Ilustración: Alberto Caudillo
Crédito: Alberto Caudillo

Nuestras sociedades se han trazado el objetivo de morir mejor. Suele hablarse de muerte “buena”, “digna” y “sin dolor”, para referirse a cuestiones muy diversas. Entre ellas: transitar hacia la muerte con alivio a los sufrimientos propios de la enfermedad, contar con garantías a la voluntad personal y familiar, que sean consideradas las costumbres, las creencias y los propios intereses, que haya disponibilidad de medios para el alivio farmacológico del dolor, compañía al malestar psicológico y a la pesadumbre del alma; así como contar con un abanico amplio de opciones para ejercer la libertad de decidir morir si es que el sufrimiento se hace insostenible.

Los cuidados paliativos son un modelo de atención dirigido a aliviar el sufrimiento en la enfermedad, incluido el que ocurre al final de la vida. Este modelo ha recibido un buen impulso por parte del gremio médico que atiende pacientes que pueden verse beneficiados por él. Por su parte, los proponentes de la implementación de la muerte médicamente asistida en el país plantean una defensa irrestricta de las libertades individuales de quienes soliciten recibir ayuda médica para apresurar su muerte en situaciones en que así lo consideren. Quienes están a favor del avance de las opciones del final de la vida comparten el interés por dignificar las condiciones bajo las cuales se muere en el país. Desde ese lugar se lanza esta propuesta de diálogo a favor de una causa común: ampliar nuestro margen de acción en lo que concierne al morir bien. Las ganancias de este diálogo sólo pueden ser fructíferas.

La relación entre los sectores de la sociedad civil que favorecen ambas medidas no es homogénea a nivel global. En cada lugar es accidental. Hay países en los que cuidados paliativos y muerte médicamente asistida coexisten desde su concepción, promulgación e institucionalización, como en Bélgica, donde ambas causas recibieron apoyo simultáneo de los mismos sectores. Hay otros lugares, al contrario, en donde la confrontación es brutal. En España, por ejemplo, portavoces de la comunidad de los cuidados paliativos tratan de nazis en publicaciones de circulación nacional a líderes de la sociedad civil organizada a favor de la muerte médicamente asistida, mientras que del otro lado los epítetos son también bochornosos para un grupo de médicos, académicos y entusiastas. En Latinoamérica la relación suele vivirse de maneras más discretas. En México, en particular, no hemos comprado peleas que no son nuestras. Sin embargo, hay una conversación permanente respecto a cuál es la posición adecuada respecto a la relación entre ambas causas. Este interés es legítimo y tiene una gran relevancia para el interés público.

En primer lugar, estamos frente a materias diferentes. Procurar que se implemente la muerte médicamente asistida trata acerca de las opciones al final de la vida que habrían de ser contempladas en un Estado social de derecho; promover el modelo de atención paliativa se trata acerca del cultivo y el despliegue efectivo y suficiente de un modelo cuyo objetivo es aliviar el sufrimiento, que se centra en la persona y en la reducción de síntomas de diversa índole. En general, el hecho de que los ámbitos de cada una son diferentes —y así, complementarios— es identificado por ambas comunidades que usualmente no tienen a la otra en el radar de sus intereses.

Hay circunstancias que han llegado a tensar los puntos de contacto. Los tiempos, los recursos, los proyectos de ley, las estrategias políticas de los partidos, la agenda de los periodistas, así como de diferentes lobbies entran en juego: de repente ocurre la fricción o el malentendido. Quizás a partir de un discurso sobre el que no se tuvo cuidado o luego de unas palabras apresuradas en una entrevista. Sin embargo, no hay tal enemistad en el punto de partida —o en el horizonte de llegada— entre ambas causas. Muchos profesionales de la salud del campo de paliativos están a favor de que se implemente la muerte médicamente asistida. Sin embargo, a menudo, profesionales de la salud expresan un mal sabor de boca al encontrar que el deseo de morir de los pacientes se da en un contexto de sufrimiento que podría ser fácilmente evitable de implementarse formas esenciales del modelo de atención paliativa que no requieren mayor presupuesto sino voluntad política e institucional. Quienes abogan porque exista la opción de la asistencia médica para morir, también contemplan el modelo de alivio al sufrimiento como parte de las opciones que habrían de estar disponibles, incluso en los casos en que se vaya a suministrar tal procedimiento.

Los malos entendidos a menudo persisten. Quienes desde la sociedad civil promueven que tenga lugar la opción de la muerte médicamente asistida no buscan que esta medida se ofrezca a los pacientes por parte del personal de salud como una respuesta al sufrimiento de su enfermedad. Al contrario, promueven que esa sea una opción disponible en caso de que el paciente —de manera libre y bien informada— la solicite. Es un asunto de libertades individuales que se asienta en acuerdos fundamentales que dan basamento a nuestra organización social. Es difícil juzgar desde la subjetividad de cada quien el sufrimiento que resulta válido para solicitar una medida de esa naturaleza. La muerte médicamente asistida se conecta con los valores que están en la base de nuestro orden jurídico y político, más que a partir de calificar la naturaleza de ese sufrimiento o el contexto en que ocurre. Es en ese sentido que el tema desborda el ámbito de lo médico.

Se entiende que, desde el gremio de la salud, muchos hagan un énfasis razonable en lo procedimental frente al tema de la muerte médicamente asistida. Las profesionales de la salud que están en contacto con los pacientes cercanos al final de su vida no viven estos debates como un asunto abstracto acerca de cómo materializar la garantía de unos principios fundamentales. Lo experimentan como la implementación de unas leyes nuevas que van a normar su cotidianidad con sus pacientes: con personas que sufren profundamente al final de su vida. Asimismo, hay quienes encuentran conveniente que haya un marco legal para ofrecer respuesta a solicitudes de tales pacientes relacionadas con apresurar su muerte. El esclarecimiento de los valores que anteceden los cambios de la ley es fundamental para su buena recepción pues frente a cuestiones tan delicadas cada quien tiene buenas razones para asumir su sentir.

Las demandas de ambas comunidades son valiosas. Por un lado, la implementación completa del modelo de atención paliativa, la formación de profesionales de la salud en él, la atención multidisciplinar real en diferentes niveles de atención y la distribución suficiente de medicamentos opioides. Por otra parte, que las personas tengamos la libertad, si así lo deseamos, de elegir el momento de morir cuando llegue la hora de encarar situaciones vitales que juzguemos insostenibles. Hay simpatía entre los propósitos expresados. No hay objeción frente al propósito de cada quien, tampoco falta de compromiso, convicción, energía de trabajo o dedicación por parte de ninguna de las partes.

Los sectores de la sociedad civil organizada a favor de la muerte médicamente asistida y el movimiento que ha obtenido ganancias claras en el campo de los cuidados paliativos enfrentan el sufrimiento al final de la vida. Ambas comunidades han de reconocer logros en la otra que abonan a un sentido de progreso común. Por un lado, quienes han promovido la muerte médicamente asistida han sido pioneros —y en buena medida responsables— del posicionamiento público del tema del morir bien. En una sociedad que evita a toda costa mirar la muerte de frente, esta ganancia para el campo de la atención médica al final de la vida es mayor. Por otro lado, el campo de los cuidados paliativos ha tenido avance en el uso de medicamentos opioides, en el combate de la fobia hacia su su uso en profesionales de la salud, en establecer el alivio como una meta médica en pleno derecho; así también el establecer un enfoque multidisciplinario que involucra de forma explícita aspectos psicosociales y espirituales en el modelo de atención.

En nuestro contexto, ambas cuestiones mantienen marcha hacia adelante. Por un lado, una encuesta reciente a nivel nacional muestra un nivel de aceptación de siete de cada diez personas a favor de legalizar la eutanasia, mientras que el país da un salto hacia adelante con la primera especialidad médica en medicina paliativa en la UNAM.

Hallo gran potencialidad en el diálogo acerca de unos puntos de interés común por parte de las comunidades interesadas en el buen morir. Entre ellos, sólo menciono algunos: la naturaleza del sufrimiento al final de la vida, así como nuestras obligaciones éticas al respecto; el deseo de morir del paciente en esa etapa final; el interés en la amplitud de opciones posibles que mejoren el contexto de la muerte; así como los términos para una eventual integración de la opción de la muerte médicamente asistida en el entorno mexicano que ya cuenta con ganancias en el campo de la atención paliativa.

Una agenda de necesidades compartidas está en mora de construirse. Hay unas distancias naturales por los orígenes de ambas fuerzas sociales. El gremio de los cuidados paliativos está integrado por profesionales de la salud, del campo de la medicina, pero también de la psicología clínica, el trabajo social y la enfermería. Los promotores de la muerte médicamente asistida suele integrar el activismo de base, la academia, la abogacía, la bioética, así como el personal médico que recibe pedidos de pacientes que quieren morir y desean ayudar de manera legal. Comunidades profesionales con valores distintos, pero en absoluto excluyentes. Se mantiene la promesa de un acervo de valores en común.

Tras una identificación de necesidades compartidas, un reconocimiento de logros alcanzados y un espacio reconocido de acción común, tendría que seguirse una agenda de cooperación mutua. Si ambas comunidades promueven que se muera bien, ¿qué puede una ofrecer a la otra? Incluso, si los objetivos no son los mismos, habrán ganancias compartidas de caminar algunos pasos juntos. El objetivo es conducirnos a un futuro en donde morir bien integre el interés por el alivio, pero también el respeto por la libertad. Un diálogo público a partir de lo que podemos ganar es una vía para el crecimiento de las sociedades que habitamos.

David Fajardo Chica

Secihti, Instituto de Investigaciones Filosóficas, UNAM.

Proyecto “Diálogo por el buen morir”. Por el Derecho a Morir con Dignidad. A.C.


Un comentario en “Morir bien se dice de muchas maneras

  1. Hay que cuidar los aspectos económicos. Para las compañías de seguros es más redituable promocionar la muerte médicamente asistida que largos y costosos tratamientos médicos.

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