Parir en tiempos de violencia estructural

Ilustración: Víctor Solís
Ilustración: Víctor Solís

Los días 9 y 10 de junio de este año, el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM fue sede de un encuentro ineludible para quienes trabajamos desde la bioética feminista: un seminario sobre “Violencia obstétrica: Diálogos interdisciplinarios entre academia, activismos y profesionales del cuidado”, mismo que da seguimiento a un primer seminario que se realizó los días 14 y 15 de marzo de este mismo año en el Instituto Uehiro de Ética Práctica de la Universidad de Oxford en Reino Unido. Ambos eventos lograron entretejer conocimiento académico, experiencia clínica y la voz legítima de la sociedad civil organizada. Esta colaboración es indispensable y ha dado como resultado una alianza permanente entre la academia, sociedad civil y profesionales de la salud, desde las sinergias institucionales de la Universidad de Oxford a través del Instituto Uehiro de Ética Práctica, el Instituto de Investigaciones Jurídicas a través del seminario permanente “Bioética Feminista” de proyecto PAPIIT DGAPA UNAM, y organizaciones de la sociedad civil comprometidas como GIRE y COLMENA.

No se trató de una jornada académica más. Fue, en realidad, un espacio para dar nombre al daño, para resignificar el parto como proceso humano y no como episodio clínico, y para visibilizar la urgencia de políticas públicas que sitúen el respeto a la autonomía reproductiva en el centro del sistema de salud. A lo largo de la primera jornada, se hizo evidente la importancia de la bioética feminista como herramienta de análisis, denuncia y transformación. Esta perspectiva no solo estuvo presente en los temas abordados, sino también en el enfoque de cada una de las ponentes expertas, en la forma en que se problematizaron los discursos médicos, las políticas públicas, y los cuerpos como territorio de disputa. Al inicio de la jornada el Dr. César Palacios-González, líder del proyecto desde el Instituto Uehiro de Ética Práctica de la Universidad de Oxford, señaló que es fundamental entender que la violencia obstétrica no es un fenómeno aislado, sino una expresión sistemática de estructuras de poder que se reproducen a través de la práctica clínica, el diseño normativo y el ejercicio de la autoridad médica. Desde esta convicción, insistió en la necesidad de un diálogo interdisciplinario que reconozca los saberes situados, los testimonios y las prácticas alternativas como elementos centrales para la justicia reproductiva.

La jornada inaugural estuvo a cargo de la Mtra. Rebeca Ramos Duarte, directora de GIRE, quien colocó al centro la trayectoria de su organización en la visibilización, denuncia y acompañamiento de casos de violencia obstétrica. GIRE ha documentado e impulsado estrategias jurídicas e institucionales con un objetivo claro: garantizar que ninguna mujer vuelva a ser violentada al momento de parir. Rebeca recordó que el Tribunal de Justicia Reproductiva que han promovido se construyó como un espacio de reparación simbólica, pero también como un llamado político para poner fin a la impunidad. Denunció que hoy en día se siguen practicando esterilizaciones forzadas, especialmente a mujeres con discapacidad o en contextos de pobreza, que las mujeres son objeto de burlas, se les niega la anestesia, se les imponen métodos anticonceptivos sin consulta, y que todo esto ocurre en entornos que reproducen jerarquías de poder profundamente patriarcales. “No son casos aislados —dijo—, es una violencia estructural.”

Reconceptualizando el lenguaje en la ley y la política de nuestros cuerpos

La Dra. Graciela Muñoz García, de COLMENA, ofreció una lectura desde la teoría crítica, invocando a Judith Butler y Byung-Chul Han para denunciar cómo los cuerpos parturientes siguen siendo considerados objetos de gestión clínica y no sujetos de derechos. Propuso un cambio de lenguaje: dejar de hablar de «dar a luz» y volver a hablar de “parir”, un verbo activo, potente, político. Señaló que debemos dejar de diseñar políticas para mujeres “abstractas” y empezar a reconocer la precariedad real de los cuerpos gestantes, especialmente aquellos históricamente marginados. Su postura subrayó que la bioética feminista debe también cuestionar las categorías con las que construimos nuestras políticas públicas y nuestros marcos jurídicos.

Restitución del acompañamiento emocional y comunitario

La Dra. Georgina Sánchez Ramírez aportó una mirada fundamental sobre la evolución histórica de la atención al parto, recordando que en décadas pasadas las parteras promovían activamente la presencia de los padres durante el parto, en contraste a la como en la actualidad se ha institucionalizado su exclusión. Compartió casos donde la presencia del padre o acompañante era prohibida sin justificación, o donde el dolor era ignorado como parte del ritual médico. Esta reflexión es crucial: evidencia cómo la violencia obstétrica también consiste en despojar a las mujeres del acompañamiento emocional y comunitario. La doctora Sánchez Ramírez también destacó las exigencias desproporcionadas de instituciones como COFEPRIS para la operación de casas de parto, lo que dificulta su existencia, particularmente en zonas remotas. Denunció cómo este marco normativo refuerza un modelo biomédico excluyente y obstaculiza prácticas de parto respetado.

El cuerpo como frontera de la violencia

El Dr. Roberto Castro abordó el tema desde una perspectiva longitudinal, mostrando cómo la violencia obstétrica en México ha sido sistemáticamente invisibilizada, incluso en el discurso institucional. Señaló que el término fue acuñado en América Latina, no en Europa como muchos creen, y que ha costado décadas nombrarlo, conceptualizarlo y hacerlo visible. Pero advirtió que, en algunos casos, las metodologías científicas usadas para medir la violencia obstétrica pueden despolitizar el fenómeno, al enfocarse en “malas prácticas” sin reconocer la raíz estructural del problema: la desigualdad de género, la normalización del abuso y la jerarquía médica.

Esta violencia incluye procedimientos realizados sin consentimiento, como cesáreas innecesarias o ligaduras de trompas impuestas. Incluye humillaciones, infantilización, negación de acompañamiento, trato cruel e incluso expresiones de odio. Cuando una de cada tres mujeres en México reporta haber sido violentada al parir, no estamos ante fallas del sistema, estamos ante una expresión clara del sistema mismo. La bioética feminista aquí tiene el desafío de no reducirse a marcos normativos de consentimiento, sino de proponer un análisis estructural del poder y del daño.

Consentimiento informado: ¿una categoría suficiente?

Uno de los puntos discutidos durante el seminario y que se analizó a profundidad en la última sesión de la primera jornada fue el papel del consentimiento informado en los contextos obstétricos. Como señaló la Dra. Pauline Capdevielle, pensar el consentimiento desde una perspectiva liberal-individual puede resultar insuficiente cuando se ignoran las asimetrías de poder y las condiciones materiales de las mujeres en situación de parto. ¿Qué significa consentir cuando el cuerpo está atravesado por el dolor, el miedo, la urgencia o la presión institucional?

Este cuestionamiento nos obliga a repensar el consentimiento como una práctica relacional y situada, no como un simple protocolo jurídico o administrativo. Desde la bioética feminista, el consentimiento debe estar fundado en una comprensión profunda de la autonomía como proceso, no como atributo fijo. Una autonomía que se ve erosionada cuando el trato clínico está mediado por el prejuicio, la estigmatización o el desprecio por las decisiones reproductivas no normativas.

Diálogos plurales con grupos de enfoque del personal del cuidado

Uno de los momentos más significativos del evento también se presentó durante la segunda jornada, dedicada a sesiones cerradas de grupos de enfoque. Parteras, enfermeras, médicas, abogadas y profesionales del cuidado se reunieron a pensar soluciones desde su experiencia concreta. Este espacio fue testimonio de cómo la bioética feminista se construye también desde lo colectivo, desde la escucha, desde los márgenes.

La jornada comenzó con una intervención de Bianca Vargas, quien hizo un recuento crítico de las reflexiones del primer día, hilando las distintas voces desde una mirada estructural e interseccional. A partir de ahí, las doctoras Karla Berdichevsky, Karla Flores y Graciela Muñoz de COLMENA organizaron la metodología de los grupos de enfoque y participaron activamente en ellos. Sus intervenciones aportaron una mirada intersectorial y práctica. Desde sus experiencias clínicas, se subrayó la urgencia de devolver agencia a los cuerpos gestantes. Karla Berdichevsky profundizó en la complejidad de diseñar políticas públicas con perspectiva de género real, señalando que los cambios normativos deben estar acompañados de presupuesto, voluntad política y compromiso interinstitucional. Bianca Vargas, por su parte, abordó las resistencias burocráticas al cambio, advirtiendo cómo el sistema de salud sigue priorizando el control institucional sobre el bienestar emocional y físico de las mujeres.

De aquí surgieron propuestas valiosas: creación de protocolos sensibles al género, reconocimiento jurídico de prácticas no hospitalarias, formación en derechos humanos para personal clínico y, sobre todo, una política de cuidados centrada en la dignidad de las mujeres.

Como recordaba la Dra. Graciela Muñoz, no basta con transformar las prácticas clínicas: es necesario cambiar las formas de pensar el parto, la reproducción y la salud. Se trata de devolverle agencia a los cuerpos históricamente despojados de ella. De construir entornos habilitantes —como los llama la OMS— donde las experiencias del parto sean respetadas, no condicionadas ni violentadas.

Nombrar la violencia obstétrica no es una moda, es una urgencia ética. Mientras una sola mujer sea violentada al parir, la bioética tiene la obligación de tomar posición. No hay neutralidad posible cuando lo que está en juego es el cuerpo, la voz y la dignidad de quienes dan vida.

Parteras, legalidad y justicia reproductiva

Nuestra directora del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, Dra. Mónica González Contró, cerró la primera jornada del evento recordando que la exclusión legal y simbólica de las parteras tradicionales significa uno de los temas más urgentes. Fue clara al señalar que las mujeres que eligen parir fuera del hospital, acompañadas por parteras, enfrentan una institucionalidad que les niega derechos básicos. En México, la ley exige que el nacimiento sea certificado por una institución médica para poder registrar al bebé. Esto implica que muchas mujeres deben recorrer un largo camino para que sus hijos e hijas accedan a una identidad jurídica.

Este no es un mero trámite burocrático: es violencia institucional. Se niega el valor del saber ancestral, se criminaliza la autonomía reproductiva, se desconoce el derecho a decidir cómo y con quién parir. La ley, al centrarse exclusivamente en el modelo hospitalario, perpetúa una visión colonial y patriarcal del parto. Urge un marco jurídico que reconozca la labor de las parteras, que legitime sus certificaciones, y que ofrezca mecanismos claros para que la identidad de la niñez no dependa del acceso a un hospital. Esta transformación también requiere una bioética sensible a las realidades plurales del país, que reconozca las múltiples formas de ejercer el cuidado y de vivir el parto.

Violencia ginecológica y silencios normalizados

También en el cierre de la primera jornada, se compartieron testimonios de violencia ginecológica, especialmente hacia mujeres en perimenopausia y menopausia. Un caso expuesto fue el de una mujer que acudió al ginecólogo por síntomas menopáusicos y fue confrontada con esta pregunta: “¿Ya entendió por qué no fue madre?”

Esta frase —tan común y violenta— condensa una doble agresión: primero, presupone que la maternidad es un destino natural de toda mujer; segundo, patologiza la no maternidad como un fracaso. Este tipo de comentarios son una intrusión intolerable en la esfera de la autonomía reproductiva. Elegir no ser madre, o no poder serlo, no puede seguir siendo motivo de escrutinio médico. Necesitamos una bioética feminista que reconozca todas las trayectorias vitales como legítimas y dignas de respeto. La violencia ginecológica es también un llamado a ampliar el enfoque de derechos reproductivos más allá del parto y del embarazo, reconociendo todas las etapas del ciclo vital como dignas de atención y cuidado.

¿Hasta cuándo seguiremos tolerando que las decisiones reproductivas —o la ausencia de ellas— se conviertan en terreno para el juicio moral o clínico? El cuerpo de las mujeres, en todas sus etapas, no puede seguir siendo terreno de pedagogías violentas que buscan disciplinar desde la bata blanca.

Hacia una política del cuidado como justicia

El evento concluyó con un llamado conjunto a repensar la política del cuidado desde una bioética feminista. El desafío, como se discutió en el evento, no es sólo denunciar la violencia, sino construir alternativas. Políticas públicas que incluyan también a quienes cuidan, a quienes acompañan, a quienes resisten desde la trinchera cotidiana. Una bioética feminista que se reivindique como tal debe hacerse cargo no sólo de la crítica, sino también de la propuesta: imaginar otros modos de cuidar, de legislar, de atender.

Para quienes no pudieron asistir, las reflexiones y aportaciones de este encuentro están disponibles en el canal del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM: https://tinyurl.com/4n6weamv. Además, como anuncié en redes sociales, especialmente en TikTok: https://vt.tiktok.com/ZSkx6yrNt/, este evento no sólo merece ser visto, sino también compartido, discutido y llevado a otros espacios. La urgencia de estos temas trasciende lo académico: interpela a nuestra conciencia bioética, jurídica y social.

Finalmente, no quisiera cerrar esta reflexión sin agradecer profundamente a la Dra. Verónica Esparza, directora de investigación de GIRE, y a la Mtra. Rebeca Ramos, directora de la organización, quienes con su liderazgo articulado han dado ejemplo de lo que significa tejer redes de colaboración interinstitucional con visión transformadora. Ellas han sabido construir puentes, conectar experiencias diversas y cultivar alianzas significativas entre la sociedad civil, la academia y el ámbito clínico. Su alianza con COLMENA fue clave para hacer posible este espacio, que conjugó saberes diversos y propuestas concretas, uniendo a personas del ámbito clínico, académico y jurídico. En conjunto con sus equipos —a quienes siempre procuramos visibilizar, aunque sería interminable nombrar a todas y todos los talentos que los integran— lograron convocar a brillantes ponentes y crear un entorno en el que se pensó, se sintió y se propuso desde el corazón de una bioética feminista. A todas las personas que, desde sus trincheras institucionales, contribuyeron a que este evento ocurriera con la sensibilidad, cuidado y rigor que lo caracterizó, gracias. Su trabajo colectivo marca un precedente para seguir imaginando otras formas de construir justicia reproductiva en México.

 

María de Jesús Medina Arellano

Investigadora Titular B de tiempo completo del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. Investigadora del Sistema Nacional de Investigadores, Nivel II, CONAHCYT. Integrante del Colegio de Bioética, A.C. y de la Sociedad Mexicana de Investigación en Células Troncales (SOMICET).

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Publicado en: Ética médica

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