
Por iniciativa de la jefa de Gobierno, Clara Brugada, el Congreso de la Ciudad de México aprobó una modificación radical de las corridas de toros que elimina la violencia y la muerte de los astados; los defensores de la llamada tauromaquia sostienen que se trata de una prohibición de facto, disimulada con una nueva reglamentación que protege la vida de estos magníficos animales. Ojalá la aprobación tenga éxito y los recursos legales que interpondrán empresarios y asociaciones protauromaquia no fructifiquen, ya que existen argumentos bioéticos sólidos para validar que esta es una buena decisión de política pública.
Inmoralidad o moralidad de las corridas de toros
En un tristemente célebre libro de Fernando Savater (Tauroética, 2010)[1] se concentran los argumentos del antropocentrismo más recalcitrante que el gran filósofo donostiarra había plasmado para defender la tradición de la tauromaquia. No hay espacio suficiente para explorarlos aquí a profundidad, remito al capítulo de Gustavo Ortiz, publicado en Zooética, una mirada filosófica a los animales, (Rivero, P., coordinadora, FCE/UNAM, 2018), y al capítulo respectivo que aparecerá en mi próximo libro: Hacia una bioética global (Plaza y Valdés).
Savater, como mucha gente que trata de racionalizar su gusto personal por la tauromaquia, señala que no existen bases suficientes para que el poder democrático prohíba una costumbre arraigada, una industria y una forma de “vida popular”, es decir, una tradición cultural. Savater se preguntaba retóricamente desde 2012 “¿son inmorales las corridas de toros?”; responde:
La sensibilidad o el gusto estético […] deben regular nuestra relación compasiva con los animales, pero desde luego no es una cuestión ética ni de derechos humanos (no hay “derechos animales”), pues la moral trata de las relaciones con nuestros semejantes y no con el resto de la naturaleza. Precisamente la ética es el reconocimiento de la excepcionalidad de la libertad racionalen el mundo de las necesidades y los instintos [subrayado mío]. No creo que cambiar esta tradición occidental, que va de Aristóteles a Kant, por un conductismo zoófilo espiritualizado con pinceladas de budismo al baño María suponga progreso en ningún sentido respetable del término ni mucho menos que constituya una obligación cívica.[2]
El párrafo anterior exhibe confusiones y malentendidos que vale la pena dilucidar para arribar a una posición más razonable. Primero, la idea de que la ética tiene que ver sólo con las relaciones entre seres humanos es contundentemente falsa. Todos los seres vivos sintientes[3] pueden ser afectados por agentes humanos intencionales; aquellos no sonagentes morales responsables (no podemos pedirles obligaciones y responsabilidades), pero eso no significa que la manera en que los tratamos no tenga relevancia ética. Una moral antropocéntrica intransigente nunca concederá que tenemos obligaciones éticas con el resto de los seres vivos que pueden sufrir por nuestra acción, aunque no sean “igualmente” racionales que nosotros. En eso se sustenta el dominio violento que los humanos hemos ejercido sobre muchas otras especies durante siglos. Igualmente, un racista, un homófobo o xenófobo rechazará que los otros congéneres a los que considera inferiores tengan iguales derechos; y siempre defenderá su “derecho” a maltratarlos. En cambio, una ética capaz de superar el especismo antropocéntrico amplía el ámbito de la consideración moral y reconoce nuestras obligaciones para con el resto de los seres vivos, al menos con los animales capaces de sentir, que tienen vida mental y a los que podemos dañar o matar intencionalmente o no.
Segundo, la “excepcionalidad de la libertad racional” que se supone caracteriza a los seres humanos sería, en todo caso, justamente el principio para que éstos sean capaces de regular y atemperar sus conductas violentas, independientemente de las pasiones y los instintos que las impulsan; es decir, de una manera libre y autónoma como argumentaba el venerable filósofo e Königsberg.
Tercero, si lo anterior no representa una forma de progreso moral de la humanidad (y, por ende, una revisión crítica de la larga tradición occidental que va de Aristóteles a Kant), entonces no existe ninguna posibilidad de avance civilizatorio en las formas de la convivencia humana. Y así caeríamos en el más puro y llano nihilismo moral, tesis que Savater ni ninguna persona en su sano juicio ha defendido.
Además, si negamos que exista progreso moral, ¿con qué argumentos podemos decir que la ética que defiende los derechos de todos los humanos por igual representa una mejoramoral con respecto a las tradiciones sexistas, etnocentristas, chovinistas, racistas y también antropocentristas? Por otra parte, Savater cuestionaba en el mismo artículo:
¿Es papel de un Parlamento establecer pautas de comportamiento moral para sus ciudadanos, […] a qué espectáculos no deber ir para ser compasivos como es debido? ¿Debe un Parlamento laico, no teocrático, establecer la norma ética general obligatoria o más bien debe institucionalizar un marco legal para que convivan diversas morales y cada cual pueda ir al cielo o al infierno por el camino que prefiera?
El punto central de debate no es si las corridas son espectáculos dignos o indignos, moralmente positivos o denigrantes para los humanos. No pienso para nada que el aficionado a las corridas sea un ser perverso. El tema no se centra en calificaciones moralistas, es un problema ético: la pregunta relevante es si la tortura y la muerte de animales sintientes sólo para fines humanos recreativos, o quizá rituales, poseen una justificación de primera necesidad hoy en día. Quizá lo tuvo en el pasado, en otros contextos y civilizaciones, cuando los humanos podían imaginarse que eran ontológicamente distintos a los demás animales con los que comparten la Tierra.
Ahora bien, si los parlamentos no pueden deliberar sobre los actos públicos[4] para regular la vida social, entonces no sé para qué deben servir. Luego no nos quejemos de la ineficacia e inutilidad de las instituciones democráticas. Ciertamente, el consenso no es fácil de alcanzar ni puede ser unánime para imponer una restricción o una regulación a tradiciones arraigadas. Desde luego, a nadie le gustan las prohibiciones que dicta el poder político con base en razones laicas y datos científicamente probados (sí en cambio, hay gente que se siente muy cómoda con las prohibiciones que imponen las religiones o las tradiciones). Pero no hay otra forma de crear consensos legales que normar y regular las conductas sociales. Si contamos con razones éticas para abandonar algunas de nuestras tradiciones y fiestas (por más coloridas o emocionantes que sean), entonces debemos hacerlo.
Se ha dicho que resulta mejor que dejemos morir de muerte natural a la tradición de las corridas de toros, en lugar de prohibirlas, que éstas merecerían el “indulto” político. Es un hecho que ha venido menguando la asistencia a las corridas, pero no por efecto de prohibiciones, pues estas sólo se han aprobado en Cataluña,[5] y en países como Ecuador, Colombia; en México sólo Coahuila, Guerrero, Quintana Roo, Sonora y Sinaloa, y en el futuro próximo en la CDMX. ¿Tenemos que esperar, acaso, a que muera una tradición para que dejemos de matar a estos animales sólo por motivos festivos? ¿Por qué no actuar antes? Resulta legítimo que el poder público intervenga para modificar aquellas tradiciones violentas que ya no se justifican. De esta manera, puede contribuir a formar nuevos consensos morales en sociedades que se pretenden civilizadas.
El cuestionamiento ético a tal espectáculo radica en que se daña y mata animales de manera directa e injustificada (en otros actos culturales o tradicionales que también deberíamos dejar, como las peleas de perros o de gallos, los humanos no matan directamente). Esto es más que suficiente para convertirlo en un asunto de ética pública, y no de meras preferencias personales. Quizá se esté dando un primer paso para cuestionar y modificar muchas otras tradiciones culturales que impliquen violencia, tortura y muerte injustificadas de otros seres vivos, así como debemos evitar cualquier acto público que denigre a las personas o que las maltrate o castigue físicamente.
Es claro que personas cultas y con inteligencia demostrada —como Savater— se sienten muy incómodas cuando se dan cuenta de que algunas de sus preferencias y costumbres pueden ser cuestionadas moralmente; a nadie le gusta tener que defender lo indefendible, cuando los demás critican la inmoralidad de sus propios actos. Esta disonancia cognitiva se resuelve usando todo un arsenal de argumentos racionales, algunos ingeniosos y otros que dan pena ajena, con lo cual resulta que la defensa de una práctica social que implica una violencia injustificable sale peor que el reconocer (como hubiera hecho Savater): a mí me gusta por algún motivo oscuro que no puedo justificar, y no pienso dejar de hacerlo.
Entre los argumentos más socorridos para defender las corridas de toros (así como toda práctica o costumbre social cuestionable) se apela a la idea pura de la libertad individual.[6] Mi respuesta es que en nombre de las libertades no podemos justificar cualquier cosa. Sabemos muy bien que, en una sociedad mínimamente civilizada, las libertades deben ser reguladas y la autonomía implica responsabilidades para los agentes libres.
La prohibición de las corridas no constituye una afectación grave a las libertades ciudadanas, y sí un llamado a nuestras responsabilidades inherentes para comportarnos como agentes morales racionales, que podemos evitar el daño y sufrimiento voluntario e intencional que causamos a otros seres vivos, lo cual repercutiría también en reforzar la civilidad entre los humanos, como Kant mismo había vislumbrado.[7]
Ahora bien, se ha dicho que —por tanto— convenzamos a los que disfrutan de las corridas, en lugar de prohibirles continuar con su fiesta. Sin duda, el tema de la prohibición legal (de cualquier cosa que hagamos social o individualmente) plantea este problema de fondo: ¿debemos “respetar” la libertad de minorías o grupos sociales que practican actos en los que se maltrata y mata deliberadamente a seres vivos sintientes, sólo porque representan tradiciones culturales? ¿Pero acaso estos valores son superiores y tienen prioridad sobre nuestros deberes éticos para con otros seres vivos?
Más de algún multiculturalista despistado se precipitaría ahora a defender los sacrificios humanos, si todavía los hubiera, en nombre del respeto a la diversidad cultural. Y algunos me reprocharán: “Pero no es lo mismo sacrificar humanos que a otros animales”. ¿Y por qué no es lo mismo, acaso la vida de otros animales no tiene valor inherente, como la de cualquier ser humano?[8]
Pero la pregunta anterior no es fácil de responder, pues implica, en mi opinión, un verdadero dilema: ¿nos hacemos de la vista gorda echando mano de cualquier justificación relativista o culturalista para tolerar que otros torturen y maten a otros animales sintientes por motivos rituales o festivos; o bien intentamos convencerlos, y si no, “invitarlos a” que modifiquen o abandonen sus prácticas violentas, con la única finalidad de proteger a un número significativo de víctimas que causan sus “preferencias” culturales?[9]
La doble moral prohibicionista de la defensa de los animales
Otro argumento profiesta taurina señala que la prohibición sería aceptable sólo si se prohíben todos los demás actos públicos en los que se maltrate a cualquier ser vivo y, si y sólo si dejáramos de comernos a los demás animales. Es una petición desmedida, sin duda. Aunque sería un fin deseable. La respuesta es que se debe empezar por algo. Así, en un arrebato moralista, Mario Vargas Llosa relataba cómo respondió en una cena a una señora que criticaba las corridas con el argumento de que ella se comía una langosta que había sido torturada antes de ser cocinada. O sea que sólo los veganos tendrían el derechomoral de criticar las corridas. Este argumento es un exceso moralista, un recurso tramposo que en México se conoce como “pleito ratero”: el ladrón pillado in fraganti acusa a todos los demás de ser potenciales rateros.
No tenemos que exigir pureza moral para poder validar la crítica a un acto que no se justifica en términos éticos. Otro tema es el de la justificación ética de comer carne animal o no, que en este blog de bioética de nexos también se ha abordado. Aun así, se ha venido planteando que el consumo de carne animal debería regirse por el mínimo moral de no causar sufrimiento innecesario a los animales que serán consumidos. Pero en este caso, lo que se discute es la crueldad, el causar sufrimiento y muerte para un fin no vital.
Empero, los procorridas han contraatacado: “¿Acaso seremos mejores personas sólo por prohibir las corridas?” ¡Por supuesto que no!, mientras no dejemos de hacer tantas otras cosas brutales, estúpidas y violentas. ¿La prohibición de facto en Cataluña, en Colombia o en la CDMX no será hipocresía, doble moral y un acto político de regionalismo o de partidismo absurdos? El toreo sería así el chivo expiatorio de la doble moral pública, ¡qué ironía! Tienen toda la razón los defensores de la “fiesta taurina”: que nadie piense que sólo con prohibir las corridas nos ganaríamos un lugar en el jardín de los justos. No seremos por ello más puros, pero al menos habremos tomado la decisión colectiva, deliberativa y racionalmente, de torear actos públicos violentos que ya no necesitamos para vivir. Es una decisión correcta que abona para que comencemos a tomar otras tantas decisiones justas y correctas. En esa misma dirección se agrupan todas las prohibiciones jurídicas que han tenido el apoyo de una razón ética, y casi nunca la unanimidad del respetablepúblico: la prohibición de la esclavitud, de las ejecuciones públicas, de la segregación racial, de la violencia de género, etc., de la violencia contra cualquier minoría étnica, religiosa, lingüística, contra toda persona que en nombre de las costumbres ha sufrido trato indigno y denigrante, tortura y muerte. En efecto, todavía falta muchísimo por avanzar en la ruta de un posible progreso moral.
Antropocentrismo e instrumentalización de la naturaleza
Se preguntaba Fernando Savater: “¿Son las corridas una forma de maltrato animal?” La respuesta de pensador vasco es por demás sorprendente:
A los animales domésticos se les maltrata cuando no se les trata de manera acorde con el fin para el que fueron criados. No es maltrato obtener huevos de las gallinas, jamones del cerdo, velocidad del caballo o bravura del toro. Todos esos animales y tantos otros no son fruto de la mera evolución sino del designio humano (precisamente estudiar la cría de animales domésticos inspiró a Darwin El origen de las especies). Lo que en la naturaleza es resultado de tanteos azarosos combinados con circunstancias ambientales, en los animales que viven en simbiosis con el hombre es logro de un proyecto más o menos definido. Tratar bien a un toro de lidia consiste precisamente en lidiarlo. [subrayado mío]
Sumo a la anterior esta opinión de Salvador Boix (exapoderado de un torero), también publicada en El País en aquel célebre debate de 2012, que expresa el mismo argumento de Savater: “Los toros bravos son toros de pelea, igual que los gallos de pelea sirven fundamentalmente para pelear. Son dos especies que no tienen sentido de otro modo, y si no hacen eso se extinguen”.
Estas versiones del mismo argumento son ejemplos perfectos de falacias antropocéntricas y antropomórficas que ven en la naturaleza instrumentos que existen sólo para nuestros fines. Spinoza criticó profusamente este error cognitivo en su Ética (1675) al analizar la concepción popular de Dios como un sujeto que se propone fines para los humanos, y que tiene la extraña voluntad de hacer que las cosas sucedan como nosotros queremos que sucedan (los milagros). Decir que los gallos o los toros sirven (¿a quién le sirven?) fundamentalmente para pelear es como decir que los seres humanos sirven esencialmente para pensar. Con ese tipo de opiniones queda claro que no es el caso.
El argumento más fantasioso de la mentalidad antropocéntrico-instrumentalista es el que afirma que los toros de lidia son una especie de artefactos creados por los humanos. El razonamiento se basa en la idea confusa de que la existencia de esos animales depende de nosotros, y que entonces tenemos derecho a hacer lo que nos venga en gana con ellos. El problema es que ese falaz razonamiento confunde crianza con creación o fabricación. Afirma que los toros son artefactos enteramente producto del trabajo y el ingenio humano, y por ello, meros instrumentos para nuestro divertimento; que sólo sirven a los fines que los humanos (en realidad, sólo los matadores y aficionados) les han asignado técnicamente, es decir, artificialmente. Aquí hay tremendas confusiones sobre la naturaleza de los bioartefactos,[10] que abordaré brevemente. La filosofía a veces puede sernos útil.
En efecto, los toros de lidia son parte de una especie natural domesticada o modificada; es decir, su conformación y fisonomía actuales son el resultado de la selección técnica (“selección artificial” en términos de Darwin) que los seres humanos produjeron mediante la domesticación y el control de su crianza. La crianza, concepto castizo por antonomasia (símbolo de hispanidad, dirían los neochovinistas tauromáquicos), es el concepto que describe el proceso técnico, ya milenario, de la domesticación de diversas especies de animales y plantas. Pero cuidado: los seres humanos no crearon ni diseñaron a los toros, y hasta la fecha no han podido crear por diseño ningún ser vivo. Los animales criados no son “entidades artificiales” (como los robots); conservan su organicidad natural y, por ello, no nos pertenecen como cosas que nosotros fabricamos; no nos pertenecen siquiera por darles de comer y mantenerlos encerrados en nuestro mundo técnico. La propiedad legal sobre los animales es un disparate, una mera convención legal-económica. Esos organismos vivos modificados técnicamente conservan sus rasgos biológicos, sus linajes evolutivos y sus fines inherentes. He escuchado a muchos aficionados decir que los toros de lidia son naturalmente bravos; otro disparate de ignorancia zoológica: los toros son picados y acosados antes y durante el acto en la plaza para que se defiendan y ataquen (¿quién no lo haría?, ¿quién no lucharía por su vida ante tal abusiva amenaza?). Los humanos no inventamosnifabricamos toros de lidia. Ni los toros, ni los perros, vacas, caballos u ovejas son artefactos abióticos; son —en cambio— bioartefactos que conservan muchas de sus cualidades y capacidades heredadas genéticamente, así como sus propios fines biológicos.
Si algún día se pudiera fabricar un toro robótico, enteramente artefactual y con capacidades de IA, entonces no tendríamos objeción con esa hipotética fiesta ciborg-taurina. Algo más complicado sería la construcción de un toro bio-artificial, es decir, hecho con algún tipo de material biológico, pero elaborado enteramente por acciones técnicas humanas. De cualquier modo, si ese toro bioartificial desarrollara sensibilidad, emociones y conciencia propias, el problema moral sería el mismo. Pero esa posibilidad es remota.
Aristóteles intentó, infructuosamente, justificar el dominio esclavista sobre otros seres humanos con la tesis de que existen esclavos por naturaleza. (¿No se parece mucho al argumento que dice que los toros de lidia existen para lidiarlos, que esa es su naturaleza?) Además, El Estagirita pensaba que, habiendo esclavos y animales domesticados, ¿para qué necesitábamos máquinas automáticas? Los autómatas de entonces eran esos bioartefactos-esclavos.
Las relaciones esclavistas y de servidumbre reinaron durante miles de años en muchas sociedades. Animales no humanos y humanos fueron posesiones (instrumentos) de varones dominantes. Después de siglos, las mujeres y los niños se han liberado de ese dominio masculino y patriarcal, pero el resto de los animales intervenidos técnicamente no se ha emancipado del despotismo que ejercemos la mayoría de los humanos sobre ellos. Hoy en día este dominio abusivo se expresa en la industrialización de la producción cárnica y en la obtención de muchos productos de los cuerpos de los animales que nos “sirven” con su sacrificio masivo.
Así pues, la crianza no confiere derechos metafísicos sobre la existencia de los organismos modificados e intervenidos para fines técnicos. Por consiguiente, ningún Dios nos ha concedido las patentes sobre los demás seres vivos. No tenemos derecho a hacer lo que nos venga en gana con ningún ser vivo natural o criado. Ahora sabemos, además, que toda domesticación tiene consecuencias ambientales problemáticas, de las cuales deberíamos hacernos responsables. Por ello, los toros de lidia que ya no sean sacrificados en las plazas tendrán el elemental derecho de ser cuidados en reservas ecológicas hasta su muerte natural. Y esa especie puede incluso sobrevivir y reproducirse al ser reintroducida en ambientes naturales.
La (im)posible reforma de la fiesta brava
He aquí una propuesta sensata (también publicada en el web de El País desde 2012) que destrabaría la polarización del debate, y que ha recogido la propuesta de reglamentación del gobierno de la CDMX:
La tradición taurina no debe ser interrumpida, lo que debería cambiar son los tercios. El primer tercio, o suerte de capote, intacto; el segundo tercio no permitiría ni picador ni banderillas, podrían en vez intervenir rejoneadores mostrando sus destrezas sobre equinos; último tercio, no matar, sólo marcar. Tendríamos la bravura de los astados incólume y el coraje del diestro al enfrentarlos tal cual, sin merma de sus condiciones.
El problema es que, todo parece indicar, los amantes o aficionados a la fiesta brava se rehúsan a aceptar estas reformas (para practicar el toreo como se hace en Portugal: sin violencia y muerte). Los empresarios y toreros objetan que entonces la “festividad” dejaría de atraer aficionados hasta que feneciera porque, si se elimina el tercio de la muerte, entonces ya “no tendría chiste”; quizá la tauromaquia perdería ese aire mítico y retorcidamente mitológico del enfrentamiento humano a la muerte.
¿Por qué los defensores de las corridas rechazan que se mate a los toros, pero que se continúe con la fiesta y el arte del toreo? El fundamentalismo se caracteriza por ser inflexible. Sospecho que algunos fundamentalistas se negarán a abandonar un elemento que, al parecer, es tan esencial a la fiesta taurina. Así, sin la tortura y sacrificio del toro parece que no subsiste el arte taurino. Suponemos que con estos argumentos se intentarán interponer recursos judiciales para conseguir amparos ante la prohibición de matar toros como parte esencial de esa tradición cultural. Otro argumento típico, que ha sido efectivo en España, es que las corridas son tradiciones culturales que deben preservarse solo porque generan toda una industria y benefician económicamente. ¿Acaso todas las tradiciones culturales son venerables o respetables, o sólo las que constituyen un buen negocio? Las sociedades humanas han mantenido una infinidad de tradiciones violentas, brutales, innecesarias por razones de cohesión o de fidelidad a una identidad cultural, pero ninguna de ellas resultaba indispensable para la supervivencia misma del grupo social.
No debe olvidarse que las corridas de toros en América son una herencia colonial que se ha resistido a desaparecer. Y debe recordarse que en España las corridas, las ganaderías y las escuelas de toreo han subsistido gracias a que están subvencionadas por el Estado (ahora los políticos “protaurinos” los declaran “bienes de interés cultural” para protegerlos legalmente), y que ésta es una más de las peores herencias franquistas que los españoles no han sabido o no han querido sacudirse.
Por ello, el significado de la prohibición legal en Cataluña, Colombia o en la CDMX es también un llamado a todos los pueblos hispanoamericanos para demostrar que podemos superar nuestra historia colonial para recuperar lo mejor de nuestra tradición y comenzar a abandonar lo peor. Me temo que las corridas de toros no representan una de las joyas que la Corona Española dejó extraviadas en el Nuevo Mundo. Y así como los procesos de independencia política en América sólo comenzaron cuando en España misma se gestaba una revolución liberal e independentista (con respecto a la Francia napoleónica), que hizo tambalear la monarquía y que la obligó por primera vez a someterse a un sistema parlamentario (las cortes de Cádiz), en estos tiempos tendríamos que volver a seguir un buen ejemplo de aquellos independentistas, peninsulares o americanos, para sacudirnos esos rasgos brutales que nos atan a tradiciones culturales que se prohijaron durante la Colonia, y que todavía impregnan a nuestras sociedades de salvajismo y violencia innecesaria.
Siempre me he preguntado: ¿qué es lo que atrae a algunas personas inteligentes y cultas al toreo?; ¿qué es lo que los apasiona de la “fiesta” brava? Se ha dicho que el toreo preserva la memoria colectiva de viejos rituales y simbolizaciones para enfrentar a la muerte; que simboliza la lucha eterna de la humanidad ante la fuerza superior de la naturaleza, ante la finitud inexorable de nuestra existencia. La fiesta brava sería nuestra versión castiza de Moby Dick. Que el ritual de matar a un animal poderoso exorciza ese miedo y le confiere por un momento al sujeto la sensación de trascendencia simbólica, como si matando a la bestia negra el torero se ganara por una tarde la inmortalidad. Probablemente estas hipótesis tengan sentido, o hayan tenido sentido en otras épocas y en otros contextos culturales y cognitivos. Pero, lamentablemente para todos los tradicionalistas, la ciencia moderna ha logrado hacernos cada vez más conscientes de que el sentido ritual de esos sacrificios se funda en mitos y creencias colectivas, y no en fenómenos causales.
No diríamos que los aficionados a las corridas en el mundo actual creen que dicho ritual es necesario para su bienestar colectivo o individual. El punto es que el toreo moderno perdió (creo que hace muchísimo tiempo) todo su peso ritual y su simbolismo metafísico, por la simple razón de que las sociedades occidentales (España y los países iberoamericanos entre ellas) ya no consideran que esos o tantos otros rituales sacrificiales sean necesarios o efectivos. Supongo que esta es una de las razones de fondo por las que ha disminuido la afición a la fiesta taurina en los últimos años.
Los argumentos culturalistas de la defensa de las corridas
Para muchas personas (creo que cada vez más) la tauromaquia tiene poco de expresión refinada de alta cultura y de valioso patrimonio cultural que la Unesco debiera registrar con urgencia antes de que se extinga. No obstante, si desapareciera, como desaparecen muchas prácticas que se pretendían artísticas, no perderíamos en realidad mucho. En cambio, el arte pictórico, literario o musical que produjo es lo más valioso, y quedaría intacto como patrimonio histórico. Es decir, que desaparezcan las corridas de toros no provocaría en el futuro la extinción del arte derivado. Una vez que se abolió la esclavitud no se dejaron de escribir extraordinarias novelas y canciones o no se dejaron de producir obras plásticas sobre la esclavitud sufrida por millones de personas. Las novelas de Mark Twain o las de Toni Morrison, y toda la vasta literatura e historia narrada sobre la esclavitud no terminará, porque es esencial conservar la memoria moral de ese fenómeno. No necesitamos y no queremos volver a atestiguar la esclavitud de nadie en América para poder gozar de obras de arte que se refieren a ese capítulo oscuro y terrorífico de la Modernidad colonialista. Lo mismo puede suceder con el arte que se deriva de las corridas taurinas. En cuanto éstas sean solamente un recuerdo antiguo del mundo iberoamericano, surgirán nuevas obras de arte que revisen con otros ojos y otra sensibilidad este periodo sangriento de la historia del entretenimiento público de nuestras sociedades castizas, mestizas y rejegas.
Lo siguiente es la defensa profiesta taurina estetizante llevada al paroxismo por la exageración literaria de Vargas Llosa:
Que, para quien goza con una extraordinaria faena, los toros representan una forma de alimento espiritual y emotivo tan intenso y enriquecedor como un concierto de Beethoven, una comedia de Shakespeare o un poema de Vallejo. Que, para saber que esto era cierto, no era indispensable asistir a una corrida. Bastaba con leer los poemas y los textos que los toros y los toreros habían inspirado a grandes poetas, como Lorca y Alberti, y ver los cuadros en que pintores como Goya o Picasso habían inmortalizado el arte del toreo, para advertir que para muchas, muchísimas personas, la fiesta de los toros es algo más complejo y sutil que un deporte, un espectáculo que tiene algo de danza y de pintura, de teatro y poesía, en el que la valentía, la destreza, la intuición, la gracia, la elegancia y la cercanía de la muerte se combinan para representar la condición humana.[11]
Vargas Llosa mezclaba peras con pelotas. Una cosa es el supuesto arte taurino y otra cosa el arte que se ha inspirado en la tauromaquia. El segundo sí es patrimonio cultural universal y no tiene ningún sentido destruirlo, a nadie se le ha ocurrido semejante tropelía. Ni nadie ha propuesto que se proscriba y censure el arte que toca temas “taurinos”. Por lo que respecta al argumento de que, si desaparecen las corridas de toros, se acabaría también todo el (verdadero) arte que se ha derivado de él (como dice Vargas Llosa), es tan absurdo como sostener que, para crear arte con el tema de la crucifixión de Cristo, necesitaríamos seguir crucificando cristianos en vivo y en directo cada domingo.
Lo que siempre ha sido prepotente y demagógico es pretender que las corridas de toros forman parte esencial de la identidad cultural de algunos países hispanoamericanos. Yo, como muchos otros, me niego a aceptar ese estereotipo idiosincrático retrógrado y patético. La cultura, las costumbres y la identidad colectiva cambian, por fortuna. Si abandonamos la herencia de las corridas de toros podríamos cambiar para refinar nuestra sensibilidad estética social. Quizá encontremos, con lo creativos e imaginativos que hemos demostrado ser los iberoamericanos, otros motivos más nobles, más virtuosos y compasivos de manifestaciones culturales, algarabías y festividades públicas.
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM
[1] Este libro reúne los argumentos que después resumió Savater en varios artículos de El País en el 2012. Este debate fue trascendente porque se dio en el contexto de la prohibición que se aprobó en Cataluña ese año, la primera en España.
[2] Todas las citas de Savater son del artículo “Vuelve el santo oficio”, publicado en El País, el 29 de julio de 2012.
[3] Prácticamente lo son todos los animales con sistema nervioso desarrollado, pero también aplica a seres humanos recién nacidos, de poca edad, con daños cerebrales o incapacidad mental.
[4] Por cierto, la prohibición de torturar y matar toros de lidia debería aplicar también para eventos privados y no lucrativos, no solo para las festividades públicas.
[5] Como era lógico, el debate en España, a raíz de la prohibición en Cataluña, fue muy intenso entre 2010 y 2012. En él participaron filósofos como Savater o Jesús Mosterín, científicos, toreros y empresarios, hasta escritores como Vargas Llosa. En 2016 el Tribunal Constitucional español derogó la prohibición, pero hasta ahora ya no se celebran corridas en toda Cataluña, al parecer la “tradición” perdió a todos sus aficionados.
[6] Por cierto, fueron los liberales británicos, como Jeremy Bentham, quienes argumentaron contra los maltratos hacia animales y quienes participaron en los debates del Parlamento Británico para prohibir las corridas de toros en Inglaterra en el siglo XVIII.
[7] En su Metafísica de las Costumbres (1799).
[8] En la gran mayoría de los casos en los que optamos por sacrificar a un animal (con excepción de usarlo como alimento) no está en juego la vida de un ser humano, no hay dilema moral. Y entonces razonamos en todos los demás casos en los que enfrentamos la decisión de matar a un animal como si fuera un dilema de vida o muerte para los humanos. La relevancia ética de la muerte que causamos a los animales tiene que ver con el número masivo, además de los métodos cruentos. Matamos mucho más de lo que necesitamos materialmente; matamos animales por muy diversos motivos y, muchos de ellos, como los festivos y tradicionales, son innecesarios.
[9] Las víctimas principales son los toros y los caballos que son corneados en las faenas. También, por supuesto, los toreros, rejoneadores y demás auxiliares. Varios de los primeros han sufrido serios daños y heridas letales, además de traumas psicológicos perdurables. La enorme diferencia es que ninguno de los humanos que participa en las faenas es obligado –se supone– a exponerse a peligros mortales.
[10]Vid. Linares, J. Adiós a la naturaleza: la revolución bioartefactual, Plaza y Valdés, 2019.
[11] M. Vargas Llosa, “Torear y otras maldades”, El País, 18 de abril de 2010
Uno de los temas de fondo es si existe un derecho ilimitado al goce y al placer, y que todo lo que me de gozo o placer no debe prohibirse. Ya todos aceptamos que una limitación es no hacer daño a otro ser humano, y estamos debatiendo si se extiende dicha limitación para no lastimar otros seres sintientes.
El torero es similar a los practicantes de deportes extremos, requiere una descarga de adrenalina producida por una situación de vida o muerte, y los aficionados obtienen dicha descarga de manera indirecta por la representación, de la misma manera que el teatro produce una catarsis o el arte una «experiencia estética». En este caso podemos hacer razonamientos similares con los participantes y espectadores de boxeo, lucha libre, artes marciales y mma. De manera más diluida se da en otros deportes como el futbol. No es algo racional pero es algo que todos hemos experimentado.
Hay que tener cuidado con postular que el ser sintiente es base de las consideraciones éticas. Podría postularse que si drogamos al toro para no sentir dolor, o criamos toros geneticamente para no sentir dolor, que entonces no habría objeciones a una corrida de toros, sobre todo si después el toro es destinado a consumo humano y haciéndolo semejante a las miles de reses que sacrificamos para comer.
A los niños que crecen en monasterios budistas les permiten comer carne. Se está trabajando en sustitutos como carne de soya, o hacer crecer el el laboratorio tejidos musculares lo que nos permitiria tener carne sin sacrificar un animal con sistema nerviosos central. También está la opción de comer insectos, que ofrecen más contenido de proteínas por kilogramo que la carne de res y no tienen sistema nervioso central, aunque los veganos tampoco aceptan ésta última opción. Hay que agregar que las plantas también son seres sintientes, pero no sabemos aún si en los mismos grados que los animales. El mayor problema con todas las opciones alternativas es el sabor y la costumbre.
Esta situación me recuerda que en zonas rurales, a los niños se les regala un animal pequeño (un pollito, un guajolote, una cabra, uncerdito), y lo criaban hasta que creciera. Después, el animal se sacrificaba y se lo comían todos en una fiesta. Una variante es poner a la mujer más joven de la casa a descabezar gallinas o pichones y desplumarlos, para servirlos en la comida.
En la ciudad esta costumbre se convirtió en darle un cerdito de barro al niño para que guarde sus monedas, y cuando el cerdito se llenaba, lo rompían y el niño puede hacer lo que quisiera con el dinero.