson y otros trastornos del movimiento, así como en el manejo de la depresión refractaria, pero aún no queda claro si los cambios conductuales posteriores o los cambios de personalidad “colaterales” relacionados con la intención terapéutica son aceptables en este balance.
Indudablemente el cerebro del Sapiens ha cambiado en su visión evolutiva, no tenemos el mismo patrón estructural cerebral de hace cincuenta años, incluso ni de hace 6 meses para los astronautas que han permanecido por periodos en la estación espacial. Estamos en una antesala Darwinista de adaptación ante nuevas modalidades de manipulación conductual, que pueden afectar los perfiles comportamentales y de aquellos valores que culturalmente se han gestionado por muchas generaciones para discernir entre lo deseable, lo bueno, lo aceptable y lo prescindible. Este transhumanismo farmacológico “Light” puede también reconfigurar nuestros patrones y códigos de conducta, desde las “nuevas normalidades”, evadiendo los procesos elementales del pensamiento crítico y reflexivo que propicia la inteligencia y la emoción humana.
El riesgo de esta manipulación en la ruta del “disfruta ahora y paga después” podría, sin ser catastróficos; conducirnos a los perfiles “Desalmados” (personajes e instituciones sin alma y sin códigos de ética), que se describen como personas que han perdido el respeto a sí mismos, a la sociedad, a las reglas más elementales de convivencia y definen un perfil sociopático particular.
Esos remanentes de la emoción y la cognición que nos hacen éticos, pueden representar la esperanza de que podremos continuar en un horizonte de tolerancia y respeto en un mundo cada vez más diverso, sin la incertidumbre que un alimento, bebida o una práctica permisiva, nos provoque una demencia selectiva, eventualmente temporal o permanente, en que olvidemos los códigos más elementales para la convivencia tribal respetuosa con nuestros congéneres y con todas las formas de vida en el planeta.
Rodrigo Ramos-Zúñiga
Neurocirujano, doctor en neurociencias, profesor investigador de la Universidad de Guadalajara, miembro del SNI. Pertenece al Colegio de Bioética A.C.
Excelente pluma. Bravo!!!
A propósito de casos clínicos neurológicos emblemáticos, el 30 de Agosto de este año se cumplen 10 años de la muerte de Oliver Sacks, distinguido neurólogo que tejió entre la literatura y la nota clínica, siempre con curiosidad y rigor científico, reflexionando sobre la vida, la condición humana, la enfermedad y la muerte.
Recordémoslo releyendo su bastísima obra multiestilistica.
Gracias por el comentario. Totalmente de acuerdo con la notable aportación del profesor Sacks. La narrativa científica nos ilustra, pero la narrativa literaria como forma de divulgación científica, educa y transmite conocimiento.
En un dejs vu, recordé un mundo feliz de Aldous Huxley, con su pastilla soma, en la qua el organisms no en envejecia. Se quedaba con la apariencia de una persona de 30 años, (estaría bueno) y a los 80 años dejaba de ser útil, terminando así su ciclo vital. La ciencia ficción? El transhumanismo ya una realidad. Como las novelas de Julio Verne que se vuelven realidad. Felicidades por su artículo. Saludos
Gracias por el comentario. Los límites de la identidad están cada vez más vinculados al desarrollo de sustancias y dispositivos tecnológicos que han modificado gradualmente los perfiles de personalidad de homo sapiens. Un equilibrio racional es cada vez más pertinente para delimitar con responsabilidadlos alcances de estas nuevas fronteras.
Esta alerta sobre los riesgos de un transhumanismo “light” que, lejos de promover solo el bienestar, podría alterar la conducta, erosionar el pensamiento crítico y reconfigurar lo que consideramos valioso en nuestra convivencia, nos permite reflexionar sobre cómo las mejoras tecnológicas pueden tener consecuencias colaterales en nuestra identidad y humanidad para encarar con responsabilidad los desafíos del futuro
Gracias por el comentario. En efecto, los procesos transformativos de la personalidad desde el transhumanismo pueden desvirtuarse cuando son motivados por la cultura del consumo, del placer inmediato y de las tendencias e inercias de las modas sociales. Esto invita a la reflexión constante y al discernimiento crítico para procurar conductas responsables ante la influencia de una serie de sustancias o dispositivos propios de la era digital, que pueden conducir inevitablemente a conductas de disforia en la identidad.
El artículo del Dr. Rodrigo Ramos-Zúñiga nos recuerda, a partir del caso de Phineas Gage, la vulnerabilidad del juicio moral cuando la biología o la tecnología alteran nuestra capacidad de discernimiento. Su reflexión es vigente y necesaria, pero me gustaría sumarla a una preocupación que llevo al aula y al quirófano: la ausencia de una verdadera arquitectura moral en la educación médica.
Albert Einstein advertía en 1952, en The New York Times: «No basta con enseñar a un hombre una especialidad, aunque esto pueda convertirlo en una especie de máquina útil; no tendrá una personalidad armoniosamente desarrollada… De otro modo, con la especialización más parecerá un perro bien adiestrado que una persona armoniosamente desarrollada.» Han pasado más de 80 años y seguimos igual, quizá peor: formamos médicos competentes técnicamente, pero no siempre críticos ni éticos. El filósofo Gastón Soublette lo expresa con lucidez: «La verdadera ética ha sido reemplazada por el cálculo de lo que me conviene. Porque se ha perdido la sabiduría y ha bajado mucho la ética. Hoy vivimos apurados, alienados… no hay tiempo para la sabiduría ni para la verdad.» La medicina no escapa a este fenómeno: muchas decisiones se tomas más por conveniencia que por conciencia. En una investigación reciente con estudiantes de octavo semestre en la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Guadalajara, comparamos metodologías basadas en simulación y práctica clínica real. Aunque los resultados cuantitativos fueron modestos, el análisis cualitativo mostró que los estudiantes expuestos a la lectura crítica y reflexión desarrollaron el mejor razonamiento y la historia clínica que aquellos centrados solo en la técnica. Defender lo obvio -que la ética es inseparable de la medicina- es hoy una tarea impostergable. Sin la arquitectura moral, la medicina corre el riesgo de ser un edificio sólido en lo técnico pero vació en lo humano